Sobre iconos e ídolos


“Cuando en la Iglesia hablamos de santos, entonces y ahora, no decimos sin más, que fueron buena gente, o que sus historias fueron dignas, admirables o modélicas. Sobre todo afirmamos que sus vidas son una ventana hacia algo más. Mirándolos a ellos, a lo que hicieron, dijeron y vivieron, a cómo amaron y curaron, a cómo el Evangelio ardió en sus vidas, podemos intuir al único que es realmente santo, a Dios. La verdadera santidad no es una virtud de cumplimiento. No es la perfección personal. No es un rareza imposible. Es la capacidad de, en la fragilidad e imperfecció propias, ser reflejo del Dios que sí es perfecto. Es ser capaz de enamorarse de tal modo del Dios de Jesús que ese amor se convierte en pasión que arrebata la propia vida.

Esa es la diferencia entre el icono y el ídolo. El icono refleja  algo más que está más allá. Al ídolo lo admiramos en sí mismo. Se agota en sí. Tiene algo de vacío. El santo es para nosotros, un icono, una ventana abierta a la divinidad. (…)

Y, de paso, así seguimos hoy en día. Vamos descubriendo personas a quienes admiramos. Pero, ¿de dónde sacan las fuerzas, la inspiración, el coraje o la compasión para vivir como lo hacen? ¿Queremos “imitar” a Teresa de Calcuta o a Alberto Hurtado sj? ¿Aplaudimos la entereza y la pasión de Óscar Romero o de Pedro Arrupe? Quizás debamos preguntales a sus vidas, a sus palabras y a sus obras qué Dios late detrás”.

 José María Rodríguez Olaizola sj en “Ignacio de Loyola nunca solo” páginas 52-53  PPC editores.

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