Como fermento

José Antonio Pagola

Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: “Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa”. Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.

Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?

Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, muchas veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».

Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa. Sabían que la levadura queda “escondida”, pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro. Así está Dios actuando desde el interior de la vida.

Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.

Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.

Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial. Caminaremos en la verdad de Jesús.

Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como “fermento” de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de “sal” que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.

Ando por mi camino

Ando por mi camino, pasajero,

y a veces creo que voy sin compañía,

hasta que siento el paso que me guía,

al compás de mi andar de otro pasajero.

No lo veo, pero está. Si voy ligero,

él apresura el paso; se diría

que quiere ir a mi lado todo el día,

invisible y seguro el compañero.

Al llegar a terreno solitario,

él me presta valor para que siga,

y, si descanso, junto a mi reposa.

Y, cuando hay que subir al monte (Calvario

lo llama él), siento en su mano amiga,

que me ayuda, una llaga dolorosa.

La misión de Jesús queda en nuestras manos

Repasemos el conjunto de los relatos y textos de la ascensión,

para poder comprenderlos mejor.

 

 

MATEO

(Lo leemos hoy como evangelio del día)

 

La “despedida de Jesús” se produce en Galilea, en un monte. No se señala cuándo. El final es:

“Se me ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Por tanto, id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.”

 

Y no se hace ninguna mención de la Ascensión.

 

 

MARCOS

 

La despedida se hace en el Cenáculo, en Jerusalén, el mismo domingo de resurrección. Jesús les da un mensaje de misión semejante el de Mateo. El texto termina así:

“El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que les acompañaban.”

 

LUCAS

(Evangelio)

 

La despedida se hace en el camino de Betania, el domingo de Resurrección. El último párrafo es:

“Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”

 

HECHOS

(La primera lectura de hoy)

 

La despedida se hace desde el Monte de los olivos, cuarenta días después de la resurrección. Hay un sermón de misión y una descripción de la subida de Jesús al cielo, por los aires, con la promesa de que volverá.

 

JUAN 

(Primera conclusión de su evangelio)

 

La despedida se hace en el cenáculo, ocho días después del Domingo de Resurrección. El “discurso de despedida” se ha puesto ocho días antes, en la aparición sin Tomás. Dice:

“Paz a vosotros, como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros.” Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan retenidos.”

En la aparición con Tomás no hay discurso de misión. No se hace mención alguna a la “partida” de Jesús.

 

En el añadido del cap. 21, no hay ninguna mención de la Ascensión.

 

Resumiendo las semejanzas y las diferencias:

 

 

  • Marcos, Lucas y Hechos sitúan la acción en Jerusalén y sus alrededores, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) recogen la tradición de Galilea.

 

  • Marcos, Lucas y Juan (1ª conclusión) terminan el mismo domingo de la resurrección, mientras que Mateo y Juan (2ª conclusión) suponen un tiempo intermedio indefinido, y Hechos habla expresamente de cuarenta días.

 

  • Los cuatro evangelios y los Hechos constatan un sermón de Misión como final del mensaje de Jesús.

 

  • HECHOS describe la partida como un despegar hacia las nubes.

 

  • Marcos y Lucas no describen la partida.

“El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

“Y, mientras los bendecía, se separó de ellos.”

 

  • Mateo y Juan no mencionan la “partida” de Jesús.

 

 

 

Estas diferencias, tan notables, nos hacen reflexionar. No es creíble que un mismo autor cuente un suceso de dos formas que, aunque coinciden en lo esencial, presentan fuertes diferencias.

 

Ampliando esta idea, es sorprendente que los otros testigos lo cuenten de forma tan distinta, y que Juan no lo cuente.

 

Evidentemente, por todo ello, no nos encontramos ante la simple narración de un suceso, sino de algo más, del significado del suceso, de la fe en lo que sucede en el fondo de lo que se ve.

 

En este sentido, no debemos olvidar algunas conclusiones claras:

 

  • No es posible la reconstrucción de una “cronología de la resurrección y ascensión del Señor”. No lo dan los textos.

 

  • No es posible ignorar el carácter de “relatos de los sucesos de aquel fin de semana” que tienen los primeros textos de la Resurrección (las mujeres en el sepulcro), y el carácter de “profesión de fe” que van adquiriendo los relatos siguientes.

 

  • Los textos de la Ascensión son de género literario “Teofanía” y “profesión de fe”, están escritos desde la intención de manifestar la Fe en Jesús Señor.

 

  • En ellos encontramos elementos simbólicos frecuentes en el Antiguo Testamento, y usados por los evangelistas:

ARRIBA

SENTADO A LA DERECHA

LA NUBE

LAS VESTIDURAS BLANCAS

LA VOZ DEL CIELO.

 

(Relatos de este género, con símbolos semejantes son, entre otros, el Bautismo en el Jordán, la Transfiguración y algunos de los relatos de la infancia y nacimiento)

 

 

  • El hecho de que Juan los omita – en paralelismo a la omisión del mismo Juan del pasaje de la institución de la Eucaristía – nos muestra a las claras que hay en los evangelistas varias maneras de proclamar la Fe en Jesús Resucitado Señor.

 

En conclusión. Nos encontramos en la transición del relato de historia – la muerte de Jesús en la cruz – a la proclamación de la Fe en Jesús Señor exaltado por Dios. Y todo ello, en la perspectiva de la Misión, y con la promesa del Espíritu.

 

Mientras que en los relatos de la Pasión lo central era el suceso, lo que vieron los ojos, en estos relatos lo central es lo que no ven los ojos, el triunfo definitivo de Jesús.

 

Así pues, las tres lecturas de hoy se mueven entre el simbolismo y el mensaje, y, juntos, nos ayudan a comprender la Ascensión del Señor. Demasiadas veces trivializamos la Ascensión como si fuera un episodio de la vida de Jesús, un “viaje final”.

 

El nacimiento y la muerte en cruz son sucesos: hubo testigos, creyentes o no, que podrían atestiguarlos. La Encarnación, la Resurrección y la Ascensión no son sucesos que los ojos vieron. Son “sucesos de la fe”. Y sus relatos no cuentan lo que vieron los ojos, sino lo que la fe creyó.

 

Nuestra mentalidad tiende inmediatamente a preguntarse ¿qué sucedió?Queremos ante todo saber dónde tuvo lugar este suceso, cuándo sucedió, y qué sucedió exactamente. Y esto es una mala postura previa para la lectura de cualquier texto. La pregunta correcta es, con este relato “¿qué nos quiere decir el autor?”.

 

El mensaje único de todos los textos es simple: Jesús exaltado como Señor encomienda a los discípulos su misión.

 

Mirándolos desde este punto de vista, los textos son fuertemente coincidentes, mientras que desde nuestra curiosidad por el mero suceso parecen fuertemente divergentes.

 

 

TEMA PRIMERO: LA EXALTACIÓN.

 

Es el tema en que culmina el mensaje de la Resurrección. La Resurrección es presentada siempre como el triunfo sobre la muerte, la liberación del poder del mal. La Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración como Señor. Corresponde, por oposición, a la humillación que representa “despojarse de su condición divina”, “hacerse pecado”, “humillarse hasta la muerte y muerte de cruz”.

 

Es el triunfo último, la proclamación de Jesús Primogénito en quien se revela todo el designio de Dios: su entrega total a su misión, que pasa por la humillación para llegar a la plenitud.

 

La humillación es presentada con la simbología básica del “descenso”: “bajó del cielo”, “descendió a los infiernos”…. Paralelamente, la exaltación es presentada con la simbología básica del ascenso: “subió a los cielos”. Pero esta exaltación no es simplemente la de un hombre. Es la manifestación definitiva del Hijo, y por tanto, es acompañada con los signos acostumbrados de las teofanías: la nube, la voz, los hombres de vestidos resplandecientes, la “situación definitiva”, “sentado a la diestra de Dios”.

 

Encontramos por lo tanto en estos relatos el último acto de fe de los testigos en Jesús, el hombre lleno del Espíritu, que ha aceptado su misión hasta la muerte y muerte de cruz, que ahora ocupa “su lugar”, el que le corresponde por naturaleza.

 

La Ascensión es “colocar a Jesús donde debe estar”, y es un acontecimiento profético, el anuncio de nuestra colocación en nuestro sitio, exaltados a la diestra de Dios, porque “aún no se ha manifestado lo que seremos; pero, cuando se manifieste, veremos a Dios cara a cara”.

 

Es importante que nos acostumbremos a la lectura de los Evangelios superando nuestra propensión a quedarnos en los hechos físicos sensibles. Lo que importa siempre es el significado de los hechos, y eso es lo que constituye el interés fundamental del Evangelista. En los relatos de la Ascensión nos preocupa mucho desde dónde despegó Jesús hacia los cielos, pero lo que importa es que mi destino es Dios y Jesús revela la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

 

TEMA SEGUNDO: LA MISIÓN.

 

Todos los evangelistas terminan su obra con la misión. Terminada su misión, Jesús “se va”, y su misma misión queda en manos de los discípulos, de la Iglesia.

 

La aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es muy preciso: han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido.

 

Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús.

 

CONCLUSIONES

 

La Ascensión no es un hecho físico. “Arriba” está la estratosfera, no la residencia de los dioses. Los astronautas no están más cerca de Dios. “Abajo”, pero ¿en qué dirección? ¿A partir del polo Norte o del Polo Sur?

 

“Descendió a los infiernos” significa lo mismo que “subió a los cielos”, es decir, que es Señor de la vida y de la muerte, del pasado y del presente. Es buena la simbología, porque nos ayuda a imaginar, cosa que nuestro conocimiento necesita. Pero no es bueno permanecer en la situación mental de los niños que confunden los símbolos con la realidad. Y es bueno recordar que el Cielo no es un lugar sino el encuentro con una Persona.

 

A nosotros no nos gusta este modo de expresarse. Pero no se trata de que nos guste. Se trata de que la Palabra está siempre encarnada, y de que ésta es la manera de expresarse de aquellos hombres que fueron los que nos expresaron la Palabra.

 

Los relatos de la Ascensión son profesiones de fe. Se responde a la pregunta fundamental acerca de Jesús: ¿quién este hombre? Y se responde: es el hombre lleno del Espíritu, que le hace Hijo, que fue crucificado pero está Vivo por la fuerza de ese Espíritu, y ha sido “exaltado por Dios a su derecha”. Se nos invita hoy a hacer nuestra esta fe. Es el día en que debemos reafirmar, de todo corazón, nuestra fe en Jesús.

 

La Ascensión es una invitación no sólo a reconocerle sino a seguirle; se nos invita a la misma misión de Jesús. Es también el día en que la tenemos que aceptar. Nuestra celebración de la Ascensión no puede terminar sin más en el gozo por el triunfo de Cristo. Es el día en que decimos a Jesús: “Te puedes marchar tranquilo; tu misión queda en nuestras manos; cuenta con nosotros.”

         

En resumen:

Creo en Jesús, el Señor,

revelación de Dios y del sentido de la vida:

acepto la vida como misión recibida de El,

para que todos los hombres le conozcan y salven su vida.

Espero mi plenitud, y la de todas las cosas, en El.

 

 

 

O R A C I O N

 

Bendito sea Dios,

el Padre de Jesús, nuestro Padre,

que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones,

que nos ha mostrado en Jesús, su rostro, su corazón

y nos ha elegido para la misión más bella,

que toda la humanidad conozca la Buena Noticia de Jesús.

Bendito sea Jesús, el hombre lleno del Viento de Dios,

que ha hecho de nuestra vida algo nuevo, distinto,

nos ha devuelto la dignidad y la esperanza,

nos ha dado motivos para vivir y para creer.

Bendito sea el Viento de Dios,

el que animaba y arrastraba a Jesús,

al que sentimos presente en nuestra vida.

Bendito seas, Jesús,

que pasaste haciendo el bien

y curando a todos los oprimidos por el mal,

porque el Viento de Dios estaba contigo.,

Bendito seas, Jesús, nuestro Señor.

 

José Enrique Galarreta


“Yo estaré con vosotros todos los días”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

Hay personas a las que les cuesta, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros… Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia.

 

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia:

 

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo // sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, // un puñado de semillas y unas manos fuertes // labradas en el barro y en el viento. // No les dejo el fuego ya prendido // sino señalado el camino que lleva al bosque // y el atajo a la mina de carbón. // No les dejo el agua servida en los cántaros, // sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, // y unas nubes que a veces llueven. // No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, // sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, // en los montes y en los ríos abiertos. // No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, // sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. // No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, // sino el firmamento habitado por estrellas, // y unas palmas verdes que miran a occidente.

 

No les dejo un fusil con doce balas, // sino un corazón, que además del beso sabe gritar. // No les dejo lo que pude encontrar, // sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. // No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. // No les dejo el amor entre las manos, // sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde // la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. // No les dejo mi libertad sino mis alas. // No les dejo mis voces ni mis canciones, // sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. // Y que ellos escriban, ellos sus versos, // Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. // Que escriban ellos sus versos; // por algo, no les dejo mi libertad sino mis alas…”

 

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: – Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

 

Hoy el Señor sigue estando junto a nosotros… no nos deja su libertad, sino sus alas… y no nos deja las tareas hechas, sino los surcos abiertos para que nosotros continuemos su obra de salvación, que tiene que ser vida y libertad para todos los seres humanos…

Escuela de Jesús

José Antonio Pagola

La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿qué es lo importante en estos momentos? ¿qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?

Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.

Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?

El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.

Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

Mateo entiende la comunidad cristiana como una “escuela de Jesús”. Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

Comentarios Sexto domingo de Pascua

La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, nos presenta a Felipe predicando a los samaritanos en su capital. Es una noticia inusitada si tenemos en cuenta la enemistad tradicional entre judíos y samaritanos, tan presente en los evangelios, en pasajes como la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37), o la conversación de Jesús con la samaritana (Jn 4,1-42) o en otros pasajes más breves (Mt 10,5; Lc 9,51-56; 17,16; Jn 8,48). Los judíos consideraban a los samaritanos como herejes y extranjeros (Cfr. 2Re 17,24-41) pues, aunque adoraban al único Dios y vivían de acuerdo con su ley, no querían rendir culto en Jerusalén, ni aceptaban ninguna revelación ni otras normas que las contenidas en el Pentateuco. Los samaritanos pagaban a los judíos con la misma moneda pues los habían hostigado en los períodos de su poderío y habían llegado a destruir su templo en el monte Garizim. Por todo esto nos parece sorprendente encontrar a Felipe predicando entre ellos, en su propia capital, y con tanto éxito como testimonia el pasaje que hemos leído, hasta concluir con un hermoso final: que su ciudad, la de los samaritanos, “se llenó de alegría”.

Esta obra evangelizadora que rompe fronteras nacionales, que supera odios y rivalidades ancestrales, provocando en cambio la unidad y la concordia de los creyentes, es obra del Espíritu Santo, como comprueban los apóstoles Pedro y Juan, que con su presencia en Samaria confirman la labor de Felipe. Se trata de una especie de Pentecostés, de venida del Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.

La 2ª lectura sigue siendo, como en los domingos anteriores, un pasaje de la 1ª carta de Pedro. Escuchamos una exhortación que con frecuencia se nos repite y recuerda: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. ¿Por qué creemos, por qué esperamos, por qué nos empeñamos en confiar en la bondad de Dios en medio de los sufrimientos de la existencia, las injusticias y opresiones de la historia? Porque hemos experimentado el amor del Padre, y porque Jesucristo ha padecido por nosotros y por todos, para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios. Por esta misma razón el apóstol nos exhorta a mostrarnos pacientes en los sufrimientos, contemplando al que es modelo perfecto para nosotros, a Jesucristo, el justo, el inocente, que en medio del suplicio oraba por sus verdugos y los perdonaba. La breve lectura termina con la mención del Espíritu Santo por cuyo poder Jesucristo fue resucitado de entre los muertos.

A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración que la concluirá: la de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir que su inauguración. En la lectura del evangelio de san Juan, tomada de los discursos de despedida de Jesús que encontramos en los capítulos 13 a 17 de su evangelio, el Señor promete a sus discípulos el envío de un “Paráclito”, un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud.

Los grandes personajes de la historia permanecen en el recuerdo agradecido de quienes les sobreviven, tal vez en las consecuencias benéficas de sus obras a favor de la humanidad. Cristo permanece en su Iglesia de una manera personal y efectiva: por medio del Espíritu divino que envía sobre los apóstoles y que no deja de alentar a los cristianos a lo largo de los siglos. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y El mismo.

El «mundo» (en el lenguaje de Juan) no puede recibir el Espíritu divino. El mundo de la injusticia, de la opresión contra los pobres, de la idolatría del dinero y del poder, de las vanidades de las que tanto nos enorgullecemos a veces los humanos. En ese mundo no puede tener parte Dios, porque Dios es amor, solidaridad, justicia, paz y fraternidad. El Espíritu alienta en quienes se comprometen con estos valores, esos son los discípulos de Jesús.

Esta presencia del Señor resucitado en su comunidad ha de manifestarse en un compromiso efectivo, en una alianza firme, en el cumplimiento de sus mandatos por parte de los discípulos, única forma de hacer efectivo y real el amor que se dice profesar al Señor. No es un regreso al legalismo judío, ni mucho menos. En el evangelio de San Juan ya sabemos que los mandamientos de Jesús se reducen a uno solo, el del amor: amor a Dios, amor entre los hermanos. Amor que se ha de mostrar creativo, operativo, salvífico.

El evangelio de hoy no es dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. En la página http://www.untaljesus.net puede recogerse algún otro que el animador de la comunidad juzgue oportuno.

Para la revisión de vida

Con frecuencia entendemos el amor que nuestra fe nos pide como una cuestión de sentimientos; pero, de ser así, ¿cómo entender el amor al enemigo, que nos pide Jesús? El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice, cumpliendo su voluntad?; ¿vivo mi fe como un «asunto del corazón» o como un asunto de mi vida entera?; ¿recuerdo y vivo aquello de «obras son amores y no buenas razones»?

Para la reunión de grupo

  • En el evangelio de hoy Jesús nos promete la compañía del Espíritu en la comunidad. ÉL nos llevará a la verdad completa, y gracias a Él no estaremos solos. Sin embargo, en la historia de la Iglesia –y probablemente, en nuestra propia infancia- nuestra formación cristiana dejó a un lado al Espíritu. Dios, sin más especificación, era Dios Padre, y Cristo era el protagonista del proyecto del Padre. El Espíritu con frecuencia brillaba por su ausencia. ¿A qué se debe este olvido del Espíritu en nuestra historia cristiana? ¿Qué consecuencias ha podido traer? 
  • Por otra parte, es verdad que decir de un grupo que es pentecostal, espiritual, pentecostalista o espiritualista, carismático… son calificaciones con frecuencia entendidas como negativas. ¿Por qué? ¿En qué peligros se basa este temor? 
  • El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos asigna a personas y comunidades; sin Espíritu, la religión se queda en magia; con Espíritu se convierte en vida; ¿cómo celebra nuestra Iglesia los sacramentos: como ritos mágicos, como celebraciones folclóricas? ¿En qué sentido?

Para la oración de los fieles

  • Por la Iglesia, para que siempre sea consciente de que su vida no está en sus normas e instituciones sino en dejarse llegar por el Espíritu, y no se anuncie a sí misma sino el Reino de Dios. Roguemos al Señor.
  • Por todos los creyentes, para que sintamos siempre el gozo y la alegría de haber recibido la Buena Noticia y sintamos también el impulso de anunciarla a los demás. Roguemos al Señor.
  • Por todos los que ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres, para que nuestro testimonio les abra una puerta a la esperanza. Roguemos al Señor.
  • Por los jóvenes, esperanza del mundo del mañana, para que se preparen a construir un mundo mejor, más solidario, más justo y más fraterno. Roguemos al Señor.
  • Por todos los pobres del mundo, para que los cristianos, con nuestra fraternidad solidaria, seamos causa real de su esperanza en verse libres de sus limitaciones. Roguemos al Señor.
  • Por todos nosotros, para que formemos una verdadera comunidad en la que se alimente nuestra fe y nuestra esperanza, de modo que podamos transmitir nuestro amor a los demás. Roguemos al Señor.

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza que sostiene nuestra lucha. Por Jesucristo.

“No los voy a dejar huérfanos”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

Hace ya unos años, leí en un periódico colombiano un cuento que se llamaba Un minuto de silencio y decía: “Antes del encuentro de fútbol –graderías llenas, grandes manchas humanas de colores movedizos– se pidió un minuto de silencio por cada uno de los asesinados. El país permaneció 50 años en silencio”.

En un editorial de la revista Theologica Xaveriana (Enero-Marzo de 2002), titulada «Ni guerra santa, ni justicia infinita», se incluyó la declaración que hizo pública la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, con motivo del “vil asesinato de Monseñor Isaías Duarte Cancino”, Arzobispo de Cali. En uno de sus apartes, esta declaración dice: “Y en medio del silencio en el que nos deja la consternación frente a este magnicidio, creemos que es insoslayable preguntarnos en profundidad por las complejas causas no sólo de este homicidio sino el de tantas colombianas y colombianos que mueren de similar forma todos los días y que ya suman la aterradora cifra de 250.000 en los últimos diez años”.

Cuando leí esta cifra me pregunté cuántas personas están heridas por la muerte violenta de un ser querido en este país… Cada muerto ha dejado una familia entera herida… padres, madres, hermanos hermanas, hijos, hijas… ¿Cuántos huérfanos ha dejado esta guerra fratricida? ¿Cuántos huérfanos ha dejado la guerra entre palestinos e israelitas? ¿Cuántos huérfanos han dejado las guerras en Irak, Afganistán, los atentados terroristas en todas partes del mundo y la violencia que recorre todos los rincones de este planeta? ¿Cuántos huérfanos más necesitamos para detener esta espiral de violencia que nos absorbe sin compasión?

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con ustedes. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré para estar con ustedes”, es lo que nos dice Jesús este domingo.

En la Escritura, los huérfanos casi siempre aparecen junto a las viudas y a los forasteros… El Deuteronomio y los Profetas invitan, de una y otra forma, a hacer justicia a los huérfanos, a las viudas y a los forasteros. Hoy también el Señor nos está pidiendo a gritos, que hagamos justicia a tantos huérfanos que deja el conflicto armado; a las viudas y a los desplazados que tienen que abandonar su tierra para proteger la propia vida y la de sus seres queridos. Hoy el Congreso colombiano estudia una Ley para reparar de alguna forma a tantas víctimas que ha dejado la violencia en los últimos años.

El Señor nos envía un Defensor y promete que no nos dejará huérfanos cuando se vaya; esta promesa de Jesús nos compromete a hacer lo mismo hoy para aquellos que sufren con las consecuencias de la guerra; tenemos que ser defensores del huérfano, de la viuda y del forastero. Que el Espíritu de la verdad nos impulse a colaborar en la construcción de un país en el que no tengamos que permanecer cincuenta años en silencio…

No estamos solos

José Antonio Pagola

Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, poco amado y apenas recordado de manera rutinaria, es una Iglesia que corre el riesgo de irse extinguiendo. Una comunidad cristiana reunida en torno a un Jesús apagado, que no seduce ni toca los corazones, es una comunidad sin futuro.

En la Iglesia de Jesús necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Necesitamos comunidades cristianas marcadas por la experiencia viva de Jesús. Todos podemos contribuir a que en la Iglesia se le sienta y se le viva a Jesús de manera nueva. Podemos hacer que sea más de Jesús, que viva más unida a él. ¿Cómo?

Juan recrea en su evangelio la despedida de Jesús en la última cena. Los discípulos intuyen que dentro de muy poco les será arrebatado. ¿Qué será de ellos sin Jesús? ¿A quién le seguirán? ¿Dónde alimentarán su esperanza? Jesús les habla con ternura especial. Antes de dejarlos, quiere hacerles ver cómo podrán vivir unidos a él, incluso después de su muerte.

Antes que nada, ha de quedar grabado en su corazón algo que no han de olvidar jamás: «No os dejaré huérfanos. Volveré». No han de sentirse nunca solos. Jesús les habla de una experiencia nueva que los envolverá y les hará vivir porque los alcanzará en lo más íntimo de su ser. No los olvidará. Vendrá y estará con ellos.

Jesús no podrá ya ser visto con la luz de este mundo, pero podrá ser captado por sus seguidores con los ojos de la fe. ¿No hemos de cuidar y reavivar mucho más esta presencia de Jesús resucitado en medio de nosotros? ¿Cómo vamos a trabajar por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica si no le sentimos a él junto a nosotros?

Jesús les habla de una experiencia nueva que hasta ahora no han conocido sus discípulos mientras lo seguían por los caminos de Galilea:«Sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo». Esta es la experiencia básica que sostiene nuestra fe. En el fondo de nuestro corazón cristiano sabemos que Jesús está con el Padre y nosotros estamos con él. Esto lo cambia todo.

Esta experiencia está alimentada por el amor: «Al que me ama…yo también lo amaré y me revelaré a él». ¿Es posible seguir a Jesús tomando la cruz cada día, sin amarlo y sin sentirnos amados entrañablemente por él? ¿Es posible evitar la decadencia del cristianismo sin reavivar este amor? ¿Qué fuerza podrá mover a la Iglesia si lo dejamos apagar? ¿Quién podrá llenar el vacío de Jesús? ¿Quién podrá sustituir su presencia viva en medio de nosotros?

Oración

Hazme, Señor, atento y silecioso

a esta llama interior que late en mí,

a esta fuerza de piedras que se juntan

y ascienden como un templo a Ti.

 

Que suene en mi interior, hueco y profundo,

el gran eco pausado de tu voz.

Que yo escuche, medite… mientras Tú haces

tus palabras en mí verdad, Señor. Amén.

Comentarios del día de la Sagrada Familia

EXILIO, EXODO, LIBERACION

Jesús de Nazaret empezó su vida huyendo al exilio. Lo perseguían por cuestiones políticas. Su familia su/rió las con secuencias de esa persecución que acabaría llevándole a la muerte. Pero su exilio, como toda su vida y su muerte, fue el anuncio de un nuevo éxodo, de un nuevo camino hacia la libertad. Dos mil años después, muchos hombres viven en el exilio. ¿Llegará el día en que la libertad se instale definitivamente en nuestro mundo?

HERODES Y SUS SUCESORES

Parece como si no hubieran pasado dos mil años. Herodes murió, pero su estilo sigue presente. No, Herodes no es una simple anécdota de la historia (un rey cruel que mandó matar en una ocasión a los niños menores de dos años, los Santos Inocentes);Herodes es la personificación de la crueldad del poder, que siempre se ensaña en los inocentes, aunque éstos hayan llegado a la mayoría de edad.

Sí, es tristemente aleccionador el paralelismo que se puede apreciar entre Herodes y muchos otros personajes de la historia, desde Herodes hijo, que siguió amenazando a Jesús, has ta… Veamos:

-Llevaba un título que, de hecho, no ejercía; se llamaba rey, pero quien mandaba de veras era el emperador de Roma.

-Poco poder tenía, pero ese poco lo utilizaba en contra de los intereses y de la voluntad del pueblo; de su acción de gobierno sólo salían beneficiados él y los cuatro que estaban a su alrededor.

-Con esta premisa, es fácil deducir que la base de su poder no era otra que la violencia ejercida con la máxima crueldad.

-Eso si: era un eminente defensor de la religión y de las tradiciones; una de sus grandes obras fue la reconstrucción del templo de Jerusalén, que llevaba varios siglos destruido. Y seguro que alguna vez se hizo llamar rey por la gracia de Dios.

-Probablemente era un apasionado defensor de la fami lia en cuanto institución tradicional; pero no le importaba des terrar o diezmar a las familias si eso daba mayor firmeza a su trono.

¿Verdad que no es difícil encontrar muchos sujetos para estas cualidades?

SOLUCIONES «EFICACES»

Como cualquier tirano, Herodes tenía miedo a perder el poder. Por eso se asustó cuando llegaron unos extranjeros pre guntando por el Rey de los judíos que acababa de nacer (Mt 2,1-3), ¡sin que él hubiera tenido noticias de ello! Y en un alarde de sagacidad política decidió que la mejor manera de acabar con el problema era eliminar los nacidos en los dos últi mos años: «Entonces Herodes, viéndose burlado por los ma­gos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y sus alrededores… » A todos; así no habría fallo.

La historia se repetía: muchos siglos antes, José, hijo de Jacob, había llevado a toda su familia a Egipto huyendo del hambre (Gn 47,1-12). Aquella familia pronto se convirtió en un grupo tan numeroso que el faraón se asustó (Ex 1,8-10). Y la solución al problema fue, ya entonces, matar a todos los recién nacidos, sin darles tiempo para crecer (Ex 1,15-22). Así no serían nunca un peligro para el poder.

 

UN DIOS LIBERADOR

En ambos casos tuvo que intervenir el Señor, mostrándose, ya desde el principio, como el Dios liberador de los oprimidos. Y así, con el empuje y la fuerza de su Espíritu, en las dos ocasiones se inició un largo camino, un éxodo, un proceso de liberación. El primero terminó en la creación de un pueblo de hombres libres (Ex 3-15); el segundo, el que empezó Jesús, aún en marcha, sigue siendo una posibilidad abierta para la liberación de todos los hombres y todos los pueblos. Posibili dad que se hará efectiva si es libremente acogida.

 

UNA FAMILIA UNIVERSAL

Anuncio y propuesta de ese proceso de liberación univer sal es el camino que tiene que realizar la Sagrada Familia, aquella humilde familia formaba por José,chapucero’ de pro fesión; María, su mujer, una sencilla muchacha de Nazaret, y Jesús, exiliado político recién nacido y perseguido por el po der hasta la muerte.

Al aceptar cada uno de sus miembros la misión que el Se ñor les había encomendado, aquella familia se convirtió en semilla de esa otra familia que propondría Jesús: la de los que ponen por obra el designio del Padre del cielo (Mt 12,49-50); la de los que empujan hacia su liberación a este mundo; la de los que luchan sin tregua para que la humanidad entera sea una familia y este mundo llegue a ser definitivamente un mun do de hermanos.

He aquí una tarea central de las familias cristianas: ser ámbito de libertad en sí mismas y, al mismo tiempo, unidad de acción en favor de la liberación de todos los hombres y to dos los pueblos oprimidos, siempre en defensa de todos los inocentes perseguidos por cualquier tiranía. Cuando las fami lias vivan de esta manera, asumiendo los riesgos que esto les traiga, las familias podrán llamarse de verdad «cristianas» y estará más cercano el día en que la libertad se instale defini tivamente en nuestro mundo.

 

 

II

 

vv. 13-15. Comienza el tríptico. Sigue en primer término la figura de José, que se asocia con la del patriarca del AT. Como aquél, José salva a su familia llevándosela a Egipto (Gn 45-46), para vol ver luego a la tierra prometida. En Jesús comienza el nuevo Israel, como lo expresa el texto de Oseas (11,2) que le aplica Mt: «Llamé a mi Hijo para que saliera de Egipto (el texto no corresponde a los LXX, sino al hebreo). José y María, representantes respectivamente del Israel fiel y de ia nueva comunidad, aparecen unidos por Jesús («el niño» ocupa el puesto central en la frase). Uno y otro personaje quedan asociados al éxodo del Mesías. El resto de Israel (José) había tenido experiencia del éxodo de Moisés; es él quien recibe el encargo de volver a Egipto para que desde allí se realice el éxodo mesiánico que ha de llevar a su estado definitivo la libe ración realizada por el primero.

 

vv. 19-23. Dios sigue velando por la suerte de su Mesías. Los que detentan el poder pasan (muerte de Herodes), pero el poder se perpetúa con las mismas características de crueldad (Arquelao). Se ve cómo el término «padre» (sucesor de su padre, Herodes) no indica solamente generación, sino identidad de comportamiento.

Galilea no estaba bajo la jurisdicción de Arquelao. Nazaret, pue blo o aldea nunca mencionado en el AT.

 

Los personajes que aparecen en el cap. 2 son figuras represen tativas. Los magos (2,lss) representan a la humanidad inquieta y deseosa de salvación, a Jos hombres capaces de reconocer la in tervención de Dios en la historia y dispuestos a todo para encon trarse con ella. Herodes (2,3) y Arquelao (2,22) son figuras del poder político, celoso de su hegemonía y temeroso de que alguien se la arrebate; además, mentiroso e hipócrita (2,7s) y asesino (2,13.16). El pueblo aparece sometido e identificado con el tirano (2,3). Los jerarcas y los intelectuales judíos (2,4) son los que sa ben; conocen las promesas, pero no participan de la expectación. Instalados en su posición de privilegio, no desean ni esperan el cambio. Los hechos no suscitan su interés. Contrastan con José (1,20-25), figura del resto de Israel fiel a Dios.

Mt contrapone el rey Herodes al rey de los judíos que ha na cido (2,2), el poder y la tiranía del primero a la debilidad del se gundo (niño). «El rey de los judíos» será el título en la cruz de Jesús (27,37), expresión máxima de su debilidad.

 

 

III

 

En medio del tiempo de Navidad -este año concretamente en el mismo día siguiente- la Iglesia fija nuestra atención en una realidad muy humana de la vida de Jesús: como todo ser humano Él contó con una familia que lo crió. Tuvo un padre y una madre humanos, un ambiente vital en el que se levantó hasta llegar a ser un adulto, que lo modeló y preparó para realizar su misión.

La primera lectura está tomada del libro de Ben Sirá o “Sirácida” (llamado antiguamente “Eclesiástico”. Se prefieren ahora estas designaciones para evitar la confusión muy frecuente con el libro del Eclesiastés o “Qohélet), que pertenece al grupo de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. En él se nos brindan enseñanzas para saber vivir en la presencia de Dios y en la comunidad humana. Muchas de dichas enseñanzas tienen que ver con la familia. Seguramente Jesús amó, respetó y obedeció a sus padres como se nos enseña en la lectura. La mayor parte de su vida la pasó en compañía de los suyos, aunque no sabemos casi nada de las circunstancias de ese período de su vida que llamamos “vida oculta”. Los judíos en la época de Jesús, y muchos de los pueblos primitivos, no conocían, ni conocen, las actuales dificultades y crisis por las que atraviesa en nuestra época la institución familiar. Lo normal era que la familia permaneciera unida, que los vínculos entre sus miembros fueran muy estrechos y positivos. Es cierto que entre los judíos existía el divorcio, a favor del varón, y que la mujer estaba completamente sometida a la voluntad de su padre mientras era soltera y de su esposo cuando se casaba; pero esto se vivía con naturalidad, pues no existían los criterios y movimientos de autonomía femenina que existen en nuestra época, ni los juicios de “machismo” o “sexismo” para ciertas actitudes, como tenemos hoy. Otra cosa muy distinta es la actitud de Jesús frente a su familia una vez comenzada su misión. Sabemos por los evangelios que abandonó su casa, que no formó una familia propia sino que se dedicó por entero a su vocación de proclamar la Buena Noticia; que cuando su familia intentó ponerle alguna traba, recordándole quizá sus obligaciones, Jesús reaccionó con independencia soberana. No obstante todo eso, el evangelista san Juan nos presenta a la madre de Jesús al pie de la cruz, y san Lucas la coloca claramente entre los miembros de la Iglesia naciente.

 

El pasaje de la carta paulina a los Colosenses es una exhortación a la vida de amor en el seno de una comunidad cristiana. Si Dios nos amó y nos perdonó en Jesucristo, también nosotros debemos amarnos y perdonarnos los unos a los otros. La Iglesia es como una gran familia que vive en la presencia del padre Dios con los sentimientos tan elevados y nobles que San Pablo enumera en su carta: misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón mutuo, paz… Se nos llega a decir que somos un solo cuerpo y que Cristo es como el árbitro en nuestro corazón.

Por su parte la familia cristiana no debe ser como cualquier familia, debe vivir abierta a la entera comunidad eclesial, de suyo debe ser como una especie de “iglesia doméstica” que se integra a la gran Iglesia constituyendo uno de sus pilares fundamentales. Las relaciones entre los esposos cristianos no están regidas por un simple contrato civil de matrimonio, entre ellos se realiza el misterio del amor de Dios significado en el sacramento del matrimonio y, junto con sus hijos, deben vivir los mismos ideales que san Pablo traza para la Iglesia entera.

 

En el evangelio de San Mateo se nos presenta un momento concreto de la vida de la sagrada familia: el de su huida a Egipto para evitar la persecución desatada por Herodes. ¿Acaso no debemos admirar la valentía, la solicitud y la prudencia con que José cumple las instrucciones del ángel, y la docilidad de María? ¿Acaso no es el pasaje un ejemplo de la providencia paternal de Dios sobre estos humildes esposos, a los cuales ha confiado los primeros pasos de su enviado? José buscó para los suyos, siguiendo las inspiraciones divinas, un lugar tranquilo y seguro, en donde pudieran vivir honestamente, dedicados a sus humildes oficios, en la paz doméstica. Por todo esto la Iglesia propone a las familias cristianas este ejemplo: el de la sagrada familia de Nazaret, en la que seguramente se daban las virtudes de que se nos habla en las dos primeras lecturas.

Mirando un poco más allá del cuadro idílico de la casa de Nazaret, podemos hacernos esta reflexión: la familia no fue para Jesús un obstáculo a la hora de emprender su tarea salvadora. Seguramente María sintió la separación de su hijo. Como toda madre hubiera querido retenerlo junto a la seguridad de su amor. Pero, como toda madre consciente, comprendió que su hijo debía ser él mismo, debía encontrar el sentido y la meta de su existencia, y a este deber ella se plegó humilde y amorosamente, ella que sabía de escuchar la Palabra y acogerla en el corazón.

 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 137, «Perdidos en el Templo», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600137 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap137b.mp3

 

Para la revisión de vida

No hay un único modelo de familia cristiana, y en cualquier tipo humano de familia se puede vivir según el espíritu cristiano; eso es algo que lo sabemos muy bien; pero, sea del tipo que sea mi familia, ¿trato de vivir en ella los valores evangélicos? ¿Cómo? ¿Qué espera más de mí mi familia?

 

Para la reunión de grupo

El quinto mandamiento del Decálogo corresponde con nuestro cuarto mandamiento, y reza así: “Honra a tu padre y a tu madre”. ¿Es un mandamiento judío, o cristiano? Por otra parte, ¿sería un mandamiento «revelado» o «natural»? ¿Por qué?

San Pablo no nos propone nada específica y originalmente cristiano sobre cómo ser cristiano en casa; nos propone una ética familiar llena de lógica sensata y entrañablemente humana. ¿Es que no hay una «ética o moral cristiana de la familia»? ¿Por qué?

Hay un «modelo cristiano» de familia? ¿En qué sentido?

El Evangelio, ¿nos da una lista de valores que podríamos calificar como propios de una familia cristiana o, simplemente, nos invita a que nuestra familia esté abierta a Dios para que acojamos confiadamente su palabra y su plan en nuestras vidas?

La moral cristiana sobre la familia ¿debe estar recogida en la legislación civil? ¿Por qué? Repasemos el caso del divorcio, por ejemplo. (Abordar otros casos, si da tiempo).

 

Para la oración de los fieles

Por toda la Humanidad, para que los cristianos colaboremos a hacer de ella una verdadera familia en la que no haya discriminaciones sino que reinen la justicia, el amor y la fraternidad. Oremos.

Por todos cristianos, para que seamos solidarios en la tarea de hacer de este mundo una única familia humana llena de paz y fraternidad. Oremos.

Para que ayudemos a construir una sociedad que ayude a las familias a vivir el amor, sin imponer un modelo único de familia, ni siquiera «el modelo cristiano»…

Por las familias cristianas, para que estén abiertas a todas las transformaciones positivas que vive hoy la institución familiar. Oremos.

Por las familias rotas, los hijos que sufren las consecuencias de una separación, los que estén alejados de sus familias, los que no aciertan a saber convivir con los suyos. Oremos.

Por las familias sin vivienda, sin trabajo, emigrantes. Oremos.

Por nuestras familias, para que vivamos en coherencia con nuestra fe, trabajando por el Reino. Oremos.

 

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, que en la Sagrada Familia nos enseñas cómo hemos de buscar siempre y por encima de todo tu voluntad; enséñanos a parecernos a ella para que, unidos por los lazos del respeto, la comprensión y el amor, trabajemos siempre por tu Reino. Por Jesucristo.

O bien:

Oh Dios, Padre, Madre, Amante, Amigo, Amiga… Familia primordial, origen fontal del Ser, raíz última de la Realidad… Tú, Misterio inefable que no eres encuadrable en nuestras categorías familiares, danos tu Luz y tu Fuerza para que nos ayuden a vivir según tu mismo Amor, con libertad y creatividad. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

 

Feliz Navidad

Una noche diferente

La Navidad encierra un secreto profundo que, desgraciadamente, se les escapa a muchos de los que hoy celebrarán «algo», sin saber exactamente qué. Muchos no pueden ni siquiera sospechar que la Navidad nos ofrece la clave para descifrar el misterio último de nuestra existencia.

Generación tras generación, los hombres han gritado angustiados sus preguntas más hondas. ¿Por qué tenemos que sufrir, si desde lo más íntimo de nuestro ser todo nos llama a la felicidad? ¿Por qué tanta humillación? ¿Por qué la muerte si hemos nacido para la vida? Los hombres preguntaban. Y preguntaban a Dios porque, de alguna manera, cuando estamos buscando el sentido último de nuestro ser, estamos apuntando hacia él. Pero Dios parecía guardar un silencio impenetrable.

Ahora, en la Navidad, Dios ha hablado. Tenemos ya su respuesta. Pero Dios no nos ha hablado para decirnos palabras hermosas acerca del sufrimiento, ni para ofrecernos disquisiciones profundas sobre nuestra

existencia. Dios no nos ofrece palabras. No. «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Es decir, Dios más que darnos explicaciones, ha querido sufrir en nuestra propia carne nuestros interrogantes, sufrimientos e impotencia.

Dios no da explicaciones sobre el sufrimiento, sino que sufre con nosotros. No responde al porqué de tanto dolor y humillación, sino que él mismo se humilla. Dios no responde con palabras al misterio de nuestra existencia, sino que nace para vivir él mismo nuestra aventura humana.

Ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad. Ya no estamos sumergidos en pura tiniebla. Él está con nosotros. Hay una luz. «Ya no estamos solitarios, sino solidarios». Dios comparte nuestra existencia.

Ahora todo cambia. Dios mismo ha entrado en nuestra vida. La creación está salvada. Es posible vivir con esperanza. Merece la pena ser hombre. Dios mismo comparte nuestra vida y con él podemos caminar hacia la plenitud. Por eso, la Navidad es siempre para los creyentes una llamada a renacer. Una invitación a reavivar la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad y la confianza total en el Padre.

Recordemos esta mañana de Navidad las palabras del poeta Angelus Silesus: «Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, mientras no nazca en tu corazón, estarás perdido para el más allá: habrás nacido en vano.»

Celebrar la Navidad es, ante todo, creer, agradecer y disfrutar de la cercanía de Dios. Estas fiestas sólo puede gustarla en su verdad más honda quien se atreve a creer que Dios es más cercano, más comprensivo y más amigo de lo que nosotros podemos imaginar.

Ese Niño nacido en Belén es el punto de la creación donde la verdad, la bondad y la cercanía cariñosa de Dios hacia sus criaturas aparece de manera más tierna y bella.

Sé muy bien cómo les cuesta hoy a muchas personas encontrarse con Dios. Quisieran creer de verdad en El, pero no saben cómo. Desearían poder rezarle, pero ya no les sale nada de su interior. La Navidad puede ser precisamente la fiesta de los que se sienten lejos de Dios.

En el corazón de estas fiestas en que celebramos al Dios hecho hombre, hay una llamada que todos, absolu- tamente todos, podemos escuchar:

«Cuando no tengas ya a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando creas que todo está perdido, confía en Dios. El está siempre junto a ti. El te entiende y te apoya. El es tu salvación».

Siempre hay salida. Lo más importante de nuestro ser, lo más decisivo de nuestra existencia, está siempre en manos de un Dios que nos ama sin fin. Y esta confianza en Dios Salvador ha de abrirse paso en nuestro corazón, incluso cuando nuestra conciencia nos acuse haciéndonos perder la paz.

La fidelidad y la bondad de Dios están por encima de todo, incluso de toda fatalidad y todo pecado. Todo puede ser nuevo si nos abrimos confiadamente a su perdón. En ese Niño nacido en Belén, Dios nos regala un comienzo nuevo. Para Dios nadie está definitivamente perdido.

Sé que las fiestas de Navidad no son unas fiestas fáciles. El que está solo, siente estos días con más crudeza su soledad. Los padres que sufren el alejamiento del hijo

querido, lo añoran estas fechas más que nunca. La pareja en que se va apagando el amor, siente aún más su impotencia para reavivar aquel cariño que un día iluminó sus vidas.

Sé también que estos días es fácil sentir dentro del alma la nostalgia de un mundo más humano y feliz que los hombres no somos capaces de construir. En el fondo, todos sabemos que, al margen de otras muchas cosas, no somos más felices porque no somos más buenos.

Pues bien, la Navidad nos recuerda que, a pesar de nuestra aterradora superficialidad y, sobre todo, de nuestro inconfesable egoísmo, siempre hay en nosotros un rincón secreto en el que todavía se puede escuchar una llamada a ser mejores y más felices porque contamos con la comprensión de Dios.

Si los hombres huimos de Dios, en el fondo es para huir de nosotros mismos y de nuestra superficialidad. No es de la bondad de Dios de la que queremos escapar, sino de nuestro vacío y nuestra mediocridad.

Felices los que, en medio del bullicio y aturdi- miento de estas fiestas sepan rezar a un Dios cercano y acogerlo con corazón creyente y agradecido. Para ellos habrá sido Navidad.

JOSE ANTONIO PAGOLA (Extractos de “Homilías”)

 

“Como señal (…) al niño envuelto en pañales y acostado en un establo”

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

Hace muchos años, me invitaron a colaborar con el P. Antonio Silva, S.J. en una novena de Navidad. Ya había trabajado con él en Buenavista, Córdoba, cuando era novicio, pero esta vez la novena se desarrollaba en San Antonio de Tequendama, un pueblo enclavado en medio de la montaña que baja de Bogotá hacia el río grande de la Magdalena… Un paisaje bello, un contexto sencillo, un escenario privilegiado para vivir el tiempo de Adviento y celebrar la Navidad en medio de los sencillos de este mundo, donde suele encarnarse de una manera más frecuente el Dios con nosotros que nace hoy.

No sobra decir que el P. Toñito Silva, como cariñosamente lo llamamos, es un alma de niño, encarnado en un hombre de unos 80 años que ya se van a acercando a los 90… Su alma de niño está garantizada de toda oxidación y deterioro. Nunca ha dejado de ser un niño y eso se muestra en su maravillosa sensibilidad. Desde joven en la Compañía se le ha conocido como un hombre creativo y divertido. Le encanta jugar y goza de una gracia particular de Dios que le permite vivir veinticuatro horas al día disfrutando de la infancia espiritual, único pasaporte válido para entrar al reino de los cielos…

Durante la novena, la gente acudía a la eucaristía de la tarde para escuchar la Palabra de Dios y la amena predicación de Toñito, como la mejor preparación del corazón para la llegada del Niño del Pesebre… Pero uno de aquellos días, después de haber proclamado el evangelio correspondiente, Toñito Silva se dirigió hacia una banca donde había una señora con un niño de brazos… Le pidió el niño prestado a su mamá y fue y lo colocó en la cuna vacía que habían colocado a los pies del altar, adornada con pajas y algodones. Desde luego, el niño, más sorprendido que su mamá, rompió a llorar a pleno pulmón al verse alejado de su progenitora. Todos sabemos que el llanto de un niño puede arruinar una predicación, aunque el padre tenga la ventaja de un micrófono y un equipo de sonido de muchos vatios de salida, mientras el niño o niña (creo que gritan un poco más las niñas…), cuenta sólo con sus pequeños pulmones, para hacerse sentir…

Cuando hablan del realismo mágico de García Márquez, me parece que no tiene nada de mágico, comparado con la realidad que se vive en estas latitudes. Ni la mejor literatura es capaz de superar la magia de la realidad. No se imaginan el escenario de un niño llorando a todo pulmón, mientras toda la gente escuchaba con mucha atención y el padre Toñito reposaba impasiblemente sentado en su sede, que en esas circunstancias, parecía episcopal... Toñito se sentía el más dichoso predicador. Realmente había encontrado un reemplazo inmejorable esa tarde de oración. Después de unos cinco minutos eternos, en los que todos los presentes pasamos miles de veces por millones de interrogantes y deseos de intervenir de alguna manera esa escena macondiana, Toñito se levantó con mucha solemnidad de su silla, tomó al niño entre sus brazos y lo devolvió a la ansiosa madre que suspiraba sin saber qué hacer… El llanto se detuvo casi inmediatamente, dejando oír las últimas palabras del predicador suplantado que exhaló, como si fuera un último suspiro… “Así sea…”, y continuó, como si nada, con la eucaristía.

No he escuchado una mejor predicación, en mis largos años de haber participado de la eucaristía. Tal vez hoy, día en que celebramos el misterio de la Navidad, podríamos acercarnos al pesebre para escuchar el llanto de un niño y, al mismo tiempo, escuchar el llanto de Dios que nos sigue interpelando desde la humildad del pesebre.

 

Una familia de refugiados

José Antonio Pagola

Según el relato de Mateo, la familia de Jesús ha vivido la experiencia trágica de los refugiados, obligados a huir de su hogar para buscar asilo en un país extraño. Con el nacimiento de Jesús no ha llegado a su casa la paz. Al contrario, enseguida se han visto envueltos por toda clase de amenazas, intrigas y penalidades.

Todo comienza cuando saben que Herodes busca al niño para acabar con él. Como sucede tantas veces, bajo el aparente bienestar de aquel reinado poderoso, perfectamente organizado, se esconde no poca violencia y crueldad. La familia de Jesús busca refugio en la provincia romana de Egipto, fuera del control de Herodes, asilo bien conocido por quienes huían de su persecución. De noche, de manera precipitada y angustiosa, comienza su odisea.

Por un momento, parece que podrán disfrutar de paz pues «han muerto los que atentaban contra el niño». La familia vuelve a Judea, pero se enteran de que allí reina Arquelao, conocido por su “crueldad y tiranía”, según el historiador Flavio Josefo. De nuevo, la angustia, la incertidumbre y la huida a Galilea, para esconderse en un pueblo desconocido de la montaña, llamado Nazaret.

¿Podemos imaginar un relato más contrario a la escena ingenua e idílica del nacimiento de Jesús naciendo entre cantos de paz, entonados por coros de ángeles, en medio de una noche maravillosamente iluminada? ¿Cuál es el mensaje de Mateo al dibujar con trazos tan sombríos los primeros pasos de Jesús?

Lo primero es no soñar. La paz que trae el Mesías no es un regalo llovido del cielo. La acción salvadora de Dios se abre camino en medio de amenazas e incertidumbres, lejos del poder y la seguridad. Quienes trabajen por un mundo mejor con el espíritu de este Mesías, lo harán desde la debilidad de los amenazados, no desde la seguridad de los poderosos.

Por eso, Mateo no llama a Jesús “Rey de los judíos” sino “Dios-con-nosotros”. Lo hemos de reconocer compartiendo la suerte de quienes viven en la inseguridad y el miedo, a merced de los poderosos. Una cosa es clara: sólo habrá paz cuando desaparezcan los que atentan contra los inocentes. Trabajar por la paz es luchar contra los abusos e injusticias.

En ese esfuerzo, muchas veces penoso e incierto, hemos de saber que nuestra vida está sostenida y guiada por la “Presencia invisible” de Dios al que hemos de buscar en la oscuridad de la fe. Así busca José, entre pesadillas y miedos nocturnos, luz y fuerza para defender a Jesús y a su madre. Así se defiende la causa de Jesús.

 

Los esponsales y una noche de duda

En los tiempos de Jesús y en la mayoría de los países de Oriente era el padre quien decidía con quien habían de casarse sus hijas. Sin embargo en Israel esto solo era válido antes de que la muchacha cumpliera doce años. A partir de esta edad era necesario el consentimiento de la hija para concertar el compromiso. Los esponsales preparaban el paso de la muchacha del poder de su padre al de su esposo. A veces se celebraban cuando la novia era aún una niña de seis, ocho años. Pero la edad normal era a los doce o doce y medio. A esa edad la muchacha era considerada una mujer adulta. En Israel las mujeres se casaban muy jovencitas: trece, catorce años eran edades muy frecuentes. Los hombres lo hacían con algunos años más: diecisiete, dieciocho. En las ciudades se daban muchos casos de matrimonios con parientes, pues como las mujeres vivían muy encerradas era difícil que conocieran con cierta libertad a otros muchachos en edad de casarse. Esto no ocurría en el campo. Mujeres y hombres

trabajaban juntos en la recolección, en la siembra y podían entablar amistad con más normalidad. Además la pequeñez de Nazaret facilitaba el que todos conocieran a todos.

El matrimonio era precedido por los esponsales, que no debemos confundir con un simple noviazgo, como lo entendemos hoy día. Estar desposados era prácticamente estar casados. Y la infidelidad de la mujer, en este tiempo, era considerada ya como adulterio, aunque la unión entre los desposados no se hubiera consumado.

No se sabe con exactitud el tiempo que mediaba entre los esponsales y el matrimonio. Lo ordinario era un año, pero dependía de los lugares, de las costumbres familiares, de la época, del año.

Poquísimos datos da el evangelio acerca de José, el esposo de María. Pero las costumbres de la época y la vida de Nazaret nos permiten imaginar- lo. Cuando José se desposo con María sería un muchacho joven, fuerte y en plenitud de vida. Campesino, trabajador, creyente, como otros muchos jóvenes de entonces, que esperaban la liberación de su pueblo y vivían en su propia carne la pobreza de la clase social a la que pertenecían.

Al tener noticia del embarazo de María, a José se le presentaban varios caminos. El de repudiarla -divorciarse de ella, rompiendo los desposorios- alegando cualquier razón que la ley le ofrecía (por ejemplo algún defecto que hubiera descubierto en María, físico o moral) El denunciar- la como adultera, infiel a la palabra dada, con la que María podía ser matada a pedrada por los vecinos de Nazaret. O el de huir de la aldea, que- dando ante sus vecinos como un cobarde que no cumple con su esposa y más tarde, por el estado de María, convertirse en hazmerreír de todos sus paisanos.

Por amor a María, porque la quería pro- fundamente. José eligió otro camino que no era ni el legalista ni el de la huida. Acepto lo que había ocurrido, se fió de la palabra de su esposa y acogió como suyo aquel niño, encubriendo así a María ante toda la aldea, para que no murmuraran de ella. Fue una decisión inspirada en el amor que le tenía. La decisión de un hombre “justo”, según el evangelio. Justo en su más profundo sentido, que no es nunca del que actúa según la ley, sino según el espíritu, del que obra según los sentimientos más hondos de cariño, solidaridad y confianza.

Para resolver las terribles dudas que tuvo que experimentar José, el evangelista Mateo hace intervenir a un ángel que en sueños le habla, le devuelve la paz y le da fuerza para tomar la deci- sión de aceptar a María y al hijo que va a nacer.

(Martín Vigil. Un tal Jesús. no 3)

 

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