Comentarios Segunda semana de Adviento


UN MUNDO DE IGUALES

No es tarea fácil la de igualar a los humanos. Llevamos tan metido en la médula de los huesos el deseo de sobresalir, de ser más, de distinguirnos de los otros, que hasta lo más profundo de nuestro ser se resiste ante semejante empresa.

Se habla de ‘igualar’ mientras se está abajo, donde ‘igualar’ es sinónimo de subir. Menos se habla ya cuando se está arriba, donde equivale a descender para que otros suban de nivel. Para los de abajo, la lucha por un mundo igualitario es esperanzadora. Los de arriba mirarán con recelo todo programa en cuyo léxico entre este terrorífico verbo. Difícil y dura tarea. Los profetas que la tomen por bandera deberán refrendarla con sudores de sangre, encontrarán resistencia por doquier.

Que no somos iguales los humanos, o que ‘unos somos más iguales que otros’ es un axioma que no hay que demostrar.

Pero ‘igualar’ no es uniformar, no significa perder la pro­pia identidad o función para confundirse con la masa. Es, más bien, situarse en un nivel en el que haya para todos, y lo que a unos sobra remedie la carencia de los otros. Y esto no sólo en lo económico, sino en lo cultural, en tiempo, derechos, re­cursos, esperanzas de futuro… ‘Igualar’ es acortar la distancia que existe entre ricos y pobres, gobernantes y gobernados, hombre y mujer; es acabar con la dominación de unos sobre otros. Por eso sólo se puede ‘igualar’ desde una actitud de servicio incondicional. Sólo el que se hace servidor, quien se abaja y se pone a disposición del otro puede ser promotor de igualdad. Sólo renunciando a privilegios y a ‘superávit’ de cualquier tipo se puede alumbrar un mundo de iguales.

El evangelio de Jesús va por ahí. Es una ‘buena noticia’ para todos aquellos que sufren la marginación y la opresión, y teniendo derechos, como los que más, no los pueden ejer­cer. Basta con abrir la primera página de esa esperanzadora ‘buena-nueva’ para comprenderlo: «Que los valles se levan­ten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,1ss). Utopía que parece no tener lugar ni ca­bida en nuestro mundo, maravilloso quehacer para una tarea de gobierno, espléndido programa para una comunidad cris­tiana, objetivo directo de un mundo más humano.

Así gritaba Juan Bautista, el último de los profetas del Antiguo Testamento, el precursor del profeta por excelencia, Jesús de Nazaret.

Juan miraba a la ciudad y a la vida pública con sus diver­sos estamentos y estratos sociales. Desde el desierto, fuera del sistema, gritaba a todos. Su mensaje comenzó a prender en el pueblo. Proclamaba lo de siempre, aquello por lo que sus pre­decesores los profetas habían luchado, aquello que aún no se había conseguido y por lo que habían sufrido persecución hasta la muerte: «¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del justo, y a él lo habéis traicionado y asesinado vosotros ahora» (Hch 7,52). Así se expresaba Esteban ante la presen­cia de quienes terminarían matándolo a pedradas. Toda la historia de Israel, según él, estaba teñida de sangre de justos, injustamente caídos por una causa justa: la de alumbrar un mundo nuevo, allanado, igualado, hermanado. Tras la sangre derramada de Jesús de Nazaret, la del mismo Esteban estaba a punto de caer al suelo…

Para preparar la venida del ‘Justo’, y con él la del mundo venidero, los profetas invitaban a una sociedad más iguali­taria. La voz del Bautista era su más viva actualización. Tam­bién tuvo un trágico final. Pero sus palabras y su vida alientan a quienes, tras él, emprenden la noble tarea de hacer un mun­do más habitable por el camino de la igualdad.

II

DE NUEVO LA LIBERACION

No debería resultarnos extraño encontrar un anuncio de libera­ción cada vez que abramos el evangelio; el evangelio, el proyecto de Dios para la humanidad, es eso: la propuesta de un mundo de hombres que, en libertad, se quieren y, amándose, son felices. Ahora y por siempre.

EN LA HISTORIA

El año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea…, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, un mensaje divino le llegó a Juan…

No es sólo una forma erudita de empezar una historia. Lucas, al decirnos exactamente cuándo empezó Juan Bautista a preparar a la gente para recibir a Jesús, está indicando que la intervención de Dios se realiza en unas circunstancias con­cretas de la historia colectiva de la humanidad y no sólo en la conciencia individual de cada persona.

El evangelista, para fijar con precisión el momento histó­rico, presenta los tres grupos que en ese momento se reparten el poder en Palestina y que son los mismos que al final del evangelio llevarán a Jesús a la muerte.

Primero, el imperio, el poder romano, que usurpaba la soberanía de Israel, representado por el emperador Tiberio y su gobernador en Judea, Poncio Pilato, el que pronunciará contra Jesús la sentencia de muerte. Después los sucesores de Herodes el Grande, reyezuelos-títeres de los romanos, que explotaban doblemente al pueblo, una vez en su propio bene­ficio y otra para pagar el tributo de vasallaje al emperador; también Herodes, tetrarca de Galilea, intervendrá en la pasión de Jesús. Y los dirigentes religiosos, representados por Anás y Caifás, que además de usar la religión en beneficio propio, la habían puesto a los pies de los romanos, adormeciendo con ella la conciencia del pueblo; de ellos será la iniciativa de llevar a Jesús a la muerte. Todos ellos, que serán los má­ximos responsables de la muerte de Jesús, son ya los respon­sables de que la tierra que el Señor regaló a Israel se haya convertido en tierra de esclavitud para el pueblo que Dios había liberado repetidamente: de la servidumbre de Egipto y del destierro de Babilonia.

EN EL DESIERTO

…un mensaje divino le llegó a Juan en el desierto.

Fuera del control de estos poderes opresores se encuentra Juan: «en el desierto». Hablar del desierto recuerda a los israelitas las acciones del Dios liberador, especialmente la salida de Egipto; les trae a la memoria el proceso que los llevó a constituirse en un pueblo de hombres libres y el tiempo en el que sus relaciones con Dios tuvieron su mejor momento (véase, por ejemplo, Jr 31,2-3; Sal 107,1-8). Allí recibe Juan el encargo de preparar al pueblo para un nuevo éxodo, una nueva intervención liberadora del Dios de Israel.

Para explicar cuál es la misión de Juan, Lucas utiliza las mismas palabras con las que en el libro de Isaías (40,3-5) se anuncia el final del destierro de Babilonia; Juan -nos dice el evangelista de esta manera- realiza aquí la misma misión que llevó a cabo el antiguo profeta: anunciar que Dios va a intervenir de nuevo, que su intervención será nuevamente liberadora y que hay que estar preparados para beneficiarse de la acción de Dios. Y puesto que la tarea de Juan es preparar la misión de Jesús, nos da la clave fundamental para entender el resto del evangelio: la misión de Jesús consiste en realizar un nuevo éxodo, en comenzar un nuevo proceso de liberación que ya no es sólo para un pueblo, sino para toda la humanidad.

DESDE EL DESIERTO

Una voz clama desde el desierto: «Preparad el camino al Señor…»

Todo comienza, pues, en el desierto, junto al Jordán. Al atravesar el Jordán culminó el proceso de liberación que había comenzado al pasar el mar Rojo; cruzando el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida; pero ahora esa tierra, por culpa del dominio del imperio romano, de la corrupción de los reyezuelos y de la infidelidad de los sumos sacerdotes, se ha convertido en tierra de opresión. Y ahora el Jordán señala la salida -el éxodo- de la opresión y el comienzo del camino hacia una libertad definitiva.

Y desde el desierto llama Juan a la gente para que empiece a prepararse, para que empiece a ponerse bien con Dios, tomando la decisión de cambiar de vida y aceptando el perdón de Dios. Los que estén dispuestos a correr el riesgo de buscar la libertad deberán someterse a un proceso de cambio perso­nal, rompiendo con cualquier clase de responsabilidad o de complicidad con el sistema opresor, del que hay que salir para ponerse del lado de Dios. Esa ruptura la expresan los oyentes de Juan acercándose a recibir el «bautismo en señal de enmienda, para el perdón de los pecados», que proclama Juan en la «comarca lindante con el Jordán».

Reflexionar sobre estas cosas debería ser, para nosotros los cristianos, recordar los primeros pasos que nos acercaron a la fe. Pero esto, reconozcámoslo, es sólo teoría: todavía estamos dando esos primeros pasos; todavía quedan en noso­tros valles que rellenar, colinas que allanar y curvas que ende­rezar.

Hagámoslo. Dejémonos liberar y colaboremos en la libe­ración de otros. Rompamos con todo poder y toda opresión y pongámonos de la parte del Dios liberador.

III

EL COMIENZO DE LA MISION DEL BAUTISTA

MARCA LA ENCRUCIJADA DE LA HISTORIA

Los datos que enmarcan el comienzo de la misión del Bautista son todos verificables históricamente. Lucas los ha distribuido en dos series a guisa de coordenadas del poder, civil y religioso. El poder civil está estructurado a modo de pirámide: en la cúpula del poder se encuentra el emperador Tiberio, que ostenta el gobierno universal; debajo, Poncio Pilato, gobernador de la Judea; más abajo, hay una tetrarquía repartida entre Herodes, Filipo y Lisanio, quienes han debido conformarse con pequeñas parcelas de poder. El poder religioso está representado por dos personajes, emparentados entre ellos, unidos mediante una designación desconcertante, «bajo el sumo sacerdote (en sg.) Anás y Caifás»: Lucas quiere poner de relieve que Caifás, el sumo sacerdote en activo, no es sino un títere de Anás; éste, aunque había sido destituido, continúa ejerciendo el poder supremo.

En el punto de la historia universal marcado por la coexisten­cia de todos estos poderosos, «el año quince», Dios envía un mensaje a Juan, «el hijo de Zacarías», es decir, el heredero de toda la tradición religiosa de su padre, «en el desierto», pues ha roto con su tierra, la tierra prometida, que se ha convertido en tierra de opresión, a fin de que proclame un nuevo éxodo, una liberación de la esclavitud.

EL INICIO DEL MINISTERIO DE JESUS,

EL PUNTO ALFA DE LA NUEVA HUMANIDAD

A diferencia de los datos rigurosamente históricos que encua­dran el comienzo del ministerio del Bautista, los datos que des­criben la unción mesiánica de Jesús trascienden las categorías y la experiencia del hombre y no son, por consiguiente, científica­mente comprobables. Al doble «gobierno/gobernador» de Tiberio/Poncio Pilato corresponde ahora un doble «bautizarse»; a los tres «tetrarcas», tres acontecimientos relativos a la esfera divina; al «sumo sacerdote», de cariz religioso, la oración de Jesús. Ofrezco la traducción literal de este pasaje, incorporándole la nueva puntuación que justifiqué en la revista Bíblica (65/1984):

«Sucedió que,

después de bautizarse el pueblo en masa

y -habiéndose bautizado Jesús,

mientras oraba-

después que se hubiese abierto el cielo

y que hubiese bajado el Espíritu Santo sobre él

en forma corpórea como de paloma

y que se hubiese oído una voz del cielo:

«Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado”,

también él, Jesús, comenzaba como a la edad de treinta años, siendo hijo -según se creía- de José (1º), de… Josué (28º)… de David (42º)… de Abrahán (56º)… de Henoc (70º)… de Adán (76º), de Dios (77º).»

Con dos encabezamientos solemnes, uno repleto de datos históricos y el otro rebosante de rasgos metahistóricos, Lucas enmarca el que podríamos llamar punto Alfa de la historia del Hombre nuevo, momento en que Jesús inaugura el reinado de Dios entre los hombres. Juan inició su predicación dirigiendo a todo el pueblo de Israel la enmienda como respuesta a la situa­ción de opresión en que vivía el pueblo bajo el poder despótico ejercido por los gobernantes extranjeros y por sus propios diri­gentes, civiles y religiosos; Jesús ha acudido al Jordán como uno más, pero no para sellar con el bautismo de agua una actitud interior de conversión, sino para sancionar con un gesto signifi­cativo su plena disposición interior a aceptar hasta la misma muerte (sentido de la inmersión en el agua), a fin de llevar a término el encargo que le había sido confiado. Los acontecimien­tos externos que tienen lugar después de haberse bautizado, en el momento en que se puso a orar y durante la plegaria, sirven para describir la experiencia interior que acaba de tener Jesús en el momento de su unción mesiánica. A la disposición expre­sada por Jesús de entrega incondicional, corresponde por parte de Dios la donación total de su Espíritu.

La fortísima experiencia que ha tenido Jesús en su unción mesiánica se describe a base de tres imágenes, dos visuales y una auditiva. El «cielo abierto» de par en par, después de siglos en que se ha mantenido «cerrado», por haber acallado el pueblo de Israel la voz de los profetas, abre una nueva etapa en la historia, la comunicación definitiva y permanente del hombre con Dios. Se trata de una imagen visual estática. La segunda, en cambio, es dinámica: la bajada del Espíritu Santo sobre Jesús para ungirlo con la unción del rey mesiánico (Is 11,1-5), del Servidor de Dios con misión universal (42,1 -7), del Profeta-Me­sías (61,1-4). No se trata ya de una inspiración puntual, por el estilo de los profetas, sino de una unción permanente, al reposar el Espíritu «sobre él».

La forma de paloma alude al Espíritu creador de Gn 1,2; la calificación de «corpórea» subraya que se trata de una experien­cia real y tangible, aunque describa una experiencia personal. Los evangelistas suelen echar mano de imágenes y figuras exter­nas para describir experiencias interiores. La unión efectiva y permanente entre el Espíritu de Dios y el hombre Jesús cierra una etapa de la revelación (AT) y abre una nueva: la creación culmina en Jesús, el Hombre perfectamente acabado, el Hijo del hombre.

El texto de la comunicación celeste, imagen auditiva, varía según los manuscritos. La que figura en la mayoría de traduccio­nes: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto», es igual a la de Marcos. Seguimos la que se encuentra en algunos manuscritos y muchos Padres de la Iglesia latinos y griegos antiguos, inspirada en el Salmo 2,7, por considerarla propia, si bien no exclusiva de Lucas (cf. Hch 13,33; He 1,5; 5,2).

En el preciso momento en que Jesús se ha puesto a orar abriendo un diálogo permanente del hombre con Dios, éste ha derramado sobre él la plenitud de su Espíritu dándole a luz como Mesías.

IV

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.

Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (…) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.

Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9).

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 3, «Una voz en el desierto», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100003 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap03b.mp3

Para la revisión de vida

Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos… ¿Qué caminos torcidos hay en mi vida? ¿Qué es lo que El quiere que yo enderece en mi vida personal? Y, ¿sobre qué caminos torcidos de la sociedad puedo y debo influr para enderezarlos?

Para la reunión de grupo

¿Cuales son los grandes caminos torcidos hay en la sociedad de hoy, las causas más influyentes en el malestar de esta sociedad mundial conmocionada por la inseguridad, la tensión, el terrorismo?

¿Qué caminos se puede construir para la esperanza en esta sociedad? ¿Cómo enderezar caminos para que llegue más expedito el Reinado de Dios?

¿Cómo vive este tiempo inmediato a la Navidad el común del pueblo?

Se dice que “cambió el paradigma”, y “ya no es tiempo de profetismo, sino de sabiduría”, ya no es tiempo de denuncias, sino de exilio y de contemplación… ¿Estamos de acuerdo? ¿Por qué?

Comentar: la misión del Bautista como precursor de Jesús y la misión de los cristianos hoy como preparadores de los caminos de Dios en un tiempo de pluralismo religioso. ¿Qué ideas u opiniones tenemos acerca de la conversión?

Para la oración de los fieles

Para que en este tiempo de Adviento, alimentemos nuestra esperanza y la de los demás, dando testimonio concreto, con nuestro compromiso, de que el mundo puede cambiar y de que la esperanza es posible, roguemos al Señor.

Para que no nos falten profetas en este desierto en el que se dice que ya pasó la hora del profetismo y sólo es hora de “sabiduría silenciosa”…

Por todos los que tienen vocación de profecía, para que la secunden y no nos priven de ese don de Dios que a todos nos pertenece…

Por todos los que gritan y claman proféticamente: para que no se cansen, aunque se sientan “voz que clama en el desierto”…

Ante el aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, oremos por la sociedad civil, para que cada vez cale más en ella una conciencia de su obligatoriedad, su necesaria observación y cumplimiento, su mundialización…

Por el mundo entero, para que demos pasos hacia un mundo donde sean efectivos todos los derechos humanos…

Oración comunitaria

Oh Dios Padre y Madre, que hiciste a Juan Bautista preceder a tu hijo Jesús, anunciándolo y clamando por la conversión; haz que también nosotros seamos siempre “precursores” de tu Hijo, enderezadores de los caminos por los que cada día estás queriendo venir a nosotros, Él, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

Oh Dios de todos los pueblos, que has enviado a lo largo de los siglos mensajeros, profetas y precursores tuyos para todos los pueblos; te pedimos que nosotros los cristianos reconozcamos tu presencia en todos ellos, y nos alegremos de tu acción constante y callada en todos los pueblos y en todas las religiones, hasta el día en que llegue el Adviento de tu Reinado para todos los seres humanos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, nuestro hermano mayor. Amén.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: