Bebés medicamento


Juan Manuel de Prada en ABC 2009/03/16
UNA vez más, la sofística contemporánea emplea coartadas emotivas para facilitar el eclipse de la conciencia moral. Los medios de adoctrinamiento de masas, leales mamporreros en este cometido, abren sus noticieros e ilustran sus portadas con la feliz noticia del nacimiento de un niño que presuntamente curará la enfermedad de su hermano. Y la feliz noticia sirve a la sofística contemporánea para que los detractores de la utilización de bebés medicamento aparezcan, ante los ojos de la «ciudadanía» (esto es, el pueblo convertido en un perro de Paulov que reacciona a los estímulos emotivos), como oscurantistas desalmados, contrarios a los avances de la ciencia y detractores de la solidaridad humana. Cuando lo cierto es que son exactamente lo contrario; pero para llegar a esta conclusión hace falta emplear el raciocinio, que es justamente lo que la sofística contemporánea trata de evitar sirviéndonos a bombo y platillo la feliz noticia.
La sofística contemporánea nos oculta que, para que ese «bebé medicamento» naciese, se han eliminado previamente una serie de embriones que, como el propio «bebé medicamento», han sido creados artificialmente. También nos oculta el método de selección empleado para determinar cuál es el embrión compatible con el enfermo, consistente en efectuar una biopsia a los embriones, a los que se extraen dos de sus ocho células. El embrión que, tras la biopsia, demuestra ser compatible con la persona enferma tendrá «derecho a existir»; los otros automáticamente son destinados al cubo de la basura. Pero ni siquiera el «derecho a existir» del embrión salvado está del todo claro. Nadie sabe con certeza si una técnica tan agresiva como es la extracción de dos células a un embrión que consta de tan sólo ocho no acarreará en el futuro alteraciones irremediables a ese «bebé medicamento», tal vez más graves que la enfermedad del hermano que presuntamente -pues las posibilidades son muy reducidas- se va a curar. Pero, ¿qué le importan las consecuencias a largo plazo a la sofística contemporánea?
Mucho menos todavía le importa que ese «bebé medicamento» haya nacido con fines exclusivamente utilitarios, como medio instrumental, y no como un fin en sí mismo. Tampoco que el «bebé medicamento» vaya a ser empleado, desde una tierna edad en la que carece de capacidad decisoria, como donante, tal vez de médula ósea, tal vez incluso de algún órgano vital. A fin de cuentas, ¿qué le importa a la sofística contemporánea la dignidad de la persona y la autonomía de la voluntad? El escamoteo más grosero consiste, sin embargo, en ocultarnos que existen alternativas científicas a la fabricación de «bebés medicamento» que no plantean problema alguno, ni ético ni científico, por su fácil obtención libre de riesgos y su eficacia curativa perfectamente acreditada, incluso en pacientes que no guardan parentesco alguno con el donante. Alternativas como la creación de bancos de cordón umbilical, que sólo requieren que exista la suficiente oferta para posibilitar la consecución de células compatibles.
Pero, para la sofística contemporánea, alzar la voz del sentido común, proclamando la dignidad inviolable de la vida y la imposibilidad de relegarla a la condición subalterna de medio instrumental, constituye una muestra de oscurantismo desalmado. Pues de lo que se trata es de emplear coartadas emotivas para facilitar el eclipse de la conciencia moral, de tal modo que las aberraciones más inhumanas e impías aparezcan como muestras de piadoso humanismo ante los ojos de la «ciudadanía» que responde a estímulos puramente emotivos. Pero de esta coartada consistente en disfrazar las aberraciones con «multitud de milagros, señales y prodigios engañosos y seducciones de iniquidad» ya advertía San Pablo a los tesalonicenses; y, entonces como hoy, esta coartada sirve al mismo Amo.
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