Las claves teológicas del sufrimiento


14ordinariob5Las claves elaboradas por la experiencia cristiana tanto en sus prácticas como en sus discursos, pueden sustanciarse en torno a tres registros que actúan como auténticos códigos y como espacios de visibilidad: a) Los sufrimientos que están vinculados a la finitud humana, a la fragilidad y a la debilidad; su expresión extrema es la enfermedad incurable. Hay un sufrimiento humano inevitable que forma parte del paisaje de la finitud. Pertenece al mundo humano: el desgaste, la pérdida de vitalidad, la fragilidad. b) Los sufrimientos que están vinculados a la responsabilidad personal, a los estilos de vida que cada uno elige, a las opciones vitales que generan consecuencias más o menos saludables. c) Los sufrimientos que están vinculados al ejercicio del poder, especialmente los que infringen a los débiles. Hay una organización social y una cultura que desprecia al débil, destruye al menesteroso, crea marginalidad.

 

1. EL SUFRIMIENTO VINCULADO A LA FINITUD Sobre el sufrimiento que es propio de la finitud existe una hipoteca religiosa que vincula el sufrimiento al pecado. El sufrimiento humano se iniciaría según esa ideología en el pecado original, permitiendo imaginar un mundo humano sin enfermedad, sin deterioro humano, sin muerte, sin desgaste físico. Imaginar un mundo humano sin enfermedad ni muerte es un absurdo teológico. Esta ideología asentó las bases del esquema popular de la reparación, que explica el sufrimiento por la necesidad de satisfacer la deuda contraída por el pecado. Existe sufrimiento humano para saldar la deuda que se ha contraído con Dios, en consecuencia es el camino de la redención. La reparación del honor de Dios y la insolvencia de la humanidad explicarían en última instancia la crucifixión del Hijo: Dios mismo se encarga de proporcionar la víctima necesaria para la expiación. Ante esta hipoteca religiosa, hemos de descubrir el valor y la dignidad de la finitud. Este sufrimiento que está vinculado a la finitud, no pertenece a la historia humana por un accidente humano o divino: no es consecuencia de un pecado original sino un constituyente de la finitud, ni tiene carácter de prueba, ya que forma parte de un mundo en proceso. El sentido de tal o cual sufrimiento es inmanente al acontecimiento y a sus causas concretas: morimos en carretera porque somos frágiles ante un fuerte impacto e impotentes ante un reventón. ¿Qué hacer ante lo inevitable? Las respuestas sociológicas y sicológicas más habituales van desde la rebelión y la ansiedad hasta el aislamiento y la autodestrucción. Para el cristiano, el sufrimiento es parte de la realidad, que se me ofrece como posibilidad; sin quitarle nada de su densidad, he de decidir qué y cómo voy a vivir en el interior de esa experiencia de finitud. 1. Recrear la propia verdad El sufrimiento inevitable, vinculado a la finitud, puede ser un lugar donde recrear la propia verdad, un revelador de la fragilidad radical y del deseo de superar-la, en el sentido de Bloy: «El hombre tiene lugares en su pobre corazón que no existen hasta que el dolor entra en ellos para que existan». El dolor provocado por la condición humana nos sitúa en el cruce de caminos; dos itinerarios parecen posibles: bien cerrarse en la fragilidad y enmascararla, o bien abrir la debilidad a mayores perspectivas y significa-ciones. La persona que vive de la fe opta por esta segunda posibilidad: convertir el sufrimiento inevitable en un revelador, capaz de recrear la verdad. En un triple sentido: verdad sobre la vida propia, verdad sobre el mundo y sobre los otros:

a) El lado oscuro y, doloroso de la vida cuestiona nuestras propias seguridades y pone a prueba nuestra autosuficiencia; en la desgracia hay también caminos para la gracia en la medida que nos revela con más claridad lo que no quisiéramos perder nunca: el amor de las personas, la paz, la vida, la esperanza. La imagen bíblica de este primer analizador la ofrece Pablo en la carta a Corintios:

 

Aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronan-do -dice el Apóstol a la vista de su envejecimiento-, el hombre interior se va renovando de día en día- (2 Cor 4, 16-17). Según esta imagen, el sufrimiento desarrolla la musculatura para vivir lo cotidiano. b) El sufrimiento inevitable es también un revelador de la verdad del mundo, como un mundo en proceso. La imagen bíblica esencial sobre el sentido del sufrimiento la ofrece Romanos al afirmar que «la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rom 8, 22; Jn 16, 21). Los dolores de parto no son ni castigo ni compensación por el placer experimentado al hacer el amor para engendrar un niño; el sentido del sufrimiento reside en la aparición de una nueva vida. 2. Asumir la realidad Lo que se llama «aceptación cristiana del dolor» quizá no pueda significar más que eso: aceptar que la propia subjetividad no es el centro o la clave de interpretación del mundo y, en este caso, comenzar a «existir para». Hay una forma de vivir el sufrimiento que no se cierra en sí, aunque abate y destroza. Y sólo aquí pueden tener cabida las alusiones a la Providencia en el Sermón de la Montaña, que tomadas en un contexto de religiosidad general, sonarían a cinismo, a ingenuidad o a opio del pueblo: los lirios siguen floreciendo y los pájaros siguen cantando también cuando yo sufro, y el mundo puede seguir siendo bello cuando para mí es objetivamen-te horroroso. Y eso significa que mi dolor no da la medida de los valores del mundo (como tampoco la da el goce privado), pese a que la experiencia del dolor es esencialmente experiencia del mundo como falto de sentido. 3. Dios-compañía Ante el sufrimiento inevitable, puede experimentarse a Dios como compañía, como Aquel que está junto al sufriente, buscando también ahora lo mejor y más conducente a la vida. La encarnación, muerte y resurrección es la gran parábola de los límites. Los que sufren tienen junto a sí a Alguien que hace suyo los dolores y las lágrimas, sus rebeldías y sus desdichas, en el límite hay también poderosos dinamismos de vida capaz de abrir nuevas dimensiones de la realidad. (Continuará)

Sacado de un pequeño libro de Joaquín García Roca que os recomiendo: Los pobres nos evangelizan. Nueva Utopía. Madrid 1992.

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