Comentarios del décimo noveno domingo del tiempo ordinario


PREPARADOS PARA EL ENCUENTRO

En una sociedad como la nuestra, con tantas casas asegura­doras, con tantos seguros de bienes y de vidas, con tantas ofer­tas que garantizan un futuro feliz, el evangelio suena a utópi­co, a algo que no tiene ya lugar, irrealizable o realizable sola­mente por aquellos que tengan madera de héroes o de locos suicidas.

«Tranquilizaos, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho sobre vosotros. Vended vuestros bienes y dadlos en limosnas; haceos bolsas que no se estropeen, un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladro­nes ni echa a perder la polilla. Porque donde está vuestra ri­queza, está vuestro corazón.

Tened el delantal puesto y encendidos los candiles: pare­ceos a los que aguardan a que su amo vuelva de la boda para, cuando llegue, abrirle en cuanto llamé. Dichosos esos criados si el amo, al llegar, los encuentra en vela… » (Lc 12,32ss).

La venida, la visita de Jesús, el amo, a la comunidad cris­tiana, una comunidad de siervos o servidores, pues no se puede ser cristiano si no se es servidor de los demás, se efectúa en dos momentos: uno, en la eucaristía, en la que Jesús se hace presente en medio de la comunidad por la palabra y por la fracción del pan; otro, en la persecución y en la muerte de cada uno.

Para estos dos encuentros, el cristiano debe estar en vela. Y para estar en vela, dos son las actitudes básicas del discípu­lo de Jesús:

- Primera: renunciar a los bienes de la tierra: «Vended vuestros bienes y dadlos en limosnas.» Tal vez la fórmula ‘vender y dar’ no sea hoy en nuestra sociedad la más eficaz. Hoy habría que hablar de invertir en crear puestos de trabajo, en hacer partícipe al obrero de la ganancia de la empresa u otras fórmulas similares. Pero el espíritu de dicho mandato evangélico es claro: ser solidarios, compartir, hacer partícipes a los demás de los bienes que llamamos ‘propios’; ser misen­cordes, compasivos, justos.

- Segunda: ejercer de servidores, pues la esencia del cris­tianismo es el servicio incondicional al prójimo hasta la muer­te. «Conque, ¿dónde está ese administrador fiel y cuidadoso a quien el amo va a encargar de repartir a los sirvientes la ra­ción a sus horas? Dichoso el tal empleado si el amo, al llegar, lo encuentra cumpliendo con su obligación. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes. Pero si el tal empleado, pensando que su amo tardará, empieza a maltratar a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, el día que menos se lo espera, y a la hora que no ha pre­visto, llegará el amo y lo pondrá en la calle, mandándolo adon­de se manda a los que no son fieles» (Lc 12,42-47).

De lo que llamamos ‘nuestro’ somos meros administrado­res, no propietarios; y como administradores debemos servir sin abusos ni egoísmos; cuanto más elevados estemos en el escalafón social, más exigente será el servicio que debamos prestar. Sólo así estaremos preparados para la vuelta del amo de la boda, imagen del reino definitivo, que se anticipa cada vez que celebramos la eucaristía.

II

A DIOS ROGANDO…

Cuando el evangelio dice que no debemos confiar en las riquezas y que toda nuestra seguridad debemos ponerla en Dios no quiere decir que debamos sentarnos a esperar a que la solución de nuestros problemas baje del cielo; del cielo bajará pero siempre que no esperamos sentados sino activos confiados en que Dios no permitirá que se frustren nuestro esfuerzo y nuestro compro­miso

BUSCAD QUE EL REINE

No temas, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho entre vosotros. Vended vuestros bienes y dadlo en limosna; haceos bolsas que no se estropeen, una riqueza inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni echa a perder la polilla. Porque donde tengáis vuestra riqueza tendréis el corazón.

Jesús, después de la parábola del rico necio, se dirige a sus discípulos para insistir en la necesidad de tener una con­fianza absoluta en el amor del Padre: «No andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir… Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿cuánto más hará por vosotros, gente de poca fe?» (Lc 12,22-28). Estas y otras palabras semejantes han hecho pensar a algunos que no había que preocuparse por la solución de los problemas de la tierra: el mundo está como está porque Dios así lo ha decidido, porque ése es el designio de Dios; ya se encargará él de compensar los sufrimientos de aquellos a los que en este mundo les ha tocado en suerte una mala vida; además, si alguien sufre… ¡por algo será!, se lo tendrá merecido, pues el evangelio asegura que si Dios se preocupa de los pájaros y de las hierbas del campo, ¡ cómo no se va a preocupar de sus fieles devotos!

Y CON EL MAZO DANDO

«¿Dónde está el administrador fiel y sensato a quien el señor va a encargar de su servidumbre para que les reparta la ración a su debido tiempo? ¡Dichoso ese siervo si el amo, al llegar, lo encuentra cumpliendo con su encargo!»

Entender las cosas así entraña un peligro mayor, que con­siste en convertir el evangelio en ideología legitimadora de la situación presente y en opio adormecedor de la conciencia de los pobres: si Dios se preocupa de los suyos, los que están bien serán los que reciben más atención de parte de Dios, y los que están mal deben resignarse con su suerte y no rebelarse contra la situación presente, pues será rebelarse contra el designio divino; pero esta interpretación olvida las palabras centrales de este párrafo: «No andéis preocupados por… Por el contrario: buscad que él reine, y eso se os dará por añadi­dura. No temas, rebaño pequeño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho entre vosotros» (Lc 12,31-32): Dios no solucionará nuestros problemas de manera caprichosa, por arte de birlibirloque, cuando él arbitrariamente vaya decidien­do, sino en el contexto de la realización de su reinado.

Una de las causas de la mala interpretación de estas reco­mendaciones de Jesús ha sido la obstinación en reducir el reino de Dios a la otra vida: el reino de Dios no es ni el cielo ni la tierra, sino las personas sobre las que Dios reina, las personas que se esfuerzan en vivir como Dios quiere y en buscar la solución a los problemas de este mundo en la direc­ción que el evangelio señala: la solidaridad y el amor; en la medida en que los hombres acepten vivir así y se comprome­tan seriamente con el proyecto de convertir este mundo en un mundo de hermanos, en la medida en la que todos asuman seriamente su tarea de servir y prestar ayuda a los demás como los buenos administradores del evangelio, en esa medida, más lo mucho que añada la inconmensurable generosidad del Padre, se irán resolviendo los problemas del hambre, del vestido… y los de la soledad y la tristeza, problemas estos que no se pueden solucionar con el dinero de las bolsas que se estropean y que tanto gustan a los ladrones.

NO TEMAS PEQUEÑO REBAÑO

Tened el delantal puesto y encendidos los candiles… Estad también vosotros preparados,  pues cuando menos lo penséis llegará el Hombre.

Así adquieren pleno significado las palabras del evangelio: renunciar a la riqueza no es un sistema para hacer méritos para el cielo, sino para ser coherentes con el proyecto del evangelio, para estar más libres a la hora de comprometernos en preparar este mundo para que Dios pueda realizar su decisión -que no la realizará si nosotros libremente no la aceptamos- de reinar entre nosotros.

Porque tampoco debe ser causa de preocupación, y menos de miedo, el encuentro último con el Señor. No hay razón para el temor. Nadie debe asustarse: no nos amenaza ningún peligro; él no viene a condenar. Como la primera vez, que sólo vino a salvar, así será cuando muchas otras veces vuelva para salir al encuentro de los que, entre los suyos, se vayan dejando la piel por ser fieles a su proyecto. La piel, que no la vida, que está en las manos del Padre. Será la época de la cosecha. Los frutos, los del amor manifestado en la lucha por la libertad y la Justicia, por la fraternidad, la paz, la felicidad…, en la lucha por el reino de Dios. Por eso no debe haber lugar para el miedo: hay que estar preparados, sí, pero no asustados ni preocupados. Porque también eso está en manos del Padre y forma parte de la «añadidura».

III

EL DOBLE EMBOLO DE LA ANTIGUA GASOLINERA:

CONFIANZA O PREOCUPACION

La tablilla de la derecha (c. vv. 22-40) del tríptico no hace sino insistir en las advertencias iniciales, convertidas ahora en recomendaciones, después de haber dejado bien claro que el problema crucial era el de la riqueza. El desprendimiento no se produce de golpe ni de una vez por todas. De la misma manera, la confianza no se compra sino que se gana. En la medida en que el cristiano experimenta que dar no es perder, se va vaciando de preocupaciones materiales y va llenándose de confianza en el presente de Dios (el futuro para Dios no existe, como tampoco el pasado): «Porque donde tengáis vuestra riqueza, tendréis el corazón» (12,34). Hay quien la tiene en un banco o una caja, en posesiones o en acciones; hay quien la tiene en Dios, porque la ha depositado en los pobres: no hay ladrón ni atracador que pueda robar al que «vende sus bienes y lo da en limosna» (12,33). El que vendrá como un ladrón, en cambio, es el Hombre Jesús… en la persona que menos te esperas y cuando menos lo pienses (12,35-40).

BUENOS Y MALOS ADMINISTRADORES

La intervención de Pedro, portavoz del grupo de los Doce, conduce a un colofón. Pedro, con su interpelación, trata de excluir a los discípulos no israelitas (recuérdese que Jesús se ha dirigido en primer lugar «a los discípulos», sin más, 12,1): «Señor, ¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos en general?» (12,41). La respuesta de Jesús los engloba a todos: la figura del «administrador» se aplica tanto a los de origen israelita como a los que proceden de la marginación. Los admi­nistradores de la comunidad, cualquiera que sea su procedencia, deben ponerse al servicio de los demás y prestar ayuda para que en la comunidad no falte nada (12,42). Jesús declara «dichoso» al «administrador fiel y sensato» a quien «el Señor -término característico del Resucitado-, cuando llegue, lo encuentre cumpliendo con su encargo» (12,43: compárese con vv. 37-38). El que haga esto, como lo hace Jesús, llega al mismo nivel que su Señor (cf. v. 37). «Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes» (12,44). El primer encargo que le ha con­fiado ha sido el servicio de la mesa y de la despensa: la distribu­ción equitativa de los bienes de los pobres; si cumple bien ese primer encargo, le confiará la administración de los bienes espi­rituales de la comunidad. Mediante la parábola de los «adminis­tradores» Lucas anticipa y prepara el tema de la administración de los bienes de toda índole de la comunidad creyente que desarrollará en el libro de los Hechos.

Por el contrario, si actúa con autoritarismo y con aires de grandeza y de poder, como hacen los que ejercen autoridad sobre los demás (cf. 22,25-26), «el Señor cortará con él y le asignará la suerte de los infieles» (12,45-46). Es de notar la dureza del lenguaje de Jesús con el grupo de discípulos proceden­tes del judaísmo. A la falta de libertad interna que aún padecen por no haber renunciado a la ideología autoritaria judía, corres­ponde un lenguaje propio de esclavos: «El siervo ese que, conociendo el deseo de su señor, no prepara las cosas o no las hace como su señor desea, recibirá muchos palos» (12,47), muchos más que los infieles que «desconocen su designio, pero hacen algo que merece palos» (12,48a). La razón es obvia: «Al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirá; al que mucho se le ha confiado, más se le pedirá» (12,48b). La responsabilidad va pareja con los dones recibidos.

IV

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador, la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darse por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió los efectos de esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “por encima de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio.

Parte del evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Un cielo nuevo y una nueva tierra». El guión y su guión y su comentario puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500105 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap105b.mp3

Para la revisión de vida

¿Cuál es tu tesoro, lo que valoras más, lo que te mueve desde lo profundo…?

¿Cómo está de activa nuestra esperanza? ¿Somos personas apasionadas por el futuro, por un «sueño loco», por una Utopía?

¿Reconocemos al Dios-Misterio que viene en cada momento, y sobre todo en los desafíos del amor, en los más necesitados?

Para la reunión de grupo

Esta palabra escuchada, ¿qué dice de importante y a qué nos alienta?

¿Cuál es la intención de Lucas al insistir en este tema escatológico? ¿Qué es «estar preparados»? «Preparados»… ¿para qué, frente a qué, cómo…?

En http://www.servicioskoinonia.org/martirologio/hb11.htm hay una paráfrasis latinoamericana de Heb 11. Leerla y comentarla.

Estudiar el artículo de Karl Rahner, que propugna un “concepto ampliado y actualizado de martirio” (http://servicioskoinonia.org/relat/142.htm). Comentarlo. Y preguntarse: ¿Ya no es tiempo de martirio?

Sobre el tema de la fe: ¿puede ser que lo más importante que Dios puede querer de nosotros sea que «creamos»? Dificultades actuales para seguir pensando que la fe es la actitud central de la religiosidad.

Para la oración de los fieles

Ilumina nuestros ojos para que podamos reconocerte en los acontecimientos y sobre todo en los necesitados, roguemos al Señor…

Fortalece nuestra esperanza en el futuro de la humanidad para que no muera nuestra fe y amor, roguemos al Señor…

Que nuestra vida se apoye en valores permanentes y no en los bienes materiales, roguemos al Señor…

Oración comunitaria

Dios Padre Nuestro: danos un corazón grande y potente, capaz de ver con claridad que, más allá de las apetencias y tentaciones de la vida, los valores verdaderos son los valores de tu Reino, y que dar la vida por ellos es lo que más puede alegrar y pacificar nuestro corazón, tal como nos enseñó Jesús, nuestro hermano mayor…

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Comments
One Response to “Comentarios del décimo noveno domingo del tiempo ordinario”
  1. JUAN CARLOS GALARZA dice:

    Quisiera recibir los comentarios y reflexiones especialmente de los dias domingos muchas gracias
    a los jesuitas por la difuncion de lapalabra de Dios

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