El jesuita Luis Ruiz, un gran olvidado en su tierra, continúa velando a sus 96 años y desde el anonimato por las 140 leproserías que fundó en China


Publicado en El Comercio. Por LETICIA ÁLVAREZ| GIJÓN el 2009/03/16macao (6).jpg

Salió de España en 1931 y ya nunca regresó. En Macao, encontró su hogar 
Los enfermos de lepra estaban confinados en islas y en montañas a las que el padre Ruiz accedió para ayudarles 
Dignificó sus vidas y educó a sus hijos apartándoles de la discriminación social 
Ayudar a los niños con sida es su último proyectoDe noche, en una lancha de pesca y con el miedo a ser descubiertos por el Ejército chino en el cuerpo, llegó el padre Ruiz por primera vez a la isla de Dajin, en la provincia de Guangdong, donde el Gobierno tenía confinados a los leprosos. Corría el año 1986 y, para entonces, el sacerdote gijonés, que había vivido el exilio español con la expulsión de los jesuitas y había estado encarcelado en China, llevaba ya 46 años en el país así que el mandarín, por «muy endiabladamente difícil» que fuera, como él mismo suele admitir, no era un problema. Sí lo era, en cambio, la desconfianza que pudieran tener aquellos hombres y mujeres recluidos como apestosos en condiciones inmisericordes. Repartir unos cigarros entre quienes no tienen nada para llevarse a la boca podía ser un gesto diplomático acertado y por eso se llenó los bolsillos con pitillos con ánimo de repartirlos y entablar conversación. Pero, cuando las gentes, curiosas y poco acostumbradas a recibir visitas, salieron a recibirle se percató de una cuestión fundamental en la que hasta entonces no había caído: la lepra había ‘engullido’ sus dedos y le tendían sus muñones para ser saludados. «¿Y qué podía hacer yo con el tabaco? Pues empecé a encenderlos uno a uno y se los ponía a ellos entre los muñones y en la boca», recuerda. 
Ahora Luis Ruiz S. J., el gijonés que se ha ganado el sobrenombre de ‘Ángel de Macao’, el mismo al que otros llaman el ‘hombre de la montaña’ porque llegó tan lejos como se propuso para ayudar a los leprosos exiliados, acaba de cumplir 96 años y un documental grabado en su misión y producido por la comunidad jesuita de China conmemora su aventura vital de entrega a los más pobres. 
Una vida sin el lustre de otros grandes personajes de la solidaridad universal como Madre Teresa o Vicente Ferrer, pero que será inmortal en sus obras. Desconocido en su tierra natal, fue propuesto en 1999 para el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. El padre Luis Ruiz es un ejemplo envidiable de vitalidad, lleva fundadas ya 140 leproserías, cuatro asilos y centros para enfermos mentales, escuelas para los niños de los enfermos, comedores populares, dispensarios y hasta hogares para enfermos de sida que dependen de la Casa Ricci de servicios sociales y que se extienden por toda la República desde Hebei, a Shandong pasando por Shaanxi, Sichuan, Fujian y Yunan, entre otros lugares. El tiempo le ha envejecido, y ahora camina con la ayuda de un bastón e, incluso, le trasladan de un lado para otro en silla de ruedas, pero no ha conseguido derrotarle. 
Sigue oficiando sus misas, continúa cerca de los necesitados y, aunque lejos, se ha convertido en una celebridad con condecoraciones como la Medalla de la Orden del Mérito Civil del Gobierno de Macao (1994), la Cruz de Caballero de la Orden de Isabel la Católica de España (1994) y la Encomienda de la Orden del Mérito de Portugal. 
El camino no ha sido fácil. A las dificultades intrínsecas a la pobreza se sumaron las burocráticas. De hecho, sus primeros trabajos se realizaron prácticamente en la clandestinidad y en 1999, cuando Macao pasó de colonia portuguesa a protectorado chino, le prohibieron ayudar a los refugiados. 
Cuando llegó por primera vez a Dajin, vivían en ella 1.200 leprosos de los que 300 lograron reinsertarse en la sociedad y otros 800 fallecieron con los años en la isla. «No tenían nada y cuando el padre Ruiz los vio comentó ‘son pobres y no tienen a nadie, aquí está nuestro trabajo’», recuerda una de las hermanas indias que colaboran en su misión y que aparece, al igual que otros miembros de su equipo, en el documental que emitirá Canal 10. 
Sin agua corriente, ni electricidad, en unas viviendas con extremas carencias, casi derruidas y el arroz con salsa de soja como único alimento, el misionero gijonés se puso manos a la obra. A través de sus benefactores repartidos por medio mundo consiguió fondos para dignificar sus vidas, construyó un hospital, edificó unas cocinas y contrató a un equipo de cocineros que ofrecen una dieta equilibrada a los leprosos. La isla empezaba a ser un lugar para la esperanza. «Un día, echando un vistazo a su obra, pensó que ya tenían lo básico, pero les faltaba lo más importante, el amor y así decidió que tres hermanas indias se quedaran para cuidarles, bañarles y velar por ellos», comenta la religiosa Elizabeth Pallamatthathil. 
No sólo eso, la hermana Omana Maliakal sostiene que la isla pasó de ser «un lugar solitario a ser una isla llena de música». Porque a este siervo de Jesús, que fue monaguillo en la Iglesiona y conoció a Fidel Castro en Cuba, le gusta cantar y canta con sus amigos los leprosos siempre que puede. De Dajin a Yunnan, Guizhou, Sichuan… mientras que en todo el territorio, por muy remoto que fuera el rincón, se corría la voz de que un religioso extranjero ayudaba a los leprosos y a sus hijos, a los que dio educación y liberó de la exclusión social. Algunos de ellos residen en el llamado Hogar de la Alegría donde la hermana Cecilia Zhang asegura que «cada vez que les decimos que viene a visitarles se ponen eufóricos y preparan canciones y narraciones para presentarlas ante él». 
Como hicieron durante la última visita que les hizo y que coincidió con su 95 cumpleaños. En todas las imágenes se ve al padre Ruiz contento, conoce los nombres de los niños, canta el ‘cumpleaños feliz’, corta la tarta y, en suma, disfruta de una fiesta que le recuerda que el tiempo pasa, pero su labor debe continuar. «A Dios suelo decirle, si me llamas hoy, me voy, pero acaba dejándome un día más», suele decir. 
Hoy, la lepra es una enfermedad controlada y en Dajin sólo quedan 68 personas enfermas. Pero el padre Ruiz, incansable, de inmediato comienza a trabajar y preocuparse por una nueva enfermedad, el sida. En el Loving-Care Center niños de entre seis meses y cinco años asisten a clase, reciben cuidados médicos y cariño tras ser abandonados por portar el VIH. Lejos del estigma social, aprenden a leer, juegan y adoran a un anciano que les visita cada cierto tiempo y al que llaman ‘lau dou’, ‘padre’. 
Un título del que nadie puede retirarse. Tampoco Luis Ruiz, que sólo se irá cuando sus fuerzas se agoten. Hasta entonces, como asegura el jesuita Fernando Azpiroz, «el señor habrá empleado su vida como un lienzo en el que ha ido dejando sus trazos». Un guión de película al que no le falta ningún ingrediente. Es la vida de un mortal que dejará una obra inmortal.

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