Contexto social en el tiempo de Jesús


La dominación romana trajo para Israel, entre otras cosas, una transformación radical en la tenencia de la tierra. Hasta entonces existían estas dos formas: el latifundio –que estaba en expansión- y la propiedad comunal, por lotes y trabajada en cooperativas o familiarmente. Pero el cobro de impuestos ordenado por los romanos contribuyó al progresivo empobrecimiento y endeudamiento de los campesinos, lo que obligó a muchos a la venta forzosa de sus tierras y aceleró aún más el proceso de concentración en grandes latifundios. Esos terminaron por imponerse. Eran también muchos más rentables. La figura del gran propietario, del terrateniente que acumula sin cesar riquezas, que tiene amplios graneros y vive de sus rentas, “sin trabajar”, era muy común en tiempos de Jesús, especialmente en la región galilea. En la fosa superior del Jordán, en las orillas del lago y en gran parte de las montañas de Galilea, las tierras cultivables eran ya latifundios. Algunas parábolas, como esta del “rico necio”, están contadas en el evangelio de un modo tan vivo, que todo hace suponer que Jesús no está inventando una historia, sino refiriéndose a un hecho real conocido por sus oyentes. Jesús no es un personaje ajeno a la historia de su tiempo, que bajó del cielo, con un paquete de mensajes espirituales y máximas de piedad para irlas soltando a los que se reunían a oírle. Sus palabras, sus reflexiones, su buena noticia, reflejan lo que él pensaba de todo lo que veía. Eran palabras nacidas de su observación de los acontecimientos, de sus vivencias de ellos. Lo mismo que nos sucede a nosotros, que nos vamos formando una idea del mundo y de la vida, de lo que vale y lo que no vale, en la medida en que vivimos y compartimos con los demás experiencias y situaciones. Jesús denunció con firmeza a los ricos y manifestó una gran distancia del dinero. Las riquezas endurecen el corazón humano y apartan de los hermanos. Jesús ve en ellas un serio peligro. El peligro de que el dinero, como supremo valor de la vida sustituya a Dios (Mt 6,24). La actitud de avaricia, de ambición, de codicia, lleva al hombre a hacerse enemigo de Dios por más que siga diciendo que tiene fe. Y es que los valores del Reino de Dios –la entrega solidaria de la vida, la unión entre los hermanos, la lealtad, el respeto al otro, el deseo de compartir lo que se tiene, la fuerza para esperar y construir un mundo justo- se oponen diametralmente al tener y al acumular, por los que se mueven los que idolatran al dios dinero.
(José I. y María López Vigil. Un tal Jesús. Nº 73, 562-563)
En las relaciones de parentesco de la antigua cultura mediterránea era endémica la rivalidad entre hermanos. (Según un dicho árabe: “Yo contra mi hermano, pero mi hermano y yo contra ti”). Salmo 133,1 (” ¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!”) refleja esta situación de nuestro texto, donde un padre ha dejado la herencia a sus hijos sin especificar reparticiones. La ley romana exigía reparticio-nes de la herencia sólo si lo solicitaban ambas partes; sin embargo la costumbre israelita garantizaba la repartición cuando la solicitaba uno sólo de los hijos. En Lucas 12,15 (el evangelio de hoy) descubrimos la idea tradicional entre los campesinos de que la codicia es siempre el motivo que subyace tras el deseo de alguien de conseguir más. La adquisición de bienes extras era considerada un robo.
La noción de “bienes limitados” es esencial para entender la pobreza en la mentalidad mediterránea. En las economías modernas, damos en principio por supuesto que el suministro de bienes es ilimitado. Si nos enfrentamos a un momento de escasez podemos producir más. Pero en la antigua Palestina, las cosas se veían desde el lado opuesto: todos los bienes eran finitos, limitados; ya habían sido distribuidos. Esto incluía no solo los bienes materiales, sino también honor, amistad, amor, poder, seguridad y estatus (literalmente todo en la vida). Como la tarta no podía ser más grande de lo que era, si alguien se hacía con un buen pedazo, eso significaba que el otro le había tocado un pedazo pequeño.
Por tanto, una persona honorable se interesaría sólo por lo que era suyo en justicia, sin pretender conseguir algo más, es decir, tomar lo que le pertenecía al otro. Por su propia naturaleza, la adquisición era entendida como robo. Según la mentalidad mediterránea antigua, toda persona rica o era injusta o heredera de una persona injusta.
Rica es la gente poderosa carente de vergüenza. Significaba disponer del poder o la capacidad de desposeer a alguien más débil de lo que en derecho le pertenecía. Rico era sinónimo de codicioso. Pobre significaba ser incapaz de defender lo que es de uno, descender del grado de estatus en que se había nacido: ser indefenso, sin recursos.

En el NT la pobreza va a menudo asociada a la condición de impotencia o mala fortuna. En la antigüedad no había una clase media. Y en una sociedad en la que el poder proporcionaba riqueza (en nuestra sociedad es lo contrario: la riqueza “compra” el poder) carecer de poder significaba ser vulnerable a la codicia que se cebaba en los débiles.
(Bruce J. Malina. Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del s. I. Pg. 270 y 393-394. Verbo Divino.

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