El diagnóstico radical de Juan


Entre el otoño del año 27 y la primavera del 28 surge en el horizonte religioso de Palestina un profeta original e independiente que provoca un fuerte impacto en todo el pueblo. Su nombre es Juan, pero la gente le llama el “Bautizador”. Es, sin duda, el hombre que marcará como nadie la trayectoria de Jesús.
Juan era de familia sacerdotal rural. Su rudo lenguaje y las imágenes que emplea reflejan el ambiente campesino de una aldea. En algún momento, Juan rompe con el templo y con todo el sistema de ritos de purificación y perdón vinculados a él. No sabemos qué le mueve a abandonar su quehacer sacerdotal. Su comportamiento es la de un hombre arrebatado por el Espíritu. No invoca autoridad alguna para legitimar su actuación. Abandona la tierra sagrada de Israel y marcha al desierto a gritar su mensaje.
Juan no solo conoce la crisis profunda en que se encuentra el pueblo. A diferencia de otros movimientos contemporáneos, que abordan diversos aspectos, él concentra la fuerza de su mirada profética en la raíz de todo: el pecado y la rebeldía de Israel. Su diagnostico es escueto y certero: la historia del pueblo elegido ha llegado a su fracaso total. El proyecto de Dios ha quedado frustrado. La crisis actual no es una más. Es el punto final al que se ha llagado en una larga cadena de pecados. El pueblo se encuentra ahora ante la reacción definitiva de Dios. Igual que los leñadores dejan al descubierto las raíces de un árbol antes de dar los golpes decisivos para derribarlo, así está Dios con “el hacha puesta a la raíz de los arboles”.
Según el Bautista el mal lo corrompe todo. El pueblo entero está contaminado, no solo los individuos; todo Israel ha de confesar su pecado y convertirse radicalmente a Dios, si no quiere perderse sin remedio. El mismo templo está corrompido; ya no es un lugar santo; no sirve para eliminar la maldad del pueblo; son inútiles los sacrificios de expiación que allí se celebran; se requiere un rito nuevo de purificación radical, no ligado al culto del templo. La maldad alcanza incluso a la tierra en que vive Israel; también ella necesita ser purificada y habitada por un pueblo renovado; hay que marchar al desierto, fuera de la tierra prometida, para entrar de nuevo en ella como un pueblo convertido y perdonado por Dios. El pueblo necesita una purificación total para restablecer la Alianza.
Jesús queda seducido e impactado por esta visión grandiosa. Este hombre pone a Dios en el centro y en el horizonte de toda búsqueda de salvación. El templo, los sacrificios, las interpretaciones de la Ley, la pertenencia misma al pueblo escogido: todo queda relativizado. Solo una cosa es decisiva y urgente: convertirse a Dios y acoger su perdón.
Juan no pretende hundir al pueblo en la desespera-ción. Al contrario, se siente llamado a invitar a todos a marchar al desierto para vivir una conversión radical, ser purificados en las aguas del Jordán y, una vez recibido el perdón, poder ingresar de nuevo en la tierra prometida para acoger la inminente llegada de Dios.
Dando ejemplo a todos, fue el primero en marchar al desierto. Deja su pequeña aldea y se dirige hacia una región deshabitada de la cuenca oriental del Jordán. El lugar queda en la región de Perea, a las puertas de la tierra prometida, pero fuera de ella. La elección era intencionada.
Juan comienza a vivir allí como un “hombre del desierto”. Lleva como vestido un manto de pelo de camello con un cinturón de cuero y se alimenta de langostas y miel silvestre. Es el estilo de vida de un hombre que se alimenta de los productos espontáneos de una tierra no cultivada. Juan quiera recordar al pueblo la vida de Israel en el desierto, antes de su ingreso en la tierra que les iba a dar Dios en heredad.
La nueva liberación de Israel se tiene que iniciar allí donde había comenzado. El Bautista llama a la gente a situarse simbólicamente en el punto de partida, antes de cruzar el rio. En este escenario evocador Juan aparece como el profeta que llama a la conversión y ofrece el bautismo para el perdón de los pecados. Los evangelistas recurren a dos textos de la tradición bíblica para presentar su figura. Juan es la voz que grita en el desierto: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos” Esta es su tarea: ayudar al pueblo a prepararle el camino a Dios, que ya llega. Es “el mensajero” que de nuevo guía a Israel por el desierto y lo vuelve a introducir en la tierra prometida.
(Cfr. José A. Pagola. Jesús. PPC. 64-67)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: