Vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario


EL HIJO DEL HOMBRE

Así se identifica Jesús a sí mismo: el Hijo del Hombre, el Hom bre. Como todos los hijos de hombre, para todos los hijos de hombre. A muchos les parece poco. Pero fue Dios el que quiso que su hijo, el hijo de Dios, fuera un hijo de hombre: para que todos los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios.

UNA SORDERA PERSISTENTE

Entonces preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Intervino Pedro y le dijo: -Tú eres el Mesías. Pero él les conminó a que no dijeran nada a nadie.

Persistente la sordera de Pedro y los discípulos. A pesar de la insistencia de Jesús, siguen pensando que lo que se ha dicho siempre es lo único que vale. Por eso Jesús les manda callar. No basta con que afirmen que Jesús es el Mesías, porque, como se verá en seguida, el mesías de Pedro no es el Mesías de Dios, sino el de los hombres.

En el mesías tenían puesta su esperanza los patriotas israe litas para alcanzar la liberación de su pueblo. Pero no era ése el mesías de Dios. Y no porque a Dios no le importara la liberación de su pueblo: él había dejado claro a lo largo de la historia que estaba en favor de la libertad de los hombres y de los pueblos. Pero había llegado ya la hora de todos los hombres, de todos los pueblos. Para los discípulos de Jesús, en cambio, la liberación que Dios ofrecía de nuevo debía ser, creían, sólo para ellos. Todavía no habían descubierto, ni ellos ni quienes compartían su mentalidad, que el proyecto de Jesús es algo totalmente nuevo y que supone una ruptura radical con cualquier actitud excluyente, y a pesar de que Jesús les ha limpiado ya los oídos, siguen sin entender su mensaje. ¡No hay peor sordo que el que no quiere oír!

EL CAMINO DEL MESÍAS

Empezó a enseñarles que el Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y, a los tres días, resucitar… Entonces Pedro lo tomó consigo y empezó a increparlo.

Por eso a Pedro le parece una barbaridad que Jesús diga que va a ser rechazado, perseguido y llevado a la muerte por los dirigentes del pueblo, senadores, sumos sacerdotes y letra dos. No es ése el camino que debía seguir el mesías según las tradiciones que ellos habían recibido; al contrario: el cami no del descendiente de David debía ser el del triunfo y la gloria para sí y para el pueblo que Dios se había elegido en propiedad.

El hijo de David (esperanza en un descendiente de David que devolvería a su nación el antiguo esplendor) no deja sitio para el Hijo del Hombre. La mentalidad nacionalista de los discípulos de Jesús excluye la idea de un Dios que no se dedica a justificar el dominio de unos pueblos a otros, sino que ofrece a todos la posibilidad de vivir como hermanos. Por eso Pedro no entiende otro camino que el de la conquista del poder, el del éxito, el de la gloria humana y no entiende que la muerte por amor no es una derrota, no es muerte definitiva. Por eso el anuncio de la muerte suena tan fuerte y tan mal a sus oídos que le impide escuchar las palabras que se refieren a la resurrección.

SATANAS: ENEMIGO DEL HOMBRE

El se volvió, y de cara a sus discípulos, increpó a Pedro, diciéndole:

¡Quitare de mi vista, Satanás! Porque tu idea no es la de Dios, sino la humana.

El amor por «lo suyo» convierte a Pedro en enemigo del hombre (Satanás no aparece nunca en la Biblia como el adver sario de Dios, sino como el acusador, el adversario o el ene migo del hombre). Y precisamente porque su «idea no es la de Dios, sino la humana».

Parece una contradicción: la idea de Dios es más favorable a los hombres que la idea de los hombres mismos. Lo que Dios quiere para el hombre es mejor que lo que los hombres esperan de él, mejor que lo que los hombres quieren para sus semejantes. Pero a nadie debe resultarle extraño: basta ver la historia de la humanidad para comprender que los hombres,dejados de la mano de Dios (porque los hombres se han solta do, no porque Dios se haya despreocupado de sus criaturas), no producen otra cosa que muerte y destrucción.

SI UNO QUIERE VENIRSE…

Convocando a la multitud con sus discípulos, les dijo: Si uno quiere venirse conmigo, que reniegue de si mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga; porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía y de la buena noticia, la pondrá a salvo.

Por eso, para que la vida sea posible en el mundo de los hombres, hay que romper con ese mundo tan mal organizado que los hombres se han dado; por eso, para defender la vida de verdad, no hay otro camino que el camino del Mesías: la entrega de la propia vida por amor… y hasta la muerte, si es necesario, dispuestos a ser considerados reos de muerte (“… que cargue con su cruz…”) por los que se empeñan en mantener un mundo en el que sólo unos pocos viven mientras que los demás malviven. En medio de ese mundo en el que cada cual va a lo suyo, intentar defender ante todo la propia vida sólo lleva a la muerte; poner en práctica la Buena Noticia, eso es, intentar construir un mundo en el que todos los hom bres tengan la posibilidad de ser felices, es la única garantía de una vida definitiva, que no se acaba nunca.

Y, ¡ojo!, que no se trata de que para conseguir la vida eterna haya que sufrir: que Dios no nos pide sufrimientos para darnos como premio la vida eterna; lo que Jesús nos dice de parte de Dios es que el egoísmo lleva a la muerte. Y que sólo el amor es garantía de vida… aquí y luego.

II

v. 27 Salió Jesús con sus discípulos para las aldeas de Cesarea de Filipo. En el camino les hizo esta pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

Reaparece el nombre de Jesús, que no se había mencionado desde 6,30, cuando la vuelta de los enviados, lo que sitúa la narración en un terreno más cercano a la historia. La escena se desarrolla en territorio pagano, donde los discípulos pueden estar más libres de la presión ideo lógica de su sociedad, en particular de los fariseos, y se plantea en ella la cuestión de la identidad de Jesús (4,41; 6,14-16). Las dos preguntas que Jesús hace a los discípulos corresponden a los dos momentos de la cura ción del ciego (8,24.27). En primer lugar les pregunta cuál es la opinión de la gente (los hombres) sobre su persona.

v. 28 Ellos le contestaron: «Juan Bautista; otros, Elías; otros, en cambio, uno de los profetas».

La gente adicta al sistema judío sigue teniendo las mismas opiniones sobre Jesús que aparecieron después del envío de los discípulos: lo iden tifica con figuras del pasado (Juan Bautista, Elías, un profeta) (cf 6,14-16), con personajes reformistas, pero cuyo mensaje no realiza la expectativa que el pueblo ha ido acumulando a lo largo de su historia; la gente lo juzga positivamente, pero lo que han aprendido del Mesías les impide identificarlo con Jesús. Son gente adoctrinada por la institución judía y su opinión permanece inmóvil. Las señales mesiánicas que Jesús ha dado en los episodios de los panes no han tenido repercusión en ellos.

v. 29 Entonces él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Res pondió Pedro así «Tú eres el Mesías».

La segunda pregunta de Jesús, la decisiva, pretende averiguar si los discípulos continúan aún en la misma mentalidad de «los hombres» o si han comprendido las señales. Espera una respuesta distinta de la de la gente común. Pedro, por propia iniciativa, se hace portavoz del grupo (cf. 1,36). Su respuesta es clara: Tú eres el Mesías.

v. 30 Pero él les conminó a que no lo dijeran a nadie.

Esta declaración, sin embargo, no es aceptada por Jesús: el Mesías. Esta palabra aparee con artículo determinado aludiendo al mesías de la expectación popular nacionalista, en concreto la del «Mesías hijo de David» (cf. 12,35-37) (recuérdese el título del evangelio, 1,1: «Jesús, Mesías Hijo de Dios»). Los discípulos han sobrepasa do la opinión popular sobre Jesús y comprenden que inaugura una nueva época, la mesiánica, la del reinado de Dios, pero mezclan ese conocimiento con la concepción mesiánica nacionalista; en realidad, a pesar del esfuerzo de Jesús, no acaban de salir de «la aldea» (8,26). Por eso Jesús les conmina, como había hecho con los espíritus inmundos que lo habían reconocido como «el Consagrado por Dios» (1,24) o «el Hijo de Dios» (3,12), títulos equivalentes al de Mesías. La declaración que ha hecho Pedro es tan poco aceptable como aquéllas y Jesús no quiere que difundan esa opinión sobre él, pues podría suscitar un entusiasmo mesiánico falso.

Mc pone de relieve la resistencia de los discípulos (los Doce: segui dores procedentes del judaísmo) al universalismo del mensaje (4,11: «el secreto del Reino»), debido a su nacionalismo exclusivista. Es evidente el conflicto entre dos programas mesiánicos: el de los discípulos y el de Jesús.

v. 31  Empezó a enseñarles que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, siendo rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados y sufriendo la muerte, y que, a los tres días, tenía que resucitar.

La frase empezó a enseñarles (proponer el mensaje tomando pie del AT) queda completada por la que sigue al dicho de Jesús: «exponía el mensaje abiertamente» (32). Son las mismas que abrían y cerraban la enseñanza en parábolas a la multitud (4,2.33). Esta enseñanza (por pri mera vez a ellos) muestra que su incomprensión es tal, que se encuen tran al nivel «de los de fuera» (4,11); Jesús continúa la explicación que tuvo que darles después de aquel discurso (4,34); hasta ahora, todos sus esfuerzos por hacerlos comprender han sido vanos.

El contenido del dicho de Jesús corresponde, por tanto, al «secreto del Reino» expuesto en aquel discurso mediante las dos parábolas fina les: en el plano individual, lo que constituye al seguidor es la disposición a la entrega (4,26-29); en el plano social, la nueva comunidad universal no tendrá rasgos de esplendor y grandeza, pero ofrecerá acogida a todos los hombres que aspiren a la plenitud (4,30-32). El éxito de la persona y del mensaje depende de la calidad de la entrega.

Siendo enseñanza, no se trata de dar mera información, sino de comunicar un saber que el discípulo debe aplicar a su propia vida y con ducta.

Para aclarar a los discípulos la índole de su mesianismo, Jesús susti tuye el término «Mesías», perteneciente a la tradición judía, por el Hijo del hombre, de alcance universal, cuyas características han sido ya expuestas en el evangelio (2,10; 2,28): siendo portador del Espíritu de Dios (1,10), posee la condición divina, cima del desarrollo humano; su misión, ejercida con independencia de normas o leyes religiosas (2,28), es la de comunicar vida a los hombres, liberándolos de su pasado pecador (2,3-13). Pero la denominación «el Hijo del hombre», aunque designa primordialmente a Jesús, el prototipo de Hombre, se aplica, por exten sión, a los que de él reciben el Espíritu y siguen su camino; el dicho siguiente implica, por tanto, que lo que se afirma de Jesús afecta, en su medida, a todos sus seguidores.

Ahora bien, el destino de «el Hijo del hombre», portador del Espíritu, que constituye su ser e informa su actividad, tiene dos fases: padecer-morir y resucitar. Su actividad en favor de los hombres, en particular de los más oprimidos por el sistema religioso judío, suscita inevitablemente (tiene que) la hostilidad de los círculos de poder de ese sistema, que se oponen al desarrollo humano. Por eso ha de padecer mucho, frase que comprende desde el rechazo inicial por parte de las autoridades (ser rechazado) hasta su acto final (sufrir la muerte); las tres categorías que componen el Sanedrín judío, senadores (poder económico-político), sumos sacerdotes (poder religioso-político), letrados (poder ideológico), conside­rarán intolerable su actividad. Es la reacción inevitable de un sistema social injusto al mensaje de Jesús. Pero la muerte del Hijo del hombre no será definitiva: la vida indestructible del Espíritu triunfará sobre ella (al tercer día resucitar, cf. Os 6,2).

v. 32  Y exponía el mensaje abiertamente. Entonces Pedro lo tomó consigo y empezó a conminarle.

Les exponía el mensaje, como antes a la multitud, pero abiertamente, sin parábolas (4,33). La reacción es inmediata: Pedro, que se hace de nuevo portavoz del grupo de discípulos (8,29), conmina a Jesús, como antes éste había conminado al grupo (8,30), es decir, considera que su concepto de Mesías rechazado y sujeto a la muerte es contrario al plan de Dios; lo anunciado por Jesús significa para Pedro el fracaso de todas sus aspira ciones; reafirma su idea de un Mesías poderoso y triunfador.

v. 33 El se volvió y, de cara a sus discípulos, conminó a Pedro diciéndo le: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tu idea no es la de Dios, sino la hu mana».

Jesús, de cara a sus discípulos, a los que Pedro representa, conmina a su vez a Pedro: lo identifica con Satanás, el tentador, el enemigo del hombre y de Dios (1,13); la idea humana / de los hombres es la de la tradición farisea y rabínica (7,8), la de los que «no ven ni oyen» (8,24.27), opuesta a la de Dios. Se enfrentan dos mesianismos: el del Mesías Hijo de Dios (1,1; 14,61s), que se entrega por la humanidad (1,9-11), y el del Mesías hijo, sucesor de David (10,47.48; 12,35-37), victorioso y restaurador de Israel. De nuevo se presenta a Jesús la tentación del poder dominador (1,13.24.34; 3,11; 8,11), esta vez por parte de sus discípulos mismos.

Jesús pone en su sitio a Pedro (ponte detrás de mí) porque el seguidor pretendía ser seguido por Jesús.

III

Cuando los cristianos se propusieron la transformación del mundo esclavista, inhumano y violento que había impuesto el imperio romano, no comenzaron su labor apelando al hambre de la gente, ni a sus deseos de «acabar con los opresores romanos», sino que apelaron a la conciencia. En efecto, los discursos que prometen remediar el hambre, sólo son efectivos en la medida en que la carencia, la desprotección y el abandono son vistos como injusticias. De lo contrario, no pasan de ser una búsqueda de satisfacciones inmediatas y poco duraderas. Lo mismo ocurre con el deseo de derrocar a los poderosos del imperio y colocar allí a la gente del pueblo. Al poco tiempo, los líderes se llenan de ambiciones y se convierten en tiranos implacables. La única alternativa que queda y de la cual nos habla la carta de Santiago, es la frágil dignidad humana. Si la comunidad no está dispuesta a transformar en su interior toda esa realidad de muerte, miseria y marginación, es inútil que se proponga transformarla afuera. La solidaridad de la comunidad no sólo es un camino para remediar la injusticia en «pequeña escala», es una alternativa de vida. La solidaridad de una comunidad nos permite descubrir que «otro mundo es posible» y que el destino no está atado a la destrucción y la barbarie. La fe cristiana no es tal si se contenta con mirar, desde la barrera, el circo en el que mueren tantas personas inocentes.

El profeta Isaías nos enseña que el camino de la justicia, de la misericordia y la solidaridad no es un idílico sendero tapizado de rosas. La persona que opta por la verdad y la equidad debe prepararse al rechazo más rotundo e, incluso, a una muerte ignominiosa. Esto puede sonar un poco «patético», sin embargo, basta leer cualquier página del evangelio para verificar que ésta es la realidad de Jesús, su opción y su camino.

El camino a Jerusalén estaba plagado de dificultades, incertidumbres y ambigüedades. Una de ellas, era la incapacidad del grupo de discípulos para reconocer la identidad de Jesús. Aunque él había demostrado a lo largo del camino que su interés no era el poder, en todas sus variedades, sino el servicio, en todas sus posibilidades, sin embargo, los seguidores se empeñaban en hacerse una imagen triunfalista de su Maestro. Jesús, entonces, debe recurrir a duras palabras para poner en evidencia la falta de visión de quienes lo seguían. Pedro, Juan y Santiago, líderes del grupo de Galilea, siguen aferrados a la ideología del caudillo nacionalista o del místico líder religioso y no descubren en Jesús al «siervo sufriente» que anunció el profeta Isaías.

Este episodio marca el centro del evangelio de Marcos y es el punto de quiebre en el cual el camino de Jesús sorprende a sus seguidores. Ninguno está de acuerdo con él, aunque él esté realizando la voluntad del Padre. En medio de esta crisis del grupo de discípulos, Jesús decide continuar el camino y tratar de enderezar la mentalidad de sus discípulos, torcida por las ideologías sectarias y triunfalistas.

El anuncio que Jesús hace de las dificultades que van a venir, la «Pasión», la «Cruz», debe ser tomada siempre como una consecuencia inevitable, no como algo buscado… Jesús no buscó la Cruz, ni debemos buscarla nosotros… Véase el amplio comentario al respecto que hacemos mañana día 14, fiesta de la «exaltación» de la Cruz.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 67, «El bastón del mesías», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1300067 Puede ser escuchado aquí:http://www.untaljesus.net/audios/cap67b.mp3

Para la revisión de vida

Hay preguntas decisivas en la vida de todas las personas; incluso no darles una respuesta clara y consciente es ya una manera de responder a esas preguntas. Una de ellas es la que Jesús hizo en una ocasión a los suyos y, a través de ellos, a toda la humanidad, incluidos nosotros. ¿Quién es Jesús para mí? Sólo que esta pregunta tiene un grave riesgo: que la contestemos con la respuesta aprendida de memoria en el catecismo infantil, en vez de contestar con el corazón. La pregunta ‘¿Quién es Jesús?’ no podemos ponerla entre preguntas del tipo ¿quién fue Napoleón, quién descubrió la penicilina o en qué año acaeció la Revolución francesa?, sino que hemos de ponerla entre preguntas del tipo ¿quiénes son mis amigos, cuánto quiero yo a mi familia, qué estoy dispuesto a hacer por aquellas personas alas que quiero? Consciente de todo esto, debo preguntarme: ¿quién es Jesús para mí, qué significa en mi vida?

Para la reunión de grupo

Muchas veces hemos entrado en la discusión de si lo importante es la fe o son las obras. ¿No sería mejor ser consciente de que son las dos caras de una misma moneda, que si bien es cierto que es la fe la que nos salva, como dice san Pablo, también es cierto que una fe sin obras significa que no hay realmente fe?

Después de casi 500 años de separación y enfrentamiento hasta la excomunión y el cisma, las Iglesias Católica y Luteranas han acordado una intepretación conjunta por la que ambas opiniones son conciliables y las dos son verdaderas… ¿Qué reflexiones nos plantea este hecho histórico, que incluye tantos enfrentamientos, condenas, separación…?

La pregunta la podría hacer también Jesús hoy en nuestro círculo de estudio o grupo de reflexión: ¿Quién dice la gente que soy yo? Respondamos a esa pregunta. Y también nos haría Jesús su segunda pregunta: ¿y ustedes mismos, quién dicen que soy yo? Compartamos también en el grupo la respuesta que cada uno de nosotros le daría.

Para la oración de los fieles

Por la Iglesia, para que anuncie de palabra y, sobre todo, con las obras, que Jesús es el único Señor. Oremos.

Por todos los cristianos, para que seamos fieles a la llamada que hemos recibido del Padre, aunque ello nos traiga las injurias e incomprensiones de la gente. Oremos.

Por todos nosotros, para que nuestro seguimiento de Jesús sea el fruto de una decisión personal, libre y responsable. Oremos.

Por todos los que sufren incomprensiones, persecución y calumnias a causa del evangelio, para que se mantengan fieles en su misión y en su amor a todos. Oremos.

Por esta comunidad nuestra, para que sepa ver y valorar siempre la vida y la historia, las personas y las cosas con los ojos de Dios. Oremos.

Oración comunitaria

Escucha, Padre, nuestra oración, abre nuestros oídos para que sepamos escuchar siempre las continuas llamadas a la Justicia que Tú nos haces por medio de los pobres; abre nuestros ojos para que sepamos ver la miseria y el dolor de nuestro mundo, que nosotros tenemos que transformar en dignidad y esperanza; abre nuestros corazones para que sepamos ver a todas las personas como a tus hijos, nuestros hermanos y hermanas. Te lo pedimos por Jesucristo N.S.

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