Comentarios bíblicos Epafanía del Señor


ANOTACIONES EN TORNO AL BELEN

Un Belén de ríos de platilla, con reyes magos, camellos y dromedarios, cargados de tesoros; con pastores ingenuos y escenas costumbristas, nieve de algodón y paisajes de serrín, verde musgo y árboles y hogueras y luces interminentes de colores y villancicos y panderetas y su estrella clavada en el cielo, custodiando el portal, con José, María y Jesús, el buey y la mula… Una navidad para todos, sin aguijón ni provoca­ción, sin mensaje; navidad dulce, de turrón y mazapán, de anís y calor de hogar. Un día para unirse al año, un año para seguir como antes. Pienso que este tipo de belenes ni inquietan, ni molestan, ni invitan a la reflexión: presentan una navidad des­cafeinada.

El primer Belén no fue así. Fue un acontecimiento que gritaba – y grita- a los cuatro vientos que no había derecho a que las cosas estuvieran como estaban -estén como están-. Aquel Belén levantó la esperanza de los pobres, la persecución de los poderosos, el olvido y desinterés de los cultos.

Veamos la ganga que se le ha añadido a aquel Belén ori­ginario…

Todo comenzó en Belén (= Bet-lehem: casa del pan o casa de ‘Lahmu’, divinidad acádica), una aldea rodeada de estepas desérticas, a unos siete kilómetros de Jerusalén, la capital. Miqueas (5,1) lo había profetizado: «Pero tú, Belén de Efrata, eres la más pequeña entre las aldeas de Judá; de ti sacaré al que ha de ser jefe de Israel… » El evangelista Mateo cita esta profecía con algunas correcciones: «Y tú Belén, tierra de Judá», no «eres» ni mucho menos «la última de las aldeas de Judá». Para él, la aldea se crece por haber nacido en ella Jesús. No se fijó Dios en las murallas y palacios de Jerusalén, sino en una aldea insignificante, cuna del rey David. Dios tiene debilidad por lo que no cuenta: una aldea pequeña será el lugar elegido. Lo que allí sucedió fue como un relámpago en la oscuridad de la noche de la historia…

«El niño se llamará Jesús» (Yehoshua: Yahvé salva), nombre bastante común entre los judíos. Así se llamaba el autor del libro del Eclesiástico, y el caudillo (Jesús   Josué) que condujo al pueblo de Israel hasta la tierra prometida. Je­sús sería el Mesías, el liberador de Israel que llevaría a los suyos al país de la vida sin semilla de muerte.

«Un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre» fue la señal dada a los pastores por los ángeles. El nacimiento de Jesús no tuvo nada de extraordinario: «Estando allí, le llegó a María el tiempo del parto, dio a luz a su hijo primo­génito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por­que no encontraron sitio en la posada» (Lc 2,7). Como cual­quier mujer, con dolor y angustia, María dio a luz a su hijo. A la usanza de la época, el cuerpo tierno de aquel niño fue vendado fuertemente con jirones de tela, pues los antiguos creían que, de no hacerse así, el niño crecería deformado y sus huesos no se solidificarían. Jesús nació fuera de la aldea: «No había lugar para él en la posada.» De mayor, tampoco habría lugar para él en la ciudad. La gente dejaría solo a su liberador a la hora de la verdad, colgándolo de un madero extramuros.

Nada dicen los evangelios del día y mes del año de su na­cimiento, ni siquiera del lugar exacto: lo del portal, la cueva o la gruta no aparece en ellos; por supuesto que tampoco el buey y la mula -con función de calefacción natural de otras épocas- pertenecen al relato evangélico. La imaginación de los evangelios apócrifos o falsos adornó con detalles la sobrie­dad del texto evangélico. Desde el siglo IV, los cristianos deci­dieron celebrar el nacimiento de Jesús el día en que los roma­nos celebraban la fiesta del solsticio de invierno (24-25 de diciembre), día en que el sol alcanza, en su movimiento apa­rente, su distancia máxima de la tierra y comienza a acercarse a ella aumentando su intensidad. El dios ‘sol invicto’ recibía en aquella fecha toda clase de cultos y ofrendas. Los cristianos sustituyeron el ‘astro sol’ por el ‘sol de Justicia-Jesús’, que se acerca a los hombres. Nació así nuestra fiesta de Nochebuena y Navidad.

«Hijo de José y María.» De José sabemos que era des­cendiente, venido a menos, de la familia de David. De la fa­milia de María poco dicen los evangelios. De sus padres, Joa­quín y Ana, de su dedicación y vida desde los tres años en el templo, los evangelios apócrifos dan sobradas y fantásticas no­ticias. Estos mismos evangelios tuvieron la indelicadeza de presentar a José, el esposo de María, como hombre de avan­zada edad y barba venerable, para preservar así la virginidad de su esposa, Madre-Virgen… José y María, en todo caso, debieron de ser unos jóvenes esposos de catorce a dieciséis años de edad; unos jóvenes más entre tantas jóvenes parejas, sin especial relieve. Dios «se fija en lo débil del mundo para confundir a los fuertes…

La noticia del nacimiento se divulga. Aquella noche, el cielo se vistió de fiesta. Un ángel -Dios sabe cómo sucedió en realidad- comunicó a los «pastores» la buena noticia, y éstos corrieron al pesebre para comprobar lo anunciado. Des­pués, estando ya el niño Jesús en una casa, fue visitado por «los magos», que llegaron hasta él gracias a una «estrella» que les hizo de guía.

«Los pastores… » eran representantes natos de las clases marginadas del país, equiparados a recaudadores y publicanos, ladrones por obligación y profesión. Por ser considerados como embusteros no podían hacer de testigos en los juicios. No cobraban salario por su trabajo; recibían la manutención a cam­bio y tenían obligación de reponer las pérdidas de ganados a sus amos. El modo concreto de hacerlo era el robo. El naci­miento de Jesús se anuncia a ladrones, en primer lugar, diría­mos hoy, llevándonos las manos a la cabeza. Manías del Altí­simo, alabado sea su santo nombre…

«Unos magos de Oriente» se presentaron en Jerusalén preguntando: « ¿Dónde está el rey de los judíos que ha naci­do? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimien­to de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. A Jesús no le debía faltar la suya… Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis (¿Fue un cometa? ¿La conjun­ción de los planetas Saturno, Júpiter y Marte, que, según Keppler, tuvo lugar el 747 de la fundación de Roma?), es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe, hecho anunciado por el profeta Balaán, el de la famosa burra contestataria, en contra de la voluntad del rey Balac. Balaán era mago. En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe. Estos personajes, a más de extranjeros, ejercían una pro­fesión penalizada por la Biblia: la magia. Eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la me­dicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación (1 Sm 28,3; Dt 18,9-13; Dn 1,20; 2,2-10).

Los dos primeros y únicos grupos de personajes que desfi­laron ante Jesús, tras su nacimiento, no contaban entre los poderosos de la tierra, pues eran marginados del mismo pue­blo de Israel (pastores) o extranjeros mal vistos por la religión oficial (magos), aunque respetuosamente tratados por Herodes. Dios se fija en los que no cuentan para anunciarles la buena noticia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Pero nada de lo que sigue aparece en los evangelios. Desde el siglo II se piensa que eran tres, a juzgar por los tres regalos que le ofrecen al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte); se les bautizó en el siglo VI con el nombre de reyes: Melchor, rey de Persia; Gaspar, rey de Arabia, y Baltasar, rey de la India. Estos tres reyes se habían reunido por orden de Dios en Persia para acudir hasta Belén, guiados por la estrella (datos que ofrece el evangelio armenio de la Infancia, del s. VI). San Beda (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y Africa, los tres continentes conocidos en aquel tiempo; de ahí los distintos colores de su piel. En el siglo XII se traslada­ron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados. Para más datos, el evangelio no dice que fueran reyes ni tampoco fueron recibidos con el cere­monial real por Herodes. Fue Cesáreo de Arlés quien comen­zó a denominarlos así, basado en el salmo 71,10 e Isaías 49, 7ss. Venían de Oriente: para un israelita, Oriente puede ser todo lo que hay al otro lado del Jordán.

«Herodes el Grande.» Los poderosos de la tierra están representados por Herodes, una versión actualizada del faraón de Egipto, que quiso acabar con los primogénitos de los israe­litas cuando el pueblo era esclavo. Moisés antes, y ahora Je­sús, se libraron de la muerte. Dios andaba de por medio. Los poderosos no quieren que el pueblo alcance la libertad y aca­ban con la vida de quienes pueden concienciarlo.

Herodes, el gran rey Herodes, era famoso por su cruel­dad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aris­tóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Cinco días antes de morir mandó que asesinaran a su hijo mayor, Antípatro, y dio orden de hacer perecer, después de su muerte, a todos los ‘notables’ de Jericó para que hubiera lágrimas en sus funerales. Era consciente de que el pueblo judío no lo es­timaba demasiado como para llorarlo ese día. Lo que el evan­gelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites. Que mandó matar a los niños menores de dos años consta por el evangelio. Cuántos niños murieron (en todo caso, no más de quince, según los diferentes cálcu­los de demografía y natalidad) no lo sabemos…

Pero Dios estaba con Jesús. La orden fue burlada y el niño se libró huyendo a Egipto. Algo parecido sucedió con la orden del faraón de Egipto de matar, al nacer, a todo israelita varón (Ex 1,15-22).

«Sacerdotes y letrados.» El ala eclesiástica de la época y la cultura del momento cumplieron su papel. Dieron toda la información a Herodes para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: tal vez no sentían nece­sidad de libertador alguno. «Herodes… convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).

Después de esto ya sabemos: «José y María se fueron con el niño a Egipto.» En Egipto había comenzado la historia del pueblo de Israel. Jesús había venido para reiniciar esta his­toria. De allí, como al principio, saldría para conducir al nue­vo pueblo a la tierra prometida.

Pero sólo los pobres siguieron la convocatoria. El poder político y religioso quiso en todo momento acabar con Jesús; les resultaba incómodo y subversivo. Al final de su vida, lo consiguieron colgándolo en un patíbulo.

Veinte siglos después seguimos celebrando su nacimiento los que creemos que aún vive y siembra de ilusión y esperanza el corazón de los pobres y marginados de la tierra. Para todos ellos, Feliz Navidad.

Aquel Belén del evangelio, por lo demás, poco tiene que ver con nuestros folklóricos y pintorescos belenes…

II

SABER PARA SERVIR

Epifanía significa manifestación: Dios se ha manifestado a toda la humanidad en la persona de Jesús. Este es el mensaje central del evangelio de hoy. Y se ha manifestado para que lo que nos dice, para que lo que sabemos, no lo guardemos para nosotros, sino que lo pongamos al servicio de los demás.

ES OTRA HISTORIA

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. En esto unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

-¿Dónde está el rey de los judios que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

Si queremos entender los pasajes del evangelio que se refieren a la infancia de Jesús debemos dejar de considerarlos historia, en el sentido moderno de la palabra. Los evangelistas no pretenden contar, con pelos y señales, unos hechos que sucedieron en un lugar concreto y en una fecha precisa; lo que quieren es comunicar de parte de Dios un mensaje en el que podremos encontrar la felicidad y la salvación. Los evan­gelios son el testimonio que las primeras comunidades cristia­nas nos dejaron acerca de su fe y de lo que, como consecuencia de haber creído, cambió sus vidas. Ahora bien: como su fe no consistía en aceptar una teoría, sino en ponerse del lado del Hombre, en quien Dios quiso compartir la existencia humana, su testimonio arranca de los principales hechos -históricos, sin duda- de la vida de Jesús. Pero los evangelistas, según práctica frecuente en aquella cultura, no sienten ningún reparo en inventarse algunos relatos si les sirven para explicar mejor el mensaje que ha cambiado su propia vida y la de los demás miembros de la comunidad, mensaje que quieren pro­poner a quienes estén interesados en ese nuevo modo de creer y de vivir.

El de la adoración de los Magos -como la mayoría de los que se refieren a la infancia de Jesús- es uno de estos relatos; en él Mateo adelanta una de las enseñanzas centrales de la predicación de Jesús y que, con otro estilo, nos ofrece Pablo en el párrafo de la carta a los Efesios que se lee hoy como segunda lectura: «que los paganos, mediante el Mesías Jesús y gracias a la buena noticia, entran en la misma herencia, forman un mismo cuerpo y tienen parte en la misma prome­sa», es decir: que todo hombre, sea cual sea su origen, el color de su piel, la lengua en la que se exprese o el lado de la frontera en el que haya nacido, está llamado a incorporarse al proyecto de convertir este mundo en un mundo de herma­nos, porque Dios se ofrece para ser el Padre de todos los que como tal lo acepten. Eso es lo que nos quiere explicar Mateo con la historia de estos extranjeros -los magos vienen de Oriente- que se acercan a rendir homenaje al recién nacido: que Dios no hace diferencias entre los hombres ni por la raza, ni por la nación, ni por la cultura, ni por la religión…

TODOS ERAN INTELECTUALES, PERO…

Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera; convocaron a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta.

Los magos no eran reyes, ni funcionarios de ningún gobier­no; eran científicos, lo que hoy llamaríamos intelectuales. Se dedicaban a estudiar las estrellas, en donde los hombres siem­pre han intentado leer la historia por adelantado. Mateo dice que en las estrellas descubrieron la noticia del nacimiento de un rey, el rey de los judíos. Aunque el evangelio no lo dice expresamente, debemos suponer que en aquel nacimiento supieron ver la mano de Dios. Y se pusieron en camino -ac­tuaron en consecuencia; su ciencia, la verdad que habían descubierto, les sirvió para su vida- y se fueron a rendir homenaje y a poner al servicio de aquel rey recién nacido.

Cuando llegaron a Jerusalén fueron a preguntar al palacio real. Allí no había ninguna vida nueva -pronto se demostra­ría que aquél era un reino de muerte-. Herodes, rey ilegítimo que reinaba gracias al imperio de Roma, temiendo por su trono, convocó a los mayores expertos en las cuestiones de Dios, a los letrados y a los sumos sacerdotes, para que le aclararan qué estaba pasando.

Por supuesto que supieron darle respuesta; no eran igno­rantes, conocían al dedillo la palabra de Dios y todos los anuncios de los profetas y respondieron adecuadamente: «En Belén de Judea, así lo escribió el profeta». Lo sabían todo, pero ¿para qué les servía su ciencia?

Para ponerla al servicio de un poder tiránico y opresor al que ofrecen los datos que le permitirán atacar con todos los medios la esperanza que acaba de hacerse carne en medio de la humanidad, y como se irá viendo en el evangelio, también les servirá para conseguir y mantener sus privilegios, para engañar y explotar al pueblo al que trataban de ocultar la verdad que tan bien conocían y que tan poco les interesaba que se conociera.

Estas son dos de las principales enseñanzas del evangelio de hoy: Dios no hace distinciones entre los hombres; aunque prefiere a los pobres, todos están invitados, en Jesús, a ser sus hijos. Hay que empezar, eso sí, por ser honrados y por poner lo que sabemos al servicio no del poder o de nuestros privilegios, sino de todos los que necesitan y buscan libera­ción.

III

vv. 1-3 2 1Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén 2preguntando:

-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

3Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera;

Lugar donde nació Jesús (Belén de Judea) y datación aproximada, en tiempo del rey Herodes el Grande (c. 734 a. C.), conocido por su habilidad política, su crueldad y su despotismo; muy abierto a la cultura griega, construyó varias ciudades de tipo hele­nístico, entre ellas Sebaste y Cesarea, y además reconstruyó el templo de Jerusalén (acabado el 63/64 d. C.). Fue nombrado por Roma rey de Judea el año 40 a. C. y conquistó Jerusalén el año 37. No era judío de raza, sino de padre idumeo y, por tanto, no podía ser considerado rey legítimo de Israel. «Magos», es decir, astró­logos orientales, que mezclaban su ciencia astronómica con la pre­dicción del destino, anunciado, según ellos, en los astros. Llegan a Jerusalén, pero no preguntan por un personaje religioso, sino por «el rey de los judíos», para rendirle homenaje: rey universal.

«Preguntando»: lit. «diciendo». Así en el AT como en el NT se usa el verbo genérico « decir» para indicar tanto una afirmación como una negación o una pregunta. En las lenguas modernas se utiliza un verbo especifico, en este caso «preguntar», pues lo que los magos proponen es una pregunta.

«Hemos visto salir su estrella»: lit. «hemos visto su estrella en la salida». La palabra griega anatolê significa, sin artículo, el punto cardinal, el oriente (por donde sale el sol); con artículo, la salida misma de un astro.

Este rey que ha nacido se contrapone al reinante, Herodes. Los judíos no se han percatado del nacimiento del nuevo rey, pero sí los paganos; son éstos los que anuncian su nacimiento al pueblo de Dios. Agitación de Herodes, siempre sospechoso de posibles pre­tendientes al trono, y de la ciudad entera, al unísono con el tirano que la domina. Ante la noticia, Jerusalén tiene la misma reacción que el rey, no ve en el que ha nacido un posible liberador. De hecho, el pueblo no hará esfuerzo alguno por encontrarlo.

vv. 4-6 4convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

5Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

6Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá:

pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1).

Herodes convoca a los miembros del Consejo, excepto a los «senadores», cuyo papel era meramente político. El tema que se propone tratar es religioso. «Letrados», gr. grammateus, derivado de gramma, letra, escrito, libro y, en plural, «letras», ciencia. De­signa a los «hombres de letras» o «de ciencia», a los expertos en la Ley, teólogos y, sobre todo, juristas. Constituían una alta clase social de reciente aparición, que intentaba arrebatar la hegemonía a la aristocracia sacerdotal. Después de varios años de estudio re­cibían una ordenación. Sus decisiones en materia de legislación religiosa o ritual eran decisivas. Herodes identifica al «rey de los judíos» por el que preguntan los magos con el Mesías esperado, el salvador prometido. Los entendidos contestan a su pregunta dándole la referencia exacta: en Belén de Judea.

El texto profético citado por Mt combina Miq 5,2 con 2 Sm 5,2; este último pasaje es estrictamente mesiánico, pues trata de la unción de David como rey de Israel (2 Sm 5,4). El niño es, por tanto, el Mesías de la casa de David. Resalta en primer lugar la importancia de Belén, patria de David, lugar del nacimiento del nuevo rey, frente a Jerusalén, donde reina Herodes. El caudillo que va a nacer será pastor del pueblo de Dios, Israel. La función de «pastor» se aplicaba a David (Sal 78,70s) o al nuevo David (Jr 23,5; 30,9; Ez 34,23s). El pueblo de Dios, del que será pastor el rey nacido, incluye a los magos que han venido a rendirle homenaje como a su propio rey: el pueblo del Mesías incluirá a los paganos. «Rendir homenaje» es el significado del gr. proskuneô referido a un rey o a Dios como soberano. Se expresaba en forma de inclinación o de postración.

vv. 7-8 7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estrella; 8luego los mandó a Belén encargándoles:

-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­dirle homenaje.

Herodes convoca a los magos en secreto, no quiere que sus planes sean conocidos. Mt lo caracteriza por su hipocresía: pretende tener el propósito de prestar homenaje al nuevo rey, cuando en realidad se propone matarlo. Los jefes del pueblo, en cambio, no manifiestan reacción alguna.

vv. 9-12 9Con este encargó del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño.

10Ver la estrella les dio muchísima alegría.

11Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su ma­dre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, in­cienso y mirra.

12Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

La «estrella» alude a Nm 24,17: «surgirá un astro de Ja­cob y se levantará un hombre de Israel» (LXX). La estrella es figura de la persona misma del rey nacido y los guía al lugar donde éste se encuentra. En Jerusalén, donde ni el pueblo ni los di­rigentes esperan al liberador, no es visible. Vuelve a aparecer a los magos cuando se alejan de la capital. «En la casa» ven al niño con su madre. Ausencia de José. En Israel, el rey y su madre constituían la pareja real (cf. 1 Re 2,19; 15,2; 2 Re 10,13; 12,2; 23,31.36; 24,18). La escena subraya la realeza del niño. El homenaje se manifiesta con una postración y dones que expresan sumisión y alianza (mirra e incienso, Cant 3,6; incienso, Lv 2,1-16; Jr 6,20; 17,26; 48,5; Is 60,6; Eclo 39,14; 50,9; mirra, Eclo 24,15). Dios vela por su Mesías, im­pidiendo que Herodes sepa dónde está el niño.

IV

La primera lectura, tomada del profeta Isaías es un oráculo de consuelo para Jerusalén, la ciudad tantas veces asediada, tomada y destruida. Aquí, y en otros lugares del mismo libro, aparece representada como una mujer, madre y esposa, a quien se anuncia el regreso de sus hijos dispersos, el homenaje de los pueblos extranjeros. La imagen de las tinieblas sobre el mundo que son barridas por el sol divino, por la luz de una nueva aurora, es una imagen recurrente a todo lo largo de la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Una imagen, por otra parte, presente en la mayoría de las religiones y de las culturas antiguas y modernas. Luz de la verdad y la justicia, de la bondad y la misericordia divinas que se compadecen de nuestros males. La luz que caracteriza la fiesta de la «Epi-fanía» (= manifestación) que estamos celebrando.

En la lectura tomada de la carta a los Efesios también se habla de Epifanía, de manifestación y revelación de cosas ocultas. No para desconcertarnos o sumirnos en el temor, sino todo lo contrario: para llenarnos de alegría al conocer el plan misterioso de Dios. «Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio». Es el fin ideal de todo particularismo y discriminación, de toda exclusión o segregación. «Gentiles» somos todos los pueblos de la tierra que no estamos étnicamente vinculados con el judaísmo. Ellos, los judíos, se consideraban el único pueblo elegido. Ahora comparten su elección con la humanidad entera, «en Jesucristo», «por el Evangelio». Ahora ven, admirados, cómo los pueblos vienen a Jerusalén, representados en los magos de Oriente, y se postran ante Jesús ofreciéndole sus pobres dones materiales, para recibir, en cambio, el abrazo amoroso de Dios. Dijimos que es el fin «ideal» de todo particularismo porque eso hay que convertirlo en realidad, sabiendo que como Dios no hace acepción de personas, tampoco nosotros podemos hacerlas. Que hemos de convertir en realidad aquello de que «todo hombre, todo ser humano, es mi hermano». Que no existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. San Pablo está en lo cierto al decir que se le reveló un misterio «que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos», pues hasta ahora seguimos pensando que hay muchas razones para considerarnos distintos, superiores, «elegidos por Dios, depositarios únicos de la salvación», mejores que los demás. El misterio de que habla San Pablo es precisamente ese: que Dios nos considera a todos iguales, y nos ama en consecuencia, a todos por igual, con particular predilección por los que nosotros nos empeñamos en excluir.

Es necesario hacer un acercamiento histórico de cómo pudo haber sido el acontecimiento que nos evoca el evangelio, o por qué quedó guardado en la memoria del naciente cristianismo. Herodes el Grande reinó en Judea a partir del año 40 antes de nuestra era. Su gobierno fue auspiciado por el Senado Romano. Herodes, de origen extranjero, nació en Edom, uno de los enemigos tradicionales de Israel. La lucha por mantenerse en el poder a costa de lo que fuera, fue una de sus banderas. Hasta el punto que en su vejez se negó constantemente a abandonar el trono, no teniendo escrúpulo alguno en asesinar a alguno de sus hijos por temor a ser traicionado. Su ejército dejó una marca de violencia y de sangre imposible de borrar de las memoria judía. Toda esta espiral de violencia se acrecentó más al saberse de la existencia de un legítimo sucesor de David que podría reclamar para sí el trono. El relato del capítulo 2 de Mateo, es como un eco y una transposición de esta situación conflictiva. El gran rey, del que todavía se guarda vivo recuerdo a finales del siglo I de nuestra era, se convertía en el adversario del verdadero rey; él era el faraón perseguidor del nuevo Moisés y por tanto el símbolo de los poderosos de este mundo.

Respecto a los «Magos» es importante precisar que para la Biblia, la astrología no tiene buena fama: véase Dn 1,20; 2,2.10 o Hch 8,9 y 13,8. Es sobresaliente la forma parca en la que Mateo los presenta: incluso su país de origen queda en la oscuridad. Para un judío, el “Oriente” designa todo lo que está más allá del Jordán.

Los Magos, alertados por el “surgir de un astro”, vienen a postrarse ante Jesús. La Astrología se postra: en una época en que las creencias astrales estaban extendidas, era necesario que el evangelista subrayase la supremacía del Señor sobre los elementos del mundo. Otra finalidad de tipo polémico y muy importante existe también en el relato: Herodes y Jerusalén no reconocen al Mesías y le ponen una trampa; por el contrario, los Magos extranjeros, símbolo de las naciones paganas son los primeros que vienen a adorar al Salvador. Éste es uno de los temas más trabajados por esa comunidad evangélica de Mateo. Para ella queda claro, que el Dios que se nos revela en la persona del Señor Jesucristo, no le pertenece a ningún pueblo, a ninguna raza, a ninguna nación, y tampoco a ninguna religión. Dios es para todos y, todos los pueblos están llamados a congregarse en torno a él.

La fiesta de la Epifanía es una ocasión privilegiada para abordar ante el pueblo de Dios el tema del diálogo de religiones, y la reformulación del cristianismo y de su teología a la luz de planteamientos que tengan en cuenta esa pluralidad de religiones. No sería muy evangelizador quedarse encerrados en ese “mito” de los reyes magos, y pensar que fue en ese gesto legendario «como Dios se reveló a los gentiles»… Incluso, la homilía podría muy bien prescindir por una vez del acostumbrado comentario exegético de los textos, y ofrecer una lección teológica expositiva general sobre el estado de la cuestión. Puntos interesantes para un desarrollo de la misma podrían ser:

-los tres esquemas teológicos actuales de comprensión del problema: exclusivismo, inclusivismo y pluralismo;

-una pequeña visión histórica del pensamiento exclusivista cristiano («extra ecclesiam nulla salus», axioma del que Congar dijo: «un axioma falsamente claro»)…

-el valor salvífico de las religiones no cristianas;

-el pluralismo de religiones en la historia: ¿un pluralismo de hecho o de derecho?, ¿rechazado, tolerado o incluso querido por Dios?;

-si la pluralidad religiosa es querida por Dios, parece lógico que no debiera ser combatida intentando reducirla a la unidad por medio de la misión proselitista; ¿qué nuevo sentido podría tener la «misión» misionera, si ya no debe ir a «convertir a los infieles»?;

-la llamada «plenitud de la revelación cristiana», ¿es una plenitud cuantitativa o cualitativa? (Dupuis);

-el “privilegio” de ser pueblo “elegido”: ¿cuál es su sentido?, ¿ha habido realmente elegidos?;

-¿hay una religión que es la única verdadera?, ¿en qué sentido?

-todas las religiones son “verdaderas”: ¿en qué sentido?;

-el “proselitismo” es pecado: ¿en qué sentido?;

-sentido actual (y sentidos caducados) de la Misión evangelizadora, etc.

Sugerencia pastoral: ¿Por qué no preparar el tema y convocar en la comunidad cristiana un breve cursillo de actualización sobre “Cristianismo, pluralismo religioso y ecumenismo”? La fecha próxima del 25 de enero, con su «semana de oración por la unidad de los cristianos», puede ser una ocasión inmejorable. Es un tema que, sin duda, acogerán con interés los catequistas y agentes de pastoral de la comunidad cristiana; impartirlo será la ocasión para renovar, de paso, muchos conceptos teológicos, y la toda la comunidad cristiana se beneficiará de esta iniciativa de “formación permanente”. Como material de apoyo sugerimos el ya indicado «Teología del pluralismo religioso. Curso sistemático de teología popular», de J.M. VIGIL, disponible en: http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3 Véase también: «La elección de Israel», de Ariel Finguerman, y «Teología de las religiones», de Faustino Teixeira; todos ellos en la «colección Tiempo Axial», http://latinoamericana.org/tiempoaxial

El evangelio de hoy no es dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, pero puede utilizarse el episodio 135, «Fiesta con los pastores». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1600135 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap135b.mp3 En la página http://www.untaljesus.net puede buscarse algún otro que también resulte adecuado.

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el sexto, que se titula «¿Ángeles, reyes y estrellas?», que puede ser útil para suscitar un diálogo-debate sobre el tema. Su guión y su audio puede recogerse en http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=100006 Hay varios otros de temas relacionados.

Para la revisión de vida

El tema del pluralismo religioso, el encuentro de las religiones del mundo, el diálogo religioso… es un tema afortunadamente «de moda», el tema del futuro, que durante un buen tiempo va a ser el tema religioso del nuevo siglo… ¿Lo conozco? ¿Hago algo por estudiarlo? Me doy cuenta de que no es un tema sólo “teológico”, sino que tiene consecuencias “teologales”, que afecta directamente a la imagen que yo pueda tener de Dios, y por eso mismo a mis relaciones con él, de las que dicha imagen es la mediación inevitable? ¿Qué voy a hacer? Propósito: comprar un buen libro sobre el tema.

Para la reunión de grupo

“Revelándose a los magos de Oriente Dios se reveló a los gentiles”. Hagamos una crítica teológica de esa afirmación. ¿Es real, es simbólica, es idealista, es histórica…? ¿Qué sentido tiene, y qué sentidos no puede o no debe dársele?

Dios se revela Dios «a los gentiles»… ¿Quién son «los gentiles»? ¿En qué consiste ser «gentiles» en este sentido bíblico? Y a los ojos de otras religiones, ¿somos nosotros los gentiles? ¿No seríamos todos «elegidos» y a la vez «gentiles»?

Esa «revelación de Dios a los gentiles», respecto a la revelación cristiana: ¿es igual, es complementaria, es inferior…?

«La religión cristiana es Dios tratando de comunicarse al ser humano; las religiones no cristianas son el ser humano buscando a Dios». Comentar.

Si Dios se comunica con todos los pueblos a través de su religión, ¿qué sentido tiene la Misión cristiana?, ¿hay que ir a “convertir” a los “infieles”?, ¿hay que plantearlo de otra manera?, ¿cómo?

En los Servicios Koinonía, concretamente en servicioskoinonia.org/posters hay unos cuantos posters sobre el tema del pluralismo religioso, imprimibles digitalmente en cualquier reprografía, que se prestan para la catequesis, la reunión de grupo de estudio, o simplemente para adornar los locales de la comunidad en este día.

Para la oración de los fieles

Para que hoy día, en este tercer milenio, en la época de la mundialización, donde todos los pueblos y religiones nos encontramos inevitablemente, los cristianos tengamos una positiva apertura de acogida hacia todos los hombres y mujeres religiosos de la tierra, roguemos al Señor.

Para que revisemos nuestra teología con una formación permanente, que nos impida repetir mecánicamente lo que aprendimos en el catecismo infantil, haciéndonos conscientes de que la Iglesia y su teología han avanzado mucho en los últimos tiempos…

Por los misioneros cristianos en los países no cristianos: para que realicen la misión con un talante de diálogo, de valoración de las demás religiones, de enriquecimiento mutuo, de apertura sincera, sin complejo de superioridad…

Para que no falten jóvenes, ellos y ellas, que se sientan llamados a dejarlo todo para entregarse enteramente a la tarea de animar el diálogo religioso y la vida de las comunidades cristianas…

Oración comunitaria

Oh Dios, Sabiduría eterna, que te has revelado a los magos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, por caminos desconocidos para nosotros, y que con todos ellos entablas relaciones íntimas de amor salvador: transforma nuestro corazón y nuestra mente para que podamos estar abiertos a descubrirte en todos los pueblos, y todos los pueblos nos hagamos herederos de las riquezas espirituales del Norte y del Sur, del Oriente y del Occidente, hasta que nos encontremos contigo, más allá de toda representación y de toda religión histórica. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

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