Así nació la Compañía de Jesús (2)


A mí me libró de la tiniebla y ansiedad en que vivía, perdido, con muchas dudas sobre qué hacer con mi vida y a qué dedicarla, a más de una carga de escrúpulos y tentaciones molestas, y me guió a la paz de Dios y a ver ya clara mi vocación en la vida. De Javier, pasta en aquellos tiempos muy difícil de moldear, muy dado a juergas y francachelas, y cuya única pretensión era asegurarse un futuro brillante y buenas prebendas, consiguió, por la gracia de Dios, un entusiasta y muy ardiente amigo de Nuestro Señor, como se vio luego en la India y toda el Asia.

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El medio que utilizó Ignacio con nosotros, como solía con todos, fue el de los Ejercicios Espirituales que, por si no lo sabéis, es una manera de ponerse transparentes y cara a cara con Dios, para escucharle y dejarse guiar por él. No se trata en ellos de forcejeos voluntaristas, tan inútiles, ni de coacciones externas, sino dejarle a Dios ser Dios en nosotros y que Jesús se nos comunique y se nos dé a conocer personalmente.

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Así los tres llegamos a ser no sólo compañeros de estudio, sino amigos en el Señor, puesto que era Él quien nos unía en verdad.

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Poco a poco se nos fueron juntando otros al grupo: Diego Laínez y Alfonso Salmerón , Nicolás de Bobadilla , todos españoles, y Simón Rodríguez, portugués. Sin saberlo antes los unos otros, habíamos decidido todos, libre y espontáneamente, entregarnos totalmente al servicio de Nuestro Señor, y que la persona de Jesús fuese nuestro único oficio y beneficio y el porqué y para qué de nuestra vida.

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Por eso a lo que teníamos especial inclinación, para cuando acabásemos los estudios, era de pasar a Jerusalén y allí predicar, si posible fuere, a los infieles, o morir por la fe de Jesucristo entre ellos. Si por acaso al cabo de un año de espera en Venecia no hubiese travesía, votamos de presentarnos al Papa, como Vicario de Cristo, para que su Santidad nos enviase donde pensase que sería Dios más servido. Y la causa por la que nos sujetamos a su juicio y voluntad era el saber que él tiene mayor conocimiento de lo que conviene a la entera cristiandad.

El 15 de agosto de 1534, yo mismo, como único sacerdote entonces del grupo, celebré la Eucaristía, con grande consolación y la de todos, en la que nos comprometimos con votos a seguir a Jesucristo, pobres, castos, predicadores en Jerusalén, servidores de la Iglesia. Fue en Montmartre de París, en la ermita de san Dionisio, donde Nuestro Señor sembró con esto la semilla de lo que sería la Compañía, en la que aún no pensábamos ni por acaso. Jesús nos mantenía en paz, concordia y grande amor y comunicación de todas nuestras cosas. Y así llegamos a ser diez, contando con Claudio Jayo, Pascasio Broet y Juan Codure, todos, aunque de diferentes naciones y condición, de un mismo corazón y voluntad.

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