Vigésimo noveno domingo de tiempo ordinario


¿QUIEN MANDA?

Las cosas no le iban demasiado bien al Maestro nazareno. Se acercaba a Jerusalén, sede del gobierno civil y religioso del país, y la tensión había aumentado por instantes. No hacía falta ser profeta para adivinarlo. Se volvió a sus discípulos que lo seguían llenos de miedo -tal vez ellos también lo sospechaban, pero no habían podido hacer desistir al Maestro de su propósito de continuar viaje- y les dijo: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y este Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y letrados: lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero a los tres días resucitará”.

Sombrío panorama con final feliz, pero ¿creíble en aquellas circunstancias? Mal trago le esperaba a Jesús, y consiguientemente a su grupo. Pero yo no sé qué es lo que pasa que siempre hay algún distraído que no se entera, o algún testarudo que no quiere darse por enterado.

En aquella ocasión le tocó el turno a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan quienes se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro… concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda el día de tu gloria”.

Si habían oído lo que Jesús les venía diciendo por el camino, no debieron tomarse demasiado en serio la petición. Jesús hablaba del asesinato que los jefes del país iban a perpetrar en él, y ellos, de gloria y poder, de primeros puestos -derecha o izquierda-, ministros de un reino equiparable a cualquiera de los reinos de la época, verdaderas dictaduras o tiranías.

De modo fino y elegante, Jesús los invitó a seguirlo hasta la muerte, animándolos a no preocuparse de ocupar primeros puesto, cuya concesión, al parecer, no dependía de él: “El trago que voy a pasar yo, lo pasaréis y en las aguas en que me voy a sumergir yo, os sumergiréis, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”.

Ante estas palabras de Jesús no sabemos cómo reaccionaron aquellos dos discípulos. El evangelista, por el contrario, cuenta la reacción indignada contra ellos de los otros diez, igualmente deseosos de poder que los dos en cuestión. Lo que hizo merecer al grupo una amonestación de Jesús en estos términos: “Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen…” ¡Qué real es todo esto! Al pueblo se le consulta, se le arranca un voto a cambio de promesas, se le utiliza como trampolín o palanca para el acceso al poder. Después se le olvida, se le posterga, se le ofende, se le desespera, se le margina.

Y Jesús añadió: “Pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos, porque tampoco este Hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos”.

Hoy más que nunca necesitamos líderes al servicio del pueblo, que es el único modo de ejercer el poder con dignidad; políticos o eclesiásticos que se coloquen en la cola de la sociedad para empujar a los pobres hacia arriba, que se echen a los hombros la difícil tarea de caminar hacia la muerte para hacer el milagro de que el pueblo recupere la vida, la ilusión y la esperanza, y se acabe esa cadena sin fin de poderosos cuya fuerza es la usurpación del poder del pueblo. Porque en política y en religión y en vida sólo manda con autoridad quien sirve al pueblo sin condiciones.

II

NI AMOS NI SUBDITOS

Una sociedad sin amos ni esclavos, sin jefes ni súbditos Así debe ser la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús Y con vocación de que la humanidad entera llegue a ser así Y no por la fuerza ni a través de un partido «cristiano», sino por la fuerza de la propia entrega. Ni amos ni súbditos: hermanos

NO SABEIS LO QUE PEDIS

La enseñanza de Jesús contiene siempre, implícita o explí­citamente, un determinado análisis de la realidad en el que se descubren las causas del mal que hay en el mundo, las causas de los sufrimientos de los pobres. De acuerdo con ese análisis, Jesús indica qué hay que hacer para superarlas y avanzar hacia la conquista de la felicidad para los seres hu­manos.

Una de esas causas es, según el evangelio, la relación de poder y sometimiento que, al organizar la convivencia, los hombres hemos establecido entre nosotros: unos mandan, otros obedecen; unos dominan, la mayoría es dominada; unos pocos pueden, de hecho, no sólo de derecho, ser libres; los más, de una u otra manera, esclavos… «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan y que sus grandes les imponen su autoridad.» Y como el obedecer, el ser dominado y el vivir como esclavo no hace feliz a nadie, todos buscan el modo de salir de esa situación haciéndose obedecer, dominando y esclavizando a cuantos sea posible. De esa manera, la historia de cada persona se convierte en un permanente y desesperado intento por sobrevivir bajo el peso de la opresión o en la lucha por el poder, disputándoselo al que lo tiene o al que lo busca. Este análisis, evidente en tiempos de Jesús, sigue siendo válido hoy incluso en las socie­dades democráticas, en las que el ejercicio del poder es teóri­camente controlado por los ciudadanos; pues, prescindiendo de que ese control sea o no realmente eficaz, precisamente estas sociedades democráticas esclavizan y dominan política, militar o, con más frecuencia, económicamente a los pueblos más pobres.

NO HA DE SER ASÍ

Se le acercaron los dos hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda el día de tu gloria. Jesús les replicó: -No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de pasar el trago que yo voy a pasar o de dejaros sumergir por las aguas que me van a sumergir a mí?

Los discípulos de Jesús, como hemos visto en domingos anteriores, también son esclavos de la ideología que impone el poder. Dos de ellos pretenden obtener su parte de felicidad. Ellos pensaban todavía que Jesús sería un día rey de Israel. Y le piden los dos cargos más importantes de su reino. Natu­ralmente, sus compañeros se irritan: todos querían los dos mejores puestos.

Jesús está dispuesto a hacer cualquier cosa por los suyos, hasta dar la vida. Pero pedirle a Jesús el poder o que conceda a alguno de sus seguidores algún privilegio sobre los demás es no saber qué se está pidiendo. Equivale a pedirle que no sea fiel a su mensaje, que trunque el proyecto que ha venido a poner en marcha.

Jesús no se limita a decirles que él no va a ser rey político de Israel. Ya les ha anunciado por tres veces que su camino pasa, si, por Jerusalén; pero que lo que allí encontrará será el conflicto, la persecución y la muerte a manos de las auto­ridades políticas y religiosas de su país. Jesús va más allá y ofrece a todos una enseñanza fundamental acerca de cómo deben organizarse sus seguidores: el modelo de convivencia que se estructura alrededor del poder y de la imposición de la autoridad no es válido para sus seguidores: «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan y que sus grandes les imponen su autoridad. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro… » No es ya el abuso, sino el uso del poder, lo que excluye el evangelio en las relaciones entre los cristianos. El poder y la autoridad han de ser susti­tuidos por otros valores: la igualdad y el servicio: «Al contra­rio, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, ha de ser siervo de todos.» Y esto del servicio tiene que ser un hecho, no un título honorífico más.

A DERECHA E IZQUIERDA

Porque ni Jesús ni el Padre van a conceder honores a los suyos. Cuando pase el trago que ha de pasar y sea sumergido en las aguas que han de sumergirlo, en el momento en el que se coloque sobre él el título de rey, cuando en la cruz lleve hasta el final su servicio por el rescate y la liberación de todos, en ese momento, a su derecha y a su izquierda, habrá sólo dos ladrones, compañía que servirá a los dirigentes para seguir engañando al pueblo, confundiendo a Jesús con un delincuen­te más. Pero ninguno de los doce, ninguno de los que preten­dían conseguir tal colocación, estaba allí en aquel momento. De entre sus seguidores, sólo algunas mujeres, ¡precisamente mujeres!, se habían atrevido a llegarse por allí, observando lo que sucedía desde lejos…

No podemos escamotear este mensaje a la humanidad; la Iglesia no puede, de ninguna manera, esconder a los hombres que Dios nos quiere iguales, hermanos. Y para ello la Iglesia tiene que eliminar de su interior todo rastro de poder, todo rastro de dominio y, en consecuencia, todo lo que pueda parecerse, aunque sea de lejos, a la relación de amo y esclavo, de jefe y súbdito. El respeto a los derechos humanos en su interior, la igualdad de todos sus miembros -incluídas, claro está, las mujeres-, aunque los carismas sean distintos, y el estar dispuestos a pasar el trago de ser considerados reos de muerte por nuestro compromiso personal y colectivo, con la liberación de todos los hombres sometidos, son exigencias del mensaje de Jesús de Nazaret.

III

vv. 35-37: Se le acercaron los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dije­ron: «Maestro, queremos que lo que te pidamos lo hagas por nosotros». El les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Le contestaron ellos: «Concé­denos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda el día de tu gloria».

No hay reacción explícita de los Doce al anuncio de Jesús, pero, por la escena que sigue, queda patente que les ha resbalado. De hecho, como después del segundo anuncio de la muerte (9,31), se manifiesta también ahora la ambición del grupo (cf. 9,34). Santiago y Juan, «los Truenos» (= los autoritarios, 3,17), sin darse por enterados del anuncio anterior, esperan que Jesús ocupará el trono de Israel (el día de tu gloria) y, adelan­tándose al resto del grupo, solicitan para ellos los primeros puestos en el reino que imaginan.

v. 38:  Jesús les replicó: «No sabéis lo que pedís; ¿sois capaces de pasar el trago que yo voy a pasar, o de dejaros sumergir por las aguas que me van a sumergir a mi?»

Jesús les reprocha su ignorancia, que nace de la resistencia a aceptar sus palabras (no sabéis los que pedís), y les propone otro programa: aceptar una muerte como la suya (cf. 8,34), expresada con dos figuras; pasar el trago (lit. «beber la copa»), que subraya el aspecto de voluntariedad (acti­vo: «entregarse», cf. 4,29), y ser sumergido por las aguas (lit. «ser bautiza­do / sumergido»), que pone de relieve el de inevitabilidad (pasivo: «ser entregado», cf, 10,34).

vv. 39-40: Le contestaron: «Sí lo somos». Jesús les dijo: «El trago que voy a pasar yo, lo pasaréis, y las aguas que me van a sumergir a mi os sumergirán a vosotros; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no está en mi mano con­cederlo más que a aquellos para quienes están preparados».

Será la cruz el lugar donde se proclame la realeza de Jesús (15,26: «el rey de los judíos»), y los puestos a su derecha y a su izquierda corres­ponden a los de los crucificados con él (15,28). Jesús declara no poder asignar esos puestos más que a aquellos para quienes están preparados, es decir, a aquellos que, al llegar el momento de la prueba (8,34: «cargar con su cruz»), respondan con una entrega como la suya. Ocupar esos puestos depende no de Jesús, sino de los discípulos.

v. 41:  Al oírlo, los otros diez dieron rienda suelta a su indignación contra Santiago y Juan.

El deseo de poder y gloria de los dos hermanos hace estallar la indig­nación de los otros y causa división en el grupo (cf. 9,50); los diez, por oposición a «los dos» (35), recuerdan el cisma de las tribus (1 Re 12); la ambición de algunos rompe la unidad del nuevo Israel.

v. 42: Jesús los convocó y les dijo: «Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes les imponen su autoridad».

Jesús toma como contraste para la conducta en la comunidad a los poderes paganos absolutos (los jefes de las naciones las dominan); implícitamente está poniendo en paralelo con éstos el ideal mesiánico de los dis­cípulos. Los regímenes paganos institucionalizan la absoluta desigual­dad entre los hombres, estableciendo una clase dominante (sus grandes). Conforme a las expectativas judías, los discípulos conciben un Mesías autoritario y exigente, tan pernicioso para el hombre como las regímenes paganos que tanto desprecian. La esencia del poder dominador es la misma en todos los casos.

v. 43:  «No ha de ser así entre vosotros; al contrario, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro»…

Jesús pone de relieve el contraste de la nueva comunidad humana (el reino de Dios) con esa organización social. Excluye terminantemente todo dominio de unos sobre otros: la grandeza no consiste en pertenecer a una clase dominante, sino que se basa en el servicio; la ambición (el que quiera ser grande) no tiene más ámbito que ése (ha de ser servidor vuestro, cf. 9,35); tal debe ser la actitud de todos y cada uno dentro de la comuni­dad, actitud que, por ser de todos para con todos, crea la igualdad.

v. 44: … «y el que quiera ser primero ha de ser siervo de todos»…

La denominación siervo/esclavo de todos (primera vez en Mc) alude a la situación de la humanidad pagana, donde la sociedad legitimaba la esclavitud (cf. 5,2-20; 7,24-31), y designa a los seguidores de Jesús en cuanto se ponen voluntariamente junto a los que sufren la opresión de los gobernantes (42: «las dominan, les hacen sentir su autoridad»); la denominación implica, pues, la misión entre los paganos y la solidaridad con los oprimidos de todos los pueblos.

Jesús caracteriza, por tanto, a sus seguidores como los que, dentro de la comunidad, son «servidores» (gr. diákonos, el que sirve por amor) y, respecto a la humanidad, «siervos», termino explícitamente opuesto a toda concepción pagana de dominio y poder.

v. 45:  … «porque tampoco el Hijo del hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar la vida en rescate por todos».

Jesús da la razón de lo anterior (porque). La denominación «el Hijo del hombre» presenta a Jesús como modelo de la plenitud humana a la que sus seguidores deben aspirar. En su comunidad, Jesús, el Hombre pleno, no va a ser, como los dominadores de la tierra y los grandes del mundo, un dueño que reclama superioridad y exige servicio; al contra­rio, va a prestar servicio a los suyos. Y el servicio del Hijo del hombre, el Hombre pleno, se refiere siempre al crecimiento, a la madurez y pleni­tud humana de todos.

IV

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El escrito a los Hebreos nos insiste en un tema que con frecuencia se nos refunde en la memoria: la mediación de Jesús para comprender el designio de Dios. Si prescindimos de él, de lo que él hizo y de lo que él significa para nosotros, estaremos vaciando al cristianismo de su esencia.

Lucas evangelista –el gran cronista de la iglesia primitiva cuya memoria como santo celebramos precisamente hoy- nos ha dejado una obra en dos tomos, de singular belleza y valor. En su evangelio toma el esquema empleado por los de Marcos y Mateo, pero remonta la primera etapa de la Pascua para descubrirnos cómo el Espíritu se cierne sobre su nueva creación y suscita un dinamismo profético que constituye, congrega y envía al nuevo Pueblo de Dios. El evangelista es consciente de la imperiosa necesidad de recuperar la memoria de las acciones, palabras y trayectoria de Jesús. Las jóvenes generaciones se sentían tentadas por un Jesús que se reducía a una idea, o a una propuesta simpática, pero, aunque esto era un buen comienzo, hacía necesario ir a la verdadera fuente de esa historia, que era la vida misma de Jesús en su célebre camino de Galilea a Jerusalén.

Precisamente una de las enseñanzas de Jesús fue su certera capacidad para develar las ambiciones de poder que se ocultaban en las intenciones aparentemente más buenas, como la de marchar con él hacia su destino. Jesús tiene esa gran capacidad de confrontar a todas las personas, y en el contraluz poner en evidencia todas esas piruetas que hace la conciencia para evadir la voluntad de Dios y dejarse arrastrar por los seudo-valores de la cultura vigente que conducen a la búsqueda desaforada del poder.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades muy católicas, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano casi tradicional, que ya desapareció. ¿Se dejó de hacer… simplemente por pereza, o por descuido? Hoy, que ya tenemos una amplia perspectiva, nos parece que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización» de la sociedad. Hay algo más: también hay razones que se refieren a las mismas «Misiones».

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado profundamente. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo» estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha evolucionado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico», y, a la vez, una cierta ley de «psicología evolutiva» humana les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando niños, comenzamos a conocer la realidad a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, e igual que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta «el planeta Tierra», eran el centro del mundo y hasta del cosmos. Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se dan cuenta de que no son el centro, sino de que hay otros centros, y son capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo la realidad.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente «toda» su historia, los varios (aunque pocos) milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal decisiva que le solemos dar, tal vez necesite una reevaluación más ponderada. El pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa hacia las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar.

Buen día hoy para presentar estos desafíos y para profundizarlos en la homilía, en la reunión de la comunidad, en el grupo de estudio, o en el aula con mis alumnos si soy profesor. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también nuestra visión personal en estos temas: hay muchas lecturas (véase, por ejemplo, en la RELaT -servicioskoinonia.org/relat- no pocos artículos sobre el tema: en el menú desplegable «selección por materias», escoger «Teología sistemática – Diálogo de religiones – Pluralismo religioso» y pulsar en «ir»).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 94, «A la derecha y a la izquierda», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1400094 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap94b.mp3

Para la revisión de vida

¿Cómo me siento afectado por una sociedad en la que se valora ante todo la imagen, el prestigio, el ser una persona “exitosa”, “bien colocada”, con dinero y con poder…? ¿Permanezco firme -junto al Evangelio- en mi valoración de que el servicio es realmente el valor verdadero, el que da sentido a nuestra vida?

Para la reunión de grupo

Si para Freud el placer sexual era la tentación más fuerte, para Adler, otro gran psicoanalista, la más fuerte pulsión humana es la voluntad de poder. Jesús, en el Evangelio, parecería, desde luego, más partidario de Adler que de Freud, porque en absoluto pareció estar obsesionado por la sexualidad, como todavía hoy -dicen muchos- una cierta Iglesia parece estar obsesionada. ¿Por qué la moral cristiana se ha desarrollado mucho menos en el campo de la obligación del servicio y respecto a la pecaminosidad de la búsqueda del poder, que en campo del control de la sexualidad? ¿Qué tiene eso de evangélico?

Hoy es el día de «las misiones»… ¿Qué nos evoca la palabra? ¿Pueden seguir siendo las misiones lo que fueron? ¿En qué sentido ha cambiado “la misión”? ¿Qué condiciones tendría que seguir hoy la misión, en este nuevo mundo que ha tomado conciencia de una pluralidad religiosa insuperable? ¿Se trata de ir a convertir a los demás a nuestra propia religión? ¿Por qué?

Hacer un elenco de realidades humanas y sociales en las que observamos el apego al poder, la búsqueda del mismo… También en la Iglesia.

Para la oración de los fieles

Por los que rigen los gobiernos de nuestros países, en esta época de la que se dice que es de “corrupción a todos los niveles”; para que la participación ciudadana presione adecuadamente para conseguir la superación de la situación actual, roguemos al Señor.

Para que en la comunidad cristiana y en la Iglesia como tal no se repita el caso de los hijos de Zebedeo, para quienes su madre buscaba los puestos de poder…

Para que los cristianos colaboremos a articular una nueva forma de organización mundial de las naciones, de forma que el gobierno del mundo -que actualmente está en manos de las grandes transnacionales del poder y del dinero- pase a estar en manos de la sociedad civil participativa…

Por todas las Eucaristías que celebramos, para que sean verdaderamente la cena del Señor, y no rito vacío, adorno de festividades o rito cumplido por obligación…

Por esta comunidad nuestra, para que, a ejemplo de Jesús, sepamos partirnos y repartirnos entre cuantos nos rodean y pasan necesidad…

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro, que en Jesús has desplegado para nosotros el prototipo de lo que es una existencia humana totalmente volcada al servicio, incluso anónimo y desinteresado. Te pedimos que nuestro ser cristianos nos lleve a imitar a Jesús profundamente en esta actitud fundamental. Por Jesucrito tu Hijo nuestro Señor.

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