Clave teológica del sufrimiento


II. El sufrimiento vinculado a la responsabilidad personal Sobre el sufrimiento que está causado por la responsabilidad propia existe una hipoteca religiosa que mitiga la responsabilidad atribuyendo el sufrimiento a la voluntad de Dios. Según esta “ideología religiosa,” sufrimos porque Dios lo quiere. Lo cual es un absurdo teológico, ya que lo que Dios realmente quiere es que el hombre viva, que alargue sus días, que aumente su calidad. Cuando los estilos de vida y las prácticas sociales nos causan sufrimientos, sólo podemos invocar a Dios como estímulo de conversión y pasión por la responsabilidad ante la vida. A la luz y por la causa de Jesús podemos cambiar las condiciones sociales bajo las cuales sufren los hombres, podemos hacer retroceder este tipo de sufrimiento, estamos obligados incluso a suprimir el sufrimiento que está en nuestras manos. La eliminación de este sufrimiento innecesario es siempre saludable para la misma persona y para su entorno. Este sufrimiento no es una cruz que hay que asumir, sino un mal que Cristo no conoció y del que nos hemos de liberar.¿Qué hacer ante el sufrimiento evitable? La fe se enraíza en la pasión por una vida sana; se opone a relativizar la propia responsabilidad y a provocar el olvido. Para el cristiano, el sufrimiento innecesario debe ser eliminado, para lo cual la fe es un principio regenerador de la propia responsabilidad. 1. Regenerar la propia responsabilidad La fe es ante todo una experiencia humanizadora, llamada a contribuir a la creación de estilos de vida saludables. Todos necesitamos irnos liberando de actitudes insanas y de mecanismos destructivos que destruyen o deterioran la vida, al tiempo que asumimos responsabilidades en la promoción de una vida más digna. Una fuerza sanante y vivificante ha de sustan-ciarse en prácticas personales y sociales. La contribución de la fe a esta inmensa tarea se orienta a través de tres dispositivos: a) Celebrar la vida como don. Si la vida es un regalo, único e irrepetible, el gozo de la vida no puede fragilizarse por los sinsabores, desgracias y penalidades. Hay una acción de gracias por la vida que es inseparable de la experiencia de fe. b) Reconocer la vida como valor. La responsa-bilidad primordial de toda persona es vivir. Amar la vida, cuidarla, desplegarla en todas sus posibilidades. Defen-derla como valor absoluto. c) Cultivar la vida como tarea. Cultivar el cuerpo viviendo de manera más sana y moderada, con un ritmo más saludable de trabajo y descanso; cultivar el espíritu que nos permita ir pasando del resentimiento al amor, del aislamiento a la acogida, de la inseguridad a la confianza. «Muchas personas entrarían por un camino de vida más saludable si se liberaran del egocentrismo que siembra su vida de preocupaciones y angustias innecesa-rias, y se entregaran con más generosidad a los demás; si vivieran con menos apego al dinero y a las cosas, fuente de tantas frustraciones y vacíos, y acertaran a disfrutar de una vida más sencilla y sobria; si no se dejaran atrapar por la envidia y se contentaran con gozar su vida, sin mirar de reojo la de los otros» 2. Desidolatrar la salud Ser responsable de la salud no consiste en idolatrarla como un absoluto al que hemos de subordinarlo todo. Es necesario activar los dispositivos anti-idolátricos de la fe en un momento en el que la salud se ha convertido en el mayor bien de consumo. Según las encuestas de valores, la salud es el bien más deseado y para muchos es el objetivo fundamen-tal de su vida. El mercado de la salud lo invade todo en las sociedades de la abundancia. Se vive para cuidar de la salud, y ante ella, toda intervención es posible y todo analgésico es aconsejable. La preocupación por la salud y por el estado de ánimo ocupa un lugar central en la cultura actual que valora a la persona sana, fuerte y vigorosa, y en la misma medida deja de valorar al anciano, al enfermo y el débil. Todo sacrificio es poco para mantenerse joven y vigoroso; basta observar los rituales de la salud que se consumen obsesivamente en los mercados y se fabrican cada vez con medios más sofisticados (chequeos, control de peso, régimen alimenticio, higiene obsesiva, masajes…).

La carta anti-idolátrica de la fe ante la salud se expresa a través de tres paradojas:

a) Ante la ingenua idealización y absolutización de la salud, la experiencia cristiana propone invertir los términos. En -vez de vivir para cuidar nuestra salud, habrá que cuidar la salud para vivir de manera humana. Y una vida auténticamente humana, sitúa la salud física dentro de una acción sanadora más total y profunda. La salud no puede confundirse con el bienestar, aunque sea éste uno de sus ingredientes. Sería un engaño ensalzar la salud o defender el bienestar escamoteando la enfermedad, la injusticia destructora, la muerte o el sufrimiento de los débiles. Una vida auténticamente humana exige muchas veces lucha, renuncia, sacrificio, entrega abnegada y alguna dosis de malestar.

b) En abierta ruptura con la tradición anterior, para Jesús la riqueza, la prosperidad y la salud no son necesariamente signos de la bendición de Dios, ni la desgracia o la enfermedad, signo de maldición. No hay conexión necesaria entre la vida desgraciada y el pecado (Jn 9, 3).

c) La absolutización de la salud se quiebra igualmente al establecer un criterio central en la experiencia cristiana, a saber, que se puede perder la vida y la salud responsablemente. Hay una manera sana y responsable de perder vida y salud ganándolas para siempre.

3. Dios-dador de vida

Ante el sufrimiento evitable, puede experimen-tarse a Dios como dador de vida, portador de esa inmensa utopía de la vida. Su complicidad es con la vida y la vida es la última palabra de Dios sobre la historia. Quienes le han experimentado como fuente de vida, se han convertido a estilos saludables de vida y pasión les ha llevado a poner vida allí donde los hombres ponemos muerte, dirigiéndose hacia las rutas que descienden a los hospitales, a los orfelinatos. (CONTINUARÁ)

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