Trigésimo domingo de tiempo ordinario


EXISTE LA LUZ

Como si se tratase de un demonio, la gente comenzó a increpar al ciego para que se callase. Su grito de auxilio, dirigido al Maestro nazareno, podía detener la marcha de Jesús hacia Jerusalén. La gente andaba impaciente por ver qué pasarla en la capital; esperaban con ansiedad el enfrentamiento de Jesús con las autoridades, su alianza con el pueblo para derrocar la potencia militar ocupante y barrer, de una vez para siempre, la corrompida jerarquía sacerdotal del templo jerosolimitano. Poco podía ayudar a esta causa el hecho de que un pobre ciego recuperase la vista.

Bartimeo (= el hijo del honrado) no hacía honor a su nombre. Estaba en las afueras de Jericó, una ciudad-oasis emergida en medio de un árido desierto. Sus ojos no podían gozar de tanto derroche de vegetación, del milagro de una naturaleza exuberante. La ceguera le había llevado a la marginación y a la deshonra: además de “ciego”, era “mendigo” y, por si esto fuera poco, “estaba sentado a la vera del camino”, dato este cargado de simbolismo: en la mesa de la vida y de la sociedad no había sitio para él.

La ceguera era considerada en tiempos de Jesús un castigo de Dios por los pecados propios, o de los padres, si ésta era de nacimiento.

“Al oir que era Jesús Nazareno” quien pasaba, “empezó a gritar: Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten compasión de mí”.

Aquel ciego había aprendido mucho de la vida. Sabía que nadie lo sacaría del estado de postración en que se hallaba, a no ser que él mismo, luchando contra viento y marea, se lo propusiera. Ciego como era, quiso poner remedio a su ceguera con el único medio de que disponía: la voz, hasta el extremo de que nadie pudiera apagarla. ¡Ay, si tomáramos conciencia de lo mucho que puede hacerse con la voz…!

“Jesús se detuvo”. Para el Maestro nazareno, que prestaba especial atención a los marginados de la tierra, detenerse era sumamente importante; nunca pasaba de largo ante el grito del dolor o del sufrimiento, no podía soportar la injusticia de un sistema social y religioso que marginaba -hoy también- a los más necesitados de amparo y protección.

“Jesús se detuvo y dijo: Llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole: Animo, levántate, que te llama. Echó a un lado el manto, dio un salto y se acercó a Jesús”. El manto simboliza en el Antiguo Oriente el espíritu o estilo de vida de la persona. El ciego va a cambiar de estilo de vida, dejará de estar “a la vera del camino” para seguir a Jesús hasta Jerusalén, se hará discípulo del Maestro, idea que se expresa con “echar a un lado el manto”.

“Jesús le dijo: ¿Qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: Maestro, que vea otra vez. Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha curado. Al momento recobró la vista y lo siguió por el camino”. Aquel camino lo llevaría seguramente a dar la vida, como el Maestro, por la liberación de los oprimidos.

Para eso había venido Jesús. En palabras del profeta Isaías: “Para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,1-2). Liberación que no se impone, ni se regala. Liberación que hay que conseguir a base de gritar como el ciego, sacando fuerzas de flaqueza, con la firme confianza de que es posible salir de la opresión, a pesar de que la gente se oponga. No permanezcamos más tiempo ciegos. Existe la luz.

II

CIEGA AMBICION DEL PODER

Los hechos son evidentes por sí mismos, no necesitan demostra­ción. El evangelio, Jesús, permite verlos con más nitidez, especial mente para saber si son o no favorables al hombre. Pero hay que dejar que Jesús nos cure la ceguera, la ciega ambición de poder, que, quizá sin culpa nuestra, a veces no nos permite ver.

JUNTO AL CAMINO…

Cuando salía de Jericó con sus discípulos y una considerable multitud de gente, el hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna.

Jesús comparó en una parábola las distintas actitudes con que una persona puede escuchar la palabra de Dios con otras tantas clases de tierra, peor o mejor preparadas para recibir la semilla. Una de aquellas clases de tierra era la que está en el extremo de la parcela, junto al camino. Esta parábola la interpreta Jesús mismo para sus discípulos y, al hacerlo, les explica que «los de junto al camino» son «aquellos donde se siembra el mensaje, pero en cuanto lo escuchan llega Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos». Satanás, el enemigo del hombre en toda la literatura bíblica, representa en los evangelios la ideología y la ambición de poder que, cuando se apodera de una persona, impide que la palabra de Jesús penetre y sea aceptada por ella.

En el evangelio de hoy, esa clase de personas, «los de junto al camino», está simbolizada en un ciego, «sentado junto al camino». Más concretamente: el ciego representa a Santiago y Juan y al resto de los discípulos, que, como mos­traba el evangelio del domingo pasado, están dominados por la ambición de poder y no aceptan el camino de Jesús. Ellos están con Jesús, lo acompañan adondequiera que va, pero no lo siguen, no lo entienden. En realidad, son discípulos de otro Mesías, el Apreciado (eso es lo que significa «Timeo»; «Bartimeo» significa hijo, partidario, discípulo de Timeo), el Mesías de las tradiciones de su pueblo, el que -ya lo veíamos el domingo pasado- debía, según ellos, triunfar un día en Jerusalén y de cuyo triunfo esperaban participar.

«¿QUE QUIERES QUE HAGA POR TÍ?»

Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: -Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí… Entonces Jesús te preguntó: -¿Qué quieres que haga por ti?

Con el relato del ciego Bartimeo, el evangelista, Marcos, explica a las comunidades cristianas para las que él escribe qué se puede hacer para salir de esa situación, indicando cuál fue la medicina que curó a los discípulos de su ambición.

A los gritos de aquel ciego, Jesús responde con la misma pregunta que había hecho a Santiago y Juan: «¿Qué quieres que haga por ti?» (véase Mc 10,36). La solución al grave problema de los discípulos, la solución a todo el que esté dominado por la ambición, es ponerse en manos de Jesús. Los discípulos no entendían a Jesús porque eran unos ambi­ciosos; no entendían que la muerte pudiera ser vencida, por­que para ellos el poder era más importante, más fuerte que el amor. Pero tienen fe en Jesús. Están de su lado, aunque todavía no hayan sido capaces de separarse del todo del lado de sus enemigos. De hecho, el ciego Bartimeo, al dirigirse a Jesús, lo llama «Hijo de David», esto es, le da el título del Mesías tradicional, que equivale al de «el Apreciado»; al mis­mo tiempo, lo llama Jesús, el nombre que le da Marcos en el título mismo del evangelio, en donde también lo llama «Hijo de Dios» (Mc 1,1). El evangelista describe así la lucha interior de los discípulos, que, atados todavía a sus tradiciones, están descubriendo que la salvación que Dios ofrece a la humanidad sólo se obtiene por medio de Jesús (= salvador).

TU FE TE HA SALVADO

El ciego le contestó: -Rabbuni, que recobre la vista.  Jesús le dijo: -Vete, tu fe te ha salvado. Inmediatamente recobró la vista y lo seguía en el camino.

Esa lucha interior les hace tomar conciencia de que están ciegos, de que necesitan curación y de que el único que puede sanarlos es Jesús. Cuando le pidan ayuda –”Rabbuni, que recobre la vista”-, volverán a ver. Y estarán entonces capa­citados para seguir a Jesús en su camino.

La insistencia de los evangelistas en esta cuestión indica que el deseo de dominar a los demás era una tentación no superada entre los primeros cristianos. Y esa insistencia no está de más en el momento presente de la historia de la Iglesia. Porque es cierto que en la Iglesia hay servicios diversos y que uno de ellos es el del gobierno (distinto, por cierto, del carisma del apostolado, según dice Pablo en 1 Cor 12,28; Ef 4,11. Pero también es cierto que, en determinados momentos de la historia de la Iglesia, el ejercicio del gobierno de la comunidad cristiana se ha confundido con el ejercicio del poder mundano; y todavía quedan restos de esa confusión.

Así, por ejemplo, dejar sin trabajo a un teólogo sin dar a la comunidad ninguna explicación y sin darle al interesado opción alguna para que se defienda, ese modo de actuar, en cuanto hecho objetivo, y sin pretender juzgar la subjetividad de nadie, se parece más al de los jefes de las naciones, que imponen su autoridad a los pueblos, que al del Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida por la liberación de todos. Y el lugar secundario que ocupa la mujer en la Iglesia; y el condenar la violencia de los pobres y callar ante la violencia de algunos ricos… Pero a todo esto se puede encontrar solución si, de una vez por todas, nos ponemos en las manos de Jesús, si de una vez por todas lo aceptamos a él como único cimiento de nuestra fe, si dejamos que nos abra los ojos y, viendo ya claro, ponemos nuestra fidelidad y nuestra fe en Jesús por encima de toda otra fe y de cualquier otra fidelidad.

III

v. 46:  Cuando salía de Jericó con sus discípulos y una considerable multi­tud, el hijo de Timeo, Bartimeo, ciego, estaba sentado junto al camino pidiendo limosna.

Con la salida de Jericó, donde Jesús no ha ejercido actividad alguna, empieza el último tramo de la subida a Jerusalén. Jesús va acompañado del grupo de discípulos, pero se ha añadido una gran multitud: la subida de Jesús a Jerusalén despierta una gran expectativa. Aparece un ciego: es de nuevo figura de los discípulos / los Doce, que no comprenden el mesianismo de Jesús ni su entrega (10,38.45).

El ciego no tiene nombre propio, se le designa solamente como el hijo de Timeo (= el Honrado, Apreciado); el sentido de la expresión es «el dis­cípulo (hijo) del Apreciado», que designa al Mesías hijo de David, en oposición a Jesús, el «despreciado» en su tierra (6,4). Está sentado, inmó­vil, junto al camino, el lugar donde cae el mensaje y no da fruto, porque Satanás lo arrebata (4,15); el agente enemigo o Satanás es figura de la ideología de poder, en este caso la que es propia del mesianismo davídi­co; teniendo esa concepción del Mesías, también los discípulos aspiran al poder y rivalizan por obtenerlo; es esto lo que les impide percibir el mensaje que Jesús les ha expuesto abiertamente sobre el destino del Hijo del hombre.

El ciego está mendigando, es decir, no es autónomo ni vive por sus propios medios, está a merced de la ayuda que otros quieran prestarle. Se describe así la falta de desarrollo humano de los Doce, a causa de la ideología que cierra su horizonte (ciego) y de su dependencia (mendigo) del judaísmo que la propone.

vv. 47-48: Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos le conminaban a que guardase silencio, pero él gritaba mas y mas: «Hijo de David, ten compasión de mí».

Los presentes en la escena llaman a Jesús el Nazareno, como lo hizo el poseído de la sinagoga (1,23), y con el mismo sentido: Nazaret pertene­cía al sector fuertemente nacionalista de Galilea: atribuyen a Jesús ese espíritu y esperan una actuación violenta suya en Jerusalén (cf. 1,9.24). Tal es el ambiente que rodea a Jesús. Aparece así el motivo por el que la multitud lo acompaña.

La índole de la ceguera está formulada por el ciego mismo en su ape­lación Hijo de David, Jesús, donde antepone el título al nombre propio: el objeto de su adhesión es el hijo 1 sucesor de David, el segundo David, modelo de rey guerrero y triunfador, que ve encarnado en Jesús. Y la segunda vez que apela a él lo llama simplemente Hijo de David (cf. 12, 35-37), acentuando el modo como concibe el mesianismo de Jesús. El ideal de líder reformista y nacionalista, que los Doce proyectan en Jesús, es el que los ciega. La gente lo ha expresado antes con el apelativo «el Nazareno».

En paralelo con el padre del chiquillo epiléptico (9,24), el ciego mues­tra al mismo tiempo fe y falta de fe y pide la ayuda de Jesús (ten compa­sión de mí; 9,24: «ayúdanos»). Esta petición necesitaban los discípulos para librarse de la idea mesiánica que les impedía el seguimiento y la misión, según les había dicho Jesús (9,29). La mayoría quiere impedírse­lo (muchos le intimaban a que guardase silencio), es decir, quieren que no recurran a Jesús, sino que se mantengan en su ideología mesiánica, que es el motivo que los impulsa a subir con Jesús a Jerusalén.

vv. 49-50: Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego diciéndole: «Animo, levántate, que te llama». El tiró a un lado el manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús.

Jesús atiende inmediatamente la súplica del ciego y, por medio de los presentes, lo llama. El gesto del ciego: tiró a un lado el manto, es revelador, si se tiene en cuenta que el manto es figura de la persona misma; el ciego deja a un lado, de algún modo, su vida o su persona. De hecho, con este gesto indica el evangelista que el ciego / discípulos cumple ahora las con­diciones del seguimiento: renuncia a la ambición de poder («renegar de sí mismo») y acepta la condena de la sociedad («cargar con su cruz»), dispuesto, en el caso extremo, a dar la vida (8,34). Por eso puede acer­carse a Jesús (ha adoptado su misma actitud) y, más tarde, podrá se­guirlo (52).

v. 51  Entonces Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: «Rabbuni, que recobre la vista».

La pregunta de Jesús: ¿Qué quieres que haga por ti?, es la misma que hizo a los Zebedeos (10,36); Mc muestra así de nuevo que el ciego repre­senta a los discípulos. El ciego sabe lo que quiere: recobrar la vista. Ya no llama a Jesús «Hijo de David», lo llama Rabbuni («mi Señor»), título que se daba a Dios mismo: ha reconocido en Jesús al Hombre-Dios, al Mesías Hijo de Dios (1,1).

v. 52 Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». Inmediatamente recobró la vista y lo seguía en el camino.

Las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado, son las que dijo a la mujer con flujos (5,34) y señalan la comunicación del Espíritu, respuesta de Jesús a la adhesión que le ha manifestado el ciego y a su compromiso. Ahora el ciego 1 discípulos acepta el mesianismo de Jesús (recobró la vista), «está con Jesús» (3,14) y puede empezar a seguirlo. Ya no se que­dará inmóvil «junto al camino» (46), se pone en movimiento en el camino (8,27; 9,33b.34), detrás de Jesús.

Ese seguimiento, sin embargo, se frustrará, porque, cuando vuelva a presentarse la tentación del nacionalismo, los discípulos no la superarán. El mensaje no echa raíces en ellos (4,17).

IV

El libro de Jeremías nos muestra un aspecto de la manifestación de Dios al que no estamos acostumbrados: la ternura. Dios nos ama sin importar si vamos por la vida como ciegos o cojos, es decir, si a duras penas podemos caminar o si apenas vemos o presentimos por dónde vamos. Dios nos ama, así estemos en un estado de vulnerabilidad o debilidad absoluta, como lo puede estar una mujer encinta o una madre que recién ha alumbrado a su hija. Dios nos ama incluso si hemos huido de él y nos hayamos refugiado en el último confín de la tierra. Y la razón de ese amor no es otra que la de sentirnos hijos suyos, la de habernos engendrado por su amor, la de hacernos partícipes de su reino. Una de las insistencias de Jesús era la de vivir la experiencia amorosa de Dios como la esencia sobre la que se funda y funde nuestra vida; y no porque ello estuviera a tono con la sensibilidad religiosa de su tiempo.

El salmo empalma bien con la primera lectura y nos muestra cómo la magnificencia de Dios consiste en el rescate y redención de su pueblo. La experiencia del exilio ya no es la de vivir en un país extranjero, sino la de sentir que ningún lugar del mundo es extraño al proyecto transformador de Dios.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, afianza y confirma esa dimensión del poder de Dios manifestado como compasión y misericordia. Jesús consagra nuestra vida a Dios por medio de su vida y su Palabra. El redime nuestras faltas y nos encamina por una experiencia en la que convertimos en fortalezas nuestras infaltables debilidades humanas. El nos ofrece un camino de redención que supera el puro precepto religioso, la simple justificación sentimental o un vacío racionalismo abstracto. Dios es el que llama, y nosotros somos quienes podemos responderle. Ya no queremos un gurú o un experto en religión, sino un hermano o una hermana que camine con nosotros y nos ayude a realizar esa vocación por la cual nos hemos hecho cristianos.

El evangelio de Marcos narra la curación del ciego Bartimeo, el último “milagro” de Jesús narrado por Marcos. Tradicionalmente este pasaje se ha incluido en el género “milagro”, pero si se lo examina bien, carece de algunos elementos típicos de este género, como por ejemplo el gesto de curación o la palabra sanadora. Estamos, más bien, ante un relato, basado tal vez en un hecho histórico, que acentúa, sobre todo, la importancia de la fe como fundamento del discipulado.

El relato, dentro de su sobriedad, está cargado de detalles. Marcos nos indica el lugar donde sucede este episodio: a la salida de Jericó, la ciudad de las palmeras en medio del desierto de Judá, la puerta de entrada en la tierra prometida (cf Dt 32, 49; 34,1), paso obligado para los peregrinos que venían de Galilea, por el camino del Jordán, a Jerusalén, ciudad de la que dista algo más de 30 kilómetros. La Jericó del tiempo de Jesús estaba situada al suroeste de la mencionada en el AT. Había surgido en torno a la lujosa residencia invernal construida por Herodes. Hay, además, una alusión explícita -aunque suene un tanto genérica- al nombre del ciego: Bartimeo, el hijo de Timeo. Mateo y Lucas no mencionan este detalle. Junto con el de Jairo es el único nombre propio que aparece en Marcos antes de iniciar el relato de la pasión. Algunos piensan que esto es debido al hecho de que probablemente este hombre formó parte de la comunidad cristiana palestinense.

El protagonista es un hombre ciego, doblemente pobre, por tanto. Lv 19,14, Dt 27,18, Is 59,9 son textos que nos ayudan a comprender la situación de los ciegos en Israel. La liturgia ha establecido un nexo entre este evangelio y la primera lectura de Jeremías porque en ambos casos se habla de un acontecimiento gozoso para los ciegos.

El diálogo comienza con una petición de Bartimeo, de hondo trasfondo veterotestamentario (cf Os 6,6), y que la liturgia eucarística ha incorporado en el acto penitencial: “Ten compasión de mí”. La petición va precedida por el título mesiánico de hijo de David. Esta es la única vez que aparece este título en el evangelio. Posteriormente el ciego le llamará “rabbuni” (término que solemos traducir por “maestro” y que el original de Marcos no traduce). La gente lo manda callar para que no moleste. Este mandato no tiene nada que ver con el “secreto mesiánico” tan típico de Marcos, ya que aquí quien manda callar no es Jesús sino la gente. Cuando el ciego se entera de que Jesús lo llama, “soltó el manto” y se acercó a Jesús. Este detalle aparece también en 2 Re 7,15. Es una manera de indicar la excitación que produce un acontecimiento. El diálogo posterior se narra de una manera esquemática: pregunta (¿Qué quieres que haga por ti?), petición (“Maestro, que pueda ver”) y respuesta (“Anda, tu fe te ha curado”). Como ya se indicó antes, faltan el gesto y las palabras de la curación. El acento recae en la fuerza de la fe. Esta es la que permite pasar de la tiniebla a la luz, del borde del camino al interior del camino, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de quien sigue a Jesús hasta el final.

Hoy se habla mucho de las terapias sanadoras a través de la medicina natural, de las técnicas psicológicas, de las tradiciones budistas, de los flujos de energía… y de los problemas sicosomáticos, que se curan de un modo también psico-somático. Los milagros se desnudan y se nos hacen mucho más explicables, mucho más del día a dia. La vida está llena de «milagros» para quien sabe llevarla. La «inteligencia emocional» (cfr. Daniel Goleman), la «inteligencia ecológica» (del mismo autor), la «inteligencia espiritual» (cfr. Danah Zohar), el holismo, la sinergia… nos trasladan a un «realismo mágico» nada inaccesible. Los milagros de nuestra fe no tienen por qué ser milagros “metafísicos”, “estrictamente sobrenaturales”… Al menos, los de Jesús de Nazaret parece que no lo fueron, y los nuestros de hoy día tampoco tienen por qué serlo. Tal vez se trate de «educar los ojos» con esa inteligencia emocional, ecológica, espiritual… en todo caso, no en la visión lineal en la que nos educaron en el viejo paradigma…

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús».

Para la revisión de vida

¿En qué sentido puedo o debo decir yo también, como el ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver”…? ¿Qué necesidades fundamentales de mi vida podría expresar en mí esa oración? Voy a hacer esa oración en ese sentido, en profundidad…

Para la reunión de grupo

¿Cuáles son hoy las mediaciones a través de las cuales «Dios nos llama»? ¿Qué acontecimientos transparentan hoy para nosotros la presencia del misterio y de lo sagrado?

¿Cuáles son hoy nuestros gritos? ¿Demandamos misericordia o nos contentamos con luchar por una mejor calidad de vida?

Para la oración de los fieles

Para que la luz de la verdad abra los ojos de todos los seres humanos y les ayude a caminar sin tropiezo por el camino de la vida, roguemos al Señor.

Por todos los invidentes, para que se puedan integrar a la sociedad con respeto a sus derechos y sin ser relegados a puestos marginales…

Para que todos los catequistas sepan unir a una buena preparación para ejercer su ministerio el testimonio de su propia vida…

Para que cuantos viven sumidos en la duda, el temor o la intranquilidad se encuentren con Dios vivo y alcancen la luz y la paz que buscan y necesitan….

Por cuantos buscan un mundo más justo y en paz, para que encuentren la recompensa a sus trabajos y desvelos…

Oración comunitaria

Dios, Padre de bondad, que nos has creado para caminar, para salir al encuentro de los demás y de ti, y que abres para ello ante nosotros el camino que debemos recorrer. Te pedimos ilumines nuestros ojos para que podamos caminar sin tropiezo y ayudar a caminar a los demás. Por Jesucristo N.S.

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