Los doce reyes magos


La tendencia, habitual en el pasado, a poner nombre a aquellos personajes que los evangelistas presentan de modo rigurosamente anónimo, no ha eludido hacerlo con los magos. La vaga información dada por Mateo de que “algunos magos llegaron de Oriente a Jerusalén” no pareció suficiente, hasta el punto que se quiso precisar su número, sus nombres e incluso su censo.
Se establece el número por los regalos que llevan al niño (“oro, incienso y mirra”) y queda fijado en tres.
En la antigüedad el término magos indicaba aquellos que se dedicaban a las artes ocultas, de los adivinos a los astrónomos-sacerdotes. Charlatanes y embusteros a lo más, los magos no gozaban de buena fama, hasta el punto de que esta palabra terminó por significar engañador, corruptor.
Sin embargo para Mateo, los magos, aquellos que la religión declara excluidos de la salvación, son los primeros en darse cuenta de la presencia de Dios en la humanidad y en informar de ello a los judíos que, en lugar de alegrarse, se alarman: “Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera”. Herodes convoca a los sumos sacerdotes y escribas para informarse sobre el lugar donde debía nacer el Mesías: este título revela que a quien teme Herodes, y con él toda Jerusalén, es al Mesías, el liberador de Israel.
Ahora el anuncio del nacimiento del nuevo rey alarma a Herodes y con él se amedrenta “toda Jerusalén”.
Isaías había profetizado para Jerusalén un futuro esplendoroso: “Levántate, brilla, Jerusalén que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti (Is 60,1), pero en el evangelio de Mateo Jerusalén, desde el primer momento al último, aparece envuelta en tinieblas.
Sólo después de que los magos abandonen Jerusalén, comparada en el libro del Apocalipsis con Egipto, tierra de esclavitud (Ap 11,8), vuelve a brillar la estrella para indicar hacia donde deben dirigirse: “Al ver la estrella les dio muchísima alegría” (Mt 2,10). El evangelista subraya el contraste entre el susto de Herodes (y de todo Jerusalén) y la alegría de los magos.
Cuando se manifiesta Dios, el rey y los habitantes de la Ciudad Santa temen por lo que perderán: el trono y el templo; los magos se alegran por aquello que han venido a ofrecer como regalo: “oro, incienso y mirra”.
“Al entrar en casa, vieron al niño” (Mt 2,11).
No en un palacio real, sino en una habitación común está la presencia del verdadero rey; no en el templo, sino en una casa reside el “Dios con nosotros”.
Los magos, advertidos por Dios de no volver a Herodes en Jerusalén, se vuelven a su tierra “por otro camino”.
De los establos a las estrellas
La curiosidad hacia los misteriosos magos no se ha dirigido hacia los pastores de Belén, que quedaron afortunadamente en el anonimato (Lc 2,1-20).
Si Mateo ha primado la dimensión universal poniendo como mensajeros del Señor a los magos paganos, que eran considerados los más apartados de Dios y excluidos por Israel, el evangelista Lucas pone de relieve el aspecto de los marginados dentro de la sociedad judía.
En la época de Jesús los pastores no gozaban de derechos civiles y eran tenidos por parias en la sociedad.
Pero cuando Dios encuentra a los pecadores no los aniquila con el fuego destructor: los envuelve con su amor.
No palabras de condena, sino anuncio de “una gran alegría”, el nacimiento de aquél que los librará de la marginación.
Pastores y magos que, en cuanto pecadores y paganos, no pueden acercarse al Dios del templo, tienen acceso libre a Dios en el hombre.
Aquéllos, que la religión ha recluido en las tinieblas, son los primeros en darse cuenta de la luz que brilla, mientras cuantos viven en el esplendor permanecen en las tinieblas. Desde que el mundo es mundo, Dios premia a los buenos y castiga a los malos; ¿qué novedad es esta de un Dios “bondadoso con los ingratos y malvados?” (Lc 6,35). Si Dios en lugar de castigar a los pecadores les demuestra su amor, ¡ya no hay religión!
Todos se desconciertan con esta tremenda novedad, incluso María. Pero ella no la rechaza, sino que la acoge, para continuar estando en sintonía con un Dios siempre nuevo. Y los pastores “se volvieron glorificando y alabando a Dios”: glorificar y alabar a Dios se consideraba una tarea exclusiva de los ángeles (Lc 2,13-14).
Alberto Maggi. De los establos a las estrellas
Reflexiones navideñas

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