La limosna de la viuda


limosnaEn tiempos de Jesús, Jerusalén era un centro de mendicidad. Como se consideraba especialmente grato a Dios el dar limosna en Jerusalén, esto fomentaba aún más el número de mendigos. Los limosneros se concentraban especialmente cerca del templo, donde muchos de ellos no podían entrar si padecían alguna de las muchas enfermedades que se consideraban impedimento para estar en presencia de Dios: leprosos, tullidos, enfermos mentales, etc.
Para la piedad judía la limosna era un acto muy importante. Jesús no se opuso a la limosna. Al contrario, en varias ocasiones habla de vender las propias riquezas para dar el dinero a los pobres (Lc. 12, 12,33). Lo que critica Jesús es la actitud de aquellos que dan limosna para ser vistos o para encubrir la injusticia con que tratan a sus trabajadores. En todo el mundo antiguo la limosna y la beneficencia con los pobres eran una forma de favorecer la igualdad entre los hombres. En la actualidad, en un mundo tan complejo económicamente como el que vivimos, la limosna, la beneficencia, las “ayuda para el desarrollo” pueden ser una hermosa tapadera de las injusticias, que no se quieren resolver nunca de raíz. Cuando la limosna sustituye a la justicia debe ser rechazada. Cuando la limosna impide al que la recibe crecer como ser humano, no es cristiana. La ayuda benéfica siempre será necesaria en momentos de emergencia, pero si no se ataca la causa de las injusticias estructu-rales que son la razón de que haya pobres, esta “cari-dad” no hace otra cosa que perpetuar la pobreza. Una limosna así no puede ser, por tanto, querida por Dios.
Junto al atrio de las mujeres estaba el llamado “tesoro” del templo, en el que los israelitas entrega-ban ofrendas para el culto. En la fachada exterior del atrio había 13 cepillos de madera en forma de trompetas, para recoger las ofrendas obligatorias y las voluntarias. Entre las obligatorias estaba el diezmo que pagaba anualmente al templo todo israelita varón mayor de veinte años. En tiempos de Jesús eran dos dracmas (dos denarios, es decir, el jornal de dos días). Había otros dineros también obligatorios que debían ofrendarse para el culto: incienso, oro, plata, tórtolas, etc. Las limosnas voluntarias eran de muy diversa clase: por expiación de una falta, por purificaciones, etc. En las fiestas había mayores aglomeraciones en el tesoro, pues gentes de todo el país acudían a cumplir su deber religioso de sostener el culto.
El tesoro del templo tuvo siempre fama de lujoso y opulento. Los poderosos del país dejaban allí riquezas de valor incalculable en objetos preciosos y también en dinero. El tesoro hacía también para ellos las funciones de un banco. Muchas familias depositaban allí sus bienes, sobre todo de la aristocra-cia y las de los sacerdotes. Esto hacía del templo la institución financiera más importante del país. El edificio reflejaba riqueza y poder. Por cualquier entrada había que atravesar portones recubiertos de oro y plata. Todo esto da su exacto valor al elogio que hace Jesús de la ofrenda de la viuda. Lo que ella echó en el tesoro fueron unos céntimos que no alcanzaban ni para pagar el pan necesario para como un día. Al engrandecer la generosidad de la viuda, Jesús, fiel a la tradición profética, esta denunciando el lujo de la llamada casa de Dios y, más todavía, la seguridad con la que los ricos piensan comprar con dinero la benevo-lencia del Señor (Jer. 7, 1-11).
Al verdadero Dios no se le agrada con plata. El templo de Dios es el hombre (1 Cor. 3,16). Y la mejor tradición de la Iglesia fue siempre crítica ante las riquezas de los templos: “La Iglesia no es un museo de oro y plata… ¿Quieren de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consientan que esté desnudo. No le honren (en el templo) con vestidos de seda y fuera le dejen perecer de frío y desnudez…” (S. Juan Crisóstomo)
(Cfr. Un tal Jesús. José y María López Vigil pg 382-383)

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