Se pusieron a discutir


Camino de Jerusalén, por segunda vez les anuncia lo que se le viene encima y el grupo va discutiendo sobre quién de entre ellos es el más importante. A pesar de todo lo que han vivido y están viviendo con Jesús no acaban de enterarse que la implicación compasiva lleva a hacerse uno de tantos.

A los compañeros les ha entrado el delirio sobre la importancia dentro del grupo. Jesús hace un gesto de una ternura infinita y por eso demoledor: agarra a un niño y lo pone en medio del grupo, lo abraza y les dice que ese crío es el importante delante del Dios de la Vida. Jesús les da la vuelta a todo su planteamiento: lo pequeño es lo grande, lo débil es lo fuerte, lo último es lo primero y no sólo eso sino que les dice que quien acoge a un niño en su nombre está acogiendo a la misma Fuente de la Vida, al mismo Dios.

Jesús tiene una relación con los pequeños entrañable, sabe que sus ángeles de la guarda está contemplando todos los días el rostro del Padre del Cielo, son los preferidos, los protegidos, los amigos de Dios, por eso Jesús avisa muy seriamente que de ningún modo hay que despreciar a los pequeños. Despreciar a las criaturas pequeñas del Padre es despreciarlo también a Él. Pero no acaban de tragarse que el seguimiento de Jesús les lleva al abajamiento, al servicio, a la implicación compasiva… a hacerse perdedores con los perdedores.

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Toni Catalá, sj
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