EL ADVIENTO: ENTRE LA INSATISFACCIÓN Y LA ESPERANZA.


01-advientoa1-cerezoEl valor del tiempo

Cada año celebramos el sentido religioso del tiempo a lo largo del año litúrgico. Frente a la mentalidad mitológica del tiempo cíclico basada en el retorno de las estaciones, la Biblia ofrece un concepto de tiempo lineal que parte de la idea de creación y hace de la historia un proceso hacia la plenitud.

La existencia humana es un paso de alfa a omega, un trayecto entre el principio y el fin. La historia no es, por tanto, la consecuencia de un destino fatal del que el hombre es víctima, sino que es el quehacer del ser humano colectiva e individualmente considerado.

En el concepto cíclico del tiempo el pasado, el presente y el futuro se confunden. En el concepto lineal es imposible que eso se dé. El pasado posee su propia identidad y se convierte en memoria, en tradición. El presente es compromiso, responsabilidad. El futuro es el ideal, el proyecto, la esperanza.

Cuando una generación comprende esto encuen-tra sentido a su presencia en el curso de la historia. Cuando una persona comprende esto descubre un sentido a su vida y conoce su propia identidad.

Esto significa que somos responsables de nues-tra propia historia. Dios no hace seres inútiles. Cada uno de nosotros está aquí para algo. El problema es descubrir para qué.

El Adviento

Lo que estamos viviendo estos días es el tiempo del adviento que nos sitúa en el pasado de la Hª de la Salvación. Es el tiempo de la espera. Es el tiempo de Israel que aguarda la llegada del Mesías. Se espera algo mejor. Cuando lo que viene es malo no hablamos de esperanza sino de temor.

Supone insatisfacción sobre el tiempo presente. Insatisfacción y espera, estas dos son las actitudes fundamentales del adviento.

El adviento nos viene a recordar que el momento presente es sólo un tiempo de paso y que todas las realidades temporales son provisionales. Nunca es siempre de día ni siempre de noche.

Esto se nos recuerda para que calibremos el valor de las cosas en las que ponemos el corazón. No sea que estemos desperdiciando la vida. Es una llamada a ocuparse de lo esencial.

Como en otoño los árboles, a nosotros se nos invita a despojarnos de todo lo caduco y superfluo y a quedarnos con lo estrictamente necesario.

El personaje central de este tiempo es el profeta. No es el hombre que anuncia el futuro para olvidar el presente y paliar sus dificultades. Ese sería un charlatán. El hombre que descubre el sentido del presente mirando hacia el pasado y el futuro. En el pasado encuentra las claves para comprender la situación presente de manera que la vida no sea algo sin sentido; en el futuro ve el ideal hacia el que se camina de manera que el presente es considerado un tiempo de compromiso cargado de responsabilidad. El profeta, por tanto, libra a su generación del absurdo y despierta en ella el sentido de la responsabilidad ante la historia.

Nuestro adviento

El tiempo presente es profundamente insatisfactorio en muchos los aspectos. Hay muchas razones para sentirse mal. Y las nuevas generaciones son las que más acusan esta situación.

a) El materialismo del ambiente educa para el consumo. El slogan que flota en el aire es “consumo, luego existo”.

b) El consumo está unido al hedonismo. Es el segundo principio de la sociedad actual: “disfruto, luego existo”. El placer, el bienestar, el disfrute es la única forma que se conoce de felicidad.

c) Hay es una mentalidad terriblemente egoísta.

-Es la exaltación del propio ego, el amor a sí mismo a costa de lo que sea. Pero esto es la destrucción del

d) Nos hemos hecho pragmáticos, es decir, hemos renunciado a los principios en aras de la eficacia. Lo que importa es el resultado. El modo de lograrlo es lo de menos.

e) Nos faltan puntos de referencia objetivos. No existe la verdad, sino verdades personales, subjetivas (relativismo). No existe una moral objetiva, sino una moral de situación (la bondad o la malicia de una acción depende de las circunstancias).

La esperanza

La única salida es hacer que el hombre vuelva a ser verdaderamente humano. Se trata de humanizar la sociedad, de devolver al hombre los valores que la sociedad consumista y materialista le ha arrebatado.

En esto es mucho lo que los cristianos podemos y tenemos que hacer. Y lo haremos en la medida en que despertemos en nosotros la vocación profética y asumamos la misión del profetismo.

El camino que debemos recorrer está ya trazado:

1) Lo primero que hemos de hacer es apreciar a cada persona por lo que es y no por lo que tiene.

Lograremos que el hombre haga el largo viaje hacia su corazón y el corazón de los demás. Allí encontrará a Dios.

2) Lo segundo es fundamentar ese respeto en el amor auténtico. El amor gratuito y desinteresado. Educar la generosidad. Hay cosas que tienen un gran valor pero no tienen precio, es decir, no se dan a cambio de algo, sino a cambio de nada. De modo absolutamente gratuito.

3) Otro de los valores que hay que educar en los niños y jóvenes de hoy es la capacidad de sacrificio, de renuncia. Se trata de fortalecer el ánimo para resistir la frustración sin deshacerse. Es falso que la felicidad sea gozar como es falso que se pueda evitar completamente el sufrimiento en la vida.

4) Otro de los valores que conviene desarrollar y que constituye la armadura que defiende de influencias y manipulaciones es el amor a la verdad. Hay que enseñar a las nuevas generaciones a librarse de las manipulaciones a que los someten los dueños de los medios de opinión. Ese sentido crítico se empieza a educar utilizándolo primero con uno mismo. Conociendo mis propios mecanismos de autoengaño, consigo conocer los mecanismos de engaño de los demás. La verdad es la que hace a los hombres verdadera-mente libres.

(Paco Echevarría. El adviento. Extracto)

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