Comentarios Domingo 26


NEUTRALIDAD IMPOSIBLE

Ante la liberación del hombre es imposible que alguien pueda permanecer neutral: o se está a favor o se está en contra, y el que está a favor de la liberación del hombre…, aunque no sea de «los nuestros», está con Jesús y con sus seguidores.

POR O CONTRA LA LIBERACION

A pesar de que la tolerancia se considera un valor propio de las sociedades democráticas, no parece que su contrario, la intolerancia, sea un mal definitivamente extinguido; al con­trario, de tanto en tanto vuelve a brotar esta mala hierba que envenena la convivencia; y en este del siglo, por lo que parece, pasa por una peligrosa fase de crecimiento. «Quien no es de los míos, es mi enemigo», parece ser la consigna por la que se guían muchos. Característica de los grupos más intolerantes ha sido siempre la utilización y mani­pulación de los sentimientos religiosos del pueblo; por ello, no es de extrañar que hayan usado muchas veces, sacándola de su contexto, la frase del evangelio «quien no está conmigo, está contra mi; quien no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12,3; Lc 11,23). Pero, naturalmente, olvidando por completo esta otra frase del evangelio de hoy: «… quien no está contra nosotros, está a favor nuestro.»

Sin embargo, y aunque puedan parecer contradictorias, el significado fundamental de las dos frases es semejante: en relación con la liberación del hombre no es posible mantenerse neutral: o se está a favor o se está en contra, y si se está a favor, se está en el mismo lado que Jesús y los suyos.

En el evangelio de Mateo, Jesús responde a los ataques de los fariseos, que lo acusan de realizar su misión liberadora utilizando fuerzas contrarias a Dios. Pero en realidad lo que a ellos les molesta es que el pueblo sea libre y que descubra las grandes mentiras con las que ellos, los fariseos, lo han tenido engañado y dominado; ésa es la causa de su oposición a la actividad liberadora de Jesús. En este contexto, Jesús pronuncia esta frase: «Quien no está conmigo, está contra mi.» Lo que significa: el que no está a favor de la liberación del hombre está en contra de Jesús, porque está contra el bien del ser humano.

Mateo quiere dejar claro que el que no esté a favor de la justicia, de la libertad, de la dignidad, de la felicidad, en suma, de los hombres, no puede pretender estar con Jesús y, por tanto, con Dios. Nadie puede considerarse cristiano si no se compromete en favor de la liberación de los hombres y de los pueblos.

«… QUIEN NO ESTA CONTRA NOSOTROS…«

La frase del evangelio de Mateo elimina la posibilidad de que alguien intente justificar, en nombre de la fe de Jesús, o en nombre del Padre Dios, la falta de compromiso en favor de la liberación de los hombres. Con ella queda eliminada la posibilidad de una aparente neutralidad que, en realidad, lo que manifiesta es que se convive cómodamente con el sistema opresor establecido.

Marcos, por su lado, tiene presente otro peligro: el de los que quieren aparecer como los únicos liberadores, el de los que quieren monopolizar la tarea de la liberación («echar demonios»), el de los que identifican el amor al pueblo con su manera de amar al pueblo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impe­dírselo, porque no nos seguía.»

Si Mateo tenía presentes a los enemigos de la liberación, Marcos intenta evitar el deseo de protagonismo en las comu­nidades a las que se dirige; si Mateo quería evitar la falta de compromiso, Marcos insiste desde otro punto de vista en la necesidad de superar el exclusivismo nacionalista, religioso o de cualquier otro tipo. Todos los que están trabajando por la liberación de la humanidad, aunque no lo sepan, trabajan por la instauración del reino de Dios en la tierra; todos los que luchan por un mundo más justo, están empujando al mundo para que llegue a ser un mundo de hermanos. Y, por tanto, nadie debe pretender que su modo de hacer las cosas es el único válido, que su amor al pueblo es el único amor sincero, que su compromiso es el único coherente.

EL ESCANDALO DE LOS PEQUEÑOS

Pero, al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar.

Las dos frases, en definitiva, se dirigen a aquellos que o porque no les interesa, o porque quieren apuntarse todos los méritos, estorban o impiden el trabajo y el compromiso de alguien por la liberación de los hombres. Este es el escándalo de los pequeños.

Los pequeños, en este evangelio, no son los niños; son los que han decidido ser pequeños, esto es, los que han renunciado a dominar a los demás y han sustituido en su vida el deseo de poder por el espíritu de servicio.

El escándalo es hacer tropezar a alguien que lucha por la instauración del reino de Dios en este mundo; el escándalo de los pequeños es aburrir, desanimar, cansar al que está comprometido con la lucha por la liberación, hasta conseguir que abandone. O simplemente intentarlo.

II

v. 37: “El que acoge a un chiquillo de éstos como si fuera a mí mismo, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado”.

Cuando son enviados (el que acoge, cf. 6,11), estos seguidores llevan consigo la presencia de Jesús y del Padre.

En el centro del tríptico se encuentra la intervención de Juan, uno de los Doce o nuevo Israel. Estos pretenden que el otro grupo de seguidores se acomode a las categorías del judaísmo que ellos siguen manteniendo.

v. 38: Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y hemos intentado impedírselo, porque no nos seguía».

Juan, el autoritario (3,17: «el Trueno»), habla en nombre del grupo, que comparte su actitud (hemos intentado). Los Doce no toleran que ejer­zan la misión quienes no aceptan las categorías del judaísmo (no nos seguía). Juan excluye todo seguimiento de Jesús que no incluya la identi­ficación con la ideología de los Doce.

Como «el chiquillo», también el individuo anónimo representa a los seguidores no israelitas, pero ahora en la actividad, que, fundada sobre el verdadero seguimiento, es liberadora como la de Jesús (cf. 3,22s) y eli­mina los fanatismos (demonios) que impiden la convivencia humana; los discípulos, en cambio, por su falta de seguimiento, han fracasado (9,18.28).

vv. 39-40: Pero Jesús le replicó: «No se lo impidáis, pues nadie que actúa con fuerza como si  fuera yo mismo puede al momento renegar de mí. O sea, que quien no está contra nosotros está  a favor nuestro».

Jesús reprueba el intento de impedir esa actividad. Quien libera afir­mando su conexión con él tiene una adhesión estable a su persona y es un aliado. De hecho, posee una autoridad como la que Jesús mismo se proponía comunicar a los Doce para expulsar a los demonios (3,14-15).

v. 41:  «Además, quien os dé a beber un vaso de agua por razón de que sois del Mesías, no quedan sin recompensa, os lo aseguro».

Si los Doce, en la misión, reflejan la figura de Jesús Mesías, llevarán también ellos la presencia de Jesús y del Padre, que será la recompensa del que los acoge (cf. 9,37).

Estas dos perícopas son complementarias: La del «chiquillo» (9, 33b-37) muestra lo que significa «estar con Jesús» (3,14), es decir, identi­ficarse con él, renunciando a la ambición de preeminencia y adoptando su actitud de servicio; el grupo de seguidores no israelitas lo cumple, pero los Doce no. La segunda pericopa, la del que expulsa demonios (9,38-41), ejemplifica la misión liberadora (3,14-15) que realiza el grupo no israelita, mientras los Doce fracasan en ella: al seguir apegados a las categorías del judaísmo, no «están con Jesús» y no tienen alternativa que proponer.

El intento del grupo de los Doce de impedir la misión de los que no se atienen a sus categorías refleja, sin duda, conflictos pertenecientes a la época de Marcos. Se hace patente la polémica de este evangelista contra los círculos cristianos judaizantes.

v. 42  «Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, mas le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar».

Aviso de Jesús: peor que morir es hacer daño a los pequeños (opuesto a «más grande», 9,34), a los que no tienen ambición de honor o preemi­nencia y adoptan una actitud de servicio (9,35), condición del verdadero seguimiento. Se trata, como antes, de los seguidores no israelitas (uno de estos pequeños 9,37: «uno de estos chiquillos»). El escándalo existe cuan­do hay en la comunidad quienes pretenden ser más grandes, ser servi­dos en lugar de servir (10,45), poniéndose por encima de otros como superiores a ellos. Esta ambición pondría en peligro la adhesión de «los pequeños» a Jesús.

Sigue la polémica de Mc contra los que pretenden deformar el men­saje de Jesús introduciendo modos de actuar frecuentes en el judaísmo.

vv. 43-47  «Si tu mano te pone en peligro, córtatela; más te vale entrar manco en la vida que no ir con las dos manos al quemadero, al fuego inextinguible. Y si tu pie te pone en peligro, córtatelo; más te vale entrar cojo en la vida que no con los dos pies ser arrojado al quemadero. Y si tu ojo te pone en peligro, sácatelo; mas te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que no ser arrojado con los dos ojos al quemadero, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga».

Hay que hacer opciones, por dolorosas que sean, pues son opciones entre el éxito y el fracaso de la existencia: toda actividad (simbolizada por la mano), conducta (el pie) o aspiración (el ojo), que busca prestigio y superioridad, está viciada y hay que suprimirla, pues pone en peligro la fidelidad al mensaje y bloquea el desarrollo personal.

Las imágenes que usa Jesús son fuertes: hay que extirpar todo lo que en uno mismo se oponga al mensaje y cause daño a los que quieren ser fieles a él. Sólo esta decisión lleva a la vida, la opción contraria lleva a la muerte. «La vida» (43.45) está en paralelo con «el reino de Dios» (47); se trata, por tanto, de asegurar la plenitud de vida tanto en el mundo pre­sente como en el futuro.

La expresión «el gusano que no muere y el fuego que no se apaga» está tomada de un texto profético (Is 66,24) que se refiere a cadáveres que se queman, no a vivos que sufren; la yuxtaposición de gusanos y fuego, que serían incompatibles, relativiza las imágenes. No se describe con ellas un tormento eterno, sino una destrucción total.

III

Clave de comprensión para las lecturas de este domingo: «Nadie puede ser excluido del servicio que se realiza en nombre de Dios».

En medio de las tradiciones del pueblo israelita por el desierto, el libro de los Números nos presenta el relato del «reparto» del espíritu de Moisés, entre setenta miembros del pueblo. La intención es que Moisés no tenga que llevar la carga solo. Con esta decisión de Yavé, la responsabilidad queda repartida: cada uno de quienes han recibido parte del espíritu que estaba en Moisés debería ser profeta en el pueblo. Ahora bien, tendríamos que atenernos al contexto para intuir qué características implicaba la tarea de estos personajes.

El capítulo 11 del libro de los Números nos da cuenta de las etapas de la marcha por el desierto; la narración se centra en una dificultad que tiene el pueblo: llevan varios meses comiendo maná y ya se encuentran hastiados: «tenemos el alma seca» (v. 6), «no vemos más que maná» (v. 6b), y con esto viene la tentación de añorar el tiempo de abundancia de comida en Egipto. Por aquí podemos intuir la grave dificultad en que se halla Moisés, ¿cómo hacer para que el pueblo no siga pensando en Egipto? El desierto es el gran desafío. Detrás está Egipto, con su abundancia, pero también con su esclavitud. Hacia delante está la promesa de una tierra, una libertad, una vida digna, pero que hay que conquistar a precio de privaciones, sacrificios, esfuerzos.

El relato causa admiración porque Yavé monta en cólera… Es un recurso literario para introducir la preocupación de Moisés, que se expresa en una bella oración de intercesión por el pueblo. La solución que plantea Yavé es la adecuada: reunir setenta representantes del pueblo para repartir entre ellos el espíritu que estaba en Moisés; de esa manera la dirección, orientación y concientización del pueblo sería obligación de muchos y no sólo de Moisés.

El espíritu que se dona a todas estas personas viene a ser, entonces, profético; es decir, está en función de profetizar. Hay que asumir que esta actividad profética está orientada a ayudar al pueblo a tomar más y más conciencia del plan de Dios con ellos, a entender lo que hay realmente detrás: Egipto y su abundancia de comida pero con su esclavitud que es lo contrario al plan divino, y lo que está por delante: un desierto inevitable, desafiante, mortal, pero al fin y al cabo, un medio que es necesario asumir para poder llegar a la tierra de la libertad, tierra de promisión. A cualquier persona del pueblo que, entendiendo las cosas así, «catequizara» a sus hermanos en este sentido había que verlo como profeta «autorizado» no porque hubiera estado necesariamente en la tienda del encuentro, sino por estar en comunión con el ideal de Yavé.

Ese parece ser el caso de Eldad y Medad. Ellos no estuvieron en el momento del reparto del espíritu y sin embargo estaban profetizando. Viene la reacción de Josué, el mismo que más tarde se encargará de guiar a su pueblo en los trabajos de conquista y ocupación de la tierra prometida. Josué no entiende todavía que todo el que influya de manera positiva en la conciencia del ser hermano, debe ser considerado profeta, y por eso aconseja a Moisés que lo prohíba (v. 28). Por su parte, Moisés ha captado muy bien que en el trabajo de liberación del pueblo, todos y todas tienen una gran tarea, y responde a Josué con palabras aparentemente duras, pero que en definitiva buscan también abrir la conciencia de su ayudante: «ojalá todo el pueblo fuera profeta» (v. 29); ojalá cada uno asumiera con verdadero empeño la tarea de concientizarse y concientizar a su semejante, a su prójimo, ¿no es eso justamente lo que Dios quiere y espera? A Josué pues, no le preocupaba mucho la necesidad de que cada miembro del pueblo tuviera una conciencia bien formada para continuar hacia adelante por el desierto; le preocupaba más defender lo «oficial», lo «autorizado» por Dios en la tienda del encuentro, es decir lo «instituido», la defensa de «los derechos de Dios».

En la misma línea, nos presenta el evangelio de Marcos para este domingo, una situación semejante con los discípulos de Jesús. Apenas transmitida por Jesús la lección sobre quién es el mayor (Mc 9,33-37), se produce un incidente que tiene que ver con la exclusividad de los miembros del grupo seguidor de Jesús. Juan le cuenta a Jesús que le han impedido a un hombre expulsar demonios en su nombre porque no se trataba de uno de los miembros del grupo (v. 38). No hay una pregunta, cómo hacer en casos semejantes, qué posición asumir, etc. La respuesta de Jesús es sabia, «nadie que obre un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí» (v. 39), y «el que no está contra nosotros, está con nosotros». En la tarea de construcción del reino nadie tiene la exclusiva. Tal vez los discípulos no tenían claro o no recordaban que su pertenencia al grupo de Jesús fue un don de pura gratuidad; ninguno de ellos presentó ante Jesús un concurso de méritos para ser elegido; fue Jesús quien se presentó ante ellos, se les atravesó a cada uno por su camino y los llamó, aun a sabiendas de que no eran ni los mejores ni lo más representativo de su sociedad. En ese sentido también otros y otras pueden seguir siendo llamados. En cada hombre y en cada mujer Dios ha sembrado las semillas del bien; cómo y cuándo esas semillas comienzan a germinar y dar frutos, eso es decisión de cada uno. A veces nos parecemos a Juan y al resto de discípulos, nos ponemos celosos de quienes sin pertenecer a la institución hacen obras mejores que las nuestras. Y sale inevitablemente la frase: «pero ése o ésa es de tal o cual religión o de tal o cual grupo…». Anteponemos a la vocación universal de hacer el bien y a la práctica del amor, unos intereses mezquinos y unos criterios de autoridad y de exclusividad absolutamente rechazados por Jesús (cf. Mc 9,39)

El diálogo de Jesús con sus discípulos refleja la situación de la comunidad para la cual Marcos escribe su evangelio. Una comunidad quizás muy consciente de lo que eran las exclusiones, pero al mismo tiempo en peligro de ser exclusivista, con una excusa quizás aparentemente sana: «ser o no ser de los nuestros», «ser o no ser del camino», «estar o no estar en el proceso…», y en fin otras talanqueras que pretendidamente intentan justificarse con la excusa de defender la «pureza» de la fe o del «credo» o del «orden» o, en definitiva, de «defender los derechos» de Dios.

Pues bien, cuando se cae en el extremo de «defender» a Dios, o los «derechos» de Dios, lo que se logra en definitiva es minimizar a Dios, ponerlo en ridículo ante el mundo, y la consecuencia más inmediata, la que previó Jesús y quizás la que ya se veía en la primera comunidad, era la del escándalo a los más pequeños. A Jesús le preocupan los «pequeños», no sólo los menores de edad, sino los que apenas empiezan a intuir la dinámica del reino con la subsiguiente imagen de Dios que él propone.

Con todo, a través de los siglos, los peligros de la comunidad primitiva se convierten en hechos reales: cuántos creyentes promotores del bien, de la justicia y de la paz excluidos o en entredicho sólo porque «no eran de los nuestros», cuántos Josués y Juanes empeñados todavía en «defender» una pretendida exclusividad que, por supuesto, nadie posee, con lo cual lo único que logran es escandalizar cada vez más a muchos, haciéndoles creer que Dios es tan pequeño, que puede reducirse a los estrechos límites de un grupo o de una institución, aunque sus adeptos se cuenten por millares.

Si logramos tomar conciencia de que Dios es más grande que un grupo o una institución y que en ningún momento nuestra vocación es la de defender unos supuestos derechos de Dios, sino simplemente servir, ponernos en función de construir el Reino con y desde las múltiples posibilidades que ello implica dada la insondable riqueza del mismo espíritu, entonces jamás se nos ocurrirá pensar si éste o aquél es o no es «de los nuestros», sino mejor… ¡como cooperar más y mejor con aquél o aquélla que tan bien están luchando por construir aquí el Reino!

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 63, «Una piedra de molino», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300063 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap63.mp3

Para la revisión de vida

Reviso mis actitudes respecto al trabajo de los demás (personas y grupos) y me confronto con la reacción de Josué (primera lectura) y con la de Santiago y Juan (evangelio). Enumero las semejanzas y diferencias y me trazo un propósito práctico de vida.

Para la reunión de grupo

Una idea que surge a partir de las lecturas de este domingo es la validez que tienen para la construcción del reino muchos aportes: ideas, obras, trabajos, de hombres y mujeres que no necesariamente son cristianos, pero que están comprometidos en la lucha por la justicia y la paz. Tratemos de indagar un poco sobre esas personas o instituciones y compartamos qué dicen, qué hacen, y al mismo tiempo tratemos de establecer cuáles son las críticas y de que forma son rechazados por nuestra religión oficial. Sentemos posiciones.

Para la oración de los fieles

Oremos por los responsables de la dirección y guía de nuestras iglesias para que su responsabilidad como animadores se traduzca en la acogida amorosa y fraterna de todos aquellos que buscan hacer el bien a los demás… roguemos.

Por los dirigentes de nuestra sociedad, para que sus tareas estén cada día más en la línea del evangelio, más empeñados en la construcción de la justicia y la paz… roguemos.

Por todos aquellos que desde su realidad como creyentes están trabajando por el bien, la justicia y la paz para que sus esfuerzos se vean cada día más enriquecidos por el espíritu profético que Dios dona a todas y todos… roguemos.

Por nosotros y nosotras para que sepamos ver en todos los que hacen el bien aquella presencia de Jesús Resucitado que en todas y todos actúa… roguemos.

Oración comunitaria

Dios Padre-Madre que en todas, en todos y en todo te manifiestas; abre nuestros corazones y nuestras mentes para comprender mejor lo que desde siempre nos estás comunicando, incluso a través de aquellos que te conocen por otros caminos y con otros lenguajes que los nuestros; arranca de nosotros toda tentación de exclusivismo y mantennos dispuestos a ayudar y a dejarnos ayudar en la construcción colectiva de tu Reino. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús, transparencia tuya. Amén.

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