Comentarios trigésimo tercer domingo


EL FIN DE ESTE MUNDO
Leo en el Evangelio de Marcos: “Pero en aquellos días, después de aquella
angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del
cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir a este Hombre sobre las nubes,
con gran fuerza y majestad, y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los
cuatro vientos, de horizonte a horizonte…”
Los predicadores de turno, interpretando este párrafo al pie de la letra, nos
asustaban con esa catástrofe a la que está abocado nuestro universo en su recta final. El
mismo Dios, que lo había creado y que parecía estar orgulloso de su obra, parecería
haber cambiado de opinión, pues estaría decidido -tal vez debido al pecado del hombrea
acabar con el sistema que él mismo inventó. Dios haría al final algo nuevo y mejor…
Pero no terminaban ahí los comentarios. Porque eso nuevo que Dios iba a hacer era
enviar a su Hijo entre las nubes del cielo, con ángeles a son de trompeta, con el fin de
convocar a todas las naciones para un ajuste de cuentas: un juicio de venganza para los
malos y un premio de vida eterna para los buenos.
Y me digo yo: ¿de dónde se habrán sacado los predicadores todo este discurso?
Porque me da la impresión de que, en este párrafo, no se habla ni del fin del mundo ni
del juicio final. De nada de eso. Y por supuesto que nada se dice ahí de que todo nuestro
mundo creado por Dios – con su sol, luna y estrellas- vaya a venirse por tierra, pues
esto, si llega algún día, será por otras razones distintas a las aquí expuestas.
A mi juicio -y tras un estudio lento y minucioso del extraño lenguaje de esta
página evangélica – hay que dar otra explicación:
Vivimos en un mundo que no funciona. La injusticia, la guerra, la división, la
persecución de todos aquellos que luchan por la verdad y la justicia, la opresión cada día
mayor de los oprimidos, la división en el seno de la familia, las luchas fratricidas, la
droga, el alcoholismo, la marginación, el paro, el hambre y un largo etcétera de tristes
realidades son el pan amargo nuestro de cada día. (Con bellas palabras Marcos describe
en el capítulo 13 de su Evangelio el mundo de entonces, muy similar al nuestro). El
mundo no funciona, ni hoy ni ayer. Y ante tanta tragedia es necesario soñar y esperar
que es posible un cambio al que solamente llegaremos con la propia resistencia, lucha y
unión de todos: “Quien resista hasta el final, se salvará”.
El Evangelio anima a seguir luchando a los cristianos, inmersos en este mundo
de desgracias y sombras. Y como la realidad era tan dura -hoy también- recurre a la
poesía, a la hipérbole, citando frases e imágenes de los profetas-poetas Isaías, Daniel y
Zacarías, y recomponiéndolas para hacer un canto a la esperanza: el día en que venga el
Hijo del Hombre para reunir a los elegidos, a todos aquellos que lucharon por la causa
de un mundo distinto, los cimientos del orbe, de este sistema mundano se conmoverán…
Nada se dice aquí de que Jesús venga a castigar a los malos: vendrá a reunir a todos los
elegidos dispersos por el mundo. Aquél será un gran día.
Mejor dicho, fue un gran día. Porque el Hijo del Hombre ya vino, y ya comenzó
a reunir a los hijos dispersos de Dios. Por llevar adelante su tarea los hombres lo
mataron, pero Dios -así lo creemos- lo resucitó. Aquel día comenzó el fin de este mundo
que aú85no ha llegado a su fin; porque este mundo, con su egoísta funcionamiento, fue
sentenciado a muerte cuando Jesús se manifestó con poder y majestad en el trono de la
cruz, invitándonos a seguir en la brecha para poner fin a un mundo que conduce a la
muerte. El fin del mundo ha comenzado ya. La luz del amor de Jesús -allí donde brillahace
oscurecer las tinieblas de todos esos soles y astros, -el dinero, el capital, el poder,
los honores…- en torno a los que gira nuestro universo mundo.
II
EL PADRE NO ES UN DIOS DE TIRANOS
Desde que los faraones se declaraban hijos de los dioses o los emperadores
romanos exigían que sus súbditos les rindieran adoración hasta los emperadores y los
dictadores de este siglo, todos los poderosos han justificado su poder en nombre de
Dios; algunos incluso en nombre del Dios de Jesús, a pesar de que Jesús dejó
claramente establecido que su Padre no es un Dios de tiranos
“DESPUES DE AQUELLA ANGUSTIA…”
Jesús acababa de anunciar que el templo de Jerusalén sería destruido (Mc 13,1-
2). Ante este anuncio, los discípulos interpretan que, como había sucedido en otras
ocasiones, también a este próximo desastre seguiría una acción salvadora de Dios para
realizar la restauración, ahora definitiva, del reino de Israel, y preguntan a Jesús que
cuándo sucederán esas cosas y con qué señal anunciará Dios su intervención salvadora
en favor de la nación judía (Mc 13,3-4). La respuesta de Jesús, de la que forma parte el
evangelio de hoy, es doble: por un lado, les dice que Dios no va a intervenir para salvar
a la nación israelita y que, por tanto, no habrá señal ninguna que la anuncie (Mc 13,5-
8.14-23); por otro, les comunica que con el desastre de la religión judía comenzará una
nueva etapa de la historia, un proceso de liberación abierto a toda la humanidad (Mc
13,24-27). La ruina del templo no pertenece al plan de Dios, sino que es efecto de la
infidelidad de Israel; esta infidelidad -que ha llegado al colmo cuando los dirigentes y la
mayor parte del pueblo han rechazado a Jesús- ha hecho ineficaz la fuerza salvadora de
la antigua alianza, que por eso deja ya de tener vigencia; su ruina será un momento de
gran angustia, pero éste no será el final, sino el comienzo de los dolores de parto que
preceden al alumbramiento de una nueva humanidad; el nacimiento y la maduración de
ese mundo nuevo serán consecuencia del anuncio de la Buena Noticia, que tiene que
proclamarse a todas las naciones (Mc 13,9-13). Al momento de la ruina de Jerusalén y
al comienzo de la entrada de los pueblos paganos en el reino de Dios se refiere la
comparación de la higuera.
«…EL SOL SE OSCURECERA…»
En aquellos días, después de aquella angustia, el sol se oscurecerá y la luna no dará
su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el
cielo vacilarán, y entonces verán llegar al Hombre entre nubes con gran potencia y
gloria…
En el Antiguo Testamento, el sol y la luna representaban a las divinidades
paganas (Dt 4,19-20; 17,3; Jr 8,2; Ez 8,16); los astros y las potencias del cielo, a los
jefes de las naciones que justifican su poder en nombre de sus dioses y que se divinizan
a sí mismos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Diversos pasajes describen la caída de los
imperios usando imágenes de una catástrofe cósmica (Is 13; 34; Jr 4,20-26; Ez 32,1-8).
Con este mismo lenguaje, Jesús anuncia cuál va a ser el efecto del anuncio del evangelio
a los demás pueblos. La traducción de todo este conjunto de imágenes podría ser, en
síntesis, ésta:
Los sistemas de poder establecidos en las naciones se asientan en la opresión de
los pueblos y son justificados por las respectivas religiones paganas. Al igual que la
predicación de Jesús descubrió la corrupción del sistema judío, la predicación del
evangelio a todos los pueblos va a descubrir que esos sistemas son injustos, tiránicos y
causa de sufrimiento y de muerte; entonces las divinidades paganas aparecerán ante
quienes las veneran como dioses falsos y los poderes opresores que se apoyan en ellas
irán cayendo.
No se habla aquí de un momento final en el que toda injusticia será derrotada,
sino de un proceso que se irá repitiendo a lo largo de la historia, consecuencia del
avance de la Buena Noticia entre los hombres y los pueblos del mundo.
«…VERAN LLEGAR AL HOMBRE…»
… y entonces enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos,
del confín de la tierra al confín del cielo.
Naturalmente que los poderosos se resistirán a caer, y usarán para defenderse su
única arma: la muerte, en la que afianzan sus cimientos sus sistemas de poder. Y como
Jesús entregó su vida por manifestar a los hombres que Dios es Padre, un Dios que es
amor, que comunica vida y que quiere que todos vivamos como hermanos, habrá
muchos otros seguidores de Jesús que continuarán su tarea y que serán perseguidos a
muerte por los poderosos, a quienes la revelación de un Dios que no soporta la injusticia
y la opresión deja en evidencia; muchos de estos seguidores, fieles hasta el final,
morirán, pero su muerte no será definitiva, porque el Hombre, que posee la capacidad
de dar vida definitiva, vendrá a recoger a aquellos que vayan cayendo en la lucha por
convertir este mundo en un mundo de hermanos. Y lo que podría parecer una derrota, se
revelará como el triunfo definitivo del Hombre y de sus partidarios.
A ese momento se refiere la última frase del evangelio de hoy, frase con la que
comenzaba el evangelio del primer domingo de Adviento; así la comentábamos: «Ahora
bien: “en lo referente al día aquel o a la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del
cielo ni el hijo; únicamente el Padre”, esto es, no hay que vivir preocupados por esa
hora y ese día: de ese asunto entiende sólo el Padre, quien, llegado el momento, prestará
a sus hijos la ayuda que sea menester. El peligro es dormirse mientras tanto en los
laureles.»
Y los peores laureles en los que un seguidor de Jesús podría dormirse son los de
los tiranos, que, a pesar del evangelio, se empeñan en justificar sus tiranías por la
gracia de Dios.
III
v. 24: «Ahora bien, en aquellos días, después de aquella angustia, el sol se
oscurecerá y la luna no dará su resplandor»…
La frase introductoria marca una nueva época, con las mismas características
que el tiempo de «la angustia» (en aquellos días), pero que no se identifica con ella
(después de aquella angustia). Continúan «los dolores» del parto (13,7) de la
humanidad nueva, el proceso liberador en la historia iniciado con la caída de Jerusalén.
Es la época de la instauración del reinado de Dios en la humanidad, el período histórico
que puede llamarse escatológico o último.
Era un recurso literario frecuentemente utilizado por los profetas describir la caída de
un imperio o nación opresora, concebida como un juicio divino o una intervención de
Dios en la historia, utilizando imágenes cósmicas; así en los siguientes pasajes: Is 13,
ruina de Babilonia; Is 34, de Edom; Jr 4,20-23, del desastre que amenazaba a Judea y
Jerusalén; Ez 32,7s, de Egipto; también Jl 2,10; 3,4; 4,15; Am 8,9. Cada una de estas
descripciones indica un viraje decisivo en la historia, pero no el final de la historia
misma; en ellas, la destrucción se concibe como un juicio de Dios, pero no como un
juicio final; de hecho, la vida continúa. Como en los textos proféticos, las imágenes
cósmicas que se encuentran en este pasaje de Mc no han de ser tomadas en sentido
literal, sino figurado, y, como en ellos, no indican el fin del mundo y de la historia.
Sin embargo, a diferencia de los profetas, que usaban la imagen de la conmoción
cósmica para subrayar la gravedad de acontecimientos y desastres que afectaban a la
humanidad, en Mc los fenómenos cósmicos no aparecen como un reflejo de lo que
sucede en el mundo humano; se describen sin haber mencionado a éste, como anteriores
a las consecuencias que puedan tener. De hecho, las descripciones de los profetas están
teñidas de dolor y desgracia, mientras que en Mc la figura de un sistema cósmico que se
deshace es signo de liberación.
A la luz de los textos proféticos, el significado de estas imágenes puede
exponerse así: en el AT, los astros aparecen como objeto de culto idolátrico, y dar culto
a Yahvé o los astros establecía la distinción entre Israel y los paganos (Dt 4,19s; 17,3; 2
Re 17,16; Jr 8,2; Ez 8,16). A diferencia de la unidad anterior (14-23), donde se trataba
del mundo judío, en ésta, el sol y la luna representan a los falsos dioses: la conmoción
cósmica afecta al mundo pagano. El oscurecimiento de los astros mayores significa el
eclipse de esos dioses: los valores representados por ellos se juzgan ahora inaceptables.
v. 25: … «las estrellas irán cayendo del cielo y las potencias que están en el
cielo vacilarán».
Las estrellas o astros designan en ciertos textos del AT a los poderes políticos
opresores (cf. Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10), que se han arrogado rango divino; irán
cayendo del cielo (c£ Is 14,12) indica una serie de hechos puntuales sucesivos; la caída
de estos poderes se describe, por tanto, como un fenómeno que irá teniendo lugar
durante toda la época que sigue a la destrucción de la nación judía. Las potencias que
están en los cielos, en oposición a «vuestro Padre que está en los cielos» (11,25), son
entidades que han usurpado el lugar exclusivo del Padre. Representan fuerzas de muerte
(Dios = fuerza de vida), es decir, los poderes opresores que se arrogan rango divino y
que verán cuestionado su rango y su dominio (vacilarán) en la época posterior a la ruina
de Jerusalén.
Bajo la conmoción cósmica aparece, pues, el siguiente contenido: los valores del
paganismo se encarnan en los falsos dioses (sol y luna), que fundamentan la
divinización del poder (estrellas, potencias del cielo). El sistema ideológico-religioso
perderá crédito (oscurecimiento de sol y luna), lo que provocará la caída progresiva de
los regímenes legitimados por él.
Mc no explicita la causa de estos hechos, pero la supone. Lo mismo que la
nación e institución judías conocen su ruina por rechazar el mensaje de Jesús y dar
muerte al «Hijo» (12,6-8), haciendo culminar así su infidelidad a la alianza, también los
regímenes paganos opresores caen por rechazar el mensaje de Jesús, predicado ahora
por sus seguidores en el mundo entero (13,10), y dar muerte a los que lo proclaman. Es
la actitud ante el mensaje de Jesús en favor del hombre la que va decidiendo el curso de
la historia.
v. 26: «y entonces verán llegar al Hijo del hombre entre nubes, con gran
potencia y gloria».
Y entonces indica que la llegada del Hijo del hombre se verifica inmediatamente
después del eclipse de los falsos dioses y la caída de los poderes opresores y significa su
triunfo sobre ellos. Son éstos los que verán esa llegada y ese triunfo. Es la segunda
llegada del Hijo del hombre; la primera, que corresponde a la caída del sistema judío, es
la que anunciará Jesús en su juicio ante el sumo sacerdote y será vista por sus jueces
(14,62). Ahora bien, dado que la caída de las estrellas/poderes no indica un hecho único,
sino sucesivo en la historia, tampoco la segunda llegada será única, sino iterada: cada
caída de un poder opresor («estrellas y potencias») será un triunfo del Hombre,
percibido por los mismos opresores (14,62).
La dignidad del Hijo del hombre (el Hombre en su plenitud, incluyendo la
condición divina) va explicada por varios símbolos: entre nubes, marco que rodea su
figura, señala su verdadera condición divina, por oposición a la usurpada por los
poderes; la llegada equivale a la de Dios mismo (Sal 89/88,7; 68/67,34); la potencia es
la fuerza que da vida (12,24; 14,62); la gloria, la realeza, que es la del Padre (8,38).
Con estas imágenes afirma Mc que, a partir de la caída de Jerusalén, se irá
verificando en la historia del mundo un triunfo progresivo de lo humano (el Hijo del
hombre) sobre lo inhumano (los regímenes opresores de la humanidad).
v. 27: «y entonces enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro
vientos, del confín de la tierra al confín del cielo».
Así como la conmoción cósmica no anuncia un juicio, tampoco la llegada del
Hijo del hombre presenta rasgo alguno de violencia o castigo; su objetivo es reunir a sus
elegidos. Enviará a sus ángeles, manera de designar a sus seguidores que han llegado a
la meta (cf. 8,38): la reunión de los elegidos es la última misión de los seguidores de
Jesús; los que le ayudaron a realizar su obra le ayudan a recoger el fruto (cf. 4,29).
Como la llegada del Hijo del hombre, también esta reunión tendrá lugar cada vez que se
verifique «la caída de las estrellas». Sus elegidos (por oposición a los de la antigua
alianza, vv. 20.22) son los que, en la proclamación del mensaje, «han resistido hasta el
fin» (13,13; cf. 10,38s), la nueva humanidad, procedente del mundo entero (de los
cuatro vientos, cf. Dt 28,64; 30,4).
No se menciona la resurrección de los elegidos antes de su reunión; se habla de
ellos, sin embargo, como de hombres vivos. En contexto de mundo pagano, Jesús no
utiliza el término «resurrección», perteneciente a la cultura judía, expresa la misma
realidad afirmando simplemente la continuidad de la vida. El objetivo de la reunión es
integrar a los elegidos en la comunidad definitiva, «el fin» (13,7.13: «se salvará»), el
reino de Dios y del Hombre.
Esquematiza así Mc la dinámica de la salvación en la historia: ésta no tendrá
lugar mediante una intervención divina portentosa (contra la ideología mesiánica del
judaísmo), sino mediante la colaboración de los hombres que, siguiendo a Jesús,
proclaman la buena noticia sin arredrarse ante la persecución. La caída de los poderes,
que aparece como instantánea, es un proceso histórico que se desarrolla en el tiempo; lo
cierto es que lo que se opone al desarrollo y plenitud humanos acabará por caer.
v. 28: «De la higuera, aprended el sentido de la parábola: Cuando ya sus
ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sabéis que el verano esta cerca».
La mención de la higuera coloca al lector en la temática del templo y de su ruina
(11,13.20s: la higuera seca); se conecta así esta unidad con «la gran angustia» descrita
en la parte anterior (13,14-23). Lo que sucede con la higuera puede aclarar el sentido de
una determinada parábola, en concreto la de los viñadores homicidas, pronunciada en el
templo (12,1-9); su sentido no ha sido agotado por la predicción de la catástrofe, pues
en ella se anuncian al mismo tiempo destrucción (aspecto negativo) y paso del Reino a
otros pueblos (aspecto positivo).
El verano es la estación de la cosecha y, por tanto, de la abundancia y la alegría
(Sal 126/125,5; Is 9,2); ha de relacionarse con 4,29: «la cosecha está ahí», donde
«cosecha» es un colectivo que engloba los frutos individuales, imagen de los hombres
nuevos. La alegría connotada por «el verano» se refiere, pues, a una cosecha de
hombres, en particular paganos (Jl 4,10.13), que comenzarán a aceptar en gran número
el mensaje de Jesús. La ruina de la nación judía señalará el momento propicio para ello.
La fecundidad sigue existiendo, pero no ya en ese pueblo, cuyas instituciones no han
cumplido su cometido y están destinadas a desaparecer: el reino de Dios se ha
transferido a otros pueblos (12,9).
v. 29: «Así también vosotros: Cuando veáis que esas cosas están sucediendo,
sabed que está cerca, a las puertas».
En este contexto, la fórmula así también vosotros implica de nuevo la
incomprensión de los discípulos (cf. 7,17) y les advierte que deben aprender, como ya
han hecho otros y lo indicaba la parábola de los viñadores, que la ruina que se ha
descrito anuncia el paso del reinado de Dios a la humanidad entera. Han de pasar de una
solidaridad étnica a otra universal.
v. 30: «Os aseguro que no pasara esta generación antes que todo eso se
cumpla».
Este dicho solemne (Os aseguro) es el centro de la unidad. Esta generación es la
de Jesús, la que mantiene la esperanza de un Mesías triunfador que había de dar a Israel
la hegemonía sobre los pueblos paganos (cf. 8,12.38; 9,19); es la generación del
segundo éxodo, el del Mesías, que se comporta como la del primero (Dt 32,5.20; Sal
95/94,10); ella debía haber visto el cumplimiento de las promesas, pero rechaza la oferta
de salvación.
Todo eso, lo que se va a cumplir dentro de la misma generación, incluye tanto la
ruina de Jerusalén como la entrada de los paganos en el Reino.
v. 31: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
Este dicho lapidario confirma la certeza profética de la predicción anterior: la
promesa del Reino es más segura que la continuación del universo.
v. 32: «En cambio, en lo referente al día aquel o la hora, nadie entiende, ni
siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo, únicamente el Padre».
En contraste con el momento conocido («esta generación») expuesto en el dicho
anterior, se habla aquí de un momento desconocido. El día es el de la llegada del Hijo
del hombre en relación con la caída de un poder opresor, descrita en la unidad anterior
(13,26), y señala un acontecimiento gozoso y definitivo: la vida, más allá de la muerte,
de los que se han entregado hasta el fin por la proclamación del mensaje (13,27: reunión
de los elegidos, el Reino definitivo); la hora es la de la pasión de cada discípulo (13,11:
ayuda divina, el Espíritu), acontecimiento doloroso, pero transitorio. Los discípulos
habían preguntado por el momento de un «fin» colectivo, que iniciaría el reino
mesiánico (13,4); pero «el fin» no es único ni está ligado a la destrucción de Jerusalén;
se va verificando para cada individuo, como desenlace de su entrega personal (13,13).
Por eso no es importante conocer el momento, sino saber que está en manos «del
Padre», nombre de Dios en la comunidad cristiana, en la nueva humanidad (cf. 13,19:
«Dios», el Creador, se refiere a la humanidad entera; 13,20.22: «el Señor» Yahvé, a la
antigua alianza).
Nadie entiende: es decir, a nadie compete actuar más que al Padre, con su amor
hacia los discípulos, sus hijos (11,25); él desplegará su actividad en esos momentos
cruciales. En «la hora», dando al discípulo la ayuda del Espíritu para que tenga las
palabras adecuadas a la situación (13,11); en «el día», con la llegada del Hijo del
hombre, portador de la fuerza de vida (13,16); ésta hará que superen la muerte, y serán
reunidos en la gloriosa etapa final del Reino. Será el Padre quien reivindique al Hijo y a
los suyos ante los perseguidores (cf. 12,36).
IV
Cercanos ya al final del año litúrgico, la liturgia de hoy nos presenta a través de
la lectura del Antiguo Testamento y del evangelio, textos relativos al final de los
tiempos. En efecto, el pasaje de Daniel anuncia la intervención de Dios a favor de sus
fieles a través de Miguel, el ángel encargado de proteger a su pueblo. Estas palabras de
Daniel hay que enmarcarlas en el marco amplio de todo el libro cuyo género y estilo
corresponden a la corriente apocalíptica bastante popularizada a finales del período
veterotestamentario. Todo el libro de Daniel es un llamado a la esperanza, característica
principal de toda la literatura apocalíptica. No se trata tanto de una revelación especial
de lo que sucederá al final de los tiempos, cuanto la utilización de imágenes que invitan
a mantener viva la esperanza, a no sucumbir ante la idea de una dominación absoluta de
un determinado imperio. El texto que leemos hoy es subversivo para la época, pues
invita al rechazo del señorío absoluto de los opresores griegos de aquel entonces que a
punta de violencia se hacían ver como dueños absolutos de las personas, del tiempo y de
la historia.
Por su parte el evangelio nos presenta una mínima parte del «discurso
escatológico» según san Marcos. Un poco antes de comenzar la narración de la pasión,
muerte y resurrección de Jesús, los tres sinópticos nos presentan palabras de Jesús
cargadas de sabor escatológico.
El pasaje de hoy hay que leerlo a la luz de todo el capítulo 13. Es más, conviene
que en casa o en el grupo lo leamos completo y, de ser posible, leamos también el
discurso escatológico de Mateo y de Lucas, eso nos ayudará a ver mucho mejor las
semejanzas y las diferencias entre los tres y, por otro lado, nos facilitará una mejor
comprensión del sentido y finalidad que cada uno quiso darle a esta sección.
Tengamos en cuenta que en ningún momento hablan los evangelistas del «fin del
mundo», en sentido estricto, esa es una interpretación equivocada que no ha traído los
mejores resultados ni a la fe del creyente ni a su compromiso con el prójimo y con la
historia. No es éste, con palabras sacadas de aquí y de allá, el «fundamento» bíblico o
teológico de las «postrimerías» del hombre que nos enseñaba el «catecismo del padre
Astete», o de los «novísimos» que nos enseñaban en teología… O, por lo menos, no se
debe reducir a eso.
Jesús no predica el fin del mundo, ése no era su interés. Las imágenes de una
conmoción cósmica descrita como estrellas que caen, sol y luna que se oscurecen, etc.,
son una forma veterotestamentaria de describir la caída de algún rey o de una nación
opresora. Para los antiguos, el sol y la luna eran representaciones de divinidades
paganas (cf. Dt 4,19-20; Jr 8,2; Ez 8,16), mientras que los demás astros y lo que ellos
llamaban «potencias del cielo», representaban a los jefes que se sentían hijos de esas
divinidades y en su nombre oprimían a los pueblos, sintiéndose ellos también como
seres divinos (Is 14,12-14; 24,21; Dn 8,10). Pues bien, en línea con al Primer
Testamento, Jesús describe no tanto la caída de un imperio o cosa por el estilo, para él
lo más importante es anunciar los efectos liberadores de su evangelio; y es que el
evangelio de Jesús debe propiciar en efecto el resquebrajamiento de todos los sistemas
injustos que de uno u otro modo se van erigiendo como astros en el firmamento
humano.
Jesús es consciente y sabe que la única forma de rescatar, redireccionar el rumbo
de la historia por los horizontes queridos por el Padre y su justicia, es haciendo caer los
sistemas que a lo largo de la historia intentan suplantar el proyecto de la justicia querido
por Dios, con un proyecto propio, disfrazado de vida pero que en realidad es de muerte.
Esta tarea la debe realizar el discípulo, el que ha aceptado a Jesús y su proyecto.
Recordemos la intencionalidad teológica y catequética de Marcos: a Jesús, el Mesías
(cuyo «secreto» se mantiene a lo largo de todo el evangelio) sólo se le puede conocer
siguiéndolo; y bien, el seguimiento implica no sólo ir detrás de él, implica además,
tomar el lugar de él, asumir su propuesta como propia y luchar hasta el final por su
realización.
Discípulas y discípulos están entonces comprometidos en ese final de los
sistemas injustos cuya desaparición causa no miedo, sino alegría, aquella alegría que
sienten los oprimidos cuando son liberados. Esa debiera de ser nuestra preocupación
constante y el punto para discernir si en efecto nuestras tareas de evangelización y
nuestro compromiso con la transformación de lo injusto en relaciones de justicia está
causando de veras ese efecto que debe tener el evangelio o si simplemente estamos ahí a
merced de las corrientes del momento esperando quizás que se cumpla lo que no ni
siquiera pasó por la mente de Jesús.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 105, «Dos moneditas de
cobre», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario
pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1500105 Puede ser
escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap105b.mp3
Para la revisión de vida
¿Cuál es mi compromiso real y concreto en la transformación del orden
de cosas actual para que llegue el nuevo orden, el futuro orden, el «otro mundo
posible», el «sueño de Dios».
Para la reunión de grupo
Hacer un cuadro en el que aparezcan lo que se denomina como «discurso
escatológico» de Jesús según la versión de Mt, Mc y Lc. Establecer las semejanzas y las
diferencias. Elaborar sus propias conclusiones en orden a corregir las falsas creencias
que sobre algunas palabras de Jesús nos han metido en la cabeza.
El final de este mundo, en cuanto tal, es algo que en principio no entra en
nuestros cálculos humanos; nadie se plantea la eventualidad de que pueda acontecer
durante su propia vida. ¿Qué pueden significar, en este contexto, los relatos evangélicos
(y bíblicos en general) sobre «el fin del mundo»? ¿Bajo qué condiciones hermenéuticas
(interpretativas) pueden ser «significantes» para el hombre y la mujer actual?
En la Edad Media, y aun mucho después, y en algunos contextos culturales casi
hasta hace poco, la estrella principal del horizonte humano era la
salvación/condenación, la eternidad más allá de la muerte, el fin del mundo-global o del
mundo-personal por la muerte cósmica o personal. La sociedad y la cultura occidental
actual ignora positivamente estas dimensiones. ¿Qué hacer para hablar de ellas:
repetición, reinterpretación, resignificación, abandono…?
Para la oración de los fieles
Por los cristianos del mundo entero para que su esperanza en la venida de Cristo
se traduzca en un efectivo compromiso de lucha por la justicia, oremos.
Por quienes dirigen nuestras iglesias para que llenos de esperanza sepan
promover el bien entre los demás, oremos.
Por nuestros grupos y comunidades para que nuestro trabajo apostólico esté
siempre orientado a la búsqueda de una mejor calidad de vida para todos, oremos.
Por quienes no creen o no aceptan el Evangelio, para que viéndonos a nosotros
lleguen a descubrir el reino de la justicia y el amor, oremos.

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