La pasión por el Reino de Dios


Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la causa a la que Jesús dedica en adelante su tiempo, sus fuerzas y su vida entera es lo que él llama “el reino de Dios”. Es el núcleo central de su predicación, su convicción más profunda, la pasión que anima toda su actividad. Todo lo que dice y hace está al servicio del reino de Dios.
Jesús no se dedica a exponer a aquellos campesinos nuevas normas y leyes morales. Les anuncia una noticia: “Dios está aquí buscando una vida más dichosa para todos. Hemos de cambiar nuestra mirada y nuestro corazón”. Su objetivo no es proporcionar a aquellos vecinos un código moral más perfecto, sino a ayudarles a intuir cómo es y cómo actúa Dios, y cómo va a ser el mundo y la vida si todos actúan como él. Jesús habla constantemente del “reino de Dios”, pero nunca explica directamente en qué consiste. De alguna manera, aquellas gentes barruntan de qué les está hablando, pues conocen que su venida es la esperanza que sostiene al pueblo.
El reino de Dios no era una especulación de Jesús, sino un símbolo bien conocido, que recogía las aspiracio-nes y expectativas más hondas de Israel. Una esperanza que Jesús encontró en el corazón de su pueblo y que supo recrear desde su propia experiencia de Dios, dándole un horizonte nuevo y sorprendente.
La expresión literal “reino de Dios” era reciente y de uso poco frecuente. Fue Jesús quien decidió usarla de forma regular y constante. No encontró otra expresión mejor para comunicar aquello en lo que él creía.
Desde niño había aprendido a creer en Dios como creador de los cielos y de la tierra, soberano absoluto de todos los dioses y señor de todos los pueblos. Ese Dios grande es rey de Israel de una manera muy especial. El los ha sacado de la esclavitud de Egipto y los ha conducido a través del desierto hasta la tierra prometida. El pueblo lo sentía como su “liberador”, su “pastor” y su “padre” pues había experimentado su amor protector y sus cuidados. Al comienzo no le llamaban “rey”, pero cuando se estableció la monarquía en Israel se sintió la necesidad de recordar que el único rey de Israel era Dios. Por tanto, el rey que gobernara a su pueblo solo podía hacerlo en su nombre y obedeciendo a su voluntad.
Los reyes no respondieron a las esperanzas puestas en ellos. Y a pesar de la denuncia de los profetas, el favoritismo de los reyes hacia los poderosos, la explota-ción de los pobres en manos de los ricos y los abusos e injusticias de todo género llevaron a Israel al desastre. El resultado fue el destierro a Babilonia.
Para Israel fue una experiencia trágica, difícil de entender. El pueblo estaba de nuevo bajo la opresión de un rey extranjero, despojado del derecho a su tierra, sin rey, sin templo ni instituciones propias, sometido a una humillante esclavitud. ¿Dónde estaba Dios, el rey de Israel? Los profetas no cayeron en la desesperanza: Dios restauraría a aquel pueblo humillado y de nuevo lo liberaría de la esclavitud.
Jesús sorprendió a todos con esta declaración: “El reino de Dios ya ha llegado”. Su seguridad tuvo que causar verdadero impacto. Su actitud era demasiado audaz: ¿no seguía Israel dominado por los romanos? ¿No seguían los campesinos oprimidos por las clases poderosas? ¿No estaba el mundo lleno de corrupción e injusticia? Jesús, sin embargo, habla y actúa movido por una convicción sor-prendente: Dios ya está aquí, actuando de manera nueva.
No hay que pensar en una llegada visible, espectacular o cósmica del reino de Dios. Hay que aprender a captar su presencia y su señorío de otra manera, porque el “reino de Dios ya está entre vosotros”.
No siempre se han entendido bien estas palabras. A veces se han traducido de manera errónea: “El reino de Dios está dentro de vosotros”. Desfigura el pensamiento de Jesús reduciendo el reino a algo privado y espiritual que se produce en lo íntimo de una persona cuando se abre a la acción de Dios. Jesús no piensa en esto cuando habla a los campesinos de Galilea. Trata más bien de convencer a todos de que la llegada de Dios para imponer su justicia no es una intervención terrible y espectacular, sino una fuerza liberadoras, humilde pero eficaz, que está ahí, en medio de la vida, al alcance de todos los que la acojan con fe.
El reino de Dios que Jesús proclama responde a lo que más desean aquellos campesinos: vivir con dignidad. Todas las fuentes apuntan hacia un hecho del que es difícil dudar: Jesús se siente portador de una buena noticia y, de hecho su mensaje genera una alegría grande entre aquellos campesinos pobres y humillados, gentes sin prestigio ni seguridad material, a los que tampoco desde el templo se les ofrecía una esperanza.

Si Dios viene a “reinar”, no es para manifestar su poderío por encima de todos, sino para manifestar su bondad y hacerla efectiva. Es curioso observar cómo Jesús, que habla constantemente del “reino de Dios”, no llama a Dios “rey”, sino “padre”. Su reinado no es para imponerse a nadie por la fuerza, sino para introducir en la vida su misericordia y llenar la creación entera de su compasión.

Toda la actuación de Jesús está encaminada a generar una sociedad más saludable: su rebeldía frente a comportamientos patológicos de raíz religiosa como el legalismo, el rigorismo o el culto vacío de justicia; su esfuerzo por crear una convivencia más justa y solidaria; su ofrecimiento de perdón a gentes hundidas en la culpabilidad; su acogida a los maltratados por la vida o la sociedad; su empeño en liberar a todos del miedo y la inseguridad para vivir desde la confianza absoluta en Dios. Curar, liberar del mal, sacar del abatimiento, sanear la religión, construir una sociedad más amable, constituyen caminos para acoger y promover el reino de Dios. Son los caminos que recorrerá Jesús.
Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres. Ellos son sus preferidos. Un buen rey se debe preocupar e su protección, no porque sean mejores ciudadanos que los demás, sino simplemente porque necesitan ser protegidos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para el bien de los últimos. Esta es la fe de Jesús, su pasión y su lucha.
¿En qué se podría ir concretando el reino de Dios? Al parecer, Jesús quería ver a su pueblo restaurado y transformado según el ideal de la Alianza: un pueblo donde se pudiera decir que reinaba Dios. Jesús nunca tuvo en su mente una estrategia concreta de carácter político o religioso para ir construyendo el reino de Dios. No es posible entrar en el reino acogiendo como señor a Dios, defensor de los pobres, y seguir al mismo tiempo acumulando riqueza precisamente a costa de ellos.
Jesús no solo denuncia lo que se opone al reino de Dios. Sugiere además un estilo de vida más de acuerdo con el reino del Padre. No busca solo la conversión individual de cada persona. Habla en los pueblos y aldeas tratando de introducir un nuevo modelo de comporta-miento social que pueda llevar a todos una vida más digna y segura. Hay que superar la vieja ley del talión: Dios no puede reinar en una aldea donde los vecinos viven devolviendo mal por mal. Hay que comprender incluso al que, urgido por la necesidad, se lleva tu manto; tal vez necesitan también tu túnica. Hay que tener un corazón grande con los más pobres. Una fuente de conflictos y disputas dolorosas era el fantasma de las deudas. Jesús intenta crear un clima diferente invitando incluso al mutuo perdón y a la cancelación de las deudas… Jesús habla del reino como algo que está presente y al mismo tiempo está por llegar. Es una acción continuada del Padre que pide una acogida responsable. Jesús invita a entrar ahora mismo en el reino de Dios, pero al mismo tiempo enseña a sus discípulos a vivir gritando: “Venga a nosotros tu reino”. Ya está aquí, pero solo como una “semilla” que se está sembrando en el mundo; un día se podrá recoger la “cosecha” final.
A pesar de todas las resistencias y fracasos que se puedan producir, Dios hará realidad esa utopía tan vieja como el corazón humano: la desaparición del mal, de la injusticia y de la muerte.
(Cfr. José A. Pagola. Jesús. PPC. 88-108)

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