La mujer en el judaísmo


La estructura social de Palestina es de signo patriarcal. La “Casa del padre” es la designación hebrea de la familia. La familia hebrea es una gran familia y el padre puede ser a la vez el jefe de una estirpe. Como la poligamia, que existió antiguamente entre los israelitas, continuo siendo lícita en el judaísmo primitivo, pertenecen a la casa tanto los hijos y las hijas de la esposa principal como los de las esposas secundarias, juntamente con los criados y criadas, esclavos y esclavas. El amo en ella es el padre, a quien corresponde no solo el derecho de disponer y de dar órdenes, sino el de castigar; también actúa de sacerdote que pronuncia oraciones y de maestro.
En Oriente, la mujer no participa en la vida pública. Esto es verdad en el judaísmo en tiempos de Jesús; y en todo caso en las familias judías fieles a la Ley.
La mujer que salía de su casa sin tener la cabeza cubierta, es decir sin el velo que cubría su cara, faltaba de tal manera a las buenas costumbres que el marido podía divorciarse, sin dejarle ninguna paga. Le está prohibido saludar en la calle. Tendrá que ir tapada para que “no muestre su belleza a ninguno”. Que su habitación no tenga ventana. Solo el día de sus bodas se le permitía a la mujer mostrarse en el cortejo nupcial con la cabeza descubierta.
Las mujeres debían pasar desapercibidas en público. Estaba prohibido el encuentro a solas con una mujer, mirar a una mujer casada. Una mujer que se entretenía con todo el mundo en la calle o hilando en la calle podía ser repudiada sin recibir la paga prevista por el contrato de matrimonio.
Se estimaba que la mujer joven antes de su matrimonio no saliera. Tenían que vivir encerradas en la casa. Incluso las jovencitas debían ocupar las habitaciones retiradas, fijándose como límite la puerta de comunicación con las habitaciones de los hombres. La mujer casada, tenían como límite la puerta del patio.
La mujer es honrada como madre y está, en calidad de tal bajo el amparo del cuarto mandamiento: “Honra padre y madre”. Se estima la esterilidad como una vergüenza que impone Dios a la mujer. Aunque la historia judía nos muestra mujeres heroicas: Ester y Judit, el pensamiento judío posterior posterga y menosprecia a la mujer. Esto se manifiesta en el culto: hay en el templo un atrio de mujeres. Igualmente en las sinagogas había una galería de mujeres.
En la expresión colectiva “mujeres, esclavos y niños” se advierte el escaso aprecio en que se tenía a la mujer. Se consideraba que las mujeres eran ligeras de cascos e incapaces de recibir instrucción. La mujer está exenta de la obligación de peregrinar a Jerusalén, de residir en los tabernáculos de recitar el Sêmá Yisrael, pero está obligada a todas las prohibiciones de la ley. No se le escucha en el juicio como testigo ni puede aparecer ante un tribunal como testigo de cargo de la acusación.
Todo ello revela que se considera a la mujer como un ser esencialmente sexual, que actúa seductoramente sobre el hombre. Cuando hay huéspedes en casa, no se le permite tomar parte en el banquete.
Los motivos para este trato tienen sus raíces en gran parte en los preceptos de lo puro y lo impuro. Si produce impureza todo lo que tiene que ver con la vida sexual, la mujer se encuentra ya por su menstruación en estado casi permanente de impureza. Después del parto permanecerá cuarenta días impura, si tiene un niño varón y ochenta si tiene una hembra.
El sentido de la vida de una mujer se agota en la maternidad. Se tiene en alta estima el matrimonio en razón de la descendencia. En Israel eran corrientes los matrimonios a edad temprana. A las niñas a los doce años o doce y medio, hasta ese momento el padre tenía plena capacidad para disponer de ellas. Los varones se casaban en una edad comprendida entre los dieciocho y los veinticuatro años.
En los ambientes populares no podían llevar una vida totalmente retirada, primero por razones económicas. La mujer debía ayudar a su marido en la profesión, como vendedora, en los trabajo de recolección en el campo por ejemplo. Pero no debía estar sola en los campos. No era corriente que un hombre se entretuviera con una mujer sola (eso demuestra la extrañeza de los discípulos al ver a Jesús hablando con la samaritana).
La situación de la mujer en la casa correspondía a esta exclusión de la vida pública. En la casa paterna, las niñas pasaban después del niño; su formación se limitaba a los trabajos domésticos (coser y tejer) y al cuidado de los hermanos menores. Con relación al padre, tenían seguramente los mismos deberes que los hijos varones: alimentar, dar de beber, cubrir, ayudarles a caminar cuando fuera viejo, lavarle la cara, los pies y las manos. Pero ellas no tenían el mismo derecho que sus hermanos, en la sucesión, por ejemplo.
En cuanto a la “patria potestad”, era grande sobre las niñas menores de doce años antes de su matrimonio. El padre era el dueño absoluto (le busca novio, trabaja para él etc.). Solo a partir de los doce años y medio hay cierta autonomía, pero su casamiento no puede decidirse sin su consentimiento. Esto genera una fuente de ingreso. Ya que si la hija es mayor y se casa, la dote pasa al padre. La joven esposa pasa de la posesión del padre a la del marido. El hombre es el amo de la mujer. Apenas hay testimonio que permitan reconocer la existencia entre marido y mujer de una mutua comprensión y comunidad de vida
El varón concibe el matrimonio únicamente como el medio de asegurarse una descendencia. Reducida a un mero instrumento sexual, la mujer recibe en la Biblia la denominación de “raham”(útero) y entre los rabinos “recipiente”. La mujer es el  “instrumento” el “recipiente” que el varón utiliza para hacer hijos; y la relación sexual queda reducida a “hacer uso del recipiente”.
(Cf. Jerusalén au temps de Jèsus. J. Jeremias. du Cerf 471) J.Leipoldt y W. Grundmann. “El mundo del NT”. E.Cristiandad. .189-197

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