Adhesión cordial de bastantes


Hubo personas y familias enteras que le manifestaron una adhesión cordial. Su entusiasmo no es un sentimiento pasajero. Algunos le siguen por los caminos de Galilea. Otros no pueden abandonar sus casas, pero están dispuestos a colaborar con él de diversas maneras. De hecho son los que le ofrecen alojamiento, comida, información y todo tipo de ayuda cuando llega a sus aldeas. Sin su apoyo difícilmente hubiera podido moverse el grupo de discípulos itionerantes que caminaba acompañando a Jesús. Bastante de ellos son, prtobablemente, familiares de enfermos curados por Jesús o amigos y vecinos que deseaban agradecer de alguna manera su visita al pueblo. Estos adeptos repartidos por los pueblos de Galilea y Judea constituyen verdaderos “grupos de apoyo” que colaboran estrechamente con Jesús. Nunca se les llama discipulso, pero son personas que le escuchan con la misma fe y devoción que los que le aqcomapñan en su vida itinerante.
No conocemos mucho de estos disicpulos sedentarios. Sabemos que cuando sube a Jerusalen, Jesús no se aloja en la ciudad santa; se va a Betania, una pequeña aldea situada a unos tres kilómetros de Jerusalen, donde se hospeda en casa d tres hermanos a los que quería de manera especial: Lázaro, Marta y María. En alguna ocasión es invitado a comer posiblemente pro un leproso de Betania al que había curado anteriormente. Al parecer, en la aldea de Betfagé, muy cerca ya de Jerusalen, le prestaron un borrico para subir a la ciudad. Se nos habla también de un amigo que vive en Jerusalen y les prepara la sala para celebrar aquella cena memorable en la que Jesús se despide de quienes lo han acompañado desde Galilea.
Estos constituyen precisamente el grupo más cercano a Jesús, abandonan su familia, al menos durante un tiempo, y se aventuran a seguir a Jesús en su vida itinerante. Durante algo más de dos años, entre el 28 y el 30 d.C., comparten su vida con él, escuchan el mensaje que repite en cada aldea, admiran la fe con la que curan a los enfermos y se sorprenden una y otra vez del afecto y la libertad con que acoge a su mesa a pecadores y gentes de mala fama.
Caminan de ordinario unos metros detrás de Jesús. Mientras ellos y ellas hablan de sus cosas, Jesús madura en silencio sus parábolas. Juntos pasan momentos de sed y también de hambre. Al llegar a una aldea, se preocupan de encontrar algunas familias de simpatizantes que los acojan en sus casas. Buscan agua y disponen de lo necesario para sentarse a comer. Los discípulos se ocupan también de que la multitud pueda escuchar con tranquilidad a Jesús: a veces le procuran una barca para que todos le puedan ver mejor desde la orilla; en ocasiones piden a la multitud que se siente en torno a él para oírle mejor. Terminada la jornada, despiden a la gente y se preparan para descansar. Son los momentos en que pueden conversar con Jesús de manera más sosegada. Estos discípulos y discípulas fueron sus confidentes. Los mejores amigos y amigas que tuvo durante su vida de profeta itinerante.
No sabemos exactamente cuantos eran, pero constituían un grupo más amplio que los “Doce”. Entre ellos hay hombres y mujeres de diversa procedencia. Algunos son pescadores, otros campesinos d la Baja Galilea. Pero encontramos también a un recaudador que trabajaba en Cafarnaúm y que se llamaba Leví, hijo de Alfeo. Hubo algunos que anduvieron con él desde el principio: Natanael, un galileo de corazón limpio, y dos varones muy apreciados mas tarde en la comunidad cristiana, que se llamaban José Barsabás, al que llamaban “el justo”, y Matías. También se agregó al grupo un ciego de Jericó curado por Jesús, que se llamaba Bartimeo.
A los integrantes de este grupo tan heterogéneo que compartió la vida itinerante de Jesús se les llama “discípulos”. No era un término habitual en aquella sociedad. Posiblemente el mismo Jesús o sus seguidores lo empezaron a emplear entre ellos sin, por supuesto, darle el contenido técnico que adquiriría más tarde para designar a los discípulos de los rabinos judíos. Tal vez Jesús y alguno de los suyosHubo personas y familias enteras que le manifestaron una adhesión cordial. Su entusiasmo no es un sentimiento pasajero. Algunos le siguen por los caminos de Galilea. Otros no pueden abandonar sus casas, pero están dispuestos a colaborar con él de diversas maneras. De hecho son los que le ofrecen alojamiento, comida, información y todo tipo de ayuda cuando llega a sus aldeas. Sin su apoyo difícilmente hubiera podido moverse el grupo de discípulos itionerantes que caminaba acompañando a Jesús. Bastante de ellos son, prtobablemente, familiares de enfermos curados por Jesús o amigos y vecinos que deseaban agradecer de alguna manera su visita al pueblo. Estos adeptos repartidos por los pueblos de Galilea y Judea constituyen verdaderos “grupos de apoyo” que colaboran estrechamente con Jesús. Nunca se les llama discipulso, pero son personas que le escuchan con la misma fe y devoción que los que le aqcomapñan en su vida itinerante.
No conocemos mucho de estos disicpulos sedentarios. Sabemos que cuando sube a Jerusalen, Jesús no se aloja en la ciudad santa; se va a Betania, una pequeña aldea situada a unos tres kilómetros de Jerusalen, donde se hospeda en casa d tres hermanos a los que quería de manera especial: Lázaro, Marta y María. En alguna ocasión es invitado a comer posiblemente pro un leproso de Betania al que había curado anteriormente. Al parecer, en la aldea de Betfagé, muy cerca ya de Jerusalen, le prestaron un borrico para subir a la ciudad. Se nos habla también de un amigo que vive en Jerusalen y les prepara la sala para celebrar aquella cena memorable en la que Jesús se despide de quienes lo han acompañado desde Galilea.
Estos constituyen precisamente el grupo más cercano a Jesús, abandonan su familia, al menos durante un tiempo, y se aventuran a seguir a Jesús en su vida itinerante. Durante algo más de dos años, entre el 28 y el 30 d.C., comparten su vida con él, escuchan el mensaje que repite en cada aldea, admiran la fe con la que curan a los enfermos y se sorprenden una y otra vez del afecto y la libertad con que acoge a su mesa a pecadores y gentes de mala fama.
Caminan de ordinario unos metros detrás de Jesús. Mientras ellos y ellas hablan de sus cosas, Jesús madura en silencio sus parábolas. Juntos pasan momentos de sed y también de hambre. Al llegar a una aldea, se preocupan de encontrar algunas familias de simpatizantes que los acojan en sus casas. Buscan agua y disponen de lo necesario para sentarse a comer. Los discípulos se ocupan también de que la multitud pueda escuchar con tranquilidad a Jesús: a veces le procuran una barca para que todos le puedan ver mejor desde la orilla; en ocasiones piden a la multitud que se siente en torno a él para oírle mejor. Terminada la jornada, despiden a la gente y se preparan para descansar. Son los momentos en que pueden conversar con Jesús de manera más sosegada. Estos discípulos y discípulas fueron sus confidentes. Los mejores amigos y amigas que tuvo durante su vida de profeta itinerante.
No sabemos exactamente cuantos eran, pero constituían un grupo más amplio que los “Doce”. Entre ellos hay hombres y mujeres de diversa procedencia. Algunos son pescadores, otros campesinos d la Baja Galilea. Pero encontramos también a un recaudador que trabajaba en Cafarnaúm y que se llamaba Leví, hijo de Alfeo. Hubo algunos que anduvieron con él desde el principio: Natanael, un galileo de corazón limpio, y dos varones muy apreciados mas tarde en la comunidad cristiana, que se llamaban José Barsabás, al que llamaban “el justo”, y Matías. También se agregó al grupo un ciego de Jericó curado por Jesús, que se llamaba Bartimeo.
A los integrantes de este grupo tan heterogéneo que compartió la vida itinerante de Jesús se les llama “discípulos”. No era un término habitual en aquella sociedad. Posiblemente el mismo Jesús o sus seguidores lo empezaron a emplear entre ellos sin, por supuesto, darle el contenido técnico que adquiriría más tarde para designar a los discípulos de los rabinos judíos. Tal vez Jesús y alguno de los suyos
Hubo personas y familias enteras que le manifestaron una adhesión cordial. Su entusiasmo no es un sentimiento pasajero. Algunos le siguen por los caminos de Galilea. Otros no pueden abandonar sus casas, pero están dispuestos a colaborar con él de diversas maneras. De hecho son los que le ofrecen alojamiento, comida, información y todo tipo de ayuda cuando llega a sus aldeas. Sin su apoyo difícilmente hubiera podido moverse el grupo de discípulos itionerantes que caminaba acompañando a Jesús. Bastante de ellos son, prtobablemente, familiares de enfermos curados por Jesús o amigos y vecinos que deseaban agradecer de alguna manera su visita al pueblo. Estos adeptos repartidos por los pueblos de Galilea y Judea constituyen verdaderos “grupos de apoyo” que colaboran estrechamente con Jesús. Nunca se les llama discipulso, pero son personas que le escuchan con la misma fe y devoción que los que le aqcomapñan en su vida itinerante.
No conocemos mucho de estos disicpulos sedentarios. Sabemos que cuando sube a Jerusalen, Jesús no se aloja en la ciudad santa; se va a Betania, una pequeña aldea situada a unos tres kilómetros de Jerusalen, donde se hospeda en casa d tres hermanos a los que quería de manera especial: Lázaro, Marta y María. En alguna ocasión es invitado a comer posiblemente pro un leproso de Betania al que había curado anteriormente. Al parecer, en la aldea de Betfagé, muy cerca ya de Jerusalen, le prestaron un borrico para subir a la ciudad. Se nos habla también de un amigo que vive en Jerusalen y les prepara la sala para celebrar aquella cena memorable en la que Jesús se despide de quienes lo han acompañado desde Galilea.
Estos constituyen precisamente el grupo más cercano a Jesús, abandonan su familia, al menos durante un tiempo, y se aventuran a seguir a Jesús en su vida itinerante. Durante algo más de dos años, entre el 28 y el 30 d.C., comparten su vida con él, escuchan el mensaje que repite en cada aldea, admiran la fe con la que curan a los enfermos y se sorprenden una y otra vez del afecto y la libertad con que acoge a su mesa a pecadores y gentes de mala fama.
Caminan de ordinario unos metros detrás de Jesús. Mientras ellos y ellas hablan de sus cosas, Jesús madura en silencio sus parábolas. Juntos pasan momentos de sed y también de hambre. Al llegar a una aldea, se preocupan de encontrar algunas familias de simpatizantes que los acojan en sus casas. Buscan agua y disponen de lo necesario para sentarse a comer. Los discípulos se ocupan también de que la multitud pueda escuchar con tranquilidad a Jesús: a veces le procuran una barca para que todos le puedan ver mejor desde la orilla; en ocasiones piden a la multitud que se siente en torno a él para oírle mejor. Terminada la jornada, despiden a la gente y se preparan para descansar. Son los momentos en que pueden conversar con Jesús de manera más sosegada. Estos discípulos y discípulas fueron sus confidentes. Los mejores amigos y amigas que tuvo durante su vida de profeta itinerante.
No sabemos exactamente cuantos eran, pero constituían un grupo más amplio que los “Doce”. Entre ellos hay hombres y mujeres de diversa procedencia. Algunos son pescadores, otros campesinos d la Baja Galilea. Pero encontramos también a un recaudador que trabajaba en Cafarnaúm y que se llamaba Leví, hijo de Alfeo. Hubo algunos que anduvieron con él desde el principio: Natanael, un galileo de corazón limpio, y dos varones muy apreciados mas tarde en la comunidad cristiana, que se llamaban José Barsabás, al que llamaban “el justo”, y Matías. También se agregó al grupo un ciego de Jericó curado por Jesús, que se llamaba Bartimeo.
A los integrantes de este grupo tan heterogéneo que compartió la vida itinerante de Jesús se les llama “discípulos”. No era un término habitual en aquella sociedad. Posiblemente el mismo Jesús o sus seguidores lo empezaron a emplear entre ellos sin, por supuesto, darle el contenido técnico que adquiriría más tarde para designar a los discípulos de los rabinos judíos. Tal vez Jesús y alguno de los suyos recordaban la experiencia que habían vivido como discípulos del Bautista. Tampoco hemos de olvidar que Jesús se movía en una región donde se recordaba a dos grandes profetas del reino del norte. De ellos escribe Flavio Josefo que el más joven, llamado Eliseo, “siguió” al profeta Elías y se convirtió en su “discípulo y servidor”.
José Antonio Pagola. Jesús. PPC. 272-274
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