La opinión de Jesús, según los Evangangelios, sobre el dinero y la riqueza.


Son muchísimos los textos y pasajes evangélicos que, directa o indirectamente, tratan del dinero, la riqueza o la pobreza. Este dato es de por sí revelador: muestra la importancia que estas cuestiones tenían para Jesús y para el cristianismo primitivo.
La visión que sobre el dinero y la riqueza tienen los evangelios y, en particular, los sinópticos, podría resumirse así: el dinero constituye una continua fuente de preocupación para los seres humanos, impropia de los seguidores de Jesús, cuya interés fundamental ha de ser que reine la justicia de Dios Padre.
El apego a la riqueza constituye uno de los principales obstáculos para el seguimiento de Jesús y un impedimento para entrar en el reino de Dios, es decir, para participar en la construcción de una sociedad nueva, basada en la solidaridad y la justicia. Por eso Jesús proclama dichosos a los que optan por la pobreza, puesto que esa opción, que extirpa la raíz interior de la injusticia, la ambición humana, permite el ejercicio del reinado de Dios, impulsa la liberación de los hombres y hace posible unas relaciones humanas basadas en el amor activo.
Jesús no se deja impresionar por el dinero. Para él vale mucho más el cuadrante (una moneda insignifican-te) que una pobre viuda echa en el cepillo del Templo, privándose de lo que necesita para vivir, que todas las monedas que echan en él los ricos, de lo que les sobra. Tampoco se deja impresionar por la grandiosidad y magnificencia de los edificios que los hombres levantan a base de dinero y esfuerzo humano; sabe que detrás de ellos se esconde la injusticia y que acabarán, tarde o temprano, en la ruina o la destrucción.
En el conocido pasaje del juicio de las naciones, advierte Jesús de las consecuencias irreparables de la insensibilidad humana. El que pase por la vida indiferente a las necesidades más perentorias de los seres humanos, es decir, sin mostrar el más mínimo gesto de amor, ése ha malogrado su existencia.
En las imprecaciones que añade Lucas a las bienaventuranzas, Jesús arremete contra los causantes de la injusticia que reina en la sociedad: los ricos, los que están repletos de todo, los que viven frívolamente y los que gozan del reconocimiento social; anunciándoles el cambio que va a traer consigo el reinado de Dios y que comportará su ruina existencial.
Frente al carácter restrictivo e interesado de la beneficencia en el mundo greco-romano, en donde, como se ha visto, el bien se hace a los amigos, a la gente de la misma posición social o a aquellos de los que se espera obtener algún beneficio, Jesús propone todo lo contrario. Según Lucas, en una ocasión en que había sido invitado a comer en casa de un fariseo, se dirigió a éste diciéndole:
“Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a vecinos ricos; no sea que te inviten ellos para corresponder y quedes pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».
Jesús, que identifica a Satanás con el ansia de poder y de gloria mundana, espera de sus seguidores que renuncien a la acumulación de dinero, porque para ellos su verdadera riqueza ha de estar en Dios. Al mismo tiempo, les advierte que el ser humano se define por aquello que aprecia y que todo el que haga del dinero un valor estimable se apegará a él y será el dinero quien oriente su vida y marque su personalidad. Para Jesús, lo que da valor a la persona es la generosidad; mientras que la tacañería, que cierra las puertas al amor, hace del hombre un miserable.
Por eso, pedirá a los suyos que sean generosos, que no vuelvan la espalda a nadie, que presten sin esperar nada a cambio, e incluso, que renuncien a reclamar lo que, siendo de ellos, se lo apropian otros. Para Jesús, no merece la pena pleitear por dinero ni defender lo propio con uñas y con dientes.
A pesar de sus advertencias y sus críticas, Jesús no es un asceta reticente a usar y disfrutar de los bienes creados. Al contrario, su conducta en este sentido es de tal normalidad que resulta escandalosa para sus adversarios, que lo acusan de comilón y bebedor. Tampoco es un maniqueo que considera todo lo que tiene que ver con el dinero como intrínsecamente malo. De sus palabras se deduce que, para él, el dinero es moralmente ambiguo: puede servir para lo bueno, como para lo malo; para ayudar a otros o para explotarlos; para compartirlo con los demás o para codiciarlo. Depende de la utilidad que se le dé y de los resultados que produzca.
Lo que a Jesús le parece reprobable es el apego al dinero, por los efectos negativos que entraña y porque acaba haciendo de éste el ídolo a cuyo servicio se pone la vida humana. Pero, además, conoce bien la seducción que el dinero ejerce sobre los hombres y la capacidad que tiene de envolverlos en sus redes y atraparlos. Por eso,es tan crítico con él y tan contundente en las exigencias que, con relación al dinero, plantea a sus seguidores.
Cf. JESÚS, EL DINERO Y LA RIQUEZA. Fernando CAMACHO. Publicado en Revista ISIDORIANUM (Sevilla) 6 (1997)393-415

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