El secuestro de María Santísima


Por José María DIEZ ALEGRIA

Como hombre, Jesús no se hizo pobre, sino que “fue” pobre. Y el factor condicionante para esto consistió en ser su madre la “señá” María de Nazaret. En esa condición pobre y popular de María, la bendita entre todas las mujeres, está una raíz y entraña de la totalidad del evangelio, de la “buena noticia” para los pobres.

Jesús, verdadero hombre y Mesías de los pobres. Este es el misterio de Dios. Y María está imbricada en la médula de este sacramento, que es el evangelio.

Los cristianos tenemos el convencimiento vivo, cordial, anclado en nuestra fe hondamente, de que María es el número uno, incomparablemente, en la participación de la gracia salvadora de Jesucristo. Pero también aquí nos encontramos con la paradoja evangélica.

María no es una especie de monja que tuvo un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo, y esto la hizo mucho más monja todavía.

Mi mayor respeto por las monjas, que han sido y son, a veces, admirables. Pero María de Nazaret, psicosociológicamente, no tiene nada absolutamente de monja. Es una mujer-mujer del pueblo-pueblo. Así nos la presentan los acercamientos más históricos de las fuentes evangélicas.

Todavía podemos y debemos dar un paso más en este camino.

Los tres evangelios sinópticos dejan traslucir una tensión entre Jesús y sus parientes. También el Evangelio de San Juan afirma taxativamente (7, 5) que “ni siquiera sus hermanos creían en él”. Marcos (3, 21) dice crudamen-te que los parientes, enterados del movimiento multitudi-nario que se producía en torno a Jesús, “fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales”.

Ningún texto dice ni sugiere que María participa-se de la incredulidad de los hermanos de Jesús. Probable-mente callaba.

Los cristianos pensamos que María fue madre para Jesús porque, en su sencillez, fue la más fiel cumplidora de la voluntad de Dios. Mucho más que el vehemente, generoso y complicado Pablo, por ejemplo.

Pero el dicho de Jesús pone de relieve su oposición a todo espíritu de nepotismo. Y este dato es importante, porque en el mundo judío los vínculos de consanguinidad tenían un papel preponderante. En este sentido hay un antagonismo, evangélicamente significativo, entre la actitud de Jesús respecto de su madre y la del rey Salomón respecto de la suya (1 Reyes, 2, 19). María no es para Jesús la “Reina Madre”.

Lucas nos ha conservado un detalle lleno de frescura, en que la cordial e ingenua alabanza de una mujer del pueblo a María es transportada por Jesús a otra clave: “Mientras (Jesús) decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando: -¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste! Pero él repuso: -Mejor: ¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!” (Lucas, 11, 27-28).

Todos estos incidentes nos hacen entrever situaciones muy realistas, enteramente ajenas a la tentación del “cuento de hadas”.

Esto nos lleva a captar otro rasgo importante del gran signo evangélico que es María.

La fe de María no está teologizada. No es elitista. No se engarza en especulaciones profundas.

Más bien hay que decir que María no entiende. Pero calla, espera y es fiel.

La fe de María es sólo fe. Por eso es discreta e impalpable. Como un gran diamante solitario, montado al aire, en que todo engarce desaparece.

San Juan de la Cruz dice que el rayo de sol se hace visible por las motas opacas de polvo que embiste a su paso. Un rayo de pura luz sería invisible. San Juan de la Cruz aplica esta comparación a la experiencia mística de Dios. Yo la aplicaría a la fe de María. Ella es tan transpa-rente, que en el Nuevo Testamento desaparece. Luego, una piedad mal entendida ha pretendido inflarla de materiales opalescentes.

Los dos capítulos de la infancia de Jesús en el Evangelio de San Lucas nos dan una versión poética, preciosa y significativa, de la figura de su madre. Pero hacen notar expresamente que, cuando María y José encuentran al niño Jesús en el Templo, al cabo de tres días de angustiosa búsqueda, la madre se le queja y no comprende la respuesta que Jesús le da (Lucas, 2, 46-50).

También en el relato, de tonalidad maravillosa, de la visita de los pastores al recién nacido, anota este Evangelio: “todos los que lo oyeron (también María) se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (Lucas, 2, 18-19).

Jesús ha dicho que “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (Mateo, 20, 16). Esto nunca se ha manifestado tan claramente como en María.

Por eso ella misma es el evangelio, la buena noti-cia para los pobres, la realidad de las bienaventuranzas de Jesús.

Hay que liberarla de todos los falsos oropeles con que la han desfigurado, para devolverla a los suyos, que son aquellos pobres de la tierra que buscan la justicia de Dios (Sofonías, 2, 3).

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