Milagros


Milagro: esta palabra suscita en nosotros muchas cuestiones. La mayoría de nuestra dificultades provienen de que se ha hecho del milagro una “prueba”, una cosa científicamente comprobable, mientras que es ante todo un “signo” percibido por la fe. En otras palabras, se olvida que el milagro tiene dos caras, dos niveles de significa-ción: una cara visible –el hecho extraordinario que todos pueden comprobar- y otra cara invisible –el sentido religioso percibido por el creyente.
Hay pues dos formas de considerar las cosas. Un ejemplo: le damos una flor a un botánico; reacciona como científico: “¿Qué es esto?”. La analiza, la clasifica y, si le es desconocida, no parará hasta que haya encontrado su origen. Un joven le da una flor a su novia; ésta descubre en ella un mensaje; esa flor “le dice algo”. Entonces, la cuestión no es ya: “¿Qué es esto?”, sino: “¿Qué es lo que esto significa?”. De este modo la flor es considerada en dos niveles de significación muy diversa. Estas dos visiones no son incompatibles –también hay botánicos enamorados-, pero son muy diferentes. Por consiguiente hay que distinguir dos niveles: el hecho, comprobado por todos y que puede tener un significado científico, y el signo, la interpretación que proviene de la fe.
Milagro: esta palabra suscita en nosotros muchas cuestiones. La mayoría de nuestra dificultades provienen de que se ha hecho del milagro una “prueba”, una cosa científicamente comprobable, mientras que es ante todo un “signo” percibido por la fe. En otras palabras, se olvida que el milagro tiene dos caras, dos niveles de significa-ción: una cara visible –el hecho extraordinario que todos pueden comprobar- y otra cara invisible –el sentido religioso percibido por el creyente.
Hay pues dos formas de considerar las cosas. Un ejemplo: le damos una flor a un botánico; reacciona como científico: “¿Qué es esto?”. La analiza, la clasifica y, si le es desconocida, no parará hasta que haya encontrado su origen. Un joven le da una flor a su novia; ésta descubre en ella un mensaje; esa flor “le dice algo”. Entonces, la cuestión no es ya: “¿Qué es esto?”, sino: “¿Qué es lo que esto significa?”. De este modo la flor es considerada en dos niveles de significación muy diversa. Estas dos visiones no son incompatibles –también hay botánicos enamorados-, pero son muy diferentes. Por consiguiente hay que distinguir dos niveles: el hecho, comprobado por todos y que puede tener un significado científico, y el signo, la interpretación que proviene de la fe.
El milagro ante la ciencia.
Para la ciencia no hay allí ningún milagro. Hay solamente un hecho que comprobar. Su función es la de explicar el mundo y los acontecimientos y, para ello, encontrar las causas. La ciencia tiene como principio cierto el determinismo, esto es, el hecho de que la naturaleza tiene sus leyes y que las obedece; la ciencia tiene que descubrirlas; entonces puede actuar sobre las causas y hacer que se reproduzca, siempre que se desee aquel mismo hecho. Mientras no haya encontrado las leyes que explican un hecho determi-nado, solamente puede comprobar su propia ignorancia y seguir investigando.
Pero esto no quiere decir que el milagro, en su cara visible, sea un hecho extraordinario cumplido “fuera (o en contra) de las leyes de la naturaleza”. El milagro está por encima de las leyes, no ya en el sentido de que está en contradicción con ellas o de que les sea totalmente extraño, sino en el sentido de que las utiliza… Todo ocurre como si Dios, fuente de toda vida, le diera al enfermo por unos instantes un aumento de vitalidad, una hipervitali-dad, gracias a la cual la persona agraciada con el milagro repara en una fracción de segundo ciertas lesiones que quizás no hubiera visto nunca reparadas o que habrían tendido necesidad de años enteros para llegar a ese resultado… La curación sobrenatural no es otra cosa más que un fenómeno natural cuya rapidez y amplitud se salen de las reglas habituales. El milagro multiplica, transforma o cura, pero no crea. Supera las fuerzas naturales, pero no viola sus leyes. Los determinismos siguen en pie; lo que pasa es que son como utilizados por una libertad superior. Y dominándoles de ese modo es como se manifiesta misteriosamente esa libertad.
Si lo esencial del milagro es que constituye un “signo”, se comprende fácilmente que el propio hecho, su cara visible, puede variar de una época a otra. Lo impor-tante es que “hable” en la época en que surge. Hay ciertos hechos que pueden muy bien ser extraordinarios en una época y no ser llamativos en otra. Algunos de los milagros del evangelio, realizados en nuestra época, quizás no nos plantearían ninguna cuestión, ya que podrías explicarlos la ciencia. Es posible que algún milagro concreto, científicamente comprobado en Lourdes en la actualidad, no sea ya “milagro” dentro de cincuenta años. Y esto no tiene por qué preocuparnos.
Si el milagro fuera una “prueba”, sería poco honrado, de parte de Dios, aprovecharse de nuestra ignorancia para inducirnos a creer, lo mismo que si un misionero quisiera “probar” a Dios a unas poblaciones ignorantes de nuestra civilización mostrándole una televisión o un video.
Si el milagro es un “signo”, una cuestión que pone en camino, no tiene tanta importancia el que se le pueda explicar algún día, ya que no se cree por causa de él, sino por causa de la verdad del mensaje.
Nuestra fe no reposa en los milagros, sino que es adhesión a Jesús resucitado. Y este acontecimiento no es un milagro, es un misterio percibido en la fe. Es a la luz de este misterio como pueden resultar “signos”, “milagros” ciertos hechos extraordinarios.
Cfr.Etienne Charpentier. Los milagros del Evangelio. CB nº 8
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