Comentario del primer domingo de adviento


UNA OLA DE ESPERANZA

«Aparecerán portentos en el sol, la luna y las estrellas, y en la tierra se angustiarán las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin alien­to por el miedo, pensando en lo que se le viene encima al mundo, porque hasta los astros se tambalearán…» (Lc 21, 25ss).

En clave moderna, el evangelista podría expresarse así: El arsenal de armamentos se incrementa, las diferencias socia­les aumentan, la barrera que separa a los países desarrollados de los pobres es cada día mayor, la lucha de clases arrecia. Los poderosos de este mundo nos hacen temblar de miedo. Un escalofrío recorre de continuo nuestro cuerpo ante «lo que se le viene encima a la humanidad». El alma se llena de miedo, último reducto de autodefensa que hay en el hombre. Parece como si, a marchas forzadas, nos acercáramos a ese final trá­gico del mundo, tan predicado por profetas de desgracia y lamentación, seres humanos (?) que matan la esperanza, que alimentan con su desaliento el suicidio colectivo de una huma­nidad que no se define en modo alguno por su ‘humanidad’.

Ante tan catastrófica situación, parece de ilusos soñar, creer y esperar. El cambio se presenta como imposible.

Pero el evangelista continúa: «Y entonces -precisamen­te entonces, en medio de ese caos, de donde sólo puede espe­rarse la muerte y la autodestrucción colectiva- verán a este Hombre venir en una nube -vehículo de manifestaciones di­vinas- con gran poder y majestad. Cuando empiece a suce­der esto -añade- poneos derechos y alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación.»

Sorprendente invitación a la esperanza: ni ante las catás­trofes naturales, ni ante un mundo con su sistema y organiza­ción caótica, ni ante ninguna negra realidad debe perder el cristiano su única arma: la esperanza de la liberación. La es­peranza del cristiano debe sobrenadar por encima de todas las tragedias humanas. Mientras hay vida hay esperanza, se suele decir. Incluso más allá de la muerte -afirma el evangelio- hay un reino de esperanza y de vida.

El miedo no es el camino, es un callejón sin salida. Andar agobiados no es postura ni cristiana ni humana. El cristiano debe saber interpretar los momentos más negros de la historia como signos de liberación: «Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, que se acerca vuestra libe­ración… »

Porque la liberación comienza allí donde hay una cabeza levantada que piensa que, por encima de las nubes, brilla siempre el sol; donde se entrelazan unas manos para trans­formar el mundo, donde existe un corazón capaz de amar por encima del odio, donde se contempla un horizonte que otear -lejano, pero asequible- hacia el que se puede marchar más aprisa.

Y todo eso está a nuestro alcance ahora. Ha llegado el mo­mento de levantar la cabeza y mirar al futuro. ¡Que una ola de esperanza nos invada!

 

 

II

 

BUENA NOTICIA DE LIBERACION

¿Todavía se puede hablar de liberación? Para muchos está pasa­do de moda, fuera de lugar en una sociedad moderna, y en ciertos ambientes eclesiásticos esta palabra resulta sospechosa de herejía o de algo parecido. Pero el evangelio -¿pasado de moda, rebelde?-. sigue siendo Buena Noticia de Liberación.

 

MOMENTOS DE CRISIS

Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas, y en la tierra las naciones paganas serán presa de la angustia… mientras los hombres quedarán sin aliento por la temerosa expectación de lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo vacilarán.

 

Toda situación de cambio, y más si se trata de una trans­formación importante en la organización de la sociedad huma­na, suscita muchos miedos. Los que están arriba, los que poseen el poder y el dinero, el prestigio y la fama, sienten miedo porque ven peligrar sus privilegios. Se sienten intran­quilos los que están instalados cómodamente, sin ambiciones y sin necesidades, sin problemas y sin inquietudes: temen complicarse la vida. Y hasta quienes realmente desean que las cosas cambien sienten un cierto desasosiego ante el futuro, siempre incierto. Incluso los que con su lucha son causa de esos cambios pueden sentir temor ante el peligro de perder lo que más estiman: la vida. Son momentos de crisis que, como sucede en el proceso de desarrollo del individuo, acom­pañan y preceden tanto al crecimiento y a la maduración como a la decrepitud y a la muerte.

Ante eso, el cristiano, ¿tiene algo que decir? ¿Cuál debe ser su actitud ante un mundo que cambia, especialmente cuando el cambio consiste en la caída de algún régimen tirá­nico (simbolizado en el pasaje evangélico en la vacilación de las potencias del cielo)?

 

«ALZAD LA CABEZA»

Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas… Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, porque está cerca vuestra liberación.

 

La esperanza es una de las actitudes fundamentales de la vida cristiana. La esperanza, porque es confianza en el amor del Padre, hace que los seguidores de Jesús seamos seres optimistas: no son ciertas las palabras del poeta que dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor; al contrario, el futuro ha de traer más alegría y más felicidad, porque en el futuro seguirá abriéndose paso la justicia, la paz será cada vez más estable y se irá haciendo más firme la siempre amenazada libertad. He aquí un elemento esencial de la fe cristiana: la confianza en que el mundo de los hombres camina hacia un futuro mejor -«se acerca vuestra liberación»-: la seguridad de que la derrota de la injusticia es siempre anuncio de vida, nunca de muerte definitiva.

Pero ese optimismo no es ingenuidad. El seguidor de Jesús sabe que conquistar la libertad no es tarea fácil; el proceso que lleve a la liberación de los oprimidos irá acompa­ñado de persecuciones, de conflictos, de muerte, y ser cristia­no no significa ser un masoquista que busca el sufrimiento y disfruta con el dolor; por eso también el cristiano llega a sentir miedo. Pero, precisamente porque es un hombre de esperanza, debe afrontar esos momentos de crisis y de conflic­to con la cabeza levantada, sin miedo, o venciendo al miedo si se presenta, apoyado en la confianza de que el Padre, con toda la fuerza de su amor, está comprometido en ese proceso.

 

«AHUYENTAD EL SUEÑO»

Andaos con cuidado, no se os embote la mente con el vicio, la borrachera y las preocupaciones de la vida… Ahuyentad el sueño y pedid fuerza en cada momento para escapar de todo lo que va a venir y poder manteneros de pie ante el Hombre.

 

Optimista, pero no un iluso; con los pies en el suelo. Sabiendo que el Padre de Jesús no va a solucionar los proble­mas de la tierra ni a su capricho ni sin contar con la colabo­ración de los hombres. Por eso Jesús, al mismo tiempo que anima a sus discípulos a ahuyentar el miedo, les advierte del peligro de dormirse en los laureles, de dedicarse a bien vivir o de dejarse angustiar por las luchas de la vida, actitudes distintas entre sí, pero que tienen un efecto semejante: hacer­nos olvidar que la liberación, además de ser un don gratuito de Dios, pues sin él sería imposible, es también una tarea, un compromiso, una lucha en la que es necesario que el hombre asuma su responsabilidad.

Hay quien dice que algunas teologías de la liberación se olvidan de Dios, o de la otra vida… No conozco a ningún teólogo de esta corriente que se olvide de que el hombre tiene un destino que traspasa los límites de esta vida; si lo hay, su teología es incompleta (como son incompletas las teologías que se olvidan del más acá). Pero de lo que no hay duda es de que el Padre de Jesús es un Dios liberador y de que el evangelio es buena noticia de liberación; liberación que abarca desde lo material -la liberación del hambre, de la esclavitud, de la opresión política y económica- hasta lo más espiritual -la liberación del egoísmo, de la ambición, del pecado que nos hace opresores y represores, para culminar en la liberación de lo que Pablo llama «el último enemigo» (1 Cor 15,26), la muerte.

Por eso, cualquier teología cristiana tiene que ser teología de la liberación, y cualquier compromiso cristiano tiene que ser un compromiso con la liberación. Y a la inversa: si una teología o un compromiso se olvida, pasa, de la liberación, no serán ni teología cristiana ni compromiso cristiano.

 

 

III

 

UNA SEÑAL PARA LOS CREYENTES:

TODOS LOS IMPERIOS SE TAMBALEAN Y CAEN

Los discípulos habían preguntado por la señal que daría paso a la restauración de Israel (v. 7b). Jesús les responde ahora hablándoles de ‘señales cósmicas’ -que nosotros hemos inter­pretado al pie de la letra como si se tratara de la descripción del fin del mundo en sentido figurado, como había hecho hasta ahora (v. 11). La catástrofe cósmica era símbolo de la caída de un orden social injusto (cf. Is 13,10; 34,4; Ez 32,7-8; Jl 2,10.31; 3,15), que aparece como la inauguración de un mundo distinto. La caída del régimen opresor judío, consecuencia histórica del rechazo del Mesías, vendrá seguida de la caída sucesiva de los opresores paganos. «Las potencias del cielo que vacilarán» (Lc 21,26) son los poderes divinizados cuyo prestigio se tambalea. Es el triunfo del Hombre sobre los opresores: «Entonces verán llegar al Hombre en una nube, con gran potencia y gloria» (21,27). Su gran ‘potencia’ de vida se opone a las ‘potencias’ de muerte que vacilan; su ‘gloria’ o realeza, a la realeza de los opresores que declina. Ante ese giro total de la situación, los discípulos, lejos de temer, tienen que ponerse de pie y alzar la cabeza, «porque se acerca -les dice- vuestra liberación» (21,28).

Jesús compone los primeros compases de la teología de la progresiva liberación del hombre de los poderes injustos. Es una historia lenta, llena de dolor y de malas noticias -las que nos ofrecen cada día por la radio, la televisión y en los periódicos-, pero irreversible. Es la última etapa de la evolución del hombre, el Hombre, sin más adjetivos, que ha empezado en el momento de la muerte de Jesús. La gloria de este Hombre se irradia a través de todos los portadores de paz y de buenas noticias, de todos los hombres y mujeres que trabajan para construir una sociedad más justa, que ponen sus talentos al servicio de los marginados y desamparados. Es la otra Historia, la que no consta en los libros de historia ni en los archivos de las coronas o repúblicas. Una historia que se escribe día tras día, no con letras de molde ni con eslóganes televisivos, sino con actos de servicio.

 

LA LLEGADA DEL HOMBRE

El último aviso va dirigido a nosotros: la comunidad debe mantenerse sobria y despierta. La vida disoluta y la preocupación constante por el dinero ahogan el mensaje (cf. 8,14) y no le permitiría instaurar el reinado de Dios (cf. 12,31). El aviso es muy serio: «Andaos con cuidado» (21,34a). Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (12,1), de los que causan escándalo (17,3) y de los letra­dos (20,46). La cuádruple repetición de esta advertencia muestra que el peligro es inminente. También a ellos «aquel día podría echárseles encima de improviso» (21,34b): Jesús habla del día en que el Hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los opresores. Los discípulos deben pedir fuerza para mantenerse en pie ante la llegada del Hombre y deben prepararse desafiando la persecución y la muer­te (21,35-36). Si siguen identificados con la sociedad injusta que se está desmoronando, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hombre no será para ellos señal de liberación (cf. 21,28), sino, todo lo contrario, «caerá como un lazo» sobre ellos, igual que «sobre todos los que habitan la faz de la tierra» (21,35).

 

 

IV

 

Este primer domingo de adviento sirve de puente entre el tiempo ordinario y el tiempo de adviento. El tiempo ordinario termina reflexionando sobre la segunda venida de Jesús, sobre los acontecimientos del fin de los tiempos. En esta medida el primer domingo del adviento se inaugura con el tema del final de los tiempos, y nos va a introducir en el tiempo de la espera y de la esperanza, el tiempo de adviento.

La lectura del libro de Jeremías nos sitúa en el tiempo inmediatamente posterior a la destrucción de Jerusalén en el año 587 a.C. El pueblo está desolado y empieza a tomar conciencia de su situación. Jeremías dirige su palabra profética a su pueblo para decirle que Dios no los ha abandonado, que hará regresar a los cautivos y los perdonará, se construirán de nuevo las ciudades, los campos volverán a granar y los ganados a pastar. Es esos días el Señor hará brotar en rey justo, no como los reyes que los llevaron al destierro, el cual será llamado «Dios es nuestra justicia». Vendrá un rey justo a restaurar al pueblo de Israel.

El salmo responsorial expresará que esa esperanza que leemos en la primera lectura, no quedará defraudada, pues quien espera y quien es fiel al Señor no queda defraudado. Yahvé siempre lleva al cumplimiento su palabra. Por esta razón el salmo enfatiza la idea de Jeremías, el rey de justicia que esperamos sí llegará. Ese rey esperado es para nosotros los cristianos, Jesús el señor.

El Segundo Testamento a partir de la novedad de Jesús nos introducirá en otro tipo de espera y esperanza. Supone claramente que el rey esperado del Primer Testamento es Jesús, pero abre la puerta a una espera en el esperado, hacia el final de los tiempos. Jesús vino en humildad, como el campesino de Nazaret que fue obediente al Padre, y que por esa obediencia fue muerto y resucitado. Pero al final de los tiempos, él regresará a manifestar su gloria. Por eso en la carta de los Tesalonicenses, Pablo exhorta a la comunidad a mantenerse fieles a Jesús y prepararse para esa segunda venida. El evangelio de Lucas describe de manera metafórica, los acontecimientos que precederían a esa segunda venida de Jesús. Por este acontecimiento final es que Lucas invita a los hermanos y hermanas a mantenerse fieles y vigilantes para mantenerse en pie (fieles) ante el Hijo del Hombre.

El texto del evangelio de hoy es un texto difícil: la liberación llega. En los versículos anteriores Lucas nos hablaba del asedio a Jerusalén (21,20-23). Ahora, alude a la segunda venida de Jesús: es decir a lo que llamamos la parusía. El discurso de Jesús es apocalíptico y adaptado a la cultura de su tiempo (apocalipsis no significa catástrofe, como tendemos a pensar, sino revelación), y nosotros tenemos que releer esas señales del mundo natural en el mundo de la historia, que es el lugar en que el Espíritu se manifiesta. La segunda venida del Señor revelará la historia a sí misma. La verdad que estaba oculta aparecerá a plena luz. Todos llegaremos a conocernos mejor (1Cor 13,12b).

En nosotros existe la angustia, el miedo y el espanto, no causados por “las señales en el sol, la luna y las estrellas”. Nuestras angustias e inseguridades están causadas más bien por las crisis económicas, por los conflictos sociales, por el abuso del poder, por la falta de pan y trabajo, por la frustración… de tantas estructuras injustas, que solo podrán ser removidas por el paso -del amor de Dios y su justicia- en el corazón del ser humano.

El mensaje de Jesús no nos evita los problemas y la inseguridad, pero nos enseña cómo afrontarlos. El discípulo de Jesús tiene las mismas causas de angustia que el no creyente; pero ser cristiano consiste en una actitud y en una reacción diferente: lo propio de la esperanza que mantiene nuestra fe en las promesas del Dios liberador y que nos permite descubrir el paso de ese Dios en el drama de la historia. La actitud de vigilancia a que nos lleva el adviento es estar alerta a descubrir el “Cristo que viene” en las situaciones actuales, y a afrontarlas como proceso necesario de una liberación total que pasa por la cruz.

Por eso el Evangelio nos llama a “estar alerta”, a tener el corazón libre de los vicios y de los ídolos de la vida (la conversión), para hacernos dóciles al Espíritu de Cristo que habita las situaciones que vivimos en nuestro entorno. Nos llama a “estar despiertos y orando”, porque este Espíritu se descubre con una Esperanza viva, punto de encuentro entre las promesas de la fe y los signos precarios que hoy envuelven esas promesas. La esperanza es una memoria que tiende a olvidarse, se nutre con la oración, nos adhiere a las promesas de la fe y nos inspira, cada día, la búsqueda de sus huellas en las señales del tiempo. La Esperanza cristiana se hace por nuestra entrega a trabajar para que las promesas se verifiquen en nuestras vidas.

El adviento es tiempo de preparación de espera. Jesús cumplió las promesas del Antiguo Testamento con su vida y predicación. No esperamos su nuevo nacimiento. Esperamos que el vuelva a juzgar la creación. Es ese momento el que esperamos, y para ese momento en que creemos que la justicia, que la igualdad, que la solidaridad se impondrán.

 

Para la revisión de vida

Dos esperas han marcado la historia de nuestra fe desde nuestro padre Abraham hasta nuestros días. La primera espera, la espera del AT, es la espera del Mesías, del rey que restauraría el esplendor del pueblo de Israel, una vez destruido por Asiria y Babilonia. Para que este Mesías apareciera era necesario una vida transparente, el cumplimiento de la alianza del pueblo con Yahvé, fidelidad a Dios, en último término. Esa espera llegó a su cumplimiento en Jesús de Nazaret.

La segunda espera, la espera del NT, es la espera de la parusía, del retorno del señor en gloria para reinar sobre su pueblo, cuando el sea todo en todos y en todo. Esta Parusía esta asociada a la idea del juicio universal de las naciones: El Señor vendrá a juzgar. Esa escatología inminente fue lo que en la Iglesia primitiva dio pie para enfatizar en la preparación moral para ese momento.

Nosotros hoy continuamos expectantes esperanzados esperando la Parusía. Seguimos de camino. Preguntémoslos:

En las situaciones de muerte que vive el mundo (guerras, epidemias, hambre, injusticia) ¿nos preguntamos por el sentido de la vida y de nuestra existencia?

¿Qué interpretación hacemos de estas tragedias como signos apocalípticos o como situaciones de injusticia que merecen ser rechazadas?

En mi vida personal, ¿cuál es el ideal que me anima a continuar luchando hacia el futuro?

 

Para la reunión de grupo

¿Qué signos de esperanza y de desesperanza da esta sociedad actual “realista”, sin utopías, desencantada, anestesiada por la proclamación del “final de la historia”…?

Se dice que, “con la caída del muro de Berlín, lo que se produjo en la sociedad fue el abandono de la concepción utópico-histórica de la política”; en la sociedad post-moderna ya no se toma la historia como un camino hacia la «transformación de la sociedad», ya no hay lugar para los mesianismos ni para las utopías… La sociedad se hizo “pragmática”, “realista”. La mística utópica y la esperanza apasionada de una renovación del mundo parecen cosas de otros tiempos… ¿Qué papel tendríamos los cristianos en esta época sin esperanzas mesiánicas ni liberadoras? ¿Qué sería la esperanza en un contexto sociocultural como éste? ¿Somos testigos de esperanza?

Qué pueden significar los signos apocalípticos que utiliza el evangelio (señales en el sol, la luna y los astros, rugido del mar, amenaza de la llegada imprevista…)

¿En qué sentido el fin del mundo (y/o de nuestra propia vida) es la “venida del Señor Jesús”?

 

Para la oración de los fieles

Para que las comunidades cristianas vivan intensamente el adviento como preparación a la navidad y como tiempo dedicado más intensamente a alimentar la esperanza del mundo y la propia nuestra, roguemos al Señor….

Por todos los que lloran y se desesperan ante la muerte, para que encuentren sus vidas el coraje de la esperanza…

Por todas las personas que por edad, enfermedad o cualquier otra circunstancia sienten la proximidad de su final; para que comprendan esa situación como una gracia, un don, una oportunidad para alcanzar la plenitud de sus vidas…

Por todas las otras personas, especialmente jóvenes, que viven de espaldas a la realidad de la muerte y de la finitud de nuestras vidas; para que abandonen toda enajenación y vivan todos los días conscientes de las dimensiones reales de la vida humana…

Por la esperanza de los pobres, los dos tercios del mundo, los mil millones de personas que viven con un dólar diario, los 2.600 millones de personas (el 40% de la humanidad) sin empleo (datos del Informe del PNUD 2007-2008, cap. 1); el 20% más pobre de la población mundial recibe el 1’4% del producto mundial; para que por nuestro compromiso decidido por la transformación del mundo seamos adviento, esperanza, buena noticia para estos hermanos y hermanas nuestros…

Para que los teólogos cristianos reelaboren y reformulen las verdades eternas y la fe en el más allá de la muerte con un lenguaje más adecuado al hombre y la mujer de hoy…

 

Oración comunitaria

Oh Dios, Madre y Padre, Fuerza y Origen, Fundamento misterioso del Ser, que llamas a la existencia y siembras los impulsos y los brotes, y llamas a la Esperanza. Al comenzar este nuevo Adviento acoge nuestras limitaciones y temores, y libera toda tu energía en nosotros, para que renazcamos a una esperanza nueva. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén.

 

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