Curador de la vida


José Antonio Pagola. Jesús. PPC. 155-175

El poeta de la misericordia de Dios hablaba con parábolas, pero también con hechos. Los campesinos de Galilea pudieron comprobar que Jesús, lleno del Espíritu de Dios, recorría sus aldeas curando enfermos, expul-sando demonios y liberando a las gentes del mal, la indignidad y la exclusión. El los integra en una sociedad nueva, más sana y fraterna, mejor encaminada hacia la plenitud del reino de Dios.
Jesús seguía sorprendiendo a todos: Dios está llegando, pero no como el “Dios de los justos”, sino como el “Dios de los que sufren”. El Dios que quiere reinar entre los hombres y mujeres es “un Dios que sana” (Ex 15,26).
A diferencia del Bautista, que nunca curó a nadie, Jesús proclama el reino de Dios poniendo salud y vida en las personas y en la sociedad entera. Lo que Jesús busca, antes que nada, entre aquellas gentes de Galilea no es reformar su vida religiosa, sino ayudarles a disfrutar de una vida más sana y más liberada del poder del mal.
En cada cultura se vive la enfermedad de manera diferente. No es solo un hecho biológico sino una experiencia que el enfermo interpreta, vive y sufre según el modelo cultural de la sociedad en que vive. Estos campesinos perciben su enfermedad no tanto como una dolencia orgánica, sino como una incapacidad para vivir como los demás hijos de Dios. Aquellos campesinos no consideraban su mal desde un punto de vista médico, sino religioso. Si Dios, el creador de la vida, les está retirando su espíritu vivificador, es señal de que los está abandonando. ¿Por qué Dios no los bendice como a los demás? ¿Por qué les retira su aliento de vida? Probablemente su vida no le agrada.
Pero, ¿qué podrían hacer los enfermos y enfermas de aquellas aldeas para recuperar su salud? Acudían por lo general a Dios. Examinaba su vida, confesaba ante él sus pecados y le pedía la curación. Podía recitar uno de tantos salmos compuestos por enfermos y que estaban recogidos en las Escrituras: “Ten piedad de mí, Señor, sáname, que he pecado contra ti” (40,5). La familia era la primera en atender a su enfermo. Los padres y familiares más cercanos, el patrón de la casa o los mismos vecinos ayudaban al enfermo a reconocer su pecado e invocar a Dios. Al mismo tiempo buscaban algún curador de los alrededores.
El hecho es históricamente innegable: Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador y exorcista de gran prestigio. Esta fama de Jesús como taumaturgo y exorcista tuvo que ser extraordinaria, pues durante mucho tiempo hubo exorcistas y magos que, fuera de los ambientes cristianos, usaban su nombre para realizar sus conjuros.
Se parece a otros curadores que se conocen en la región, pero al mismo tiempo es diferente: no examina a los enfermos para hacer un diagnóstico de su mal; no emplea técnicas médicas ni receta remedios. No se preocupa solo de su mal físico, sino también de su situación de impotencia y humillación a causa de la enfermedad. Por eso los enfermos encuentran en él algo que los médicos no aseguraban con sus remedios: una relación nueva con Dios que le ayuda a vivir con otra dignidad y confianza ante él.
Las curaciones no son hechos aislados, sino que forman parte de su proclamación del reino de Dios. Es su manera de anunciar a todos esta gran noticia: Dios está llegando, y los más desgraciados pueden experimentar ya su amor compasivo. Estas curaciones sorprendentes son signo humilde, pero real, de un mundo nuevo: el mundo que Dios quiere para todos.
Lo cierto es que Jesús contagia salud y vida. Las gentes de Galilea lo sienten como alguien que cura porque está habitado por el Espíritu y la fuerza sanado-ra de Dios. Aunque, al parecer, Jesús utiliza en alguna ocasión técnicas populares, como la saliva, lo importante no es el procedimiento que pueda emplear en algún caso, sino él mismo: la fuerza curadora que irradia su persona.
(Cfr. José Antonio Pagola. Jesús. PPC. 155-
El poeta de la misericordia de Dios hablaba con parábolas, pero también con hechos. Los campesinos de Galilea pudieron comprobar que Jesús, lleno del Espíritu de Dios, recorría sus aldeas curando enfermos, expul-sando demonios y liberando a las gentes del mal, la indignidad y la exclusión. El los integra en una sociedad nueva, más sana y fraterna, mejor encaminada hacia la plenitud del reino de Dios.
Jesús seguía sorprendiendo a todos: Dios está llegando, pero no como el “Dios de los justos”, sino como el “Dios de los que sufren”. El Dios que quiere reinar entre los hombres y mujeres es “un Dios que sana” (Ex 15,26).
A diferencia del Bautista, que nunca curó a nadie, Jesús proclama el reino de Dios poniendo salud y vida en las personas y en la sociedad entera. Lo que Jesús busca, antes que nada, entre aquellas gentes de Galilea no es reformar su vida religiosa, sino ayudarles a disfrutar de una vida más sana y más liberada del poder del mal.
En cada cultura se vive la enfermedad de manera diferente. No es solo un hecho biológico sino una experiencia que el enfermo interpreta, vive y sufre según el modelo cultural de la sociedad en que vive. Estos campesinos perciben su enfermedad no tanto como una dolencia orgánica, sino como una incapacidad para vivir como los demás hijos de Dios. Aquellos campesinos no consideraban su mal desde un punto de vista médico, sino religioso. Si Dios, el creador de la vida, les está retirando su espíritu vivificador, es señal de que los está abandonando. ¿Por qué Dios no los bendice como a los demás? ¿Por qué les retira su aliento de vida? Probablemente su vida no le agrada.
Pero, ¿qué podrían hacer los enfermos y enfermas de aquellas aldeas para recuperar su salud? Acudían por lo general a Dios. Examinaba su vida, confesaba ante él sus pecados y le pedía la curación. Podía recitar uno de tantos salmos compuestos por enfermos y que estaban recogidos en las Escrituras: “Ten piedad de mí, Señor, sáname, que he pecado contra ti” (40,5). La familia era la primera en atender a su enfermo. Los padres y familiares más cercanos, el patrón de la casa o los mismos vecinos ayudaban al enfermo a reconocer su pecado e invocar a Dios. Al mismo tiempo buscaban algún curador de los alrededores.
El hecho es históricamente innegable: Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador y exorcista de gran prestigio. Esta fama de Jesús como taumaturgo y exorcista tuvo que ser extraordinaria, pues durante mucho tiempo hubo exorcistas y magos que, fuera de los ambientes cristianos, usaban su nombre para realizar sus conjuros.
Se parece a otros curadores que se conocen en la región, pero al mismo tiempo es diferente: no examina a los enfermos para hacer un diagnóstico de su mal; no emplea técnicas médicas ni receta remedios. No se preocupa solo de su mal físico, sino también de su situación de impotencia y humillación a causa de la enfermedad. Por eso los enfermos encuentran en él algo que los médicos no aseguraban con sus remedios: una relación nueva con Dios que le ayuda a vivir con otra dignidad y confianza ante él.
Las curaciones no son hechos aislados, sino que forman parte de su proclamación del reino de Dios. Es su manera de anunciar a todos esta gran noticia: Dios está llegando, y los más desgraciados pueden experimentar ya su amor compasivo. Estas curaciones sorprendentes son signo humilde, pero real, de un mundo nuevo: el mundo que Dios quiere para todos.
Lo cierto es que Jesús contagia salud y vida. Las gentes de Galilea lo sienten como alguien que cura porque está habitado por el Espíritu y la fuerza sanado-ra de Dios. Aunque, al parecer, Jesús utiliza en alguna ocasión técnicas populares, como la saliva, lo importante no es el procedimiento que pueda emplear en algún caso, sino él mismo: la fuerza curadora que irradia su persona.

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