LA RUPTURA CON LA CASHEROUT


Desde el comienzo de su vida pública, vemos a Jesús discutir con los sacerdotes del Templo, los doctores de la Ley y los fariseos. Y es que, en efecto, Cristo se ve obligado a irse distanciando cada vez más de las reglas minuciosas y de las prohibiciones dictadas por los escribas. La observancia de esta conjunto de reglas, que hoy se llama la casherout, era ya característica del judaísmo del tiempo de Jesús. El evangelista Marcos, que escribía para los romanos, que, como es lógico, no entendían nada de todo esto, se siente obligado a explicárselo: Porque los fariseos, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de los mayores, y al volver de la plaza no comen sin bañarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones de enjuagar vasos, jarras y ollas. (Mc 7,3-4)
Las reglas de pureza ritual concernientes a las personas son las primeras violadas por Jesús. Para los fariseos, solo los verdaderos creyentes eran puros e, incluso éstos, para ser realmente puros tenían que ser de estricta observancia. Los goyim (paganos) eran impuros, pero también lo eran las gentes sencillas, cuyos oficios les impedían observar al pie de la letra las múltiples prescripciones rituales, como los campesinos, los pescadores. Y no digamos los publicanos o las prostitutas. Los puros no podían aceptare su invitación, ni siquiera entrar en sus casas y, mucho menos, recibirles en las propias. Los sacerdotes que conducen a Jesús ante el prefecto romano, un goy evidentemente, no entran en su palacio: “Ellos no entraron en la residencia para no contaminarse y poder celebrar la cena de Pascua. Fue Pilatos el que salió fuera”, constata Juan (Jn 18,28-29).
Por eso los fariseos se enfadan con Jesús, cuando acepta la invitación de los publicanos, considerados “gente sin ley”. “¿Por qué come con recaudadores y descreídos?” (Mc 2,16), le preguntan. A lo que Cristo le contesta: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No ha venido a invitar a justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17)
Jesús no hace discriminaciones: cena con los publicanos, entra en casa del centurión romano y se deja lavar los pies por la prostituta.
Los ritos de pureza ritual concernientes a los alimentos hacen sonreír a Cristo, que no les concede importancia alguna. No realiza los ritos de purificación prescritos para antes de comer y tampoco obliga a sus discípulos a hacerlo. Por eso los doctores le preguntan: “¿Se puede saber por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la y tradición de los mayores?” (Mc 7,5) Jesús no come casher.
El casher viene a ser lo mismo que el hallal para el Islam. La prohibición de comer cerdo y la obligación de degollar los animales y extraerle la sangre antes de consumir su carne son exactamente las mismas en Israel y en el Islam. También el hinduismo, nacido de otra cultura, le concede una importancia extraordinaria a los ritos de la pureza alimenticia. Jesús, por el contario, come cualquier cosa. Más aún, en este terreno concreto pone a la multitud por testigo, añadiendo el escándalo a la no observancia: “Escuchadme todos y entended esto: nada que entra de fuera puede manchar al hombre, lo que sale de dentro es lo que mancha al hombre” (Mt 7,15)
Los ritos de purificación alimenticia, que generan buena conciencia e hipocresía, son un yugo insoportable para el hombre. Por eso hay que dar gracias a Jesús por haber puesto en evidencia su inutilidad. ¡Qué libertad la de este profeta! Su soberana distancia en relación con los prejuicios de los suyos es sorprendente. Y, por otra parte, se ve claramente que está a mil leguas de las elucubraciones de los monjes del Qumran, los puros entre los puros.
Desde el principio, Jesús tropieza también con los fariseos a propósito de la observancia del Sabbat. Nadie duda de que Cristo cumpla con el reposo prescrito para el séptimo día. A lo que se niega es a dejarse maniatar al mismo tiempo por las múltiples prescripciones de los escribas, que prohíben a los judíos mover un solo dedo ese día, cayendo así en el más espantoso de los ridículos.

Los fariseos protestan, cuando ven a los discípulos arrancar espigas de trigo y comerlas en Sabbat: “¿Cómo hacen en sábado lo que no está permitido?” (Mc 2,23-24) La pregunta tiene su importancia, al menos para ellos.
El Sabbat era, y todavía es, la institución más sagrada de Israel y su observancia escrupulosa era, y todavía es, imperativa. Jesús rechaza en múltiples ocasiones esta estricta observancia, que conduce a situaciones absurdas e hipócritas. “Supongamos que uno de vosotros tiene una oveja, y que un sábado se le cae en una zanja, ¿la agarra y la saca o no? (Mt 12,12)
Y ya harto de tanto discutir, Jesús termina asestando a los doctores de la Ley esta frase definitiva: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” y añade, con una inaudita pretensión, “así que el Hijo del hombre es también señor del sábado” (Mc 2,27-28).
Y eso no quiere decir que Jesús niegue la utilidad del “día del Señor”, del Sabbat; al contrario, lo practica, pero lo relativiza, transformándolo en “medio” y negándole el rol de “fin”. ¡Otro impresionante progreso del pensamiento religioso! En efecto, se puede reemplazar, en esta frase liberadora de Jesús, la palabra Sabbat por el nombre de cualquier otra institución y el resultado sería el mismo: la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley; el dinero está hecho para el hombre y no el hombre para el dinero, etc.
Las instituciones, por muy sagradas que sean, pueden ser necesarias, pero, para Jesús, son solo simples medios.
Cf. Jean Claude Barreau. JESÚS. EL HOMBRE. Temas de hoy.

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