El sufrimiento III


III. EL SUFRIMIENTO QUE NACE DE LA LUCHA CONTRA EL SUFRIMIENTO

Sobre el sufrimiento causado a los débiles existe una hipoteca religiosa que induce a no rebelarse, a renunciar al coraje profético. Hay un sufrimiento que es necesario asumir como consecuencia de nuestra voluntad de combatir el mal, en sus múltiples manifestaciones, la lucha contra los que tienen el poder sobre la vida y sobre la muerte.

Los anhelos de más humanidad, la realización del deseo humano y la construcción de una sociedad justa y convivencia¡ producen conflictos, contradicciones, difamaciones, persecuciones, acusaciones, maledicencias, amenazas de muerte y en ocasiones de muerte real. En las condiciones históricas actuales, este sufrimiento es condición del crecimiento personal y colectivo.

¿Qué hacer ante lo culpable?

Las respuestas sociológicas y sicológicas más habituales van desde la apatía y la resignación hasta el cinismo.

Para el cristiano, el sufrimiento de los débiles obliga a desvelar la dureza del corazón, a recuperar el coraje profético y la experiencia de Dios como defensor del pobre.

1. Desvelar la dureza del corazón

El sufrimiento injusto, vinculado a la culpabilidad, es igualmente un revelador de nuestra verdad y de nuestra mentira. Toda liberación histórica, hasta la del mismo Jesucristo, se hace a base de una alianza de sufrimiento, de dolor, de muerte. Es la sombra que acompaña a todo cambio cualitativo. Hay un capítulo esencial en el sufrimiento de Jesús que fue provocado por las intrigas de sus adversarios que se sentían amenazados, por lo que él llamaba «la dureza del corazón» (Mc 3, 5).

La persona que vive de la fe opta por erradicar las condiciones sociales, culturales, políticas y religiosas que generan sufrimiento, y al hacerlo, convierte el sufrimiento que esto produce en un revelador de la existencia, del mundo y de los otros.

a) El sufrimiento que causa la lucha contra el sufrimiento es un componente de la vida sana. Quien no luche contra lo inhumano o se enfrente con pasión al escándalo de lo intolerable, no vive una vida digna. Una vida sana estará siempre orientada a quitar sufrimiento de la vida de los demás. La persona sana sabe que no tiene derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás. «La manera humana de buscar felicidad es buscarla para todos». Machado lo expresó de manera inequívoca: «En el corazón tenía/ la espina de una pasión;/logré arrancárme-la un día;/ya no siento el corazón».

b) El sufrimiento que nace de la lucha contra el sufrimiento adquiere su dignidad desde el proyecto liberador que lo produce. De ahí recibe su dignidad y su grandeza. El sufrimiento sólo es digno a causa del proyecto liberador que lo produce. En este sentido, los que sufren a causa de la justicia sitúan el sufrimiento en un contexto liberador. En el horizonte de la experiencia de Dios, que descubre el ámbito de posibilidades por las que apostan en el hombre, se cambia el contexto mismo de dolor. Ante las existencias rotas, humilladas y ofendidas, Jesús de Nazaret sufre un desgarramiento interior, desgarramiento que «es posible porque la causa del otro se hace en cada momento, a partir de la vivencia gozosa de Abba, su propia causa» (González Faus, 396). Sólo el proyecto liberador que sostiene la vida de Jesús hizo soportable el grado increíble de conflictividad y de rechazo en el que vivió.

2. Coraje profético

Para vivir el sufrimiento causado por el combate contra el sufrimiento, se requiere coraje profético. Cuando se agota o se debilita caemos en el cinismo histórico o en la resignación.

Mantener la lealtad y la fidelidad a la justicia y a la verdad sólo es posible si el sufrimiento es trascendido por el coraje.

El coraje desactiva el veneno del sufrimiento. En la experiencia de Bonhoeffer desde el campo de concen-tración, ese coraje adquiere la forma de suprema libertad. En la experiencia de un torturado centroameri-cano adquiere la forma de «ese ser tomado por Dios me da fuerza, coraje y heroísmo para soportar con serenidad y alegría interior todas las contradicciones y hasta la misma muerte. Hay valores por los que se debe sacrificar la vida» (Boff).

El coraje profético es fruto de una decisión audaz y de una libertad adulta, que nos permite perseve-rar en la lucha para erradicar el sufrimiento injusto.

La perseverancia en el combate inaugura la camaradería con Cristo. Se vincula a Cristo no por el mero y pasivo hecho de sufrir, sino por el combate que se inaugura. De este modo se puede afirmar que «yo completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24). Lo que está inconcluso son las tribulaciones proféticas, los envíos a los sufrientes, los combates que inaugura el Reino.

3. Dios-defensor de los débiles

Ante el sufrimiento culpable, se experimenta a Dios como defensor de los débiles. «En el acontecimiento histórico del Crucificado, Dios toma partido por el rechazado. Precisamente porque Jesús se enfrenta con la opresión hasta dar su vida en el empeño. Dios actúa de tal manera que ya no existe otro camino de salvación para el opresor si no es hacer suyo el camino del oprimido» (Duquoc, 412).

Quienes han experimentado ese rostro de Dios, han visto en la solidaridad con los desgraciados y en el ser impactados por su desgracia, la llegada de la gracia como la dimensión última de la realidad. Sin solidaridad con los débiles no hay camino para la realización personal y comunitaria. La cruz no es obstáculo para la transforma-ción, ni es la garantía religiosa de una ideología religiosa conservadora, sino que manifiesta hasta qué punto tomó Jesús en serio su cometido profético en nuestro mundo de violencia. La cruz no es ya la aprobación del sufrimien-to sino la rebeldía contra él. El crucificado es la decisión de Dios de asumir la existencia humana desde las periferias sufrientes del mundo. La cruz llega como consecuencia de la lucha de Jesús contra las formas históricas de mal humano. Ya no se trata tanto de sufrir una persecución cuanto de librar un combate.

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