«Una fe que no pasa por la justicia no tiene ningún sentido»


Manuel-Plaza1MANUEL PLAZA • JESUITA DIRECTOR DEL CENTRO IGNACIO ELLACURÍA Y EL COMITÉ ÓSCAR ROMERO

Manuel Plaza irradia esa paz de la buena gente este hombre afable y alto, nevado el pelo y de sonrisa luminosa. Su discurso templado y claro remite a la esencia de cuanto proclamó Cristo: justicia, dignidad, solidaridad, diálogo, amor son términos que repite este jesuita burgalés nacido en el año 1935. Compañero de Amando López, burgalés asesinado junto a Ellacuría en El Salvador hace 20 años, está organizando el homenaje que desde Burgos se tributará a estos mártires en noviembre y para el que abre las puertas a todos los burgaleses. «Es importante para crear solidaridad, que es algo que nos toca no sólo a los jesuitas, sino a todos los que trabajan desde la cooperación internacional, porque es ayudar a levantar los pueblos». Lo entrevista R. Pérez Barredo en Diario de Burgos.

Hace unos meses visitó El Salvador. ¿Ha cambiando mucho en los veinte años que han transcurrido desde la matanza de sus compañeros?

Creo que ha habido cambios importantes. A nivel económico, de El Salvador de hoy al de hace 20 años ni se parece: se ha construido mucho, se han hecho carreteras, grandes supermercados… Es verdad que sigue habiendo bolsas de pobreza, tanto o más que antes. A nivel político, el cambio con el nombramiento de Funes (Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí de Liberación ganó las elecciones el pasado mes de marzo poniendo fin a dos décadas de gobierno de la derecha) es un paso esperanzador para El Salvador y toda Centroamérica. Es un hombre que el día de su nombramiento hizo recuerdo públicamente de Romero, de los pobres y de las víctimas, algo que en política se ve muy poco, y que va a intentar gobernar para todos. Es un cambio radical.

¿Y en la Iglesia salvadoreña?

También hay un cambio sustancial con el nombramiento del nuevo arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar, quien también en su nombramiento volvió a hacer referencia a Romero, a las víctimas y al pueblo, un lenguaje del Evangelio que no siempre aparece.

Un lenguaje de los principios de la Teología de la Liberación…

Más que de la Teología de la Liberación, es un lenguaje de Evangelio, de Jesús de Nazaret. Y que esto, que tenía que ser lo normal, no lo es en la Iglesia.

¿Es aún palpable la huella de estos mártires?

Sí. Queramos o no, los asesinos, que todavía viven y aún se permiten decir que no fueron y que no tienen que pedir perdón, en un ejemplo de falta de ética, no son nadie. Sin embargo, las víctimas de aquella masacre son un referente para el pueblo, para modelos de universidad cristiana.

¿Qué tiene que ser una universidad cristiana?

Debe formar cabezas, formar líderes que denuncien la injusticia y apuesten por la verdad y la justicia.

¿Qué representan para la Compañía de Jesús Ellacuría, Amando López y los demás?

Algo muy importante. Cuando a Arrupe (jesuita vasco que fue Padre General de la Compañía) le decían que la Compañía estaba mal él respondía así: ¿cómo va a estar mal si en estos años han matado a unos veinte jesuitas?

¿Qué jóvenes está formando la UCA?

Los alumnos de la UCA son clase media acomodada; es una universidad privada, y a pesar de las ayudas estatales, hay que pagar. Ellacuría insistía en que una universidad es cristiana y católica cuando tiene calidad de vida y enseñanza. Es verdad que la UCA de hoy no es la misma que la de hace veinte años (los asesinos sabían bien a quién mataban), pero indudablemente es un referente nacional y con peso a nivel de política internacional y de derechos humanos. La opinión de la UCA durante las últimas elecciones fue muy importante.

¿Es una suerte de luz, un faro de conciencia y pensamiento en Centroamérica?

Yo diría que es una luz y una esperanza; un pensamiento liberador aunque a alguno le ponga nervioso. Y, sobre todo, y esto es algo muy importante, porque los excluidos no están lejos de las aulas, sino presentes en el análisis de la realidad nacional.

Un mes antes de la matanza usted estuvo en Burgos con Ellacuría. ¿Cómo recuerda aquel encuentro?

Le iban a dar el Premio de la Fundación Comín en Barcelona y días antes pasó por aquí para estar con nosotros. Le pregunté si tenía miedo de que lo mataran. Y me respondió que no. Temía que pudieran secuestrarle y torturarle, pero no temía la muerte. Ellacuría era un utópico. Recuerdo que estaba dando la conferencia y él hablaba desde otra realidad, desde otro lugar distinto al nuestro. Pensé claramente que era una persona que había apostado por entregar la vida. Porque el riesgo era enorme. Él había tenido que salir varias veces de El Salvador porque iban a por él.

¿Y cómo era Amando?

Era el hombre bueno, el hombre cordial, el hombre de consejo. Tenía don de gentes. Cuando preguntas a quienes lo conocieron se sonríen porque era la bondad que acogía. Transmitió más con esa bondad que acogía que con todos los discursos y homilías. Lo bonito de estos jesuitas es que no perdieron nunca el contacto con el pueblo además de las clases.

Se les recuerda mezclándose con la gente en las barriadas y pueblos más marginales.

Es que de lunes a viernes daban clases en la universidad y los fines de semana iban a los pueblos. Hay que tener en cuenta que lo hicieron en unos momentos de guerra tremendos, en que se cometieron verdaderas barbaridades sin respeto alguno a los derechos humanos. En aquella época se llegó a hacer tiro al plato con niños pequeños. Esto es real, es verdad. En ese contexto, tener que ir a los pueblos o a los suburbios a decir misa o a dar catequesis no era solamente celebrar la Eucaristía, sino tomar contacto con la violencia, la tragedia, los abusos de los derechos humanos con el peligro de que los mataran a ellos.

¿Por qué eran tan molestos?

Porque para ellos, la fe en Jesús de Nazaret era inseparable de la justicia; una fe que no conlleva la justicia no es fe evangélica. Ellos, como dice Ignacio de Loyola, se dejaron afectar por los sufrientes del pueblo, y lo que hicieron fue responder desde la verdad. Así, desde la universidad internacionalizaron esta barbaridad: el mundo se enteró a través de ellos. Y eran incómodos para el gobierno salvadoreño y para el gobierno norteamericano.

¿Y por qué sus herederos todavía lo son?

Creo que el Evangelio de Jesús de Nazaret, a pesar de vivir en una sociedad superficial y de consumo como la que tenemos en Europa, tiene algo que decir al mundo. Pero algo de esperanza, de justicia, de ternura, de reconciliación, de paz. Y esto, para ciertos sistemas, no es agradable.

¿Y el Vaticano? ¿No les dejó un poco, digamos, abandonados?

La Iglesia es como una familia. Hay muchos modos de vivirla. Hay una parte que ha tomado postura en favor de los excluidos del mundo. Jesús quería a todos, pero estaba obsesionado con los sufrientes de este mundo. Hay hombres y mujeres, religiosos y laicos, que van en esa línea. ¿Que esto no lo entiende una parte de la Iglesia? ¡Pues qué le vamos a hacer!

Pero es triste, ¿no?

Sí, pero como en una familia.

Se ha reabierto la investigación por los asesinatos, aunque 20 años después. ¿Cree que se acabará sabiendo la verdad?

Me parece que el hecho de que salgan los responsables ideológicos de los asesinatos me parece muy importante para la justicia. No se trata únicamente de buscar a los responsables de las muertes de los jesuitas, que tienen que salir, sino a quienes las ordenaron. ¿Por qué? Porque las víctimas tienen derecho a que sus rostros sean reconocidos públicamente. Es lo mismo que pasó con Videla en Argentina o con Pinochet en Chile. Hay que tomar conciencia de que las víctimas tienen rostro.

Parece que Latinoamérica no termina de despojarse de regímenes populistas y corruptos con el trasfondo eterno de la violencia. ¿Por qué? 
El gran problema es la corrupción. El último caso lo hemos visto en Honduras, donde los corruptos han sido capaces de organizar un golpe de estado justificados en una leyes y en unos principios católicos que no hay por dónde cogerlos. Cuando se falta a la ética viene la violencia. Cuando un sistema no se sostiene porque le falta densidad y humanidad aparece siempre la violencia.

El pueblo, los pobres, los oprimidos, son siempre los crucificados: ellos son la santidad.

Es lo que dice Jon Sobrino. Y es así. Ahora, en un momento de crisis global, los beneficios se privatizan pero los daños se socializan. Y esto no puede ser. Es que resulta que el mercado, ese dios iconoclasta tan enemigo del pueblo oprimido, se desploma para terminar de hacerle más daño al preterido. Qué terrible. Por eso a mí me impresiona cómo ante la crisis mundial, cuando escuchamos a los políticos, los excluidos no existen, no están presentes en el análisis de la crisis. En el fondo, están intentando capear la crisis con valores no humanos. Y se va a repetir la historia. La estadísticas de los últimos 20 años dicen que el número de pobres no ha dejado de aumentar. Es un capitalismo feroz que no tiene en cuenta los derechos humanos. Sólo gente profundamente humana y profundamente creyente es capaz de enfrentarse a este toro tremendo que es el dinero por el dinero. El dinero es bueno, pero cuando se usa mal engendra muerte.

Las democracias occidentales se llenan la boca con la palabra solidaridad. ¿Es tangible y efectiva o es humo?

La solidaridad afectiva se calcula en un 32 por ciento; la efectiva baja hasta un 17 ó 18 por ciento. Se sigue trabajando por la solidaridad, sí. Es importante, pero la propia crisis económica que ha atravesado los bolsillos de los hogares ha hecho lo propio con los de la solidaridad. Pero habrá solidaridad en la medida en que aprendamos a mirar la realidad de otra manera. Por ejemplo, en Burgos habrá solidaridad, diálogo interreligioso y valoración étnica si aprendemos a mirar a los 20.000 inmigrantes que hay en la provincia de otra manera. Uno de los retos es éste. Y es que la sociedad está cambiando. Esto va a ser muy positivo porque estas personas tienen también su verdad, su historia, su vida. He aprendido como jesuita cómo Dios nos habla a través de esta historia que viene.

¿Queda mucho para alcanzar la justicia social?

Es una utopía, pero no por eso es imposible. Hay que ir a por ello, porque otro mundo es posible.

En este sentido, ¿qué representa Obama?

Ha sido un aire nuevo, un modo distinto de situarse hacia otros países, con una postura de reconocimiento de los pueblos, sin avasallar como hizo Bush, que llegaba y pisaba. Obama tendrá sus fallos y limitaciones pero es otra cosa. Para millones de personas es aire nuevo. Y necesitamos mirar un poco más allá.

¿Está la Compañía de Jesús siendo apartada o solapada por nuevos grupos de carácter neoconservador?

El número de jesuitas ha disminuido, es cierto, porque la edad no perdona y hay crisis de vocaciones. Pero en este momento hay mucha esperanza, una gran sensibilidad a todo este mundo de diálogo con las fronteras no de países, sino de problemas. Honestamente creo que, aunque tengamos fallos, claro, hay una gran vitalidad y una gran preocupación por dialogar para ayudar a este mundo a encontrar la luz.

¿Es ese conocimiento de la realidad social de lo que adolece una buena parte de la Iglesia?

El tema es delicado, pero hay mucha más gente buena, con una gran sensibilidad hacia los problemas del mundo de hoy. En Honduras, los dominicos han hecho una denuncia fortísima del golpe de estado. A veces nos quedamos con escándalos, abusos de poder y prepotencia -que los hay, los ha habido y los habrá- pero hay otra parte, que es caminar de la mano de los hombres y mujeres por el sendero de la vida. Y en esa caravana hay mucha gente.

¿Considera que la Iglesia debería replantearse algunos de sus fundamentos para encabezar esa caravana?

La Iglesia tendría que mirar más al Evangelio para ver cómo funcionaba Jesús en vez de mirar dónde colocamos nuestro prestigio, estatus social y nuestros intereses políticos y económicos. Y esto está pasando aquí y en otros países.

Jesús de Nazaret estaría ahora en Congo o en cualquier otro lugar terrible.

O en una barriada de Madrid. Estaría trabajando por sanar, liberar, por abrir esperanza, por decir que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad, que los ancianos son los tesoros y memoria viva de los pueblos y no se les puede arrinconar. O la Iglesia tiene sensibilidad y apuesta por ello o no tendrá futuro.

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