Endemoniado


13ordinariob4En los tiempos de Jesús, como durante muchísimos siglos en la antigüedad, la falta de conocimientos científicos, la ignorancia sobre el funcionamiento del cuerpo humano, hacía que se atribuyera a los demonios algunas enfermedades. Esto pasaba, sobre todo, con los trastornos psíquicos, las enfermedades mentales, en las que la forma de actuar del enfermo (gritos, falta de control de los movimientos, ataques…) era más llamativa.

Decir “loco” era el equivalente de decir “endemoniado”. Y, por esto, era lo mismo que decir “impuro” (dominado o poseído por un “espíritu impuro”, el diablo). La mayoría de las religiones antiguas consideraron que en el mundo hay personas, cosas o acciones impuras y, como contra-partida, personas, cosas o acciones puras. Unas y otras “contagian”. Esa impureza no tiene nada que ver con la suciedad exterior. Ni la pureza con la limpieza. Tampoco tiene que ver con la moral, “lo bueno” o “lo malo”. Lo “impuro” es lo que está cargado de fuerzas peligrosas y desconocidas, como lo “puro” es lo que tiene poderes positivos. Quien se acerca a lo impuro, no puede acercarse a Dios. La pureza-impureza es una idea fundamentalmente “religiosa”. Desde los tiempos antiguos, la religión de Israel había asimilado esta forma de pensamien-to mágico y existían muchas leyes sobre pureza que se referían:

a) A lo sexual (menstruación y blenorragia eran formas de impurezas);

b) A la muerte (un cadáver es impuro);

c) Algunas enfermedades (lepra, la locura, hacen impuro);

d) Algunos alimentos y animales (el buitre, la lechuza, el cerdo eran, entre muchos otros, animales impuros).

La mayoría de estas leyes se conservan en el libro del Levítico. A medida que el pueblo fue evolucionando de una religión mágica a una religión de responsabilidades personales, estas ideas fueron cayendo en desuso. Sin embargo, algunos grupos las observaban a rajatabla, y de ahí los largos lavatorios o purificaciones para hacerse agradables a Dios. Jesús echa por tierra estas costumbres mágicas y con su palabra y sus actitudes borra la frontera entre lo puro y lo impuro de la vieja religión. La buena noticia es que la pureza verdadera está únicamente en el corazón del hombre y en la actitud de justicia que tenga con sus hermanos.

El signo de Jesús se realiza en el interior de la sinagoga de Cafarnaum. Unos quinientos años antes de Jesús, cuando fue destruido el Templo de Jerusalén y el pueblo de Israel fue deportado, los judíos comenzaron a construir “sinagogas”, casas de oración, donde reunirse a rezar y a leer las Escrituras Santas. En Cafarnaúm había una pequeña, sobre la que fue construida cuatro siglos después, otra mayor, de la que se conservan hoy ruinas de gran valor histórico. En la sinagoga se reunía todo el pueblo los sábados para asistir a la oración y escuchar al rabino o a cualquier paisano que quisiera hacer un comentario a los textos de la Escritura que se habían leído. La sinagoga no es el equivalente exacto de nuestros templos. Es un lugar más familiar, más popular y más laico, ya que en ella se podía hablar libremente, interrumpir, y no era necesaria la presencia de ningún ministro sagrado. El rabino era un maestro-catequista (no sacerdote).

Sin llegar a los conceptos “puro-impuro” de los tiempos antiguos, muchos enfermos del tipo de los subnormales, locos etc., están marginados de la comunidad. Jesús los libera, los valora y tiene para ellos un lugar y una misión.

(López Vigil. Un tal Jesús. nº 18)

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