Los doce y el envío a las aldeas


En algún momento Jesús envió a sus discípulos por las aldeas de Galilea a colaborar con él en la tarea de abrir camino al reino de Dios. Todo hace pensar que fue una misión breve y estuvo limitada al entorno de los lugares donde se movía él. No actúan por iniciativa propia, sino en nombre de Jesús. Son sus representantes.
En concreto, Jesús les da poder y autoridad no para imponerse a las gentes, sino para expulsar demonios y curar enfermedades y dolencias. Estas serán las dos grandes tareas de sus enviados: decir a la gente lo cerca que está Dios y curar a las personas de todo cuanto introduce mal y sufrimiento en sus vidas.
Jesús ve a sus discípulos como “pescadores de hombres”. La metáfora es sorprendente y llamativa, muy del lenguaje creativo y provocador de Jesús. Se le ocurrió seguramente en las riberas del mar de Galilea, al llamar a algunos pescadores a abandonar su trabajo para colabo-rar con él. En adelante pescaran hombres en vez de peces. La expresión resulta algo enigmática. Profetas como Jeremías habían utilizado la pesca y la caza como imáge-nes negativas para expresar la captura de los que serían sometidos a un juicio de condenación. En nada de esto pensaba Jesús. La metáfora cobraba en sus labios un contenido salvífico y liberador. Él llama a sus discípulos para rescatar a las personas de las “aguas abismales” del mal, para liberarlas del poder de Satán y para introducir-las así en la vida del reino de Dios. Sin embargo, la imagen no deja de ser extraña, y fue olvidada por los misioneros cristianos, que nunca se llamaron “pescadores de hombres”.
Lo que nunca olvidaron fue las instrucciones que les dio al enviarlos a su misión. Jesús quería imprimir a su grupo un estilo de vida profético y desafiante. Todo el mundo lo podrá ver plasmado en su manera de vestir y de equiparse, y en su forma de actuar por las aldeas de Galilea. Lo sorprendente es que Jesús no está pensando en lo que deben llevar consigo, sino, precisamente, en lo contrario: lo que no deben llevar, no sea que se alejen de los últimos.
No deben tomar consigo dinero ni provisiones de ningún tipo. No llevarán siquiera zurrón, al estilo de los vagabundos cínicos, que colgaban de su hombro una alforja para guardar las provisiones y limosnas que iba recogiendo. Renunciar a un zurrón era renunciar a la mendicidad para vivir confiado solo en la solicitud de Dios y en la acogida de la gente. Tampoco llevarán consigo bastón, como acostumbraban los filósofos cínicos y también los esenios para defenderse de los perros salvajes y de los agresores. Deben aparecer ante todos como un grupo de paz. Al acercarse a las aldeas, lo harán de manera pacífica, sin asustar a las mujeres y a los niños, aunque sus varones estén trabajando en el campo.
No llevaran una túnica de repuesto, como llevaba Diógenes el cínico para protegerse del frio de la noche cuando dormía al raso. Todos podrán ver que los seguidores de Jesús viven identificados con las gentes más indigentes de Galilea. Las instrucciones de Jesús no eran tan extrañas. Él era el primero en vivir así: sin dinero ni provisiones, sin zurrón de mendigo, sin bastón, y sin túnica de repuesto. Los discípulos no harán sino seguirle. Este grupo, liberado de ataduras y posesiones, identifica-dos con los más pobres de Galilea, confiando por entero en Dios y en la acogida fraterna y buscando para todos la paz, llevará hasta las aldeas la presencia de Jesús y su buena noticia de Dios.
Jesús los envía “de dos en dos”. Así podrán apoyarse mutuamente. Además, entre los judíos era mas creíble una noticia cuando venía atestiguada por dos o más personas. Se acercarán a las casas deseando a sus moradores la paz. Si encuentran hospitalidad, se queda-rán en la misma casa hasta salir de la aldea. Si no los acogen, marcharan del lugar “sacudiendo el polvo de la planta de los pies”. Era lo que hacían los judíos cuando abandonaban una región pagana considerada impura. Tal vez no hay que tomarlo en el sentido trágico de una juicio condenatorio, sino como un gesto divertido y gracioso: “Allá vosotros”.
En cada aldea han de hacer lo mismo: anunciarles el reino de Dios compartiendo con ellos la experiencia que están viviendo con Jesús y, al mismo tiempo, curar a los enfermos del pueblo. Todo lo han de hacer gratis sin cobrar ni pedir limosna, pero recibiendo a cambio un lugar en la mesa y en la casa de los vecinos. No es una simple estrategia para sustentar la misión. Es la manera de construir en las aldeas una comunidad nueva basada
En algún momento Jesús envió a sus discípulos por las aldeas de Galilea a colaborar con él en la tarea de abrir camino al reino de Dios. Todo hace pensar que fue una misión breve y estuvo limitada al entorno de los lugares donde se movía él. No actúan por iniciativa propia, sino en nombre de Jesús. Son sus representantes.
En concreto, Jesús les da poder y autoridad no para imponerse a las gentes, sino para expulsar demonios y curar enfermedades y dolencias. Estas serán las dos grandes tareas de sus enviados: decir a la gente lo cerca que está Dios y curar a las personas de todo cuanto introduce mal y sufrimiento en sus vidas.
Jesús ve a sus discípulos como “pescadores de hombres”. La metáfora es sorprendente y llamativa, muy del lenguaje creativo y provocador de Jesús. Se le ocurrió seguramente en las riberas del mar de Galilea, al llamar a algunos pescadores a abandonar su trabajo para colabo-rar con él. En adelante pescaran hombres en vez de peces. La expresión resulta algo enigmática. Profetas como Jeremías habían utilizado la pesca y la caza como imáge-nes negativas para expresar la captura de los que serían sometidos a un juicio de condenación. En nada de esto pensaba Jesús. La metáfora cobraba en sus labios un contenido salvífico y liberador. Él llama a sus discípulos para rescatar a las personas de las “aguas abismales” del mal, para liberarlas del poder de Satán y para introducir-las así en la vida del reino de Dios. Sin embargo, la imagen no deja de ser extraña, y fue olvidada por los misioneros cristianos, que nunca se llamaron “pescadores de hombres”.
Lo que nunca olvidaron fue las instrucciones que les dio al enviarlos a su misión. Jesús quería imprimir a su grupo un estilo de vida profético y desafiante. Todo el mundo lo podrá ver plasmado en su manera de vestir y de equiparse, y en su forma de actuar por las aldeas de Galilea. Lo sorprendente es que Jesús no está pensando en lo que deben llevar consigo, sino, precisamente, en lo contrario: lo que no deben llevar, no sea que se alejen de los últimos.
No deben tomar consigo dinero ni provisiones de ningún tipo. No llevarán siquiera zurrón, al estilo de los vagabundos cínicos, que colgaban de su hombro una alforja para guardar las provisiones y limosnas que iba recogiendo. Renunciar a un zurrón era renunciar a la mendicidad para vivir confiado solo en la solicitud de Dios y en la acogida de la gente. Tampoco llevarán consigo bastón, como acostumbraban los filósofos cínicos y también los esenios para defenderse de los perros salvajes y de los agresores. Deben aparecer ante todos como un grupo de paz. Al acercarse a las aldeas, lo harán de manera pacífica, sin asustar a las mujeres y a los niños, aunque sus varones estén trabajando en el campo.
No llevaran una túnica de repuesto, como llevaba Diógenes el cínico para protegerse del frio de la noche cuando dormía al raso. Todos podrán ver que los seguidores de Jesús viven identificados con las gentes más indigentes de Galilea. Las instrucciones de Jesús no eran tan extrañas. Él era el primero en vivir así: sin dinero ni provisiones, sin zurrón de mendigo, sin bastón, y sin túnica de repuesto. Los discípulos no harán sino seguirle. Este grupo, liberado de ataduras y posesiones, identifica-dos con los más pobres de Galilea, confiando por entero en Dios y en la acogida fraterna y buscando para todos la paz, llevará hasta las aldeas la presencia de Jesús y su buena noticia de Dios.
Jesús los envía “de dos en dos”. Así podrán apoyarse mutuamente. Además, entre los judíos era mas creíble una noticia cuando venía atestiguada por dos o más personas. Se acercarán a las casas deseando a sus moradores la paz. Si encuentran hospitalidad, se queda-rán en la misma casa hasta salir de la aldea. Si no los acogen, marcharan del lugar “sacudiendo el polvo de la planta de los pies”. Era lo que hacían los judíos cuando abandonaban una región pagana considerada impura. Tal vez no hay que tomarlo en el sentido trágico de una juicio condenatorio, sino como un gesto divertido y gracioso: “Allá vosotros”.
En cada aldea han de hacer lo mismo: anunciarles el reino de Dios compartiendo con ellos la experiencia que están viviendo con Jesús y, al mismo tiempo, curar a los enfermos del pueblo. Todo lo han de hacer gratis sin cobrar ni pedir limosna, pero recibiendo a cambio un lugar en la mesa y en la casa de los vecinos. No es una simple estrategia para sustentar la misión. Es la manera de construir en las aldeas una comunidad nueva basada sobre unos valores radicalmente diferentes de la honra o deshonra, de los patrones y clientes. Aquí todos comparten lo que tienen: unos, su experiencia del reino de Dios y su poder de curar; otros, su mesa y su casa. La tarea de los discípulos no consiste solo en “dar”, sino también en “recibir” la hospitalidad que se les ofrece.
El ambiente que se creaba en los pueblos era parecido al que creaba el propio Jesús. La alegría se extendía por toda la aldea al correrse la noticia de alguna curación. Había que celebrarlo. Los enfermos podrían otra vez integrarse a la convivencia. Los leprosos y endemonia-dos podían sentarse de nuevo a la mesa con sus seres queridos. En aquellas comidas, sentados con los dos discípulos de Jesús, se estrechaban los lazos, caían las barreras, a los vecinos les resultaba más fácil perdonarse mutuamente sus agravios. De manera humilde, pero real, experimentaban la llegada del reino de Dios a aquella aldea. Privado de poder político y religioso, Jesús no encontró una forma más concreta para iniciar, en medio del inmenso Imperio romano, la nueva sociedad que quería Dios, más sana y fraterna, más digna y dichosa.
José Antonio Pagola. Jesús. PPC. 274-300
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