Servicio y no poder


Los discípulos siguen a Jesús en su subida a Jerusalén resoplando y de lejos, sorprendidos y llenos de temor. El tercer anuncio de la pasión es el más largo y explícito. Pero no importa. Los discípulos siguen sin entender. A lo largo de todo el evangelio de Marcos no progresa nada el conocimiento del camino de Jesús por parte de sus discípulos. Al final, uno le traiciona, otro le niega y todos le abandonan y huyen. Y no volvemos a saber nada más de ellos.
Ahora, los dos hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, se acercan a Jesús para pedirle asientos a su derecha y a su izquierda en su gloria. Siguen pensando en Jesús como en un rey mesiánico y triunfador y aspiran al poder terrenal inmediato según las categorías vigentes en el mundo. Los otros diez reaccionan airados contra Santiago y Juan, evidentemente porque todos aspiraban a los mismos lugares de poder y honor. Volvemos a comprobar que el afán de poder es incompatible con la hermandad.
Las palabras de Jesús tienen una contundencia especial: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos; porque el Hijo DEL Hombre no ha vendido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos (Mc 10,40-45). Aquí hay un imperativo constitucional para la Iglesia de todos los tiempos: no ha de ser así entre vosotros. En la comunidad cristiana no pueden existir unas relaciones de poder como las que se dan en cualquier otro grupo social. El más grande tiene que ser quien más sirva, y el primero debe ser el esclavo de los demás. El poder puede ser necesario, pero es siempre expresión de unas relaciones humanas no transparentes, afectadas por la limitación de nuestra naturaleza y por el pecado.
La comunidad cristiana, como lugar donde se acoge la soberanía de Dios y su gracia, tiene que asimilar la asimetría que introduce el poder y visibilizar la fraterni-dad y un nuevo estilo de relaciones humanas. Las estruc-turas de la comunidad cristiana tienen la obligación de ser mucho más transparentes, participativas y comunitarias que las de cualquier otra institución social. Se juega en ello la capacidad de la Iglesia para ser testimonio del Reino de Dios.
Esta exigencia eclesiología tiene su fundamento cristológico: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a entregar su vida”. La Iglesia nace del camino de Jesús, de su voluntad de hacer del servicio la expresión histórica del amor gratuito de Dios. El servicio/ diakonía, entendido como la entrega completa de la propia vida, define a Jesús. A los ojos de un griego, “servir” es indigno de un hombre libre. Es sorprendente que las responsabilidades eclesiales se designen constantemente en el Nuevo Testamento “servicios”/ diakonía. Según algunos se debe a que la comunidad cristiana se entiende como una “contrasociedad”, pero creo que es mejor decir que se entiende como la precursora de un nuevo tipo de sociedad humana.
Comunidad de hermanas y hermanos. Los primeros grupos cristianos eran hermandades participativas en las que cada uno tenía rostro y nombre para los demás. Es muy claro en Pablo. Pero también aparece en los evangelios, con la particularidad de que se vislumbra en ellos la polémica con una incipiente institucionalización que amenazaba con romper la hermandad en vez de promoverla.
En Marcos 3,20-35 se establece una contraposi-ción entre la familia natural de Jesús y la nueva familia formada por quienes le siguen y cumplen la voluntad de Dios. Ambos grupos se rigen por conceptos muy diferentes de poder. Los parientes, los hermanos y la madre piensan que está loco (3,21) y quieren sacarle de la casa donde está reunido (“la casa” en 3,20 es la imagen de la comunidad cristiana) para reintegrarle al hogar patriarcal. Los nuevos valores del Reino, que invierten las jerarquías y ponen en el centro a la persona humana (3,3), significan una subversión que llevan a pensar que Jesús “está fuera de sí” (3,21). Los parientes de Jesús y los escribas de Jerusalén (3,22) enviados por el centro judío, representan la misma mentalidad.

La comunidad de Jesús no consta simplemente de los doce, sino de los que están sentados en corro alrededor de él y cumplen la voluntad de Dios (3,34-35). En el centro está solo Jesús, y todos se encuentran a la misma distancia de él. Destaca la igualdad entre varones y mujeres. Vienen a buscarle los hermanos y la madre, pero en su respuesta Jesús introduce entre ambos a las hermanas: “Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. En cambio no se menciona al padre, porque la comunidad es una hermandad radical.
Se ha solido pensar que aquí Marcos, represen-tante de una comunidad helenista y paganocristiana, polemiza con el judeocristianismo de Jerusalén, de carácter dinástico y jerarquizado, en el que los familiares de Jesús ocupaban los primeros puestos. Es posible. Pero lo que es más seguro es que Marcos reivindica la fraternidad radical del proyecto de Jesús contra un proceso de institucionaliza-ción que introducía en las comunidades las estructuras patriarcales de la sociedad.
(Cfr. Rafael Aguirre: Ensayo sobre los orígenes del cristianismo. De la religión política de Jesús a la religión domestica de Pablo. 172-175. Verbo Divino).

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