Los endemoniados


En los tiempos de Jesús, como durante muchísimos siglos en la antigüedad, la falta de conocimientos científicos, la ignorancia sobre el funcionamiento del cuerpo humano, hacía que se atribuyera a los demonios algunas enfermedades. Esto pasaba, sobre todo, con los trastornos psíquicos, las enfermedades mentales, en las que la forma de actuar del enfermo (gritos, falta de control de los movimientos, ataques…) era más llamativa.
Decir “loco” era el equivalente de decir “endemoniado”. Y, por esto, era lo mismo que decir “impuro” (dominado o poseído por un “espíritu impuro”, el diablo). La mayoría de las religiones antiguas consideraron que en el mundo hay personas, cosas o acciones impuras y, como contrapartida, personas, cosas o acciones puras. Unas y otras “contagian”. Esa impureza no tiene nada que ver con la suciedad exterior. Ni la pureza con la limpieza. Tampoco tiene que ver con la moral, “lo bueno” o “lo malo”. Lo “impuro” es lo que está cargado de fuerzas peligrosas y desconocidas, como lo “puro” es lo que tiene poderes positivos. Quien se acerca a lo impuro, no puede acercarse a Dios. La pureza-impureza es una idea fundamentalmente “religiosa”. Desde los tiempos antiguos, la religión de Israel había asimilado esta forma de pensamiento mágico y existían muchas leyes sobre pureza que se referían: A lo sexual (menstruación y blenorragia eran formas de impurezas); A la muerte (un cadáver es impuro); Algunas enfermedades (lepra, la locura, hacen impuro); Algunos alimentos y animales (el buitre, la lechuza, el cerdo eran, entre muchos otros, animales impuros). La mayoría de estas leyes se conservan en el libro del Levítico. A medida que el pueblo fue evolucionando de una religión mágica a una religión de responsabilidades personales, estas ideas fueron cayendo en desuso. Sin embargo, algunos grupos las observaban a rajatabla, y de ahí los largos lavatorios o purificaciones para hacerse agradables a Dios.
Jesús echa por tierra estas costumbres mágicas y con su palabra y sus actitudes borra la frontera entre lo puro y lo impuro de la vieja religión. La buena noticia es que la pureza verdadera está únicamente en el corazón del hombre y en la actitud de justicia que tenga con sus hermanos.
(Cf. José I. y María López Vigíl. Un tal Jesús nº 36)
Demonios. Posesión demoníaca
Según la forma de pensar de la gente mediterrá-nea del siglo I, la causalidad era sobre todo personal. Los cambios eran producidos por una persona, humana o no- humana. Esto era aplicable, no solo, en el ámbito de la sociedad, sino también en el de la naturaleza y el cosmos. La responsabilidad de las cosas que escapaban al control humano, como el tiempo, terremotos, enfermedades y fertilidad, se atribuía a personas no-humanas, que operaban en una jerarquía social cósmica. Cada nivel de la jerarquía podía controlar a los seres de abajo: “Nuestro” Dios, el Dios Altísimo “Otros” dioses o hijos de Dios, o arcángeles Personas no-humanas inferiores: ángeles, espíritus, demonios Humanidad Criaturas inferiores a la humanidad.
Los demonios (griego) o espíritus/impuros (semítico) eran, pues, fuerzas personificadas que tenían el poder de controlar la conducta humana. Las acusaciones de posesión demoníaca se basaban en la creencia de que las fuerzas que escapaban al control humano eran las causantes de los efectos observados en el ámbito humano. Como el mal ataca al bien, la gente esperaba esos ataques. Una persona acusada de posesión demoníaca era una persona cuya conducta (síntoma externo) era desviada o que vivía inmersa en una matriz de relaciones sociales desviadas. Las personas poseídas eran expulsadas de la comunidad. Liberar a una persona de demonios implicaba, no solo exorcizar al demonio, sino recuperar a dicha persona dándole un lugar en la comunidad (Lc 8,39).
En los evangelios sinópticos son frecuentes las acusaciones de que una persona tenía un espíritu inmundo o de que estaba poseída por el demonio.
Aunque ahora es normal llamar “exorcismo” a la expulsión de demonios, esa palabra no es utilizada en el NT con relación a Jesús. El poder de Jesús sobre los demonioses esencialmente una función propia del lugar que ocupa en la jerarquía de poderes (y es usado como tal evidencia por los escritores evangélicos). Jesús es un agente de Dios, imbuido del espíritu santo/puro de Dios, que supera el poder del mal.
(Cf. Malina- Rohrbaugh. Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del s. I. EVD. Estella (Navarra) 1996. pp. 333-335)

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