Comentarios Vigesimoquinta semana Ciclo B


TRIUNFAR EN LA VIDA

Para muchos, la vida sólo tiene un sentido, sólo hay una razón para vivir: conseguir el éxito, triunfar en la vida. Pero el éxito, el triunfo…., ¿en qué consiste? Según la ideología que la sociedad nos hace asimilar desde pequeños, triunfar en la vida consiste en llegar lo más alto posible, aunque para ello sea necesario pisotear la vida de los demás.

EL ANUNCIO DE LA VIDA

Por tres veces, antes de que llegue su hora, Jesús anuncia a los discípulos que su final no será la muerte, sino la vida. Cierto que morirá y que su muerte será especialmente dura: lo matarán, pero su muerte no será definitiva, « … pero, des pués que lo maten, a los tres días resucitará».

Los discípulos, a pesar del reproche que se ganó Pedro delante de los demás, no consiguen entender («pero ellos no entendían aquel dicho y les daba miedo preguntarle») que no es la vida la que termina en la muerte, sino la muerte la que acaba en vida. Y no porque la muerte sea algo querido por Dios, sino porque la muerte de Jesús estaba tan preñada de amor que no tenía más remedio que dar a luz la vida.

Pero los discípulos, hasta hace muy poco tiempo piadosos israelitas, no eran capaces de mirar por encima de sus narices ni de entender nada que no se les hubiera transmitido por tradición. Jesús, una y otra vez, los pone ante el hecho de la vida; pero, por lo que dice Marcos, resulta, una y otra vez, inútil: su ideología puede más que los hechos. Y así, aunque el acento de las palabras de Jesús está en el anuncio de la vida que triunfa, los discípulos siguen quedándose en el miedo al fracaso de la muerte. O quizá es que confundían el éxito con la vida.

EL MAS GRANDE

-¿De qué hablabais por el camino?

Ellos guardaron silencio, pues en el camino habían discutido entre ellos quién era el más grande. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:

-Si uno quiere ser primero ha de ser el último de todos y servidor de todos.

Tal y como se entiende en nuestro mundo, tener éxito, triunfar en la vida es algo que sólo pueden conseguirlo unos pocos, sólo uno puede ser «el más grande». Los demás están condenados a la mediocridad, a pasar inadvertidos… o simple mente a servir de público que aplaude a los triunfadores. La vida se confunde con una constante competición en la que, además, no puede participar más que una minoría; los más quedan excluidos de ella. Por un lado, los pocos que pueden aspirar al triunfo se convierten en adversarios. Mientras tanto, el deseo nunca eliminado de triunfar, de ser «el más grande» de alguna manera y la frustración por no haberlo conseguido son, quizá, los dos sentimientos más extendidos entre el géne ro humano. De esta manera, los hombres corriendo tras el éxito ni viven ni dejan vivir a sus semejantes.

La tarea de Jesús es dar a los hombres la posibilidad de vivir como hermanos; uno de los objetivos principales del plan de Dios es que todos los hombres puedan ser felices, que todos tengan la posibilidad de dar sentido a su vida, de llenar de vida su existencia. Pero para que eso sea posible, el objetivo de la vida del hombre tiene que ser otro que el de ser «el más grande».

TRIUNFAR EN LA VIDA

Y cogiendo a un criadito, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y le dijo:

-El que acoge a un chiquillo de éstos como si fuera a mí mismo, me acoge a mí, y el que me acoge a mí, no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado.

A la expresión «triunfar en la vida» podríamos darle un significado muy distinto: triunfar en el arte de vivir, triunfar en la tarea de hacer agradable la vida de todos, ayudar a que todos triunfen de esta manera en la vida.

El chiquillo, el criadito del evangelio, representa al segui dor de Jesús que ha comprendido este aspecto del mensaje y ha decidido dedicar su vida a servir. Naturalmente que no se trata de un servicio impuesto a la fuerza o por la fuerza de las circunstancias; al contrario, es un servicio que nace del amor, del amor al ser humano, del amor a la vida del hombre; es un servicio que se convierte en signo de fidelidad al mensaje del hombre. El que vive así, ése es «el más grande» entre los amigos de Jesús: es el que ha descubierto que no es más grande el más alto, ni el más sabio, ni el más fuerte…, ni el más grande, sino el que ha comprendido que el amor es lo único que llena de sentido una vida y, mediante el servicio, practica el amor.

Y esto, válido para cada uno de los cristianos, también vale para el conjunto de los seguidores de Jesús: éste es el criterio que debe regir en la vida de la Iglesia. La Iglesia, la comunidad de los que se han puesto del lado de Jesús, no puede vivir para si misma ni debe entrar en competencia con otros grupos o con otras instituciones disputándoles el pres tigio, el éxito, el triunfo. La comunidad de los cristianos debe dar sentido a su existencia como servidora de la humanidad, sin intentar dominar a la sociedad humana, sin pretender imponer sus puntos de vista. Sólo ofreciendo a las gentes que quieran escuchar un modo de organizarse que abre la posibi lidad de ser felices a los hombres. Sirviendo. Pero no a los ricos y poderosos (o a los que pretenden serlo) por miedo o por interés, sino al pueblo, a los pobres y humillados de la tierra, y con ellos a todos los hombres por amor.

II

v. 29:  El les replicó: «Esta ralea no puede salir con nada más que pidién dolo».

La respuesta de Jesús implica que también ellos están poseídos por un espíritu del mismo género (esta ralea, reformismo violento). Aludien do a la petición del padre (24), que obtuvo la liberación del hijo, les insi núa que ellos no quedarán liberados de su espíritu mudo y sordo hasta que reconozcan que lo tienen y le pidan a Jesús que los libere de su infi delidad (19; cf. 10,47.48).

vv. 30-31:        Se marcharon de allí y fueron atravesando Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de ciertos hombres, y lo mataran; pero, aun que lo maten, a los tres días resucitará».

Viaje hasta Cafarnaún. Mientras caminan a través de Galilea, el inte rés de Jesús está centrado en los discípulos. Ante la incomprensión que éstos siguen mostrando, Jesús reitera la enseñanza sobre el destino del Hijo del hombre (8,31), término que lo designa a él y, tras él, a sus segui dores. La enseñanza se hace más genérica que en 8,31: el anuncio de la entrega, muerte y resurrección del Hijo del hombre carece de todo deta lle que las vincule a un pueblo o agente determinado; esa hostilidad a muerte puede darse en cualquier cultura.

Se establece por primera vez la oposición entre «el Hijo del hombre», el Hombre en su plenitud, y «hombres» que no la conocen ni aspiran a ella. Se insiste en el hecho de la muerte(lo matarán…, aunque lo maten), pero para vaciarla de su contenido, haciendo resaltar la resurrección, la continuidad de la vida. Jesús quiere calmar la angustia de sus discípulos ante la perspectiva de una muerte sin combate ni gloria, inculcándoles que ésta no es una amenaza ni un fracaso, porque no es el final.

vv. 32-33a: Pero ellos no entendían aquel dicho y les daba miedo preguntarle. Y llegaron a Cafarnaún.

La incomprensión de los discípulos es total, son refractarios a esa enseñanza. Tienen miedo de preguntar a Jesús, porque vislumbran que la explicación no correspondería a su expectativa de triunfo. No ven sen tido en una vida después de la muerte. Llegan a Cafarnaún.

v. 33b  Cuando llegó a la casa, les preguntó: « ¿ De qué hablabais por el ca mino?»

La casa / hogar (gr. oikía) en Cafarnaún es figura de la comunidad de Jesús, que integra a los dos grupos de seguidores, como apareció en 2,15 (discípulos y «pecadores»), cuando fue mencionada por primera vez. Jesús hace a los discípulos una pregunta que va a resultarles emba razosa.

v. 34: Ellos guardaron silencio, pues en el camino habían discutido entre ellos quién era el mas grande.

El silencio de ellos revela su obcecación (3,4: de los fariseos; cf. 7,25: «espíritu mudo y sordo») y lo improcedente del tema que han discutido: quién tenía rango superior o mayor categoría en el grupo. Domina en ellos la ambición de preeminencia, a la que incita el sistema jerárquico judío, radicalmente opuesta a la enseñanza anterior de Jesús (9,31).

v. 35: Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Si uno quiere ser primero, ha de ser último de todos y servidor de todos».

Jesús se sentó, porque esta casa / comunidad es su morada estable; si, estando en la misma casa, tiene que llamar a los Doce (los mismos discí pulos en cuanto constituyen el Israel mesiánico) es porque están distan ciados de él, aunque no físicamente; su lejanía está causada por su resis tencia a aceptar el destino del Hijo del hombre (9,31-32); Jesús va a recordarles lo que significa «estar con él», primera finalidad de su consti tución como grupo (3,14).

En primer lugar, los corrige: tienen que renunciar a toda pretensión de rango. Usa para ello la oposición ser primero-ser último de todos y servi dor de todos. Quien se hace último de todos y servidor de todos tiene la misma actitud de Jesús y se coloca a la cabeza de los demás (primero), es decir, sigue a Jesús más de cerca. «Hacerse último y servidor» equivale a «renegar de sí mismo» renunciando a toda ambición egoísta, primera condición del seguimiento (8,34). Este dicho da pie a la escena siguiente.

v. 36  Y cogiendo a un criadito, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo…

El criadito (lit. «el chiquillo» o pequeño servidor, cf. Mt 18,2s) es al mismo tiempo el último de todos (por su edad) y el servidor de todos (por su oficio); cogiendo: Jesús no necesita llamarlo, porque está a su lado, «está con él», tiene su misma actitud: su presencia en la casa/comuni dad, sin pertenecer al grupo de los Doce, indica que «el chiquillo» repre senta al otro grupo de seguidores, los que no proceden del judaísmo (3,32.34; 4,10; 5,24b; 7,14; 8,34; 9,25). Jesús lo pone en medio, como modelo para los discípulos; lo abrazó, gesto de amor e identificación, que corres ponde a la relación anunciada por Jesús para con todo el que realiza el designio de Dios (3,35: «ése es hermano mío y hermana y madre»).

III

El libro de la Sabiduría recoge la experiencia de los profetas de Israel y nos presenta a la persona «justa» como el modelo de sabiduría. El modelo de piedad no lo constituye la persona que hace sacrificios abundantes o que sigue con elegancia y delicadeza todos los pormenores de los ritos litúrgicos. La persona ideal es la que vive la justicia y muestra con sus obras que es posible realizar la voluntad de Dios en este mundo. Pero, aunque este es el camino auténtico y querido por Dios, no por ello, se puede realizar con simplicidad. La oposición no se hace esperar. Incluso, al interior de la familia o del círculo de amigos. El que tome el camino de la justicia, pronto se dará cuenta que hará el viaje en compañía de pocas personas.

La carta de Santiago nos da una explicación tan sencilla como eficaz de la causa de los conflictos en la comunidad cristiana: la ambición. En efecto, nadie roba, ni asesina ni arruina la vida ajena si no está movido por algún tipo de ambición. El deseo de ser más fuerte que los demás, de tener más capacidad económica, de asegurarse esta vida y la otra, no son sino manifestaciones de la ambición. El problema, es que las personas que piensan así, comienzan a ver al resto del mundo como un obstáculo a eliminar o como un puente sobre el cual pasar. Pero, el problema de tales conductas, animadas y patrocinadas por la sociedad, radica en que se constituyen en ideales de vida, incluso de personas que se proclaman como cristianos. La carta de Santiago nos invita a poner todas esas ideas a contraluz y a pasarlas por el inequívoco tamiz del evangelio. La codicia de dinero, prestigio y poder nos puede conducir por un camino sin regreso y nos puede alejar del cristianismo de manera irreversible, aunque nos sigamos considerando cristianos y vayamos a misa todos los días.

En el evangelio de Marcos, el «camino» representa el itinerario de formación de un buen discípulo. Jesús no quiere un grupo de fanáticos que le entonen vivas a su nombre, sino un grupo de personas responsables que sean capaces de asumir un proyecto. Por esta razón, sus esfuerzos se concentran en la enseñanza de sus seguidores. Pero, la instrucción parte de los desaciertos y de las respuestas erráticas que ellos van dando a lo largo del trayecto hacia Jerusalén.

Jesús debe superar el miedo cultural que invade a sus discípulos y que les impide dirigirse a su «Maestro» con toda confianza. Para esto utiliza una estrategia pedagógica muy ingeniosa. Retoma la discusión de los discípulos que estaban concentrados no en su enseñanza, sino en la repartición de los cargos burocráticos de un hipotético gobierno y reconduce la discusión mediante un ejemplo tomado de la vida diaria. El «niño» era una de las criaturas mas insignificantes de la cultura antigua. Por su estatura y edad no estaba en condiciones de participar en la guerra, ni en la política ni en la vida religiosa. Jesús coloca a uno de esos pequeños en medio de ellos y muestra cómo el presente y el futuro de la comunidad está en colocar en el centro no las propias ambiciones, sino las personas más postergadas y simples. Sólo así se revierte el sistema social de valores. Y sólo así, la comunidad es una alternativa ante el «mundo», que ya sabe poner en el centro a las personas adineradas. La novedad de Jesús consiste en hacer grande lo pequeño, lo doméstico e insignificante.

Eso que Jesús revelaba -con una paradoja- era muy serio: Jesús identificaba su propia suerte y la de Dios con la suerte de los niños, los que no tienen derechos ni quien mire por ellos, los últimos, los despreciados, los no tenidos en cuenta. Porque en realidad todo él se identificaba con ellos: se había puesto de su lado, había asumido su causa como propia. Por eso decía que todo servicio hecho a ellos se le hacía a él mismo y, en definitiva, al Padre. Nuevamente ponía la jerarquía de valores de la sociedad al revés o, mejor, al derecho. Una sociedad que mira sólo por los de arriba -o en la que las decisiones la toman los que están arriba o miran por los intereses de los de arriba- no garantiza ni el Reino ni la Vida; ésta sólo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire por los de abajo, los que no tienen derechos.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 36, «Tan pequeño como Mingo», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200036 Puede ser escuchado aquí:http://www.untaljesus.net/audios/cap36b.mp3

Para la revisión de vida

El afán de superación, el deseo de ser el primero, el anhelo de triunfo y éxito en la vida… parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema, normalmente, está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas. Jesús nunca dijo que no debamos aspirar a ser los primeros, antes al contrario: nos invita a serlo, pero nos señala el único camino humano y humanizador para lograrlo: el amor y el servicio a la Causa del Reino, que es también la Causa de los pobres. ¿Estoy atrapado en esa pseudomística de la competitividad, del arribismo a cualquier precio, de la búsqueda del éxito y del dinero a cualquier precio?

Para la reunión de grupo

Léase la primera lectura en todo lo que es el capítulo 2 del libro de la Sabiduría, del que la lectura de hoy es sólo un mínimo extracto. Al “justo” lo persiguen sus coetáneos, no por capricho ni por odio irracional, sino porque les resulta incómodo y con su vida justa, simplemente con vivir como justo, echa en cara la maldad de sus enemigos. Al emparejar esta lectura con el evangelio del anuncio de la Pasión la liturgia está interpretando que en Jesús se cumple el caso del justo del libro de la sabiduría: Jesús fue asesinado porque molestaba a los poderosos, porque declaraba a Dios de parte de los pobres y evidenciaba la injusticia de los poderosos. Jon Sobrino habla de los mártires “jesuánicos” de estas últimas décadas en América Latina, muy distintos de los mártires de muchos otros siglos, y muy semejantes al mártir Jesús, y al justo del libro de la Sabiduría. Esa presencia martirial del justo, que molesta a los injustos, es tal vez (o debería ser) permanente. ¿Se da hoy en nuestra Iglesia? ¿Molesta nuestra Iglesia institucional a algún poderoso injusto? ¿Y nuestra comunidad local? Si no se da esa incomodidad, ¿a qué se debe?, ¿no hay en el mundo poderosos injustos?, ¿o no hay profecía en nuestras comunidades o en nuestra Iglesia?

Para la oración de los fieles

Por toda la Iglesia, para que comprenda y acepte al Cristo del Evangelio y lo anuncie sin miedos. Oremos.

Por todos los creyentes, para que se eliminen de nosotros todas las formas de dominio y poder sobre las personas. Oremos.

Por todos los que queremos vivir como discípulos de Jesús, para que sepamos aceptarlo como el que no vino a ser servido sino a servir, y sepamos imitarlo. Oremos.

Por cuantos nos sentamos a la mesa del Señor, para que hagamos de la Eucaristía signo de nuestra disponibilidad para servir y dar la vida por los pobres y los pequeños. Oremos.

Por esta comunidad nuestra, para que brille por su afán de ser la última en honores y poderes, y así poder ser la primera en servir a los demás. Oremos.

Oración comunitaria

Dios, Padre nuestro, que enviaste a tu Hijo Jesús para mostrar al mundo “que no todo está permitido” y para mostrarnos el sentido de la vida humana en un mundo estructurado sobre la injusticia y el poder; enséñanos a seguir el camino de tu Hijo Jesús, el justo perseguido, para que tu Iglesia cumpla la misión que le diste. Por el mismo J.N.S.

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