La verdad de Hans Küng


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Publicado en EL PAÍS 2009/03/08

El Vaticano le retiró la licencia para enseñar teología por sus críticas a Juan Pablo II. Ahora, el teólogo suizo pone en el punto de mira de sus memorias (editorial Trotta) a uno de sus antiguos compañeros de la Universidad de Tubinga: Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.

Siempre había esperado que me fuera concedido vivir la sucesión de Juan Pablo II en el pontificado. Esta esperanza se ha cumplido, pero en un sentido totalmente contrario al que yo y todos los que aguardábamos un Papa en la línea de Juan XXIII y del Concilio Vaticano II hubiésemos deseado (…) Casi todos mis grandes compañeros de fatigas en la renovación de la teología y la Iglesia desde el tiempo del concilio están muertos o se han jubilado, salvo uno. Y ése ha sido elegido Papa. Joseph Ratzinger es Benedicto XVI.

 

(…) A ambos nos marcan los movimientos juveniles. Lo cual, para mí, evoca entrañables recuerdos de una juventud con excursiones de montaña, yincanas, competiciones y una vida libre, que incluye la práctica regular de la oración en común y eucaristías preparadas especialmente para jóvenes: un movimiento juvenil católico libre, por fortuna, de ideas nazis. A él, por lo visto, no le queda más remedio que hacerse miembro de la homogénea juventud estatal, de la juventud hitleriana. Las terribles experiencias que vive durante los últimos meses de guerra en la defensa antiaérea, el servicio social masculino, la breve movilización militar y la estancia en los campos estadounidenses de prisioneros de guerra se corresponden con las de mis compañeros alemanes de estudios nacidos en 1927-1928 en el Collegium Germanicum de Roma.

El arraigo en la Iglesia católica nos brinda a ambos, en estos confusos tiempos de ideologías totalitarias, una patria espiritual, una orientación cosmovisional y un apoyo moral. Ambos somos entusiastas monaguillos. Pero para él la Iglesia in situ está representada por el tradicional párroco del lugar y el arzobispo de Múnich; mientras que para mí quien la visibiliza es un consiliario del movimiento juvenil -nada convencional en su conducta, forma de vestir y mentalidad, un predicador de la Buena Noticia que convence con la palabra y los hechos-, sin cuya influencia más de una docena de jóvenes nunca se habrían hecho sacerdotes católicos. Mi Iglesia no es tanto una Iglesia de mayores cuanto de jóvenes. También Ratzinger se decidió por el sacerdocio, pero sin conocer a un consiliario de jóvenes de tales características; sólo por eso, su ideal sacerdotal es más tradicional, estático y jerárquico que el mío. Impresionado por el cardenal vestido de púrpura, el joven Joseph se dijo a sí mismo que le gustaría llegar a ser “algo así”.

(…) Quiero dedicarme a la práctica pastoral y, entre 1957 y 1959, paso dos años felices en el corazón de Suiza. Como vicario de la iglesia palatina de Lucerna, trabajo en una parroquia en la que la renovación de la liturgia, la predicación, el trabajo pastoral y el ecumenismo se desarrolla a toda marcha y es vigorosamente impulsada por la convocatoria del concilio (Vaticano II). Una experiencia con las personas y sus necesidades, problemas y esperanzas que Joseph Ratzinger, en su año de coadjutor en Múnich durante el curso 1951-1952 y ya con la mente puesta en la Facultad de Frisinga, no vive de la misma manera; y que, sin embargo, determinará decisivamente mi teología. Pero apenas me he habituado a Lucerna, recibo de Karl Rahner una invitación para participar en el siguiente encuentro del grupo de trabajo de teología dogmática y fundamental en lengua alemana, que se celebraría en Innsbruck en octubre de 1957.

Y allí conozco no sólo a Michael Schmaus, sino también a mi coetáneo Joseph Ratzinger (…) A la sazón, él es profesor de dogmática en Frisinga y ha escrito ya una recensión, inteligente, laudatoria y analítica de mi tesis doctoral: “… por este regalo merece Hans Küng el agradecimiento de cuantos oran y trabajan por la unidad de los cristianos divididos”. Enseguida nos caemos simpáticos (…) También estos años de Münster son para mí un tiempo feliz. Pero no ha pasado siquiera un año cuando me ofrecen la cátedra de teología fundamental en la Universidad de Tubinga (…) Se despeja así el camino para la publicación de mi programático libro, El concilio y la unión de los cristianos, del que la Facultad de Tubinga tenía asimismo conocimiento, pero que había sido retenido por miedo fundado a una intervención de Roma en contra de mi nombramiento (…) En 1962 acudimos los dos, ya profesores de teología fundamental, al concilio.

(…) Dos años más tarde abogo con doble fuerza -como decano y como ocupante de la otra cátedra de teología dogmática- por el llamamiento académico del profesor Joseph Ratzinger a Tubinga (…) Lo que a la sazón pensaba de Joseph Ratzinger se desprende con claridad de la propuesta de la facultad, redactada por mí, que concluye con las siguientes palabras: “La obra extraordinariamente rica de este intelectual de 38 años; la envergadura, el rigor y la perseverancia de su quehacer, que permiten presagiar grandes logros futuros; la autonomía de su línea investigadora (…) su gran éxito docente en Bonn y Münster, así como sus afables cualidades personales, que permiten esperar una fructífera cooperación con los compañeros…”. Todavía hoy mantengo estas palabras.

De este modo Ratzinger recibe y acepta en 1966 la invitación del Ministerio de Educación y Cultura de Baden-Würtemberg. (…) Nos vemos con frecuencia en las reuniones de la facultad, acordamos el contenido de los exámenes y examinamos de manera alternativa a los alumnos: todo sin problemas. (…)Durante tres años trabajamos juntos de manera colegial y armónica en Tubinga (…) Sólo hay una ocasión en la que él se distancia no sólo de mí, sino de toda la facultad: el cuerpo de ayudantes ha presentado una moción para que intercedamos ante el obispo de Rottenburg por el profesor de pedagogía de la religión Hubertus Halbfas (…) con el fin de que no le sea retirada la licencia eclesiástica de docencia sin nuevas evaluaciones. Todos los profesores nos pronunciamos a favor de esa gestión…, todos menos Joseph Ratzinger, quien ahora es decano. A mí me asombra su oposición contra una acción colegial. Sin embargo, nuestra posible intercesión ante el obispo pierde su razón de ser, porque el sacerdote católico Hubertus Halbfas, para alivio de la curia diocesana, anuncia su matrimonio; de este modo, el cese de su actividad docente se produce, conforme a lo estipulado por el Concordato, de modo automático, por decirlo así.

(…) Quién sabe qué habría sido de Joseph Ratzinger si no hubiera abandonado Tubinga después de tres años llenos de éxito. Hasta este punto nuestros caminos habían seguido un curso en gran medida paralelo: las trayectorias vitales de dos teólogos que, no obstante, todas las afinidades familiares, culturales y nacionales, son muy diferentes en su estructura psíquica y, ya desde muy pronto, adoptan una posición por entero divergente respecto a la liturgia, la teología y la jerarquía católicas y, en especial, a la exégesis bíblica y la historia de la Iglesia, así como, por último, en lo que atañe a la revelación y el dogma. Dos personas que, a despecho de estas diferencias o quizá a causa de ellas, se respetan y valoran mutuamente y, por supuesto, reconocen al otro como teólogo católico en la fuerza de fe y en la intelectualidad propias de cada uno. Por consiguiente, si se quiere, dos modos, formas, estilos, sí, dos caminos muy diferentes de ser católico. En aquel entonces, todo esto, naturalmente, no lo teníamos tan claro como ahora, al hacer un análisis retrospectivo. Pero en modo alguno tendría por qué haber llevado a una ruptura.

151_1499(…) Para mí la despedida de Joseph Ratzinger de Tubinga sigue siendo un tanto enigmática. El 26 de octubre de 1969, ya como profesor de Ratisbona, ofrece una comida a sus antiguos compañeros de facultad en el hotel Krone de Tubinga. El ambiente es inmejorable. También me da personalmente las gracias por la buena colaboración. Sólo muchos años después leo un informe del filósofo, traductor y senador checo, doctor Karel Floss (…) A finales de julio o comienzos de agosto de 1969 visita en Tubinga a Joseph Ratzinger; éste lo recibe con amabilidad, pero no tarda en dejarlo en compañía de su ayudante Martin Trimpe, con quien pasa Floss toda la tarde (…) Trimpe informa a Floss de que la colaboración entre Ratzinger y Küng se ha terminado. Por el bien de ambos, urge la separación, puesto que no es posible seguir trabajando con una persona como Küng; de lo contrario, Ratzinger y sus colaboradores terminarán pervirtiéndose por completo (…) A la pregunta de Floss de qué rumbo va a seguir el propio Trimpe, éste contesta que Ratzinger se marcha a Ratisbona, donde el obispo Graber le ha garantizado todo lo necesario para un trabajo científico tranquilo y honrado. Lo cual supuso una segunda conmoción para Floss, ya que él sabía que todas las fuerzas conservadoras que también en Checoslovaquia se habían asustado de las consecuencias del concilio, rechazando especialmente el abandono del tomismo, habían buscado refugio junto a Graber. Hasta aquí el relato de Karel Floss.

(…) No sé si nunca he tenido curiosidad en saber cuál podría ser mi “pervertidora” influencia sobre los más estrechos colaboradores de Ratzinger. Y por lo que respecta a la imposibilidad de prolongar la colaboración entre Ratzinger y yo, quizá el ayudante exagerara o incluso desfigurara la persona de su maestro. Lo único cierto es que Ratzinger se retiró de Tubinga, donde, desde el punto de vista científico, uno se encuentra sin duda en la vanguardia, a la teológicamente dócil Ratisbona, a la provincia del más reaccionario de los obispos alemanes, defensor del marianismo y el curialismo.

Pero de esta conversación sólo tuve noticia años después. Y uno tiene que plantearse ya la pregunta que formula otro testigo de la época, aquel consejero académico del Instituto de Investigaciones Ecuménicas, Hermann Häring, quien sostiene que me equivoqué enormemente en lo relativo a Ratzinger. No es sólo que éste apenas se percatara de que, en el asunto de las revueltas estudiantiles, yo, en el fondo, estaba de su parte. Según Häring, Ratzinger comienza a diferenciarse claramente de mí sobre todo en la interpretación del Vaticano II. Es cierto que en 1968 firma la Declaración por la libertad de la teología, redactada en lo esencial por mí, a la que finalmente se sumaron 1.322 teólogos y teólogas del mundo entero. Y también apoya en 1969 la declaración de Tubinga sobre la elección de obispos y la limitación temporal del cargo, ésta no redactada por mí, sino por el canonista Naumann y otros compañeros. Pero nada más abandonar Tubinga, retira su firma de esta segunda declaración; según aduce, la había firmado bajo presión de los compañeros. ¿Se veía ya como futuro obispo?

(…) Para él la Iglesia antigua o la Iglesia de los padres es la medida de todas las cosas. Tal como él la entiende: a Jesús de Nazaret no lo ve como lo vieron sus discípulos y las primeras comunidades cristianas, sino como lo definieron dogmáticamente los concilios helenísticos de los siglos IV y V, los cuales, de hecho, más que unir, dividieron al cristianismo. El Jesús de la historia y el poco dogmático judeocristianismo de los comienzos apenas le interesan; de ahí que no muestre demasiada comprensión por el Islam. (…) No es la Iglesia del Nuevo Testamento lo que le interesa, sino la Iglesia de los padres (naturalmente, sin madres).

(…) Joseph Ratzinger no ha cambiado. No se le hace ninguna injusticia si se afirma: ¡sencillamente se ha quedado anclado! Él ha querido quedarse anclado: en la Iglesia y la teología latinas antiguas y medievales, tal y como él las conoció y aprendió a amar en sus estudios a través de Agustín y Buenaventura, así como en su ascenso por la escala del poder jerárquico. El teólogo Ratzinger ha aportado poco a la evolución de la teología, ni siquiera en su libro sobre Jesús. Tampoco era ésa su pretensión. En esa misma medida tiene, por supuesto, razón cuando afirma que no es él quien ha cambiado, sino yo. En efecto, yo no quería quedarme anclado, sino avanzar (…) Así pues, al principio (yo) cambio, de manera simultánea con el avance de la investigación teológica, como respuesta al impulso que significa el concilio Vaticano II (…) pero también incitado una y otra vez por las experiencias contrarias que la comunidad eclesial vive a causa de la Curia romana posconciliar o, mejor aún, preconciliar.

(…) En 1980 tengo 52 años de edad; Joseph Ratzinger (…) tiene 53. Sólo un año más tarde será nombrado en Roma prefecto de La Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero curiosamente interrumpe sus memorias (escritas en 1998) en el año 1977, justo cuando se produce su ingreso en la jerarquía, con las siguientes palabras, difíciles de entender: “¿Qué más podría decir y qué cosas más concretas podría contar sobre mis años de obispo?” ¡Ah, todo lo que podría contar! Pero, ¿qué se lo impide? Es desconcertante que Ratzinger excluya de sus memorias justo los años en que fue el segundo hombre más poderoso de la Iglesia católica, años en los que docenas de teólogos e innumerables católicos y católicas de base sufrieron bajo su férula. Quizá se entenderían mejor algunas cosas… Precisamente de sus veinticuatro años en el Palazzo del Sant’ Uffizio desearía uno leer más y cosas más concretas.

Verdad controvertida, segunda parte de las memorias de Hans Küng. Editorial Trotta. Precio: 42 euros.

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Comments
One Response to “La verdad de Hans Küng”
  1. Good info, thank you for it.

    Nice Greetings from Regensburg
    sven

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