Comentarios Vigésimo octavo domingo.


¿RICO Y CRISTIANO?

En cierta ocasión, cuenta el evangelista Marcos , “se le acercó a Jesús un hombre corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar vida eterna?”. Aquel hombre andaba preocupado por su situación en el más allá, por su salvación, por la vida eterna.

“Jesús le contestó: . . .Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”. De entrada llama la atención que Jesús se olvide de enumerar, como condición para salvarse, los tres primeros mandamientos que se refieren a Dios, quien al parecer se contenta con que andemos a bien con el prójimo. Para salvarse sólo se requiere no cometer injusticia contra el prójimo, su vida, sus bienes o su honor. Prójimo son también los padres a quienes hay que honrar, expresión que equivale en la mentalidad bíblica a cuidarlos durante la vejez de modo que no pasen calamidades.

Aquel hombre, al oír la respuesta de Jesús, declaró: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven. A esto, Jesús se le quedó mirando, le tomó cariño y le dijo: Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes, dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y anda, sígueme a mí”. (Hoy, tal vez, Jesús no invitaría a “vender y dar” sino a invertir y crear puestos de trabajo, pues la limosna engendra por sistema miseria y humilla a quien la recibe). La exigencia del Maestro le pareció excesiva a aquel hombre, que “a estas palabras, frunció el ceño y se marchó entristecido, pues tenía muchas posesiones”. Era un buen judío, observante de los mandamientos de Dios. Jesús lo había invitado a seguirlo, exigiéndole como condición indispensable abandonar la riqueza, condición que los católicos hemos olvidado llenando iglesias y altares de ricos y santos de las clases elevadas de la sociedad.

Al irse el hombre rico, Jesús aprovechó la ocasión para abundar en el tema y comentó: “¡Con qué dificultad van a entrar en el Reino de Dios los que tienen el dinero!”. “Reino de Dios” indica aquí al grupo de los seguidores de Jesús que cumplen la primera bienaventuranza: “Dichosos los que eligen ser pobres porque esos tienen a Dios por rey”. Y añadió: “Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios”. Dicho de otro modo, es prácticamente imposible que un rico pueda ser seguidor de Jesús o verdadero cristiano. Así de claro y contundente lo dijo el Maestro.

Ante la clarividencia de estas palabras, los discípulos “comentaron completamente desorientados: Entonces, ¿quién podrá subsistir?”. La pregunta no versa sobre quién podrá salvarse como traducen algunas biblias en uso, pues a esto se había respondido ya diciendo que lo conseguiría quien guardase los mandamientos. Se trata más bien de dar respuesta a un problema real: ¿Cómo podrá subsistir el grupo de discípulos renunciando a la riqueza, al deseo de acaparar y poseer? Jesús que comprendió el problema respondió: “Humanamente, imposible, pero no con Dios, porque todo es posible con Dios”.

Humanamente imposible no vivir centrado en el deseo de acaparar y poseer; sólo Dios puede hacer nacer en el corazón el deseo de renunciar a la riqueza. De hecho, algunos de los seguidores de Jesús ya lo habían hecho: “Pedro se puso a decirle: Pues mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Ahora con estas palabras parece pedir algo a cambio.

“Jesús declaró: Os lo aseguro: No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por la buena noticia, que no reciba en este tiempo cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras- y en la edad futura vida eterna”. Esta es la promesa de Jesús a sus seguidores: no echarán de menos lo dejado por él. En la comunidad cristiana encontrarán mucho más de lo que dejaron.

II

AHORA, EN ESTE TIEMPO

Ahora. Ahora es cuando hay que realizar el reino de Dios. Ahora, en esta vida. El proyecto de Jesús, el evangelio, tiene como objetivo que ahora, en este tiempo, reine la justicia de Dios; lo demás, hasta la vida eterna, se nos dará por añadidura.

LA VIDA ETERNA

Mientras salía de camino se le acercó uno corriendo y, arrodillándose ante él, le preguntó: Maestro insigne, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida definitiva?

Para ir al cielo basta con ser personalmente honrado, con no ser injusto, con no hacer daño a los demás; ni siquiera hace falta ser religioso. A la pregunta de aquel hombre, Jesús le responde recordándole los mandamientos que se refieren a la convivencia humana: «Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, sustenta a tu padre y a tu madre»; respetar la vida, el amor, la justa propiedad, la fama ajena, los derechos de cada cual, la dignidad de los padres… Ese es el camino para ir al cielo. Si eso era lo único que interesaba al hombre aquel, podía haberse ahorrado la pregunta: había tenido el mejor maestro, Dios, que dio al pueblo los mandamientos para que por ellos obtuviera la vida.

Pero el interés de Jesús era más cercano. El estaba pre­ocupado, en primer lugar por ese puñado de años que hay que vivir antes de que la vida se haga definitivamente eterna, años que tan duros resultan a la mayoría de los humanos. La misión que Dios le había encomendado no era enseñar a los hombres el camino del cielo, sino mostrarles la manera de convertir la tierra en un cielo, ofrecerles la posibilidad de gozar, ya en la etapa pasajera de la existencia humana, del carácter definitivo de la vida. Por eso, a aquel hombre que había sido honrado desde pequeño, Jesús le hace una oferta: «ven y sígueme».

LA AGUJA Y EL CAMELLO

Pero para seguir a Jesús hay que aceptar algunas exigen­cias. Para Jesús, que en esto continúa la línea de los profetas del Antiguo Testamento, la causa de la desgracia y el sufri­miento de los pobres y de los humillados está en los ricos y poderosos. Dios no hace pobres a los pobres y ricos a los ricos; son los que se enriquecen los que, al acumular lo que a otros les falta, empobrecen a la mayoría (Is 3,14-15; 5,8; Am 2,6-7; 4,1; 5,7-12; Miq 2,1-2; 3,1-4; 6,9b-12; véase comen­tario núm. 63). Es cierto que puede darse algún caso en el que la riqueza se tenga sin haber cometido personalmente ninguna injusticia, por herencia, por ejemplo; éste parece ser el caso del rico del evangelio. Dios no va a negar a estas personas la vida definitiva; pero lo que es imposible es que, manteniendo su situación, puedan ser seguidores de Jesús:

«Una cosa te falta: ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza, y anda, ven y sígueme.» Y la razón es ésta: Jesús, cuando invita a alguien a unirse a él, lo está invitando a incorporarse a la tarea de construir el reino de Dios, y el reino de Dios no es otra cosa que una nueva manera de vivir según la idea que Dios tiene de lo que debe ser la convivencia humana: conviencia basada en la justicia, en la igualdad, en el servicio por amor… Y no se puede colaborar en un proyecto desde una situación que debe desaparecer para que ese proyecto se cumpla; no se puede construir la justicia desde la riqueza, que es efecto y causa de injusticias.

Por eso es tan difícil que un rico entre en el reino de Dios. Según el evangelio, si sigue siendo rico, es imposible: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios para los que confían en la riqueza! Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que no entre un rico en el reino de Dios.» No le demos más vueltas, no hay agujas tan grandes: «La palabra de Dios es viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos…» (Heb 4,12).

UN MUNDO DE HERMANOS

Cierto que, para entender esto, hay que tener muy claro en qué consiste el reino de Dios. Los que están interesados en que las cosas no cambien aquí abajo se han empeñado en identificar el reino de Dios con «el cielo», mandándolo todo a la otra vida, a la otra historia, al otro mundo. Pero, según el evangelio, el proyecto de Dios que Jesús nos da a conocer es, primero, para este tiempo. El reino de Dios es, primero, este mundo organizado según el plan de Dios. Jesús no vino a enseñarnos el camino del cielo, que ya se conocía. El mensaje de Jesús no es un libro de moral para enseñarnos a ser buenos individualmente, y siendo buenos, merecer la vida eterna. Jesús viene a enseñarnos el método para hacer de este mundo un mundo feliz; Jesús viene a enseñarnos a cambiar este mun­do en un mundo de hermanos. La opción por la pobreza o, lo que es lo mismo, la renuncia a la riqueza, no es una virtud con la que conseguir méritos para el cielo; es una opción revolucionaria cuyo objetivo es cambiar la situación de sufri­miento de los pobres y oprimidos de la tierra por otra situación en la que nadie sufra, en la que a nadie le falte nada: «No hay ninguno que deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, por causa mía y por causa de la Buena Noticia, que no reciba cien veces más: ahora en este tiempo, casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras -entre persecuciones-, y en la edad futura, vida definitiva.» Lo que Dios quiere no es que repartamos el sufrimiento, que compar­tamos la miseria, sino que construyamos un mundo en el que todos gocen del amor (hermanos y hermanas, madres, hijos) y de los bienes de la tierra (casas y tierras). Y todos iguales, sin primeros ni últimos, sin padres (compárese la lista de las personas a las que se renuncia y la de las que promete Jesús: en la segunda lista falta el padre, símbolo del poder y la autoridad en este tiempo); con un único Padre: el del cielo, que tan preocupado está por los problemas de la tierra.

III

v. 19:  «Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, sustenta a tu padre y a tu madre».

De los diez mandamientos, Jesús omite los tres primeros, que se refieren a Dios; le recuerda solamente los éticos, los que se refieren al prójimo, que son independientes de todo contexto religioso. Mc añade no defraudes, no privar a otro de lo que se le debe. Son mandamientos negativos, que prohiben cometer ciertas injusticias con el prójimo. En último lugar, invirtiendo el orden, menciona el cuarto mandamiento (sustenta a tu padre y a tu madre), insinuando con ello que la obligación para con la familia no puede servir de pretexto para eximirse de la obli­gación para con la humanidad en general. La condición mínima para superar la muerte es, pues, no ser personalmente injusto con los demás.

v. 20:  El le declaró: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven».

El hombre declara que siempre ha sido fiel a esos mandamientos. Esto hace ver que Mc describe aquí una figura ideal, el perfecto judío, para crear el contraste con las exigencias del mensaje de Jesús.

v. 21:  Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor diciéndole: «Una cosa te falta: ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, ven y sígueme».

Jesús le demostró su amor invitándolo a seguirlo incorporándose al grupo de discípulos, y le expone la condición que tiene que cumplir. Una cosa te falta: el hombre está preocupado por el más allá, pero eso no basta para su desarrollo como persona; éste se obtiene siguiendo la línea de Jesús, haciéndose último y servidor de todos (9,35), y para ello tiene que abandonar sus muchas posesiones. Así contribuirá a crear en este mundo una sociedad nueva (el reino de Dios) donde reine la justicia y el ser humano encuentre su plenitud.

De hecho, aunque personalmente no es injusto, este hombre está implicado, por su riqueza, en la injusticia de la sociedad. La ética pro­puesta en los mandamientos de Moisés no elimina la desigualdad ni lleva a una sociedad verdaderamente justa.

Es condición, por tanto, para todo seguidor tomar la decisión de eli­minar, en cuanto esté de su parte, la injusticia. Para ello ha de renunciar a la acumulación de bienes (todo lo que tienes), que crea la pobreza de otros, la desigualdad y la dependencia humillante; darlo a los pobres repa­ra a nivel personal esa injusticia.

Por otra parte, la acumulación de bienes proporciona una seguridad en el plano material, pero, al ser injusta, impide el desarrollo humano; la verdadera riqueza y la seguridad definitiva se encuentran sólo en Dios (Dios será tu tesoro, alusión a 10,14: «Dios reina sobre ellos»), que actúa a través de la solidaridad y el amor mutuo de la comunidad de Jesús, y garantiza el desarrollo personal.

v. 22: A estas palabras, el otro frunció el ceño y se marchó entristecido, pues tenia muchas posesiones.

El hombre, por su apego a la riqueza, no asiente a la invitación de Jesús. Su amor a los demás es relativo, no llega al nivel necesario para un cristiano. No está dispuesto a trabajar por un cambio social, por una sociedad justa; la antigua le basta. Prefiere el dinero al bien del hombre.

v. 23: Jesús, paseando la mirada alrededor, dijo a sus discípulos: «¡ Con qué dificultad van a entrar en el Reino de Dios los que tienen el dinero!»

Jesús resume lo sucedido con el rico y resalta el obstáculo que consti­tuye la riqueza para formar parte del Reino, es decir, de la sociedad nueva. Aquí aparece la diferencia entre la «vida definitiva» a que aspira­ba el rico y que puede alcanzar si evita la injusticia, y «el reino de Dios», en el cual no entra y que no puede referirse en concreto más que a la comunidad de Jesús.

vv. 24-25: Los discípulos quedaron desconcertados ante estas palabras suyas. Jesús insistió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios para los que con­fían en la riqueza! Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios».

Las palabras de Jesús siembran el desconcierto entre los discípulos: ellos piensan que en el reino de Dios (la nueva sociedad) continúan exis­tiendo la riqueza individual y la dependencia que ésta crea.

Jesús no se retracta, sino que insiste en la misma idea (para los que confían en la riqueza, frase muy bien atestiguada y requerida por el v. 25); añade un matiz: el rico no sólo tiene riquezas, sino que confía en ellas, cree que son el único medio de asegurar la propia existencia. Con una frase hiperbólica (más fácil es que un camello pase…) acentúa la práctica imposibilidad de que un rico renuncie a la seguridad que le da su rique­za para contribuir a la creación de una sociedad nueva (el reino de Dios).

v. 26:  Ellos comentaban, enormemente impresionados: «Entonces, ¿quién puede subsistir?»

Los discípulos no se explican la exigencia de Jesús; se preguntan si es posible la subsistencia del grupo sin el apoyo de la riqueza material de algunos de sus miembros (subsistir, gr. sôthênai, escapar de un peligro, aquí el de la indigencia; vse. en 8,35 los dos sentidos de «salvar su vida»).

v. 27: Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Humanamente, imposible, pero no con Dios; porque con Dios todo es posible».

Jesús les da la solución: ellos miran la cuestión desde el punto de vista puramente humano y la juzgan según la experiencia de su socie­dad: en ese planteamiento no hay más solución que la riqueza para el problema de la subsistencia. Pero ésta es también posible de otro modo alternativo: con la solidaridad que produce el reinado de Dios.

v. 28: Pedro empezó a decirle: «Pues mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos venido siguiendo».

Pedro se hace portavoz del grupo; no se conforma con el principio enunciado por Jesús; quiere saber qué les va a tocar a ellos. Atribuye al grupo dos méritos: haberlo dejado todo, que responde a la verdad (1,18.20) y haber seguido siempre a Jesús, que, como se ha ido viendo a lo largo de los episodios precedentes, no responde a la verdad: acompa­ñan a Jesús materialmente, pero las actitudes del grupo están muy lejos de las de él (8,32; 9,10.32.34; 10,13).

vv. 29-30: Jesús declaró: «Os lo aseguro: No hay ninguno que deje casa, her­manos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras, por causa mía y por causa de la buena noticia, que no reciba cien veces más: ahora, en este tiempo, casas, her­manos y hermanas, madres, hijos y tierras -entre persecuciones – y, en la edad futura, vida definitiva».

Por eso, la respuesta de Jesús no se refiere en particular al grupo de discípulos (seguidores procedentes del judaísmo), sino a cualquier seguidor que lo abandone todo para manifestar su adhesión a él y dedi­carse a la propagación del mensaje. En el Reino o sociedad nueva no habrá miseria, sino afecto y abundancia para todos, pero sin desigualdad ni dominio; en efecto, comparando las dos enumeraciones que hace Jesús, la de lo que el seguidor deja y la de lo que encuentra, se advierte que en la segunda se omite la mención del padre, figura de la autoridad. Como se trata de la etapa terrena del Reino, todo eso se verificará en medio de la hostilidad de la sociedad (entre persecuciones); y esos segui­dores, por supuesto, heredarán la vida definitiva.

IV

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma. ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama “el joven rico” (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: ¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): “no seas injusto” (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Esa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones, le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas “agujas”… Bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por el ojo de la aguja…

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de la aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento, siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?” (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el “espíritu de sabiduría” (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Heb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… no ya la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.

Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre -es decir, desde hace varios millones de años, desde que el homo et mulier sapientes son lo que son-, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.

Pero hace sólo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido sólo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo («Más allá de los límites del crecimiento», 1992), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento necesitamos más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008, que ha salido a la luz ya en 2009, confirma la denuncia, y, de otra manera y con otros datos confirma que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).

Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según parece, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica, y parece que va a ser profunda, y que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con inminencia.

Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.

El tema sería mucho más largo, porque es también muy hondo. Es mucho más que el tema del “cuidado” para con la naturaleza… Es eso, sí, pero es mucho más. La Agenda Latinoamericana’2010 ya disponible en unos veinte países (latinoamericana.org) plantea la necesidad de afrontar a fondo el tema de nuestra «conversión ecológica», y el de la «re-conversión ecológica» del cristianismo (incluida nuestra teología, nuestras creencias y nuestra espiritualidad). Todos los cristianos/as deberíamos insistir en nuestras comunidades en tocar, en hacer presente, en estudiar este tema, el tema «planetariamente más urgente»… La Agenda Latinoamericana’2010 ofrece también sugerencias para organizar grupos de estudio, materiales para la educación popular, textos y reflexiones para organizar en nuestras comunidades una reflexión profunda sobre el tema: http://latinoamericana.org/2010/info

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 92, «Por el ojo de una aguja», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1400092 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap92b.mp3

Para la revisión de vida

Aunque creamos en la Providencia, Dios nos ha encomendado procurarnos la materialidad de nuestra vida y debemos preocuparnos por todo lo económico. ¿Qué lugar ocupa el dinero en el “ranking” de mis valores y preocupaciones? ¿Un lugar adecuado, sometido a los valores?

Para la reunión de grupo

Comentar/discernir sobre la propuesta de lectura ecológica que se propone para este evangelio en el comentario bíblico-pastoral. ¿Está fundamentada la propuesta? ¿Qué aplicaciones tiene en nuestro contexto social? ¿Qué podemos/debemos hacer en nuestra comunidad cristiana?

Leer el libro de Tim FLANNERY, «El clima está en nuestras manos», de Taurus, colección minor, México y Madrid 2007, 291 pp. Absolutamente convincente. Encarecidamente recomentable. Comprar un ejemplar en el grupo y pasarlo de mano en mano, y organizar al final un ciclo de reuniones para tomar decisiones en los planos personal, comunitario, barrial, social…

“¡Qué difícilmente entrarán los ricos en el Reino de Dios!”. ¿Captan los ricos ese mensaje en la Iglesia oficial, como conjunto? A pesar de las críticas al “capitalismo salvaje”, de hecho, en el nivel de la práctica, el capitalismo occidental se siente enjuiciado por la Iglesia o más bien apoyado? ¿Por qué? ¿En qué? Sea cual sea la respuesta, ¿qué corresponde hacer?

“Vende todo lo que tienes, repártelo entre los pobres… ven y sígueme”. Si esto no se hace materialmente, ¿cómo puede realizarlo de alguna manera un creyente que desee ser radical con el evangelio?

“El camello que no entra / por el ojo de una aguja/ entra en cualquier catedral” (Pedro Casaldáliga). Comentar.

Para la oración de los fieles

-Por la Iglesia, para que dé testimonio del desprendimiento generoso que todos desean ver en ella, roguemos al Señor.

-Para que comprendamos que el mensaje del evangelio de hoy no es para algunos “profesionales de la santidad” sino para todos los cristianos, y que todos debemos dar al dinero el lugar que le corresponde en nuestra vida…

-Para que no falten también entre los cristianos figuras emblemáticas que testimonien y nos recuerden a todos la urgencia de cambiar nuestro actual sistema de civilización en favor de un sistema sostenible, no enemigo de la naturaleza…

-Por los religiosos y religiosas, para que afronten la grave falta actual de vocaciones a la vida religiosa como un mensaje, una interpelación que algo o alguien o la sociedad o Dios mismo les está haciendo…

-Por tantos hombres y mujeres que viven la pobreza de un modo obligado, tratando sólo de salir de ella, sin hacer opción por luchar por la transformación del mundo y por la superación de la situación de exclusión actual de los pobres…

-Por los que utilizan el argumento del desprendimiento espiritual respecto de las riquezas como el pretexto para acallar su conciencia ante lo crecido de sus riquezas, para que entiendan que Dios no quiere de nosotros sólo desprendimientos interiores sino actitudes exteriormente comprobables…

Oración comunitaria

Oh Dios, Padre nuestro, que nos has hecho responsables del sustento de nuestra propia vida y de la de nuestros hijos. Ayúdanos a tener una sana relación con lo económico, que evite tanto un romanticismo idealista o espiritualista, como el materialismo romo y sin ideales. Y líbranos sobre todo de poner lo económico por encima de la justicia y del amor. Por Jesucristo N.S.

Oh Dios que a través de los avances científicos actuales nos «revelas» de forma nueva la divinidad del cosmos y de la Tierra, así como lo descaminado de nuestro modelo actual de civilización… Abre nuestras mentes a la captación de esta nueva «revelación», y haznos sentir experiencialmente la «divinidad», el carácter divino de la realidad. Con Jesús de Nazaret y todos tus testigos. Amén.

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