Crisis


No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: crisis.
La crisis afecta a todos los sectores de la vida: hay crisis metafísica, cultural, religiosa, económica, ecológica. Está en crisis la familia, la educación y las instituciones sociales de otros tiempos. La razón no nos está llevando a una vida más digna y humana; la ciencia no nos dice mi cómo ni hacia dónde hemos de orientar la historia; el progreso no es sinónimo de felicidad para todos.
Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político. Se ha dejado de creer en «las antiguas razones de vivir». Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud. Para captar mejor la profundidad de esta crisis, podemos recordar algunos rasgos básicos.
En primer lugar, el descrédito y la desconfianza. No resulta fácil creer en el pensamiento humano. No es fácil tampoco creer en el progreso humano cuando el cinismo económico de los países más avanzados mantiene en el hambre y la miseria a un tercio de la Humanidad.
Por otra parte, se experimenta como nunca la fragmentación. No se aceptan los grandes relatos de salvación, las grandes síntesis, los sistemas unificadores, las grandes religiones. Ya no es posible un mundo en común. En adelante se vivirá en el pluralismo. La existencia es multiplicidad, diversidad, diferencia. La verdad está en el fragmento.
La crisis genera como fruto espontáneo el nihilismo que podríamos considerar como la actitud que renuncia a buscar los «por qué» de la existencia. Otro rasgo a tener en cuenta es el fatalismo. Estamos inmersos en un proceso que nos parece imposible detener o modificar. No se cree apenas en la capacidad de intervención del ser humano. La historia parece sometida a fuerzas anónimas que nos superan.
Sin embargo, bajo estos indicios visibles de crisis religiosa, se está produciendo algo mucho más radical: lo que J. B. Metz ha llamado «crisis de Dios». Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha ido pasando a una situación de indiferencia cada vez más generalizada. La cuestión de Dios ni atrae ni inquieta. Sencillamente deja indiferente a un número cada vez mayor de personas. Esta «crisis de Dios» no parece un hecho pasajero.
La proliferación de nuevos movimientos religiosos ha podido hacer pensar que «Dios vuelve». No es así. Las nuevas tendencias religiosos no remiten, en general, a una Transcendencia que el ser humano ha de reconocer, sino que encierran al individuo en sí mismo (adquisición de una nueva conciencia, iluminación, iniciación esotérica, vacío mental…).
Vivimos inmersos en una cultura de la «intranscen-dencia» que encadena a la persona al aquí y al ahora haciéndoles vivir sólo para lo inmediato, sin apenas necesidad alguna de abrirse a la Transcendencia. Respiramos una cultura del «divertimiento» que arranca a los individuos de sí mismos haciéndoles vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. Nos alimentamos de una cultura del «tener» que desarrolla el espíritu de posesión, incapacitando a las personas para todo aquello que no sea disfrute inmediato.
Tampoco es difícil constatar que lo religioso se va reduciendo a un sector cada vez más restringido. La experiencia religiosa va quedando confinada al interior de las iglesias. El sector de practicantes es cada vez más minoritario y está constituido en buena parte por personas de edad avanzada, transmitiendo la imagen de una «religión terminal» que no pertenece a nuestros tiempos sino al pasado.
La adhesión a una religión es cada vez menos firme y más abierta a posibles combinaciones. La gente se siente cada vez menos obligada a dar cuenta de sus referencias o actitudes religiosas. Se puede creer sin pertenecer institucionalmente a una Iglesia.

No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: crisis.

La crisis afecta a todos los sectores de la vida: hay crisis metafísica, cultural, religiosa, económica, ecológica. Está en crisis la familia, la educación y las instituciones sociales de otros tiempos. La razón no nos está llevando a una vida más digna y humana; la ciencia no nos dice mi cómo ni hacia dónde hemos de orientar la historia; el progreso no es sinónimo de felicidad para todos.

Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político. Se ha dejado de creer en «las antiguas razones de vivir». Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud. Para captar mejor la profundidad de esta crisis, podemos recordar algunos rasgos básicos.

En primer lugar, el descrédito y la desconfianza. No resulta fácil creer en el pensamiento humano. No es fácil tampoco creer en el progreso humano cuando el cinismo económico de los países más avanzados mantiene en el hambre y la miseria a un tercio de la Humanidad.

Por otra parte, se experimenta como nunca la fragmentación. No se aceptan los grandes relatos de salvación, las grandes síntesis, los sistemas unificadores, las grandes religiones. Ya no es posible un mundo en común. En adelante se vivirá en el pluralismo. La existencia es multiplicidad, diversidad, diferencia. La verdad está en el fragmento.

La crisis genera como fruto espontáneo el nihilismo que podríamos considerar como la actitud que renuncia a buscar los «por qué» de la existencia. Otro rasgo a tener en cuenta es el fatalismo. Estamos inmersos en un proceso que nos parece imposible detener o modificar. No se cree apenas en la capacidad de intervención del ser humano. La historia parece sometida a fuerzas anónimas que nos superan.

Sin embargo, bajo estos indicios visibles de crisis religiosa, se está produciendo algo mucho más radical: lo que J. B. Metz ha llamado «crisis de Dios». Dios ha dejado de ser el fundamento del orden social y el principio integrador de la cultura. De una afirmación social masiva, pública e institucional de Dios se ha ido pasando a una situación de indiferencia cada vez más generalizada. La cuestión de Dios ni atrae ni inquieta. Sencillamente deja indiferente a un número cada vez mayor de personas. Esta «crisis de Dios» no parece un hecho pasajero.

La proliferación de nuevos movimientos religiosos ha podido hacer pensar que «Dios vuelve». No es así. Las nuevas tendencias religiosos no remiten, en general, a una Transcendencia que el ser humano ha de reconocer, sino que encierran al individuo en sí mismo (adquisición de una nueva conciencia, iluminación, iniciación esotérica, vacío mental…).

Vivimos inmersos en una cultura de la «intranscen-dencia» que encadena a la persona al aquí y al ahora haciéndoles vivir sólo para lo inmediato, sin apenas necesidad alguna de abrirse a la Transcendencia. Respiramos una cultura del «divertimiento» que arranca a los individuos de sí mismos haciéndoles vivir en el olvido de las grandes cuestiones que lleva en su corazón el ser humano. Nos alimentamos de una cultura del «tener» que desarrolla el espíritu de posesión, incapacitando a las personas para todo aquello que no sea disfrute inmediato.

Tampoco es difícil constatar que lo religioso se va reduciendo a un sector cada vez más restringido. La experiencia religiosa va quedando confinada al interior de las iglesias. El sector de practicantes es cada vez más minoritario y está constituido en buena parte por personas de edad avanzada, transmitiendo la imagen de una «religión terminal» que no pertenece a nuestros tiempos sino al pasado.

La adhesión a una religión es cada vez menos firme y más abierta a posibles combinaciones. La gente se siente cada vez menos obligada a dar cuenta de sus referencias o actitudes religiosas. Se puede creer sin pertenecer institucionalmente a una Iglesia.

Va creciendo la ambigüedad de la figura del cristiano. Hace unos años el perfil de cristiano estaba claramente definido por su adhesión a la doctrina cristiana, su aceptación de la moral y la práctica cultural. Hoy todo se ha desdibujado. Por otra parte, los católicos no forman ya un todo homogéneo. La situación se va haciendo cada vez más compleja y diversificada. No todos extraen de la fe las mismas conclusiones de cara a las opciones y los comportamientos. No todos se relacionan de la misma manera con la institución ni se sienten vinculados a ella en el mismo grado.

Son cada vez más amplios los sectores que perciben a la Iglesia de manera negativa. Se la percibe también como una institución autoritaria, poco democrática, con métodos de gobierno de una rigidez poco evangélica. Se considera que es una Iglesia condenadora, que no sabe reanimar la mecha que humea ni suscitar esperanza en quienes buscan a Dios, que no ofrece la imagen del Dios de la gracia y de la misericordia revelado en Cristo, sin la debida actitud dialogante y comprensiva, de una intransigencia moral excesiva (divorciados, homosexua-les); que cultiva la sospecha y la desconfianza sobre quienes buscan caminos nuevos. Dicho en pocas palabras, está aumentando el número de los «decepcionados» por la Iglesia.

En este contexto, la crisis religiosa se va deslizando hacia una «indiferencia» cada vez mayor.

CLAVES PARA UNA EVANGELIZACIÓN MISIONERA EN LA SOCIEDAD ACTUAL. ENSAYO DE BÚSQUEDA

José Antonio Pagola (Extracto de la conferencia)

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