El Monte de la transformación


 

20cuaresmab2El Monte es un monte aislado, en el nordeste de la hermosa y fértil llanura de Esdrelón. Tiene forma redondeada y unos 580 metros de altura. Desde muy antiguo se le consideró, por su enclave en el límite de los territorios de las tribus de Isacar, Zabulón y Neftalí, y por su belleza como un monte santo. Y aunque los evangelios no dicen el nombre de la montaña donde Jesús subió con sus discípulos en este relato, la tradición siempre ha situado la transfiguración en la cima del Tabor. El monte está a unos 30 kilómetros de Nazaret y tiene una abundante vegetación. Desde la cima del Tabor se contempla una de las vistas más fascinantes de la tierra de Israel. A los pies del monte se extiende la llanura de Esdrelón o de Yizreel (que significa “Dios lo ha sembrado”), como queriendo resaltar la exuberante fertilidad de esta tierra. La llanura del Esdrelón es un extenso valle en forma de triángulo, que flaquean el monte Carmelo, los montes de Guelboé y las montañas de Galilea. Servia para comunicar la Palestina occidental con la oriental y fue por esto escenario frecuente de guerras y batallas de gran trascendencia en la historia de la nación.

El Carmelo (su nombre significa “el jardín de  Dios”) es una montaña muy fértil, de unos 20 kilómetros de largo, situada entre el mar Mediterráneo y la llanura de Yizreel. Allí realizó algunos de sus signos más espectaculares el profeta Elías (1 Re 18,16-40). Elías (su nombre significa “Yahvé es Dios”) vivió unos novecientos años antes de Jesús. Fue el gran profeta del reino del Norte de Israel, cuando la nación se dividió en dos monarquías. Su popularidad fue inmensa y el pueblo tejió alrededor de su figura leyendas de todo tipo, convirtiéndolo en un mito inolvidable: hizo grandes milagros, se enfrentó a los reyes, no murió sino que subió al cielo en un carro de fuego y, lo más importante, volvería de nuevo para abrirle camino al Mesías. Todas estas ideas estaban vivísimas en tiempo de Jesús. Elías fue siempre el profeta por excelencia y el anunciador de la llegada de los tiempos mesiánicos. Es natural, por todo esto, que en esta cuadro lleno de símbolos que es el relato de la transfiguración, aparezca Elías junto a Jesús. Está a su lado para garantizar que su espíritu profético está en Jesús y, más aún, como testigo de que es el Mesías esperado. Por otra parte, el Sinaí es la montaña más sagrada para Israel. Allí se apareció Dios a Moisés en una zarza ardiendo, allí le reveló su nombre _Yahvé-, allí le entregó los mandamientos y allí hizo alianza con el pueblo cuando marchaba por el desierto. Moisés, que vivió mil ochocientos años antes de Jesús, fue para Israel una figura excepcional. El padre y liberador del pueblo, el que lo formó y guió hasta la tierra prometida, el hombre excepcional que habló con Dios cara a cara. Ninguna figura bíblica tenía tanto peso ni tanta autoridad como Moisés. Por eso debía también aparecer junto a Jesús en el cuadro de la transfiguración. Estaba allí como garantía de que Jesús heredaba las mejores tradiciones de su pueblo. Para la mentalidad israelita, el monte, por su mayor proximidad al cielo, era el lugar donde Dios se manifestaba. Otros pueblos vecinos -los asirios, los babilonios, los fenicios- pensaban de la misma manera. El monte era, pues, lugar santo por excelencia. Más adelante aparece otra idea complementaria: Dios elige algunos montes como especial morada suya. El monte Sión (Jerusalén) era el lugar elegido para el gran banquete de los tiempos mesiánicos. Israel llamó a Dios “El-Sadday”, Dios de las montañas. El mismo Dios habría revelado este nombre a los antiguos Patriarcas (Gn.17, 1-2). El libro de Job es el que recoge en más ocasiones este hermoso nombre de Dios. Con todos estos elementos -monte sagrado, Moisés (la ley), Elías (los profetas), la nube (que también aparece en el Éxodo), la luz resplandeciente- los evange-listas armaron un cuadro simbólico para decirnos con él hasta qué punto en Jesús, se cumple todo lo anunciado por los antiguos escritos del pueblo de Israel. Nos presentan así lo que se llama una “teofanía” (aparición de Dios) al estilo de muchas de las teofanías del AT.: Dios se aparece a Moisés y a los ancianos (Ex.24, 9-11). Dios se aparece a Elías en el viento (1 Rey.19, 9-14), Dios se aparece al profeta Ezequiel en un carro (Ez.1, 1-28).

 

(Cf. Un tal Jesús. José I. y María López Vigil, 519-522)

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