Así nació la Compañía de Jesús (1)


Del Memorial de Pedro Fabro

La Compañía brotó de una amistad.

Yo, Pedro Fabro, doy muy de continuo gracias a Dios por la Compañía de Jesús, pues nunca podré pagar lo que a ella le debo, sin mérito alguno de mi parte. Si no lo hiciera pecaría de ingratitud muy crecida. Por eso el agradecimiento se me torna recuerdo muy saboreado y gustoso de lo que en ella he vivido, y así me es de mucho contentamiento el escribir este memorial de cómo fue su comienzo, pues que fui de los primeros de esta congregación.

Y, lo primero sea el deciros que veo muy claramente que la Compañía es toda obra solamente de Dios. ¿Cómo, si no, se entiende que, para fundamento y principio de ella, escogiese Nuestro Señor a Ignacio, un soldado desgarrado y vano, que sólo buscaba en la vida renombre y fama, muy vencido de sus instintos, agresivo, pendenciero y pretencioso, y en el servicio de Nuestro Señor muy flojo y a la fuerza? ¿De qué manera sedujo su corazón para que hiciese de Jesucristo el destino único de su vida y su única tarea? ¿Cómo pudo nacer, conservarse y crecer la Compañía, si en sus comienzos y luego y siempre, estuvo tan sujeta a juicios, persecuciones y maledicencias, sino al amparo y cuidado de Nuestro Señor?

Nuestro Señor conducía a Ignacio a donde él no sabía, y le hacia ver y vivir en sí mismo lo que sería el modo de ser y de hacer de la Compañía. Él seguía al Espíritu, sin nunca adelantarse. Por eso tengo yo por muy cierto que la Compañía es un trasunto de lo que le hizo Dios conocer y experimentar a Ignacio, y de las maneras con que le guiaba, tal y
como las escribió para todos en los Ejercicios Espirituales.

Todo el intento primero de Ignacio, cuando se volvió a Dios, fue de ir a Jerusalén y vivir allí como Jesús, que era su vida. No pudo ser el quedarse allí y, a su vuelta, queriendo ser sacerdote por ayudar a las ánimas, tuvo que hacerse estudiante tardío y fue esto en Barcelona, Alcalá de Henares y París.

En París, por ventura, fue el primer anticipo de lo que la Compañía sería con el paso del tiempo y la mano de Dios. Entonces fue sólo la amistad de tres estudiantes del Colegio de Santa Bárbara, de la Sorbona. Éramos éstos, Francisco de Javier, entonces de 23 años, y yo de su misma edad, cuando llegó Ignacio ya de 38. Compartimos estudios, habitación, mesa y bolsa. El mismo Ignacio, pues que el amor de Dios le rebosaba, tocó fondo en nosotros y llegó a nuestra intimidad más honda, donde somos de verdad nosotros, sin disfraz ni trampa.

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