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Por Leonardo Boff

Recordamos en este año los 65 años del Holocausto judío perpetrado por el nazismo de Hitler y de Himmler. Es terrorífica la inhumanidad mostrada en los campos de exterminio, especialmente en el de Auschwitz (Polonia). El hecho llegó a tambalear la fe de judíos y de cristianos que se preguntaban: ¿Cómo pensar a Dios después de Auschwitz? Las respuestas dadas hasta hoy, bien del lado judío, bien por J.B.Metz y J. Moltmann del lado cristiano, son insuficientes. La pregunta todavía es más radical: ¿Cómo pensar al ser humano después de Auschwitz?

Es cierto que lo inhumano pertenece a lo humano. Pero, ¿cuánto de inhumanidad cabe dentro de la humanidad? Fue un proyecto concebido calculadamente y sin ningún tipo de escrúpulo para rediseñar la humanidad. A la cabeza debía estar la raza aria-germánica; algunas razas serían colocadas en segunda y tercera categorías; otras esclavizadas o simplemente exterminadas. En palabras de su formulador, Himmler, el 4 de octubre de 1943: «Ésta es una página de gloria de nuestra historia que no se ha escrito y que jamás se escribirá». El nacionalsocialismo de Hitler tenía clara conciencia de la inversión total de los valores. Lo que sería un crimen se transformó para él en virtud y gloria. Aquí se revelan rasgos del Apocalipsis y del Anticristo.

El libro más perturbador que he leído en mi vida y que nunca acabo de digerir se titula Comandante en Auschwitz: notas autobiográficas de Rudolf Höss (1958). Durante los 10 meses que estuvo preso y fue interrogado por las autoridades polacas en Cracovia entre 1946-1947, para ser finalmente sentenciado a muerte, Höss tuvo tiempo de describir con extremada precisión los detalles de cómo envió a cerca de dos millones de judíos a las cámaras de gas. Allí se montó una fábrica de producción diaria de miles de cadáveres que asustaba a los propios ejecutores. Era la «banalidad de la muerte» de la que hablaba Hannah Arendt.

Pero lo que más asusta es su perfil humano. No imaginemos que Hoss unía el exterminio en masa a sentimientos de perversidad, sadismo diabólico y pura brutalidad. Al contrario, era cariñoso con su mujer e hijos, concienzudo, amigo de la naturaleza, en fin, un pequeño burgués normal. Al final, antes de morir, escribió: «La opinión pública puede pensar que soy una bestia sedienta de sangre, un sádico perverso y un asesino de millones de personas. Pero nunca va a entender que este comandante tenía un corazón y que no era malo». Cuanto más inconsciente, más perverso es el mal.

Esto es lo perturbador: ¿cómo puede tanta inhumanidad convivir con la humanidad? No sé. Sospecho que aquí entra la fuerza de la ideología y la sumisión total al jefe. La persona de Höss se identificó con el comandante y el comandante con la persona. La persona era nazi en cuerpo y alma y radicalmente fiel al jefe. Recibida la orden del «Fuhrer» de exterminar a los judíos, ni siquiera se debía pensar: vamos a exterminarlos (der Führer befiehl, wir folgen). Confiesa que nunca se cuestionó la orden porque «el jefe siempre tiene razón». La más leve duda era sentida como traición a Hitler.

Pero el mal también tiene límites y Höss los sintió en su propia piel. Siempre queda algo de humanidad. Él mismo cuenta que dos niños estaban entretenidos jugando. Su madre era empujada hacia dentro de la cámara de gas. Los niños fueron obligados a ir también. «La mirada suplicante de la madre, pidiendo misericordia para aquellos inocentes —comenta Höss— nunca la olvidaré». Hizo un gesto brusco y los guardias los arrojaron a la cámara de gas. Confiesa que muchísimos de los ejecutores no aguantaban tanta inhumanidad y se suicidaban. Él se mantenía frío y cruel.

Estamos ante un fundamentalismo extremo que se expresa por medio de sistemas totalitarios y de obediencia ciega, sean políticos, religiosos o ideológicos. La consecuencia que produce es la muerte de los otros.

Este riesgo también está alrededor nuestro, pues hoy día nos hemos dado los medios para autodestruirnos, para desequilibrar el sistema Tierra y para aniquilar en gran parte la vida. Sólo potenciando al ser humano con aquello que nos hace humanos, como es el amor y la compasión, podemos limitar nuestra inhumanidad.

LA PESCA ABUNDANTE

Pedro era pescador. Residía en la provincia de Galilea, al norte del país, en una aldea llamada Cafarnaún (aldea de Naún o de la consolación). Tenía allí su casa, lugar elegido por Jesús como centro de su actividad misionera mientras estuvo como predicador ambulante por aquella zona en la que pasó la ma­yor parte del tiempo de su vida pública.

La pequeña aldea de Cafarnaún se extendía unos 500 me­tros a orillas del lago de Genesaret, y se adentraba 250 me­tros hacia tierra, como han probado las excavaciones allí rea­lizadas, que han descubierto la planta de una manzana de casas, al estilo de las casas típicas andaluzas, con habitaciones en torno a un patio central, que datan del siglo I de nuestra era. De entre todas estas casas, una fue especialmente tratada con el correr del tiempo, aislada del resto del barrio con un muro, y convertida más tarde, hacia mitad del siglo V, en basílica, para lo que hubo que destruir alguna de las casas que la rodeaban. En el lugar se encontraron 131 inscripciones en diversas lenguas, alusivas todas ellas al carácter venerado de aquella casa. Los arqueólogos, con certeza casi absoluta, la identificaron con la casa de Pedro, donde Jesús curó a su suegra, y él mismo residía.

Cafarnaún está situada junto al lago de Genesaret, o yam kinnéret (mar de la lira), como se le denomina en el Antiguo Testamento hebreo, por tener la forma de este instrumento musical. El lago tiene 21 km. de largo por 11 km. en su parte más ensanchada, y 45 metros de máximo de profundidad. Lago de agua dulce y rica fauna, que se encuentra a 212 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo. Rodeado de colinas que sólo se interrumpen para dejar paso por el norte al río Jordán, que lo abastece con sus aguas y lo abandona hacia el sudoeste para seguir su curso hasta morir en el Mar Muerto, otro in­menso lago en cuya agua salada no hay posibilidad de vida, al sur del país.

Cuenta el evangelista Lucas que «una vez que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír el mensaje de Dios, es­tando él a orillas del lago de Genesaret, vio dos barcas junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban la­vando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la retirara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, estuvo enseñando a la gente. Cuando acabó de hablar dijo a Simón: -Remad lago adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bre­gando y no hemos recogido nada; pero ya que lo dices tú, echaré las redes. Así lo hicieron, y cogieron tal redada de pe­ces, que reventaba la red… Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:  -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador…  Jesús dijo a Simón: -No temas; desde ahora lo que pescarás serán hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,1-11).

Bonita y extraña escena que tiene un significado simbóli­co: en la escucha de la palabra, Jesús elige a sus discípulos de entre la gente y, en su barca, éstos llaman a tal cantidad de hombres, que tienen que ampliar el número de colaboradores: «Al ver que reventaba la red, hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano.»

La pesca abundante, a nivel simbólico, representa la tarea que Simón Pedro y los discípulos tendrán que realizar: arrebatar hombres (= peces) a las fuerzas del mal (= mar), si­guiendo la orden de Jesús de echar las redes para pescar (= predicar). Con Jesús, la pesca será abundante, aunque la hora no sea apropiada.

Para comprender el significado profundo de esta narra­ción, el atento lector tendrá que realizar una ‘metáfora’ (pa­labra que significa ‘cambio, traslado’ de sentido): deberá sus­tituir ‘pesca de peces’ por ‘pesca de hombres’, ‘echar la red’ por ‘predicar’ para atraer hombres a la comunidad de Jesús. Tarea que tendrá éxito sobreabundante si va dirigida por el espíritu de Jesús, patrón de la barca.

II

¿QUE ES LO QUE HAY QUE DEJAR?

Es importante aclararse en este asunto: para seguir a Jesús, ¿qué es lo que hay que dejar? Durante mucho tiempo parecía que lo que había que abandonar era todo lo que hace agradable la vida: el amor, la fiesta, la familia. Pero así, además de hacer insopor­table la vida del ser humano, hemos presentado la imagen de un Dios sádico que se complace en el sufrimiento de sus criaturas.

NOCHE DE DURA BREGA

… vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores habían desem­barcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas… Se sentó y… se puso a enseñar a las multitudes. Cuando acabó dijo a Simón:

-Sácala adonde haya fondo y echad vuestras redes para pescar.

Simón le contestó:

-Jefe, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, fiado en tu palabra, echaré las redes.

La existencia del hombre siempre ha estado amenazada por la muerte. Y no sólo porque el hombre sea mortal por naturaleza, como mortal es un árbol o un pájaro, sino porque en este asunto el hombre ha ayudado generosamente a la naturaleza. Hagamos un recuento superficial de las muertes que los hombres nos hemos ido inventando, día tras día, siglo tras siglo: la esclavitud, la guerra, la tortura, la explotación de los débiles, el imperialismo, el miedo a la crueldad de tantos dioses crueles, la pena de muerte, el hambre, las armas blancas, las armas de fuego, las armas convencionales, las armas nucleares, las armas químicas… La muerte una y otra vez repetida; la muerte… siempre sentida como cercana ame­naza. La vida humana queda así reducida a una larga noche de dura brega, luchando contra el viento y las olas de un mar adverso, y al final, cuando se hace el recuento…, ¡nada!

Pero eso no responde a la voluntad de Dios, a pesar de que siempre se ha metido a Dios en estos asuntos de muerte: diciendo que estaba del lado de los amos, colocándolo siempre como aliado de los vencedores -los que han matado con más eficacia- o atribuyéndole el origen de todos los males cuya causa está siempre mucho más cerca. Y eso pasaba inclu­so en el pueblo de Dios, en la nación que nació gracias a la intervención liberadora del Señor.

Por eso Dios decide intervenir para, defendiendo la vida del hombre, defender su propia dignidad, su gloria.

PESCAR HOMBRES VIVOS

Así lo hicieron, y capturaron tal cantidad de peces, que reventaban las redes… Simón Pedro se postró a los pies de Jesús, diciendo:

-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador…

Jesús dijo a Simón:

No temas, desde ahora pescarás hombres vivos.

Lo primero que hace Jesús es presentar a los israelitas el proyecto de Dios, el mensaje de Dios, lo que poco antes había llamado el reino de Dios (Lc 4,43): una oferta definitiva de salvación; pero no sólo para la otra vida, sino para toda la vida, para todas las vidas, para todo lo que es vida.

En el mar, en el mismo escenario en el que se desarrollan la vida y la lucha por vencer, al menos un día más, a la muerte, allí reivindica Jesús la imagen de un Dios que es Padre bueno y que quiere ser conocido y aceptado como tal, como el que quiere con pasión a sus hijos, a los que, porque los ama, les ofrece su propia vida para que, amándose, se ayuden a vivir unos a otros.

Y después se pone a pescar con ellos. Es un trabajo duro, pero necesario, y que no tiene por qué terminar en la frustra­ción: «capturaron tal cantidad de peces, que reventaban las redes». Y a la vista del éxito, Jesús los invita a emprender otro trabajo: pescar hombres vivos para que sigan viviendo (y no como los peces).

La imagen que usa Jesús podríamos explicarla así: el mar es el ambiente duro y peligroso en el que el hombre debe sobrevivir; los peligros que el mar representa son las amenazas constantes a la vida, a la libertad, a la felicidad de los hombres. La tarea de Jesús y la de sus seguidores consiste en defender y salvar, en ese mar, la vida de los hombres: vida, y amor, y libertad, y felicidad…

DEJANDOLO TODO

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Todo. Hay que estar dispuesto a dejar todo lo que estorba para ponerse a pescar hombres vivos; pero sería una grave contradicción tener que renunciar para ello a la vida.

Lo que hay que dejar sin más es todo lo que obstaculiza la tarea que queremos emprender, todo lo que es contrario al mundo que queremos construir: hay que romper con la injusticia, la ambición, el egoísmo, el ansia de poder, la com­plicidad con los sistemas y los poderes opresores… Hay que abandonar también los instrumentos que, como la vieja reli­gión, se han manifestado o resultan ya inútiles para el inmenso trabajo que hay que realizar. Hay que dejar atrás igualmente cualquier cosa que suponga la renuncia a la propia dignidad, cualquier realidad que constituya una esclavitud: las ideolo­gías dogmáticas, la intolerancia, los exclusivismos…

Y a veces habrá que abandonar alguna de las cosas buenas que nos ofrece la vida; las circunstancias irán indicando si, en cada caso, es necesaria una mayor renuncia. Pero, ¡aten­ción!, esto ya no sería una exigencia de Dios, sino la manifes­tación de lo mal organizado que está este mundo. Porque Jesús nos pide que estemos dispuestos a dejarlo todo -¡hasta la vida!-, pero no para perderlo todo, sino para que todos puedan gozar en plenitud de todo lo que es bueno.

El autor de la primera lectura ubica la escena en un tiempo concreto, año 740 a.C. que corresponde a la muerte del rey Osías (740 a.C). El relato se divide en dos partes: la visión (vv. 1-4) y la reacción del profeta (vv. 5-8). Una tercera parte, que ha sido excluida en nuestro texto liturgico (vv. 9-13), cuenta la misión que recibe el profeta. Realmente todo el capítulo 13 forma una unidad literaria. Por su similitud con los relatos de vocación de Jeremías y Ezequiel, que tienen estas mismas tres partes, algunos consideran este relato como de vocación. Sin embargo, el contenido nos lleva a pensar en un relato de misión.

La escena comienza a desarrollarse probablemente en el templo de Jerusalén, donde el profeta recibe la visión de una liturgia celeste. El profeta ve a Yahvé con los rasgos de un rey, ejerciendo su poder. También sobresale un lenguaje de plenitud expresado en frases como “el ruedo de su manto llenaba el templo”, “su gloria llena la tierra toda”… Los serafines (serafín = ardiente), seres alados de fuego, que no son todavía los ángeles de la tradición posterior, están por encima del rey, en actitud de servicio. Los serafines entonan el canto del «santo, santo, santo». La santidad de Dios se hace visible a través de su gloria, y la gloria de Dios se manifiesta a través de sus obras en la creación y de sus acciones liberadoras a favor de su pueblo.

En los vv. 5-7 se nos muestra la reacción de Isaías ante la visión, poniendo el acento en la impureza de sus labios y los de su pueblo. Se siente perdido por que tal vez no habló en el momento que lo debía hacer, esto lo hace impuro e incapacitado para ejercer su vocación de hablar en le nombre de Yahvé. La exclamación angustiosa que expresa conversión es atendida con un serafín quien a través de un carbón encendido toca su boca para que le sean perdonados sus pecados. Isaías entonces está habilitado de nuevo como profeta, no sólo para hablar sino para escuchar la voz de Dios que busca un profeta. Pasando de la angustia del pecado a la seguridad de estar acreditado para hacer de profeta, responde de inmediato “aquí me tienes”, manifestando así su disponibilidad y pertenencia absoluta a la voluntad del Señor.

Todo el capítulo 15 de 1 Corintios tiene como eje temático la resurrección de Jesucristo, puesta en duda en el v.12: “¿cómo dice alguno que no hay resurrección de los muertos?”. Al comenzar el capítulo Pablo recuerda la Buena Nueva como el mejor regalo entregado a la comunidad de Corinto, regalo que fue recibido y mantenido con fidelidad a las palabras anunciadas. Aparece claro que el elemento común a los cristianos de todos los pueblos, culturas y tradiciones es la palabra de Dios. El contenido de la Buena Nueva lo describe Pablo citando un fragmento del primer credo cristiano que tiene como protagonista a Cristo, como testimonio de solidaridad, su muerte por nuestros pecados, como punto de referencia, las Escrituras, como respuesta solidaria humana, su sepultura, como intervención directa de Dios, su resurrección, como testigos de la resurrección, a todos los que se les apareció. El Dios de la Vida y la vida de nuestro pueblo es la razón de ser de toda vocación cristiana, que es vocación a defender y acrecentar la vida. «Para que tengan Vida y Vida en abundancia».

En el evangelio de hoy nos encontramos con un diálogo entre Jesús y Pedro, sencillo y profundo a la vez, diálogo que podríamos hacer nuestro en medio de las aguas tempestuosas de este mundo mientras nos esforzamos en nadar contra corriente. Pedro, por el oficio, era el experto en lugares y horas precisas para pescar. Sabía que en la noche y con las aguas tranquilas se pesca mejor, eso había estado haciendo toda la noche ¡y no habían cogido ni un pececito! Pero llega Jesús que sin ser pescador le dice sencillamente, que eche las redes para pescar…

Pedro, el experto, pudo haber dicho que no, que no era ni la hora ni el lugar para pescar y todo hubiera quedado ahí. Pero no, calla su experiencia y sabiduría (“hemos pasado toda la noche bregando”); reconoce su fracaso y desilusión (“no hemos cogido nada”), y “en nombre de Jesús echa las redes”. Y ya conocemos el final del relato: ¡una pesca maravillosa! Cuando Jesús le pide a Pedro que “reme mar adentro” lo está invitando a una aventura que lo lleva más allá de las playas cotidianas en busca de un horizonte mucho más amplio. Y Pedro cree en la palabra de Jesús.

Este es el verdadero milagro: creer cuando todo parece ilógico. La abundante pesca y las redes llenas de peces son sólo la consecuencia de la fe. Todos los relatos de milagros en el evangelio comienzan con la fe o la suscitan, es la condición para ver la acción de Jesús, cuando no la hay, Jesús simplemente se va a la otra orilla como veremos en las próximas semanas. Si creemos en Jesús entonces se realiza el milagro!

Claro, la cosa no es tan sencilla, se necesita una fe muy grande dada por Dios. Pidamos esa fe para que igual que Pedro, creamos en Jesús, obedezcamos su palabra, rememos mar adentro y echemos las redes para pescar, entonces, veremos otro milagro en nuestras vidas y en nuestra comunidad.

Y es que ser discípulos de Jesús exige confiar en la palabra de Cristo. La misión a la que Jesús nos quiere enviar es osada y, hoy por hoy, con pocas probabilidades de éxito. Jesús quiere contar con nosotros y nosotras para el proyecto de Reino. Jesús convoca a los Apóstoles para que sean pescadores de hombres, por eso toda vocación exige “remar mar adentro” para abandonar las seguridades de la orilla, tener un horizonte ilimitado asumir responsabilidades y meterse en una gran obra: la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo.

Sin demeritar el oficio de los pescadores lo que le propone Jesús a Pedro es una superación en el oficio que hasta ahora había desempeñado, pescar hombres y mujeres para el Reino es una empresa más noble y difícil que pescar peces, es algo más milagroso que la pesca que acaban de hacer.

Pero los llamados a esta nueva labor son también invitados a “dejarlo todo” para seguir a Cristo. Los necesita dedicados a tiempo completo, dedicándole a esta “misión” todas las fuerzas, pescar hombres y mujeres para el Reino exige renunciar a todo lo demás y asumir a Jesús como única posesión. La misión a la que se llama exige desprenderse por completo del mundo, para apegarse totalmente a Jesús. En el relato de hoy se van con Jesús que vale mucho más que las dos barcas llenas de pescados que les acaba de regalar. Dejaron esa abundante pesca que los había admirado tanto porque comprenden que la vocación compromete al ser humano en un trabajo que está por encima de los trabajos humanos ordinarios. La vocación – misión es una invitación a colaborarle a Dios, un trabajo milagroso. Oremos hoy por aquellos que dejándolo todo se han ido tras el Señor.

El lago de Galilea, por su gran extensión, es llamado “mar” de Galilea. En el evangelio también se le menciona como lago de Tiberíades o de Genesaret, haciendo referencia a dos ciudades que se encontra-ban a sus orillas. En el A.T. se le llama mar o lago de “Kinneret” (de “kinnor” que, en hebreo, significa arpa). La leyenda dice que el lago tiene esta forma y que la suave voz de sus olas recuerda el sonido de las cuerdas del arpa.
De norte a sur el lago mide hasta 21 kilómetros. Su mayor anchura es de 13 kilómetros. Está situado, como el Mar Muerto, bajo el nivel del mar (212 metros) y llega a tener una profundidad de 48 metros. Sus aguas son dulces y ricas en varias especies de peces. Se conocen hasta 22 especies distintas. En tiempos de Jesús, y aún hoy, la pesca es principal actividad en las ciudades de las orillas.
Junto al lago se habían ido levantando varias ciudades. En tiempos de Jesús una de las mas importantes era Cafarnaúm (ciudad del consuelo o ciudad de Nahúm) nunca mencionada en el A.T. La ciudad tenía un puesto de aduanas, pues era fronteriza entre la Galilea que gobernaba Herodes y la zona de Iturea y Traconítide, que le correspondía a Filipo. Estaba, además junto a la gran calzada romana que unía Galilea con Siria (la llamada “vía maris”) Por su importancia estratégica había también en la ciudad una guarnición romana con un centurión a su mando. En Cafarnaúm se desarrollaba gran cantidad de episodios de la predicación de Jesús en Galilea. Allí vivió al dejar Nazaret y Mateo la llega a llamar “la ciudad de Jesús” (Mt. 9,1)
En los tiempos evangélicos Cafarnaúm era una ciudad de unos tres kilómetros de extensión y unos pocos miles de habitantes. Además de la pesca, la población se dedicaba a la agricultura: aceituna, trigo y otros granos. Las casas estaban construidas en piedra negra de basalto con techos de lodo y paja, que hicieron más soportable el calor, muy fuerte en verano, por la gran depresión que forma el mar de Galilea. Unos cuatro siglos después de Jesús, Cafarnaúm quedó destruida y no ha sido hasta finales del siglo pasado cuando aparecieron sus ruinas. Estas ruinas -cimiento de algunas casas, trazado de barrios y calles de la antigua ciudad- son uno de los mayores tesoros arqueológicos de los tiempos evangélicos. En Cafarnaúm actual se conserva una gran sinagoga edificada sobre la primitiva y muchos objetos de la época (lámparas de aceite, prensas, piedras de molino, etc.)
De todos los recuerdos, el más importante es, sin duda, el basamento o cimiento de la casa de Pedro. Las inscripciones encontradas demuestran que los primeros cristianos se reunían allí ya desde el s.I a celebrar la Eucaristía. Está muy cerca del embarcadero y forma parte con otras pequeñas casitas de una especie de patio común o solar de vecinos, que compartían agrupadas varias familias, casi puerta con puerta. El trazado de estas casitas habla bien a las claras de la extrema pobreza en que vivían los amigos de Jesús. Es probable que Zebedeo, con su mujer, Salomé, y sus dos hijos, Santiago y Juan, y la familia de Pedro y Andrés, vivieran juntos en una de estas agrupaciones de casas, en el barrio de los pescadores de Cafarnaúm.
La buena noticia de Jesús comenzó a fermentar en el barrio de pescadores de Cafarnaúm, un lugar absolutamente popular, pobre y trabajador
(Cfr. López Vigil. Un tal Jesús I pg. 91-92)

JUAN MANUEL DE PRADA
Sábado , 06-02-10 en ABC
¿En qué consistió la plegaria de Zapatero en Washington? Pues consistió en repetir la estrategia que emplea el demonio en el episodio de las tentaciones en el desierto, donde cada vez que trata de seducir a Jesús lo hace invocando citas bíblicas; y es que, en efecto, el demonio es un gran conocedor de la Biblia, aunque su conocimiento lo emplee para invertir el sentido de sus palabras. Esta estrategia la desplegó Zapatero, a imitación de su modelo, en un doble y complementario sentido: por un lado, recurrió a la literalidad engañosa que trocea y descontextualiza la Biblia, para evitar alusiones molestas; por el otro, recurrió a su interpretación laxa, utilizando la cita bíblica a modo de «cadáver exquisito» cuyas palabras pueden intercambiarse a voluntad. O sea, la Biblia convertida en un fósil o en un ectoplasma, para que deje de ser Palabra viva y se convierta en palabra petrificada o palabra reducida a papilla.
Zapatero uso la Biblia como un fósil en su cita del Deuteronomio, donde leyó el mandato que prohíbe oprimir al jornalero pero omitió la consecuencia lógica de infringir tal mandato, que el Deuteronomio nombra explícitamente: «De otro modo, (el jornalero) clamaría a Yavé contra ti y tu cargarías con un pecado». Y usó la Biblia como un ectoplasma cuando muy taimadamente repitió la inversión de la sentencia evangélica -«La Verdad os hará libres»-, afirmando que es la libertad la que nos hace verdaderos. Pero la libertad, como afirma don Quijote en otra cita tergiversada por Zapatero, es un «don de los cielos»; y es que Don Quijote era, como lo definió Turgueniev, «la criatura más profundamente moral que existe en el mundo». Ese don divino de la libertad nos permite reconocer categorías morales objetivas, a las que el hombre puede adherirse o traicionar, porque, en efecto, somos libres para salvarnos y libres para perdernos. Don Quijote usó del don divino de la libertad para adherirse al Bien; y su lealtad al Bien, que tantos varapalos y privaciones le costó, fue inquebrantable hasta la hora de su muerte. Sabía cuál era su misión en el mundo y sabía, sobre todo, que tal misión no podía llevarla a cabo solo, sino con la ayuda de Quien, desde el cielo, le había entregado magnánimamente el don de la libertad; por eso dice (II, cap. 58): «Los que reciben son inferiores a los que dan; y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos».
Don Quijote está tan unido a la Verdad, tan abrazado al Bien, que es libre para probarse en los sacrificios más ímprobos; es libre para entregarse a las causas que no le reportarán ningún provecho; es libre para alzarse del polvo una y otra vez, cuando cada una de sus empresas se salda con el fracaso y el escarnio; es libre, en fin, hasta de sí mismo, como lo expresa con delicadeza sin igual Sancho, cuando de regreso a la aldea junto a su vapuleado amo, exclama: «Deseada patria, abre los brazos y recibe a tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede». Zapatero, que representa la criatura antípoda de don Quijote, o sea una criatura profundamente amoral, no cree que el Bien se alcance «venciéndose a uno mismo», sino que piensa que el bien es una gelatina que cada cual puede moldear a su gusto, dejándose vencer por sus caprichos; y, de este modo, la libertad se convierte en la búsqueda del interés propio, en la satisfacción de apetencias y deseos; esto es, en puro emotivismo y debilidad mental.
Hay quienes afirman que el discurso de Zapatero no fue una verdadera plegaria; yo, por el contrario, sostengo que lo fue de principio a fin, sólo que no iba dirigida a Dios, sino a aquél que los antiguos denominaban «mono de Dios». Por eso, en su plegaria llenó de mierda la Biblia y, por añadidura, el Quijote, que es la más sublime expresión de la literatura cristiana.

JUAN JOSÉ TAMAYO 06/02/2010 EL PAIS

En reiteradas ocasiones he criticado con severidad desde estas páginas la política religiosa del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, sobre todo por los privilegios concedidos a la Iglesia católica -sobre todo a su jerarquía- en materia económica y educativa. Críticas todas ellas a mi juicio justificadas y ampliamente compartidas por sectores laicos y religiosos, y que seguiré haciendo mientras no se revise el anacrónico e inconstitucional Concordato con la Santa Sede y no se establezca la igualdad de todas las religiones.

Hoy, sin embargo, tengo que felicitar a Rodríguez Zapatero por el acierto en la elección del texto del Deuteronomio en su prédica del Desayuno de Oración en Estados Unidos y por la certera lectura que ha hecho del mismo en un marco religioso claramente conservador. Yo había pensado en la Parábola del Buen Samaritano y bien creía que ése iba a ser el texto elegido, por su fuerte carga humanista y compasiva; un texto que pone como ejemplo de comportamiento ético-compasivo no a un creyente judío cumplidor de la ley, sino a un hereje, a un samaritano. Pero eligió otro de los textos clave de la Biblia hebrea, que tiene profundas resonancias en los profetas de Israel, en los salmistas, en la literatura sapiencial, en el Testamento cristiano, en el mensaje y la praxis de Jesús, en el movimiento cristiano primitivo y que es de extraordinaria actualidad por la dramática situación de los inmigrantes y por el creciente número de desempleados.

Zapatero leyó sólo una parte de ese texto: “No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus compatriotas, o un extranjero que vive en las ciudades de tu país. Págale su jornal ese mismo día, antes de que se ponga el sol, porque está necesitado, y de ese jornal depende su vida” (Dt. 24,14-15). Creo que debería haber seguido unas líneas más: “No torcerás el derecho del extranjero, ni del huérfano, ni tomarás en prenda el vestido de la viuda. Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yahvé tu Dios te rescató de allí” (Dt. 24,17-18).

Estas disposiciones humanitarias aparecen en todos los códigos legislativos del Pentateuco: el de la Alianza, el Dodecálogo de Siquem, la Ley de Santidad y el Deuteronomio. Son todos ellos textos de un fuerte componente utópico y de un innegable contenido liberador. Constituyen, en muchos aspectos, la vanguardia en la defensa de los sectores más desprotegidos de la sociedad. Cuatro son las razones que dichos códigos dan para tratar bien a los extranjeros. La primera es histórica: vosotros fuisteis extranjeros en Egipto y no podéis tratar a los forasteros como os trataron a vosotros cuando erais esclavos en el país de los faraones; es la ley de la reciprocidad. La segunda es antropológica: los extranjeros tienen la misma dignidad que los nativos y no hay razón para discriminarlos. La tercera es que Dios opta por los excluidos y marginados, por las personas más vulnerables, como los huérfanos, las viudas, los trabajadores por cuenta ajena, los esclavos y los extranjeros; la cuarta, en fin, porque toda la tierra es de Dios y nadie puede apropiarse de ella como si fuera su dueño absoluto.

Al elegir este texto Zapatero se sitúa en la mejor tradición de la filosofía de la alteridad, representada por Emmanuel Lévinas, quien comienza su emblemática e influyente obra Totalidad e infinito (Sígueme, Salamanca, 1977, 9) hablando de la “responsabilidad por el prójimo”, de la “epifanía del rostro, pero el rostro en cuanto rostro es la desnudez -y el desnudamiento- del ‘pobre, de la viuda, del huérfano, del extranjero”. El comentario del presidente me parece todo un ejemplo de lectura laica de las Escrituras judías en clave de liberación, en perspectiva humanista y en el horizonte de la utopía.

Pero eso no significa dar un cheque en blanco a Zapatero. Su discurso no puede quedarse en meras palabras. Le compromete personal y políticamente, ¡y mucho!, si no quiere ser acusado de inconsecuente. Le obliga a la hospitalidad con los inmigrantes y a la no discriminación de los “sin papeles”, a eliminar de la Ley de Extranjería ciertos tonos xenófobos, a incumplir la normativa europea en materia de inmigración, claramente lesiva de los derechos de los migrantes, a mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, de las personas desempleadas, a no revisar a la baja las pensiones de la clase trabajadora. Le obliga a asegurar la satisfacción de las necesidades básicas de la población migrante: residencia estable, vivienda digna, trabajo, alimentación, salud, acceso a la educación y a la cultura en las mismas condiciones que los nativos. Sin olvidar el reconocimiento de los derechos políticos.

De lo contrario a Zapatero podría aplicársele lo que los feligreses dicen con frecuencia tras oír el sermón de los curas: “No es lo mismo predicar que trigo dar” o lo que afirma el, a veces sabio, refranero español: “Consejos vendo y para mí no tengo”.

Juan José Tamayo es profesor de Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.

Ignacio Ellacuría

Henri Boulad, jesuita egipcio de gran prestigio en ámbitos eclesiales e intelectuales, ha enviado un mensaje al Papa, a través de la nunciatura de El Cairo.
Este mensaje está siendo difundido a través de distintos medios, porque en el fondo va dirigido también a toda la Iglesia. Quizás el título, “La Iglesia en el abismo“, sea un poco radical, pero el texto merece la pena, como un aldabonazo que ójala encuentre el eco que en mi opinión merece.

Santo Padre:

Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por “la libertad de los hijos de Dios” a la que nos invita San Pablo, y por mi amor apasionado por la Iglesia.

Le agradeceré también sepa disculpar el tono alarmista de esta carta, pues creo que “son menos cinco” y que la situación no puede esperar más.

Permítame en primer lugar presentarme. Jesuita egipciolibanés de rito melquita, pronto cumpliré 78 años. Desde hace tres años soy rector del colegio de los jesuitas en El Cairo, tras haber desempeñado los siguientes cargos: superior de los jesuitas en Alejandría, superior regional de los jesuitas de Egipto, profesor de teología en El Cairo, director de Caritas-Egipto y vicepresidente de Caritas Internationalis para Oriente Medio y África del Norte.

Conozco muy bien a la jerarquía católica de Egipto por haber participado durante muchos años en sus reuniones como Presidente de los superiores religiosos de institutos en Egipto. Tengo relaciones muy cercanas con cada uno de ellos, algunos de los cuales son antiguos alumnos míos. Por otra parte, conozco personalmente al Papa Chenouda III, al que veía con frecuencia. En cuanto a la jerarquía católica de Europa, tuve ocasión de encontrarme personalmente muchas veces con alguno de sus miembros, como el cardenal Koening, el cardenal Schönborn, el cardenal Martini, el cardenal Daneels, el Arzobispo Kothgasser, los obispos diocesanos Kapellari y Küng, los demás obispos austríacos y otros obispos de otros países europeos. Estos encuentros se producen con ocasión de mis viajes anuales para dar conferencias por Europa: Austria, Alemania, Suiza, Hungría, Francia Bélgica… En estos recorridos me dirijo a auditorios muy diversos y a los media (periódicos, radios, televisiones…). Lo mismo hago en Egipto y en Oriente Próximo.

He visitado unos cincuenta países en los cuatro continentes y he publicado unos treinta libros en unas quince lenguas, sobre todo en francés, árabe, húngaro y alemán. De los trece libros en esta lengua, quizá haya leído Usted “Gottessöhne, Gottestöchter” [Hijos, hijas de Dios], que le hizo llegar su amigo el P. Erich Fink de Baviera.

No digo esto para presumir, sino para decirle sencillamente que mis intenciones se fundan en un conocimiento real de la Iglesia universal y de su situación actual, en 2009.

Vuelvo al motivo de esta carta, intentaré ser lo más breve, claro y objetivo posible. En primer lugar, unas cuantas constataciones (la lista no es exhaustiva):

1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.

2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.

3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún -cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación- tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.

4. El lenguaje de la Iglesia es obsoleto, anacrónico, aburrido, repetitivo, moralizante, totalmente inadaptado a nuestra época. No se trata en absoluto de acomodarse ni de hacer demagogia, pues el mensaje del Evangelio debe presentarse en toda su crudeza y exigencia. Se necesitaría más bien proceder a esa “nueva evangelización” a la que nos invitaba Juan Pablo II. Pero ésta, a diferencia de lo que muchos piensan, no consiste en absoluto en repetir la antigua, que ya no dice nada, sino en innovar, inventar un nuevo lenguaje que exprese la fe de modo apropiado y que tenga significado para el hombre de hoy.

5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra “mística” no estaba mencionada ni una sola vez en “El nuevo Catecismo”. No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.

6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.

7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano… en una línea más evangélica.

8. La Iglesia católica, que ha sido la gran educadora de Europa durante siglos, parece olvidar que esta Europa ha llegado a la madurez. Nuestra Europa adulta no quiere ser tratada como menor de edad. El estilo paternalista de una Iglesia “Mater et Magistra” está definitivamente desfasado y ya no sirve hoy. Los cristianos han aprendido a pensar por sí mismos y no están dispuestos a tragarse cualquier cosa.

9. Las naciones más católicas de antes -Francia, “primogénita de la Iglesia” o el Canadá francés ultracatólico- han dado un giro de 180º y han caído en el ateísmo, el anticlericalismo, el agnosticismo, la indiferencia. En el caso de otras naciones europeas, el proceso está en marcha. Se puede constatar que cuanto más dominado y protegido por la Iglesia ha estado un pueblo en el pasado, más fuerte es la reacción contra ella.

10. El diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy. Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en este momento.

Frente a esta constatación casi demoledora, la reacción de la iglesia es doble:

- Tiende a minimizar la gravedad de la situación y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en los países del tercer mundo.

- Apela a la confianza en el Señor, que la ha sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de vida eterna?

A esto respondo:

- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.

- La aparente vitalidad de las Iglesias del tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad europea.

- La Modernidad es irreversible y por haberlo olvidado es por lo que la Iglesia se encuentra hoy en semejante crisis. El Vaticano II intentó recuperar cuatro siglos de retraso, pero se tiene la impresión que la Iglesia está cerrando lentamente las puertas que se abrieron entonces, y tentada de volverse hacia Trento y Vaticano I, más que hacia Vaticano III. Recordemos la declaración de Juan Pablo II tantas veces repetida: “No hay alternativa al Vaticano II”.

- ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a la política del avestruz y a esconder la cabeza en la arena? ¿Hasta cuándo evitaremos mirar las cosas de frente? ¿Hasta cuándo seguiremos dando la espalda, crispándonos contra toda crítica, en lugar de ver ahí una oportunidad de renovación? ¿Hasta cuándo continuaremos posponiendo ad calendas graecas una reforma que se impone y que se ha abandonado demasiado tiempo?

- Sólo mirando decididamente hacia delante y no hacia atrás la Iglesia cumplirá su misión de ser “luz del mundo, sal de la tierra, levadura en la pasta”. Sin embargo, o que constatamos desgraciadamente hoy es que la Iglesia está en la cola de nuestra época, después de haber sido la locomotora durante siglos.

- Repito lo que decía al principio de esta carta: “¡SON MENOS CINCO!” -¡fünf vor zwölf!- La Historia no espera, sobre todo en nuestra época, en que el ritmo se embala y se acelera?

- Toda operación comercial que constata un déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos, intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis.

- ¿Por qué la Iglesia no hace otro tanto? ¿Por qué no moviliza a todas sus fuerzas vivas para un aggiornamento radical? ¿Por qué?

- ¿Por pereza, dejadez, orgullo, falta de imaginación, de creatividad, quietismo culpable, en la esperanza de que el Señor se las arreglará y que la Iglesia ha conocido otras crisis en el pasado?

- Cristo, en el Evangelio, nos pone en guardia: “Los hijos de las tinieblas gestionan mucho mejor sus asuntos que los hijos de la luz…”

ENTONCES, QUÉ HACER?… La Iglesia tiene hoy una necesidad imperiosa y urgente de una TRIPLE REFORMA:

1. Una reforma teológica y catequética para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros contemporáneos.

Una fe que ya no significa nada, que no da sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil que cae de sí misma. Es el caso actual.

2. Una reforma pastoral para repensar de cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.

3. Una reforma espiritual para revitalizar la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión existencial, a articularlos con la vida.

Tendría mucho que decir sobre esto. La Iglesia de hoy es demasiado formal, demasiado formalista. Se tiene la impresión de que la institución asfixia el carisma y que lo que finalmente cuenta es una estabilidad puramente exterior, una honestidad superficial, cierta fachada. ¿No corremos el riesgo de que un día Jesús nos trate de “sepulcros blanqueados”?

Para terminar, sugiero la convocatoria de un sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo, que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el término “concilio”- que sintetizara los resultados de esta investigación y sacara de ahí las conclusiones.

Termino, Santo Padre, pidiéndole perdón por mi franqueza y audacia y solicito vuestra paternal bendición. Permítame también decirle que vivo estos días en su compañía, gracias a su extraordinario libro “Jesús de Nazareth”, que es objeto de mi lectura espiritual y de meditación cotidiana.

Suyo afectísimo en el Señor,

P. Henri Boulad, s.j.

Inspiración ignaciana

El texto de Jeremías tiene dos partes, la primera (vv. 4-5) se refiere a su vocación, y la segunda (vv. 17-19) a su envío profético. El llamado de Jeremías está marcado desde el inicio por la palabra: “me llegó una palabra de Yahvé”. El profeta es llamado por la palabra para ser palabra de Dios en medio de su pueblo. La palabra lo conoce desde antes de su nacimiento, lo que significa una intimidad profunda de Dios con el profeta. La palabra lo consagra, es decir, Dios se lo reserva para sí, desde antes de nacer. Conocer y consagrar son el marco para la misión de Jeremías: ser profeta de las naciones.

A partir del v. 17 Jeremías se convierte en palabra de Dios ambulante. Debe decir en público lo que Dios le mande. Pero decir la verdad siempre ha sido problemático y peligroso porque se tocan los intereses de muchas personas y de las estructuras sociales. Por esto Dios se anticipa a decirle que no tenga miedo de enfrentarlos. El temor no es ajeno a la vocación profética; lo importante es no abandonar la vocación porque entonces sería Dios el que podría asustarnos, es decir, dejar de llamarnos, de elegirnos y de consagrarnos, dejar de confiar en nosotros, y ¿qué susto peor puede recibir un profeta?

La promesa de Dios no plantea su intervención para salvar al profeta en tiempos difíciles, sino que a él, personalmente, lo fortalecerá internamente como un “pilar de hierro”, y externamente lo consolidará como una “muralla de bronce”. La palabra será su fuerza en su lucha contra las autoridades (reyes, ministros, sacerdotes y propietarios), que han olvidado la alianza de Yahvé, oprimiendo y marginando a su propio pueblo. La fortaleza también la encuentra el profeta en la obediencia a la palabra que recibe y anuncia. Esto le asegura la compañía permanente de Yahvé.

Este bello canto al amor, tiene como contexto global la discusión de los corintios en torno a los carismas. Con el texto de hoy, Pablo afirma categóricamente que el único “carisma” absoluto es el del amor. El amor al que se refiere el autor no es el amor helenista (eros), sino el amor cristiano (ágape), que es un amor que se recibe, se entrega, se sirve y hasta da la vida por los hermanos. Sin amor, no tiene sentido ni el mejor de los carismas, sin amor, la palabra profética queda en el vacío, sin amor el amor de Dios pasa de largo en nuestras vidas.

Podemos dividir el canto en tres partes. En la primera parte (vv. 1-3) se enumeran una serie de carismas que no son nada si falta el amor. En la segunda parte (vv. 4-7) se enumeran quince características del amor cristiano. Siete se plantean de forma positiva y ocho de forma negativa. En la tercera parte (vv. 8-13) Pablo termina su canto reafirmando la eternidad del amor. El amor, que puede cambiarlo todo, es el único que no cambiará, que será el mismo eternamente. Entre la fe, la esperanza y el amor, este último es el mayor, quedando clara, para los corintios y para los cristianos de todos los tiempos, la superioridad del amor sobre cualquier otro carisma.

El domingo pasado, después de la lectura que hizo Jesús del profeta Isaías, el evangelio terminaba diciendo que “todos los presentes tenían fijos los ojos en él”. El evangelio de hoy continúa la escena, que recordemos se desarrolla en la sinagoga de Nazaret. Jesús dice que en él se cumplen las palabras de Isaías, es decir, que es el ungido (Mesías) para anunciar la Buena Noticia a los pobres y oprimidos… y el año de gracia del Señor.

Los vv. 22-30 los podemos dividir así: v.22: la reacción de la gente; vv. 23-27: la respuesta de Jesús; vv. 28-29: indignación e intentos de matar a Jesús por parte de los nazarenos; vv. 30: Jesús continúa su camino.

Es interesante constatar el contraste entre la reacción de la gente en el v. 22 y la de los versículos 28-29. Inicialmente los de su pueblo aprobaban, y se admiraban de su paisano, pero no alcanzaban a ver en Jesús la gracia de Dios que salía de sus labios, ni al profeta anunciado por Isaías, sino simplemente al Jesús hijo de José. Jesús percibe que sus paisanos no están interesados en sus palabras sino en sus hechos, les interesa ante todo un espectáculo milagrero, que cure los enfermos del pueblo y basta. Jesús les responde con otro refrán: “ningún profeta es bien recibido en su patria”, dejando claro que en Nazaret no hará ningún milagro.

Entre los vv. 25-27 Jesús acude al AT para explicar su situación. El verdadero profeta no se deja acaparar ni mucho menos presionar para satisfacer a un auditorio interesado sólo en el espectáculo o en intereses individuales, aunque sean los de la familia o su propio pueblo. El profeta es libre y se debe a la palabra de Dios. La historia de Elías y Eliseo recuerda a los nazaretanos cómo éstos tuvieron que irse a tierra de paganos porque su propio pueblo no quería escucharlos. La característica de la mujer de Sarepta es su confianza en Dios, confiando su vida y la de su propio hijo en un extraño como Elías; y característico del sirio Naamán es que depone su orgullo y soberbia nacionalistas ante las palabras de Eliseo. La misma Iglesia reconocerá en este texto su misión de anunciar la Buena Noticia a los más alejados, es decir, que la Palabra echa sus primeras raíces en las personas y en las familias, pero ése no es su destino final; tiene que ser una palabra que busque siempre el camino de los más alejados y necesitados.

Las palabras finales de Jesús enfurecen a los presentes e intentan arrojar a Jesús por un barranco en las afueras del pueblo. Es curioso cómo los pobres de Nazaret, sujetos preferenciales del Anuncio de la Buena Nueva, se convierten en sujetos de odio y de muerte, despreciando la palabra presente en su tierra. Pero la palabra no puede morir, y Jesús continúa su camino misionero al servicio de los pobres, marginados y excluidos, con una palabra de vida, aunque amenazada siempre de muerte por quienes hacen de su vida una mala noticia de egoísmo y muerte.

Algunos recursos para trabajar catequéticamente estos temas:

- El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 23 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. LÓPEZ VIGIL. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100023 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap23b.mp3

- La serie Otro Dios es posible, de los mismos autores, tiene un capítulo, el 82, titulado «¿El Proyecto de Jesús?», que puede ser trabajado en este tema. Su texto y audio pueden ser recogidos en: http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=180082

- Carlos BRAVO, teólogo mexicano, escribió un libro que se ha hecho clásico: Jesús, hombre en conflicto, Ed. Sal Terrae, 1986; hay varias otras ediciones en América Latina. El libro está resumido en folleto bíblico popular: “Galilea año 30″. Puede encontrarse en internet en http://hansi.libroz.com.ar/libros/libros.php?L=Bravo%20Carlos

- CASALDALIGA-VIGIL, Espiritualidad de la liberación, tiene todo un capítulo sobre “Cruz, conflictividad, martirio”. Editado por Sal Terrae 1993 y al menos otras 12 ediciones en América Latina.

- También sobre el conflicto, en otro plano, cfr. Giulio GIRARDI, Amor cristiano y lucha de clases.

Estos tres libros pueden ser encontrados también en la biblioteca de los Servicios Koinonía: http://servicioskoinonia.org/biblioteca

Para la revisión de vida

La cruz, en su forma de rechazo de los demás, de conflicto con los otros, sobre todo con el poder… a todos nos asusta y nos acobarda… ¿Siento que por temor al conflicto, al qué dirán, al rechazo de los bienpensantes, a las posibles represalias de los poderosos o de la sociedad o de la institución… he dejado de comprometerme con la lucha por la justicia y la transformación de la sociedad? ¿Me he mantenido al margen de ciertos temas para no perturbar la comodidad o la “paz” de mi vida? ¿Tengo miedo a la opción por los pobres… para no complicarme la vida?

Para la reunión de grupo

-                 La cruz de Jesús el rechazo que él sufre, no es una cruz cualquiera… ¿Cómo podríamos caracterizarla?: ¿Quiénes rechazan a Jesús? ¿Por qué? ¿Por qué tipo de intereses?

-                 Jon Sobrino suele decir que los mártires latinoamericanos de las últimas décadas son “jesuánicos”, en cuanto que su persecución y su muerte tienen una gran semejanza con las de Jesús: por la misma causa, y por la misma Causa, bajo los mismos perseguidores… Comentar.

-                 Qué tipos de personas están padeciendo hoy el mismo tipo de persecución y rechazo que Jesús? (Téngase en cuenta que la Causa de la Liberación no es sólo económica, ni sólo política, ni sólo interhumana, ni sólo social, ni sólo se realiza por la praxis histórica…).

Para la oración de los fieles

-                 Para que los cristianos asuman con alegría y entusiasmo la Causa de Jesús como su propia Causa y misión, roguemos al señor…

-                 Para que los cristianos que ejercen cargos públicos sean realmente honestos e insobornables, dando al mundo el testimonio de que le mundo puede ser cambiado con el espíritu de las bienaventuranzas…

-                 Para que todos seamos coherentes con nuestros principios y nuestra vocación, sin temor a las presiones sociales, al qué dirán, o a vernos señalados…

-                 Para que también “hoy” hagamos nuestra la misión de Jesús y hagamos así que también “se cumpla hoy la Escritura”…

-                 Por todas las religiones de la tierra, para que convivan en fraternidad, dialogando con gestos concretos a la búsqueda del rostro del Dios único…

Oración comunitaria

Dios, Padre-Madre, que en Jesús nos has dado un ejemplo de coherencia y entrega a la verdad sin miedo a las represalias, al conflicto, a la Cruz. Ayúdanos a ser, como Él, coherentes con nuestra misión de anunciar la Buena Noticia a los pobres y servir a la Verdad, con valor y coherencia, sin amedrentarnos ni retroceder al experimentar el rechazo y la cruz que también Él experimentó. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Por los siglos de los siglos.

En Nazaret, la aldea donde se había criado, hace Jesús la primera proclamación pública de la buena noticia que Dios anuncia a los pobres. En este texto aparece, sobre la base de la promesa hecha hacía setecientos años por el profeta Isaías, un resumen de lo que será la vida de Jesús y de lo que es, en esencia, el Evangelio: Liberación para los oprimidos. Es este un pasaje básico y central para la comprensión de la fe cristiana.
En el Nazaret actual se conserva una pequeña sinagoga edificada sobre los restos de la del tiempo de Jesús. Como todas las sinagogas, estaba orientada de tal forma que, al rezar, el pueblo miraba hacia el Templo de Jerusalén, centro religioso del país. En la sinagoga las mujeres no se mezclaban con los hombres. Se les destinaba un lugar apartado, separado por una rejilla. Tampoco en la sinagoga las mujeres podían leer en público las Escrituras ni hacer su comentario.
Cuando el pueblo se reunía los sábados en la sinagoga, comenzaba siempre la oración con la recitación del “Shema” (“Escucha, Israel…” Deut. 6, 4-9). Una de las plegarias preferidas de la piedad judía. Después venían otras 18 plegarias rituales que predecían a la lectura de las Escrituras. El lugar más sagrado de la sinagoga se encontraba en la pared que se orientaba hacia Jerusalén.
La costumbre era que cualquiera de los hombres presentes en la sinagoga leyera un fragmento de la Escritura y después lo comentara según su inspiración ante sus paisanos. Esta era una misión de los laicos, no exclusiva, de los rabinos. La decisión con la que Jesús habla del Reino de Dios, de la liberación, molesta a sus vecinos, que ni aceptan ni terminan de creer que un pelagatos salido de entre ellos venga a liberarlos de nada. Es muy frecuente que nos resistamos a admitir como “salvador” a alguien cercano, corriente, sencillo, y buscamos señales grandiosas, salvadores que vengan de fuera, que sean extraordinarios, superiores, ante quienes rendirnos de admiración. Pero el plan de Dios es todo lo contrario. El se revela en lo más pobre, en lo más humilde.
El Año de Gracia era una Institución legal muy antigua que se remontaba a los tiempos de Moisés. Se llamaba también Año del Jubileo, porque se anunciaba por el toque de un cuerpo llamado en hebreo “yobel”. Este Año de Gracia debía cumplirse cada cincuenta años. Al llegar esa fecha las deudas debían anularse, las propiedades adquiridas debían volver a sus antiguos dueños (con el fin de evitar las acumulaciones excesivas), los esclavos debían ser dejados en libertad. Esta ley era una forma de proclamar que el único dueño de la tierra es Dios. Y desde el punto de vista social ayudaba esta ley a mantener unidas a las familias con un patrimonio suficiente para una vida digna. Era también un memorial de la igualdad original que había al llegar los hijos de Israel a la tierra prometida cuando nada era de nadie y todo era de todos (Lev. 25, 8-18). En el mismo sentido existía también la institución del Año Sabático, que debía celebrarse cada siete años. Estas instituciones legales se entendían como leyes de liberación. Así lo proclama Jesús. Y fiel a la tradición de su pueblo se refiere al Año de Gracia como punto de partida para iniciar un cambio urgente en el país dado la gran diferencia que existía entre pobres y ricos.
En Nazaret, en la sinagoga de su pueblo, Jesús da un paso importante en la maduración de su conciencia. El aplicarse a sí mismo la frase de Isaías: “El Espíritu está sobre mí” era una forma de reconocerse profeta en la línea de todos los profetas que le habían precedido. Después de la resurrección la Iglesia primitiva acumuló sobre Jesús títulos para describir su misión: “Señor, Hijo de Dios, Cristo…”. La historia que recogen los evangelios deja ver, sin embargo, que el título con que fue aclamado unánime-mente por el pueblo y por sus discípulos fue el de profeta. El profeta se define en oposición a la institución. A Jesús no debemos considerarlo como un teólogo o maestro profesional más radical que los demás, pero siempre dentro de la institución. No podía serlo: le faltaba lo que hacía a los maestros de su tiempo, los estudios teológicos. La formación de los maestros era rigurosa, duraba muchos años, comenzaba desde la infancia. Cuando a Jesús le llamaron “rabí” (maestro, señor) le estaban aplicando un tratamiento que en su tiempo era familiar y corriente y que no debe traducirse como maestro en sentido de teólogo. Todo lo contrario: A Jesús se le acusó de enseñar sin tener autorización (Mc. 6,2). Cuando habla en la sinagoga no lo hace tampoco como teólogo ni como maestro, sino como profeta laico.
(Cf. López Vigil. Un Tal Jesús. nº 22)

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