El Templo


Desde cualquier punto de vista (religioso, político, social y económico), el Templo de Jerusalén era la institución más importante de Israel en tiempos de Jesús. Lo era para las autoridades religiosas (sacerdotes, sanedritas, levitas, fariseos, escribas). Cada una de estas clases, a su modo, vivían del Templo y “usaban” su significación religiosa para su propio provecho. Lo era para el pueblo que vivía anonadado ante la magnificencia de aquel suntuoso y descomunal edificio.

El Templo designa un amplísimo recinto que dominaba por completo Jerusalén (Ocupaba la quinta parte de la superficie total de la ciudad). En este recinto estaba comprendido el santuario -capilla donde la religión judía localizaba la presencia de Dios- el atrio de los sacerdotes y otros tres atrios o patios rodeados por amplios pórticos con columnas. Los tres atrios donde podían entrar los laicos eran: el de los paganos (único lugar del templo al que podían pasar los extranjeros no judíos), el de las mujeres (solo podían llegar la mujeres hasta esta zona) y el de los israelitas (donde entraban los judíos varones) En este santuario solo podían entrar sacerdotes. Las estructuras del templo, sus divisiones, eran un reflejo del sistema discriminatorio de aquella sociedad. El atrio de los paganos (de los gentiles), el mas exterior, era la explanada del Templo. Allí se instalaba el mercado de animales para los sacrificios (toros, terneros, ovejas, cabras, palomas) y las mesas para el cambio de moneda.

Los cambistas de moneda a los que Jesús vuelca las mesas, tenían como función cambiar el dinero extranjero (griego o romano) que traían los peregrinos al Templo para pagar sus impuestos, por la moneda propia del santuario. Las monedas extranjeras llevaban grabadas la imagen del emperador y por lo tanto eran para los judíos blasfemas e impuras (el emperador era un hombre divinizado) Por eso no podía entrara este dinero en lugar sagrado y era necesario cambiarlo.

En Pascua, la afluencia de dinero en la capital era enorme. Los cambistas no solo cambiaban moneda, sino que actuaban como auténticos banqueros.

En el Templo se daba culto a Dios. Un culto en forma de oraciones, cánticos, perfúmenes que se quemaban, procesiones de alabanza, etc. Y un culto en forma de sacrificios sangrientos de animales o de otros productos del campo (trigo, vino, panes, aceite).

El culto del Templo significaba la fuente de ingresos más importante de Jerusalén. Del templo vivía la aristocracia sacerdotal, los simples sacerdotes y multitud de empleados de distinta categoría (policías, músicos, albañiles, orfebres, pintores, etc.) Enormes cantidades de dinero fluían para el templo. Venían de donaciones de personas piadosas, del comercio del ganado, de estos tributos que tenían que pagar, de promesas, etc.

Administrar el fabuloso tesoro del Templo era estar colocado en el puesto de máximo poder económico de todo el país. Testimonios históricos demuestran que en tiempos de Jesús el negocio de los animales para el sacrificio pertenecía a Anás y a su familia. A tan fabulosos poderío económico estaba ligado, naturalmen-te, el poder político. No debemos interpretar el gesto de expulsión de los mercaderes del Templo como un acto exclusivamente religioso. Los mercaderes estaban allí porque los mismos sacerdotes vivían de aquel negocio. En el Templo de Jerusalén lo político, lo religioso y lo económico estaban tan estrechamente ligados que era imposible hacer una denuncia religiosa sin que a la vez fuera un ataque al poder económico o al político.

Por ser este el gesto más arriesgado de Jesús dentro de su actividad profética, se incluyen también en este episodio las palabras más duras que de él recoge el evangelio. Son palabras de una ardiente denuncia contra los sacerdotes que negocian con el nombre de Dios y han reducido el culto a una idolatría del dinero. Denuncia contra los teólogos, que engañan a los ingenuos con leyes que ellos se inventan, que deforman la imagen de Dios por su ambición de fama y privilegios. Denuncia contra quienes han hecho de la religión una insoportable carga de leyes y normas.

(Un tal Jesús. José I y María López Vigil. Episodio 107)

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