Comentarios del decimocuarto domingo del tiempo ordinario, ciclo C


NI BOLSA NI ALFORJA

La gerencia de la Conferencia Episcopal Española cifraba en unos 4.000 millones de pesetas las rentas del clero pata 1978 en razón de sus bienes patrimoniales…

- En cuanto al capital móvil, los ingresos de la Iglesia proceden de tres fuentes principales: el Estado, con 9.323 mi­llones en 1982 a través del Ministerio de Justicia; el trabajo remunerado de los propios sacerdotes, tal vez por encima de los 2.000 millones (muchos de los sacerdotes dan clases de re­ligión en centros del Estado, a cuyo efecto el Ministerio de Educación presupuestó en 1982 la cantidad de 1.730 millones de pesetas, y, por último, las aportaciones directas de los fie­les, con un volumen anual superior a 15.000 millones en 1982, según cálculos aproximados.

- Los obispos y el clero secular disponían en 1982 de un dinero líquido valorado en unos 32.000 millones de pese­tas. De ellos, en torno al 40 por 100 se dedicaban a gastos de personal (unas 45.000 ptas. brutas al mes por sacerdote) y el restante 60 por 100 a actividades pastorales, obras sociales y conservación del patrimonio (un millón anual por parroquia).

- En 1980, el presupuesto a nivel nacional y diocesano de Cáritas fue de 890 millones de pesetas, provenientes en su mayor parte de donativos y colectas.

- Los 340 institutos religiosos en España tienen, cada uno de ellos, organización económica independiente, y sus es­tados de cuentas no son accesibles en la inmensa mayoría de los casos. Sin embargo, en 1979, una ley del Ministerio de Hacienda obligó a los institutos religiosos a hacer declaración de sus bienes patrimoniales, lo que abre la posibilidad, a corto plazo, de que tales balances económicos sean del conocimiento público.’

Son algunos datos, necesariamente incompletos, que refle­jan el volumen económico de la Iglesia española, entresacados de la revista «Misión Abierta» (1982) 49-59.

Pido disculpas por esta incursión en el mundo de la eco­nomía, por donde uno se mueve como en corral ajeno. Pero la idea me la ha sugerido la lectura del evangelio de Lucas, que dice así: «Algún tiempo después designó el Señor otros setenta y dos -hoy la Iglesia tiene aproximadamente más de millón y medio de personas en todo el mundo, entre clero y religiosos, célibes dedicados a tiempo pleno- y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adon­de pensaba ir él. Y les dijo: -La mies es abundante y los obreros pocos; por eso, rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡En marcha! Mirad que os mando como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias… (Lc 10,lss).

Jesús quiso a los suyos sin seguridades de ningún tipo: ni bolsa, ni alforja, ni sandalias, pobres de verdad. Sus discípulos deberían andar por el mundo como por un templo a cuya en­trada era costumbre dejarlo todo. Su única seguridad debería ser Dios y no los bienes de la tierra.

Tal vez pueda decir alguno que eran otros tiempos. Algo, no obstante, me parece claro: con la organización y el montaje eclesiástico actual difícilmente podrá la Iglesia evangelizar de acuerdo con las radicales recomendaciones del Maestro naza­reno. O cambia de sistema, o no puede ser fiel al evangelio. Para mantener tanto tinglado, tan inmensa plantilla y tantas obras de asistencia hace falta mucho dinero. Y para conseguir­lo hay que entrar necesariamente en el juego de la economía capitalista, de la política y del poder. Es el precio de la super­vivencia de la estructura eclesiástica actual, no necesariamente eterna, y a todas luces poco evangélica.

II

ESTAS SON LAS INSTRUCCIONES

El anuncio de que es posible que los hombres seamos libres y la lucha por alcanzar la libertad y profundizar en ella mediante la práctica del amor (véase comentario anterior) es el núcleo de la tarea que tenemos encomendada los cristianos, la médula del compromiso cristiano: ser libres y liberadores para que entre los hombres sea posible el amor. Pero ¿es posible realizar esta tarea? ¿Se puede mantener la fidelidad a tal compromiso en medio de un mundo como éste? La misión no es fácil: no faltarán proble­mas y basta puede correr la sangre. ¿Cómo, pues, realizar esta misión? En el evangelio de este domingo tenemos las instruc­ciones.

LA MIES ES MUCHA

Después de esto el Señor designó a otros setenta y los mandó por delante, dedos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les dijo:

-La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al Señor de la mies que envíe braceros a su mies.

Subiendo a enfrentarse con Jerusalén, atraviesa Jesús la región de Samaria, despreciada por los judíos, que consideraban herejes a sus habitantes: los samaritanos correspondían a ese desprecio y no mantenían relaciones demasiado cordiales con los judíos; por eso, cuando se enteran de que Jesús va a Jerusalén, se niegan a recibirlo (Lc 9,52-53). Jesús, sin embar­go, acepta nuevos discípulos, que se unen a él «mientras iban por el camino» (Lc 9,52-62); no importa que sean samaritanos, sólo es necesario que sepan que el camino que emprenden no los hará ricos -«Las zorras tienen madrigueras y los pá­jaros nidos, pero el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58)-, que abandonen la herencia del mundo viejo para construir una humanidad nueva -«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar por ahí el reinado de Dios» (Lc 9,60)- y que, comprometidos con ese futuro radicalmente nuevo, no sucumban a la tentación de una nos­talgia paralizadora que los incapacitaría para la misión -«El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios» (Lc 9,62)-, pues en adelante «lo que impor­ta es una nueva humanidad» (primera lectura).

Para Mateo y Marcos, Galilea es la puerta del paganismo; para Lucas, este papel lo desempeña Samaria; si Galilea era la región que limitaba geográficamente con los pueblos paga­nos, Samaria estaba, desde el punto de vista religioso, entre Israel y el paganismo. Por otro lado, el número de los enviados a esta nueva misión, setenta, como el número de todas las naciones del mundo (véase Gn 10) indica que se trata de un anticipo de la misión entre los paganos: todo el mundo, la humanidad toda, espera que se le anuncie el mensaje liberador de Jesús.

COMO CORDEROS ENTRE LOBOS

En marcha! Mirad que os envío como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y no os paréis a saludar por el camino. Cuando entréis en una casa, lo primero saludad: «Paz a esta casa … comed y bebed de lo que tengan, que el obrero merece su salario».

La misión de los enviados de Jesús no será fácil (ni la de los setenta ni la de los que sigan tras ellos). Decir a los pobres que Dios está de su parte y que no es culpa suya, sino de los ricos, que sean pobres (véase comentario núm. 34); prevenir a los creyentes para que se anden con cuidado con todas las instituciones que, como Jerusalén se empeñan en mantener a sus fieles en permanente minoría’ de edad y hacerles saber que Dios no necesita intermediarios para mostrar su amor a quienes El quiere que sean sus hijos (véase comentario núm. 24); decir que el poder no viene de Dios, sino que pertenece al diablo (Lc 4,6-7, véase comentario núm. 10)… Todo esto va a desenmascarar a muchos lobos con piel de oveja que atacarán sin piedad a los mensajeros de la Buena Noticia de Jesús. No llevarán escolta ni armas para defenderse de ellos, porque esto seria confiar en las mismas fuerzas en las que se sustenta el mundo que hay que cambiar; tampoco deben prever nada para asegurar su sustento; la humanidad que sufre es sensible a las necesidades de los demás, y aunque sufrirán persecución y en ocasiones ser verán rechazados, no faltarán muestras de solidaridad: «comed y bebed de lo que tengan…»

Los setenta enviados debieron seguir fielmente estas ins­trucciones, pues tuvieron mucho éxito: «Los setenta regresa­ron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre». Los hombres se iban liberando no sólo por fuera, sino también por dentro, descubriendo la mentira de las ideologías que les hacían creer que las cosas eran como eran porque Dios así lo había decidido, que el mundo estaba bien y que nada había que cambiar, que a lo sumo alguna pequeña reforma…

Los setenta no parece que arrastraran masas; se limitaron a despabilar conciencias, como siguen haciendo hoy tantos y tantos cristianos que, corderos en medio de lobos, descubren a los hombres que pueden llegar a ser libres, y siendo libres, hacerse hijos de Dios viviendo como hermanos. Esta es nues­tra tarea, y las instrucciones las mismas que recibieron aquellos setenta enviados. No nos vendría mal hacer una revisión para ver cómo las cumplimos y silos resultados se corresponden con los que ellos obtuvieron.

III

ELECCION Y MISION DE LOS SETENTA

«Después de esto, el Señor designó a otros Setenta» (10,la). En paralelo con la elección y misión de los Doce, Lucas, y solamente él, narra la designación y la misión de los Setenta. Puede muy bien afirmarse que esta segunda llamada es una creación de Lucas. Los evangelistas son muy libres no sólo en la elección de los materiales, sino en la creación de nuevas situa­ciones, escenas o discursos, con tal de adaptar el anuncio del mensaje a la nueva situación que viven sus comunidades, al tiempo que reflejan los problemas del presente. No redactan una crónica, con noticias como las que nos sirven los periódicos, la radio o la televisión. Quieren comunicar una «buena noticia» (¡de malas noticias ya tenemos bastantes!), una noticia que les ha afectado profundamente y que se ha traducido en una expe­riencia de vida. Por eso Lucas, una vez que ha sido proclamada la buena noticia de Jesús a hombres que no tenían nada que ver con el judaísmo y ha encontrado entre los paganos una acogida sin igual, trata de averiguar los motivos que han producido ese impacto situando la escena -mediante el procedimiento literario del doblete en el tiempo de Jesús. Se anticipa así la respuesta que éste habría dado, si hubiese estado presente, ante aquella situación completamente nueva. En el fondo, es una muestra fehaciente de la conciencia que tiene la comunidad de que Jesús está vivo y de que sigue hablándole, como decía san Ignacio, el obispo de Siria, a los cristianos de Efeso: «Vosotros no hagáis caso a nadie más que a Jesús Mesías, que sigue hablándoos realmente» (IgEf 6,2).

Valiéndose de la misión de los Doce (6,13) como de paradig­ma, Lucas redacta ahora una nueva bajo el signo de la universa­lidad, a fin de dar perfiles definidos a la nueva llamada de discí­pulos que acaba de realizar en territorio samaritano (9,57-62). La misión de los Doce, tanto en territorio judío (9,1-10) como en territorio samaritano (9,52-53)-si bien, como es obvio, por razones opuestas-, ha sido un verdadero fracaso. Jesús, sin embargo, no se desanima. «Después de esto», de la llamada de nuevos discípulos (tres también -cf. 5,1 – 11-, pero anónimos), «designó el Señor a otros Setenta», además de los Doce. Mientras aquéllos ejemplificaban el nuevo Israel (las doce tribus), los se­tenta tenían que representar la nueva humanidad (según el cóm­puto judío, las naciones paganas eran en número de setenta). «El Señor» hace referencia al Resucitado. (La variante «Setenta y dos», contenida en numerosos manuscritos y adoptada por muchos traductores, constituye un intento de reconducir la aper­tura a la universalidad, esbozada en el número «siete/setenta», al recinto de Israel, delimitado por un múltiplo de «doce» [6 x 12 = 72].)

LA MISION DE LOS SETENTA, UN EXITO SIN PRECEDENTES

Jesús los envía «de dos en dos» (10,lb), formando un grupo o comunidad, con el fin de que muestren con hechos lo que anuncian de palabra. «La mies es abundante y los braceros po­cos» (10,2a). La cosecha se prevé abundante, el reinado de Dios empieza a producir frutos para los demás. Cuando se comparte lo que se tiene, hay de sobra: ésta es la experiencia del grupo de Jesús. No hacen falta explicaciones ni estadísticas: la presencia de la comunidad se ha de notar por los frutos abundantes que produce. Faltan braceros, personas que coordinen las múltiples y variadas actividades de los miembros de la comunidad, anima­dores y responsables, para que los más necesitados participen de los bienes que sobreabunden. Restringir el sentido de «brace­ros» a sacerdotes, religiosos o misioneros es empobrecer el texto y la mente de Jesús. Es necesario que haya gente, seglares o no, que tengan sentido de comunidad, que velen para que no se pierda el fruto, que lo almacenen y lo repartan. La comunidad ha de pedir que el Señor «mande braceros a su mies» (10,2b). Pedir es tomar conciencia de las grandes necesidades que nos rodean y poner los medios necesarios, quiere decir confiar en que, si se está en la línea del plan de Dios, no puede haber paro entre las comunidades del reino.

EL RIESGO DE SER ENVIADO

«¡Id! Mirad que os envío como corderos entre lobos» (10,3). Toda comunidad debe ser esencialmente misionera. La misión, si se hace bien, encontrará la oposición sistemática de la sociedad. Esta, al ver que se tambalea su escala de valores, usará toda clase de insidias para silenciar a los enviados, empleando todo tipo de procedimientos legales. Los enviados están indefensos. La defensa la asumirá Jesús a través del Espíritu Santo, el Abogado de los pobres. «No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias» (10,4a). Como en la misión de los Doce, Jesús insiste en que los enviados no confíen en los medios humanos. Han de compartir techo y mesa con aquellos que los acogen, curando a los enfermos que haya, liberando a la gente de todo aquello que los atormente (vv. 5-9a). La buena noticia ha de consistir en el anuncio de que «Ya ha llegado a vosotros el reinado de Dios» (10,9b). Empieza un orden nuevo, cuyo estallido tendrá lugar en otra situación. El proceso, empero, es irreversible. La comunidad ya tiene expe­riencia de ello.

«Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a las calles y decidles: “Hasta el polvo de este pueblo que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos; ¡para vosotros! De todos modos, sabed que ya ha llegado el reinado de Dios”» (10,10-11). Nada de venganzas ni de compromisos, nada de amenazas ni de juicios de Dios. «Sacudirse el polvo de los pies» significa romper las relaciones, pero sin guardar odio. Hay mucho campo para correr. El sentido de fracaso es extraño a los enviados.

«¡Ay de ti Corozaín…, Betsaida…, Cafarnaún!» (10,13-15). Jesús contrasta tres ciudades de Galilea con Sodoma, Tiro y Sidón, tres ciudades paganas. Se trata de dos descripciones com­pletas (tres nombres), a la par que reales (nombres propios), de dos situaciones antagónicas. Prevé ya que la respuesta de los paganos será muy superior a la del pueblo escogido. No siempre los hombres religiosos y observantes son el mejor terreno de cultivo para la experiencia del reino.

LA ALEGRIA POR UN TRABAJO BIEN HECHO

«Los Setenta regresaron muy contentos» (10,17a). El retorno de los Doce no fue alegre. Los Setenta, despreciados por los judíos por el mero hecho de ser samaritanos, han experimentado la alegría que brota de una tarea bien hecha. «Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre» (10,17b). Se dan cuenta de que han liberado a mucha gente de falsas ideologías, de todo aquello que los fanatizaba y nos les permitía ser hombres libres. Y esto, a pesar de que no se ha dicho -a diferencia de los Doce- que Jesús les hubiese dado «poder y autoridad sobre toda clase de demonios» (cf. 9,1). Sólo libera quien es verdade­ramente libre. Jesús interpreta la liberación producida por los Setenta como el principio del fin de los adversarios del plan de Dios, personificados por el adversario por antonomasia: « ¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo!» (10,18). Los Doce, ávidos de venganza contra los samaritanos, le habían pro­puesto: «Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y los aniquile» (9,54). Jesús los conminó como si estuviesen endemo­niados (9,55). La escala de valores del «mundo», como «sistema» de dominación y de poder, toma posesión del hombre invirtiendo los planes del designio de Dios. Las consecuencias están a la vista: hambre, miseria, paro, guerras, droga, malversación, terro­rismo, inseguridad ciudadana… Mientras no se produzca un cam­bio radical de valores, no haremos más que ponerle remiendos.

Para designar los principios falsos de la sociedad, Jesús em­plea términos seculares: «serpientes y escorpiones», «el ejército enemigo». A pesar del veneno y del poder destructor que alma­cenan, «nada podrá haceros daño», puesto que «os he dado potestad para pisotearlos» (10,19). No hay bomba atómica o de neutrones que pueda neutralizar el empuje de una teología real­mente liberadora.

«Sin embargo, no sea vuestra alegría que se os sometan los espíritus; sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo» (10,20). Jesús no quiere ninguna especie de depen­dencia ni de complacencia: la alegría ha de consistir en la expe­riencia interior de sentirse hijos amados de Dios. Todo aquello que es externo, se puede contabilizar… y esfumarse. Lo que sale de dentro, configura y realiza la persona.

IV

Is 66, 10-14: Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo.

La alegría del pueblo de Israel cuando contempla su renacer después de todas las amarguras del destierro la muestra el tercer Isaías con la figura del parto y los hijos recién nacidos que necesitan de la madre para mamar de sus pechos y recibir sus consuelos, los llevaran en sus brazos y sobre las rodillas los acariciarán. Están en la mano del Señor y como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo.

La figura de Dios Madre es muy querida para los profetas. Sin duda la experiencia familiar del padre, de la madre y de los hijos, es quizás la más admirable y comprensible para todos, cuando se quiere hablar del amor de Dios.

Cuando la Biblia habla de Dios Padre, ciertamente no está determinando el género masculino de la divinidad. Es cierto que esta denominación y esta traducción están condicionadas sociológicamente y sancionadas por una sociedad de carácter varonil. Pero, realmente, a Dios no se le quiere concebir simplemente como a un varón. Sobre todo en los profetas, Dios presenta rasgos femeninos maternales. La noción de Padre aplicada a Dios, debe interpretarse simbólica­mente. Padre es un símbolo patriarcal -con rasgos maternales-, de una realidad transhumana y transexual que es la primera y la última de todas.

El profeta Oseas en el capítulo undécimo, trae uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. La experiencia del amor de Dios hace decir al profeta que el Señor ha ejercido las tareas de un padre-madre con el pueblo. También otros profetas presentan a Dios con características materno-paternales: un Dios que consuela a los hijos que se marchan llorando, porque los conduce hacia torrentes por vía llana y sin tropiezos (Jer 31,9); un Dios a quien le duele reprenderlos: ¡Si es mi hijo querido Efraim, mi niño, mi encanto! Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión. (Jer 31,20).

Esa ternura del amor de Dios queda expresada de manera inigualable en la figura de la madre:

¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,15).

Como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo (Is 66,13).

Realmente el pueblo se sentía hijo de Yahveh. Desde la primera experiencia salvífica de Dios en la salida de Egipto, el Señor ordenó a Moisés decir al Faraón: Así dice el Señor. Israel es mi hijo primogénito, y yo te ordeno que dejes salir a mi hijo para que me sirva (Ex 4,23). Y esa seguridad que la experiencia de Dios-Padre daba a los israelitas no les permitía sentirse huérfanos porque, si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá (Sal 27, 10).

La paternidad de Dios evocaba también una atención especial y una relación de protección de frente a aquellos que necesitaban ayuda y cuidado. Los profetas muestran la predilección de Dios por los pobres, los pecadores, los huérfanos y las viudas, en una palabra por todos aquellos que sólo podían esperar la salvación de la intervención amorosa del Padre-Madre que se preocupa más por los hijos desprotegidos y abandonados que por los demás.

Salmo 65 (66): Bendito sea Dios que no me ha retirado su amor

Se trata de un salmo cuya primera parte es un himno de alabanza y luego, a partir del versículo 13 continúa con una acción de gracias.

Los motivos de la alabanza son el poder soberano de Dios en favor de la humanidad, los prodigios que vivió el pueblo a la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo y como se fueron rindiendo los enemigos.

Se invita a todos los pueblos a alabar al Señor, ya no por las acciones pasadas sino por los beneficios a la comunidad del salmista que se convierten entonces en motivos para la acción de gracias, peligros y pruebas ante las cuales la comunidad acude al Señor quien los escucha.

Todo el salmo es una invitación a los oyentes: la tierra entera, el pueblo de Israel, y los fieles a Dios, para alabar al Señor y dar gracias, porque Dios nos salva y nos protege aunque nos haga pasar por fuertes pruebas.

Gal 6, 14-18: ¿Para qué ser bien vistos en lo humano si no puedo gloriarme en la cruz de Cristo?

En la despedida de su carta a los Gálatas, Pablo de manera muy sintética reafirma dos de sus temas preferidos. La salvación no se da por la ley, y el hombre en Cristo es una nueva criatura.

La circuncisión era una muestra clara del cumplimiento de la Ley, pero Pablo les dice a los Gálatas que la salvación no proviene de la ley sino de Cristo. Y se apoya en la Cruz, signo de ignominia para los romanos, los paganos y los judíos, que ahora es el signo de la victoria y de la salvación, y por eso Pablo se gloría en ella, como también todos los cristianos, porque de ella brota la vida.

Circuncidarse o no circuncidarse no es lo importante. Lo importante es renacer como nueva criatura. El mundo de la ley ha muerto. Ya no hay diferencia entre judíos y paganos. Ya no hay circuncisos e incircuncisos, lo único que cuenta es el hombre nuevo, el hombre que es capaz de superar la tragedia del pecado y realizar el proceso de la resurrección de Jesús, para vivir como una persona nueva.

Lc 10, 1-12.17-20: Envío de los 72 discípulos.

Por segunda vez en el evangelio de Lucas, Jesús envía a sus discípulos a la misión. Ahora la época de la cosecha ha llegado y es necesario muchos obreros para recoger la mies; son setenta y dos, un número que evoca la traducción de los Setenta en Génesis 10, en donde aparecen setenta y dos naciones paganas. Jesús va camino hacia Jerusalén, el camino que debe ser modelo del camino de la Iglesia futura. Salen de dos en dos para que el testimonio tenga valor jurídico según la ley judía (cfr. Dt 17,6; 19,15).

La misión no será fácil; debe llevarse a cabo en medio de la pobreza, sin alforjas ni provisiones. La misión es urgente y nada puede estorbarla, por eso no pueden detenerse a saludar durante el camino; tampoco los discípulos deben forzar a nadie para que los escuchen pero sí es el deber anunciar la proximidad del Reino.

Este modelo de evangelización es siempre actual. Ciertamente es una tarea difícil si se quiere ser fieles al evangelio de Jesús. Muchas veces por una falsa comprensión de la inculturación se hacen concesiones que van contra la esencia del evangelio.

Cuando los discípulos regresan de la misión están llenos de alegría. Hay una expresión que merece un poco de atención: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre. ¿Qué significado tienen los demonios? Una breve explicación del término se dará al final.

Jesús manifiesta su alegría porque se han vencido las fuerzas del mal, porque él rechaza cualquier forma de dominio, y exhorta a sus discípulos a no vanagloriarse por las cosas de este mundo. Lo importante es tener el nombre inscrito en el cielo, es decir participar de las exigencias del Reino y vivir de acuerdo con ellas (cfr. Ex 32,32).

Hay otro motivo de alegría para bendecir la Padre. Sus discípulos son una muestra de que el Reino se revela a los sencillos y humildes. No son los conocimientos lo que permite la experiencia del Reino. Es esa experiencia de Dios por medio del contacto íntimo con Jesús y su seguimiento.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella (untaljesus.net) puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio.

Para la revisión de vida

-¿Podría ser yo -un cualquiera como soy- uno de los discípulos comunes que Jesús envió? ¿O considero que sólo los grandes pueden ser «apóstoles»?

-¿Tengo capacidad para captar, desde mi pequeñez, «estas cosas del Reino de Dios», que muchas veces los grandes y sabios no captan? ¿Me ayudan mi sencillez y humildad? ¿Estoy feliz de saborear en el corazón esta sabiduría?

-«Como un niño a quien su madre consuela, así los consolaré yo a ustedes» (Is 66,13). ¿Son todas masculinas las imágenes con que yo me relaciono con Dios? ¿O casi todas? Aparte del número, en realidad, mi imagen de Dios es masculina, patriarcal? ¿Qué significa eso?

Para la reunión de grupo

¿Vale este texto para aplicarlo a nuestra situación actual, cuando en realidad, más que hora de cosechar es hora de sembrar?

«Los pobres y los ricos están en igualdad de oportunidades ante la salvación de Dios». Discutir esa frase. ¿Es verdad? ¿En qué aspectos sí y en cuáles no? ¿Tiene Dios acepción de personas? ¿Es irrelevante ante Dios ser rico o pobre?

¿Qué será eso que en teología se llama el «privilegio hermenéutico» de los pobres? [«hermenéutico» = interpretativo, de interpretación].

¿A qué se referirá Jesús cuando habla de «estas cosas» que han sido reveladas a los pequeños y que no logran captar los sabios e inteligentes?

Para la oración de los fieles

Coloquemos nuestras peticiones en la mesa eucarística, con la seguridad de que el Padre-Madre del cielo las acogerá con ternura y amor.

Te pedimos por tu Iglesia, para que sea reveladora de tu voluntad y acoja a los sencillos y humildes como portadores de tu palabra para el mundo de hoy. R/ Te rogamos, óyenos.

Por todos los aquí reunidos, para que seamos capaces de comunicar el amor de Dios, Padre-Madre, a todos nuestros hermanos. R/ Te rogamos, óyenos.

Te pedimos que envíes evangelizadores comprometidos con el evangelio, que sepan irradiar con sus vidas el amor que han recibido del Señor. R/ Te rogamos, óyenos.

Oración comunitaria

Te rogamos, Padre Bueno que acojas las súplicas que te hemos presentado y nos recibas y consueles a nosotros mismos de la misma manera que una madre acoge y consuela a sus pequeños hijos. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

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