Pedidos en el templo


La ley de Israel obligaba a que en las tres fiestas principales del año todos “comparecieran ante Dios” en el Templo de Jerusalén. No estaban obligados los sordos, los idiotas, los niños, los homosexuales, las mujeres y los esclavos no liberados, los tullidos, los ciegos, los enfermos y los ancianos, norma que deja ver quienes eran los mas “despreciados” de aquella sociedad, indignos has de presentarse ante Dios. Las tres fiestas eran la Pascua, las primicias (Pentecostés) y la cosecha (las Tiendas). Las Pascua era la más popular de las tres. .
Los textos de la época indican que era a partir de los trece años cuando los niños varones debían ya cumplir con la obligación de peregrinar por Pascua a Jerusalén. Pero era costumbre de los israelitas del interior el llevarlos desde los doce años para que se habituaran al cumplimiento del precepto que les iba a obligar desde el año siguiente. La participación en las fiestas de Pascua con todo el pueblo era una forma de consagrar la “mayoría de edad” del muchacho.
Para las peregrinaciones se organizaban grandes caravanas formadas entre los vecinos de un mismo pueblo, los amigos, los parientes. Así se defendían de uno de los principales peligros del camino: los bandoleros. Se viajaba a pie y cuando se avistaba ya Jerusalén, los peregrinos cantaban los “salmos de las subidas” (salmos 120 al 134). Jesús, que nunca había visto la capital ni el Templo, quedaría deslumbrado por su tamaño y su esplendor. Par él sería seguramente una impresión inolvidable.
Cuando Jesús fue a Jerusalén, aún se estaba reconstruyendo el Templo, obra comenzada por el rey Herodes el grande, unos treinta años antes. Los materia-les que se emplearon eran de gran calidad: mármoles amarillos, negros y blancos, piedras talladas artística-mente por escultores geniales, maderas de cedro traídas desde el Líbano con las que se hicieron artesanados maravillosos. Materiales preciosos: oro, plata y bronce. El Templo era un edificio deslumbrante, más aún para un muchacho que venía de una minúscula aldea del campo.
En el “Santo” estaba el candelabro de oro macizo de siete brazos y la mesa donde se conservaban los panes sagrados. Separado por un doble velo de este lugar estaba el llamado “Santo de los Santos”, espacio totalmente vacío, de forma cúbica, con paredes recubiertas de oro, donde “estaba” la presencia de Dios. Era un lugar silencioso y oscuro. En él solo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez en todo el año, el Día de la Expiación, cuando se rogaba a Dios que perdonara los pecados de todo el pueblo. Para los israelitas era el lugar más sagrado de toda la tierra.
Lucas es el único que nos ha transmitido el relato de Jesús en el Templo a los doce años. El escribió su evangelio para los extranjeros, para los no judíos, hombres y mujeres con una mentalidad fuertemente influida por la cultura griega. Para estos lectores, la “sabiduría” entendida en la relación maestro-discípulos les inspiraba admiración y respeto. Lucas compuso esta narración para expresar a estos lectores en concreto que Jesús es la Sabiduría de Dios, que su misión fue enseñarnos el camino de la justicia, que él fue el Maestro por excelencia. Esto explica lo “extraordinario” que pueda tener la historia de un niño que deslumbra a viejos maestros. Lucas en su evangelio irá indicando que esta “sabiduría no debe entenderse exactamente como la entendían los griegos y que Jesús no es un “hombre sabio” según sus categorías (acumulación de cultura, alejamiento del mundo, etc.) sino que se trata de “otra sabiduría”.
En este episodio, las preguntas que hace Jesús a los sacerdotes y las respuestas que les da, no son las de “un niño prodigio”. Jesús pregunta como lo suelen hacer todos los niños del mundo: con sencillez, con picardía, con ingenuidad. Al hacerlo así, los niños siempre desarman a los adultos. Los sacerdotes aparecen dominados por la ley, el rito, la teoría. Sus palabras son huecas, están desconectadas de la vida. Ante la frescura de los argumentos de los muchachos, se enredan en un laberinto que no saben salir. Cuando la fe se expresa en palabras retorcidas y difíciles o en recetas hechas, solo es una cáscara vacía sin nada dentro. A veces se identifica “lo más profundo” con lo más difícil de entender. Lo más profundo será siempre lo que sea asequible a todos, lo que se exprese con las palabras más simples y más cercanas a la vida
(José Ignacio y María López Vígil. Un tal Jesús. 140)

La ley de Israel obligaba a que en las tres fiestas principales del año todos “comparecieran ante Dios” en el Templo de Jerusalén. No estaban obligados los sordos, los idiotas, los niños, los homosexuales, las mujeres y los esclavos no liberados, los tullidos, los ciegos, los enfermos y los ancianos, norma que deja ver quienes eran los mas “despreciados” de aquella sociedad, indignos has de presentarse ante Dios. Las tres fiestas eran la Pascua, las primicias (Pentecostés) y la cosecha (las Tiendas). Las Pascua era la más popular de las tres. .Los textos de la época indican que era a partir de los trece años cuando los niños varones debían ya cumplir con la obligación de peregrinar por Pascua a Jerusalén. Pero era costumbre de los israelitas del interior el llevarlos desde los doce años para que se habituaran al cumplimiento del precepto que les iba a obligar desde el año siguiente. La participación en las fiestas de Pascua con todo el pueblo era una forma de consagrar la “mayoría de edad” del muchacho.Para las peregrinaciones se organizaban grandes caravanas formadas entre los vecinos de un mismo pueblo, los amigos, los parientes. Así se defendían de uno de los principales peligros del camino: los bandoleros. Se viajaba a pie y cuando se avistaba ya Jerusalén, los peregrinos cantaban los “salmos de las subidas” (salmos 120 al 134). Jesús, que nunca había visto la capital ni el Templo, quedaría deslumbrado por su tamaño y su esplendor. Par él sería seguramente una impresión inolvidable.Cuando Jesús fue a Jerusalén, aún se estaba reconstruyendo el Templo, obra comenzada por el rey Herodes el grande, unos treinta años antes. Los materia-les que se emplearon eran de gran calidad: mármoles amarillos, negros y blancos, piedras talladas artística-mente por escultores geniales, maderas de cedro traídas desde el Líbano con las que se hicieron artesanados maravillosos. Materiales preciosos: oro, plata y bronce. El Templo era un edificio deslumbrante, más aún para un muchacho que venía de una minúscula aldea del campo.En el “Santo” estaba el candelabro de oro macizo de siete brazos y la mesa donde se conservaban los panes sagrados. Separado por un doble velo de este lugar estaba el llamado “Santo de los Santos”, espacio totalmente vacío, de forma cúbica, con paredes recubiertas de oro, donde “estaba” la presencia de Dios. Era un lugar silencioso y oscuro. En él solo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez en todo el año, el Día de la Expiación, cuando se rogaba a Dios que perdonara los pecados de todo el pueblo. Para los israelitas era el lugar más sagrado de toda la tierra.Lucas es el único que nos ha transmitido el relato de Jesús en el Templo a los doce años. El escribió su evangelio para los extranjeros, para los no judíos, hombres y mujeres con una mentalidad fuertemente influida por la cultura griega. Para estos lectores, la “sabiduría” entendida en la relación maestro-discípulos les inspiraba admiración y respeto. Lucas compuso esta narración para expresar a estos lectores en concreto que Jesús es la Sabiduría de Dios, que su misión fue enseñarnos el camino de la justicia, que él fue el Maestro por excelencia. Esto explica lo “extraordinario” que pueda tener la historia de un niño que deslumbra a viejos maestros. Lucas en su evangelio irá indicando que esta “sabiduría no debe entenderse exactamente como la entendían los griegos y que Jesús no es un “hombre sabio” según sus categorías (acumulación de cultura, alejamiento del mundo, etc.) sino que se trata de “otra sabiduría”.En este episodio, las preguntas que hace Jesús a los sacerdotes y las respuestas que les da, no son las de “un niño prodigio”. Jesús pregunta como lo suelen hacer todos los niños del mundo: con sencillez, con picardía, con ingenuidad. Al hacerlo así, los niños siempre desarman a los adultos. Los sacerdotes aparecen dominados por la ley, el rito, la teoría. Sus palabras son huecas, están desconectadas de la vida. Ante la frescura de los argumentos de los muchachos, se enredan en un laberinto que no saben salir. Cuando la fe se expresa en palabras retorcidas y difíciles o en recetas hechas, solo es una cáscara vacía sin nada dentro. A veces se identifica “lo más profundo” con lo más difícil de entender. Lo más profundo será siempre lo que sea asequible a todos, lo que se exprese con las palabras más simples y más cercanas a la vida

(José Ignacio y María López Vígil. Un tal Jesús. 140)

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