La expectativas del Bautista


Cuando se acercó al Jordán, Jesús se encontró con un espectáculo conmovedor: gentes venidas de todas partes se hacían bautizar por Juan, confesando sus pecados e invocando el perdón de Dios. No había entre aquella muchedumbre sacerdotes del templo ni escribas de Jerusalén. La mayoría eran gentes de las aldeas; también se ven entre ellos prostitutas, recaudadores y personas de conducta sospechosa. Se respira una actitud de “conversión”. La purificación de las aguas vivas del Jordán significa el paso del desierto a la tierra que Dios les ofrece de nuevo para disfrutarla de manera más digna y justa. Allí se está formando el nuevo pueblo de la Alianza.
Juan no está pensando en una comunidad “cerrada”, como la de Qumrán; su bautismo no es un rito de iniciación para formar a un grupo de elegidos. Juan lo ofrece a todos. En el Jordán de está iniciando la “restauración” de Israel. Los bautizados vuelven a sus casas para vivir de manera nueva, como miembros de un pueblo renovado, preparado para acoger la llegada ya inminente de Dios.
Juan no se consideró nunca el Mesías de los últimos tiempos. El solo era el que iniciaba la preparación. Si visión era fascinante. Juan pensaba en un proceso dinámico con dos etapas bien diferenciadas. El primer momento sería el de la preparación. Su protagonista es el Bautista, y tendrá como escenario el desierto. Esta preparación gira en torno al bautismo en el Jordán: es el gran signo que expresa la conversión a Dios y la acogida de su perdón. Vendría enseguida una segunda etapa que tendría ya lugar dentro de la tierra prometida. No estará protagonizada por el Bautista, sino por una figura misteriosa que Juan designa como “el más fuerte”. Al bautismo de agua le sucederá “un bautismo de fuego”. Que transformará al pueblo de forma definitiva y lo conducirá a una vida plena.
¿Quién va a venir exactamente después del Bautista? Juan no habla con claridad, sin duda es el personaje central de los últimos tiempos, pero Juan no lo llama Mesías ni le da titulo alguno. Solo dice que es “el que ha de venir”, el que es “más fuerte” que él. ¿Está pensando en Dios? En la tradición biblia es muy corriente llamar a Dios “el fuerte”, además, Dios es el Juez de Israel, el único que puede juzgar a su pueblo o infundir su Espíritu sobre él. Sin embargo resulta extraño oírle decir que Dios es “más fuerte” que él o que no es digno de “desatar sus correas”. Probablemente Juan esperaba a un personaje aún por llegar, mediante el cual Dios realizaría su último designio. No tendría una idea clara de quien habría de ser, pero lo esperaba como el mediador definitivo. No vendrá ya a “preparar” el camino a Dios, como Juan. Llegará para hacer realidad su juicio y su salvación. El llevará a su desenlace el proceso iniciado por el Bautista, conduciendo a todos al destino elegido por unos y otros con su reacción ante el bautismo de Juan: el juicio o la restauración.
Es difícil saber con precisión cómo imaginaba Juan lo que iba a suceder. Lo primero en esta etapa definitiva sería, sin duda, un gran juicio purificador, el tiempo de un “bautismo de fuego”, que purificaría definitivamente al pueblo eliminando la maldad e implantando la justicia. El Bautista veía cómo se iban definiendo dos grandes grupos: los que, como Antipas y sus cortesanos no escuchaban la llamada al arrepentí-miento y los que, llegados de todas partes, habían recibido el bautismo iniciando una vida nueva. El “fuego” de Dios juzgaría definitivamente a su pueblo.
Juan utiliza imágenes agrícolas muy propias de un hombre de origen rural. Imagen violenta que si duda impactaban a los campesinos que lo escuchaban. Veía a Israel como la plantación de Dios que necesita una limpieza radical. Llega el momento de eliminar todo el boscaje inútil, talando y quemando los arboles que no dan frutos buenos. Solo permanecerá vivos y en pie los arboles fructuosos: la autentica plantación de Dios, el verdadero Israel. Juan se vale también de otra imagen. Israel es como la era de un pueblo donde hay de todo: grano, polvo y paja. Se necesita una limpieza a fondo para separar el grano y almacenarlo en el granero, y para recoger la paja y quemarla en el fuego. Con su juicio, Dios eliminará todo lo inservible y recogerá limpia su cosecha.
El gran juicio purificador desembocará en una situación nueva de paz y de vida plena. Para ello no basta el “bautismo de fuego”. Juan espera además un “bautis-mo con espíritu santo”. Israel experimentara la fuerza transformadora de Dios, la efusión vivificante de su Espíritu. El pueblo conocerá por fin una vida digna y justa en una tierra transformada. Vivirán una Alianza nueva con su Dios
(Cfr. José A. Pagola. Jesús. PPC. 71-73)

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