La “conversión” de Jesús


En un determinado momento, Jesús se acercó al Bautista, escuchó su llamada a la conversión y se hizo bautizar por él en las aguas del río Jordán. El hecho ocurrió en torno al año 28, y es uno de los datos más seguros. En las primeras comunidades cristianas, a nadie se le habría ocurrido inventar un episodio tan embarazoso, que no podía sino crear dificultades a los seguidores de Jesús.
Dos eran, sobre todo, los problemas que planteaba su bautismo. Si había aceptado ser bautizado por Juan ¿no era Jesús inferior al Bautista? Más aún, si había bajado al Jordán como todos, confesando los pecados, ¿no era Jesús también un pecador? Estas cuestiones no eran nada teóricas, pues algunos cristianos vivían, probablemente, en contacto con ambientes bautistas que seguían a Juan y no a Jesús.
Los cristianos no pudieron negar el hecho, pero lo presentaron de tal manera que no menoscabara la dignidad de Jesús. Marcos, el evangelista más antiguo, afirma: Jesús “fue bautizado por Juan en el Jordán”, pero inmediatamente añade que, al salir de las aguas, Jesús tuvo una experiencia extraña: vio que el Espíritu de Dios descendía sobre él “como una paloma”, y escuchó una voz que desde el cielo le decía: “Tú eres mi hijo amado”. De esta manera, todos podían entender que, a pesar de haberse dejado bautizar por Juan, Jesús era en realidad aquel personaje “más fuerte” del que hablaba el Bautista; el que iba a venir tras él a “bautizar con espíritu”. Mateo da un paso más. Cuando Jesús se acerca a ser bautizado, el Bautista trata de apartarlo con estas palabras: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mi?”. Jesús le responde: “Conviene que cumplamos toda justi-cia”. Así pues, ha de quedar claro que Jesús no necesita ser bautizado; si lo hace es por alguna razón desconocida que lo empuja a actuar así. Lucas no necesita ya hacer ningún retoque, pues, aunque menciona el bautismo de Jesús, suprime la intervención del Bautista (está ya encar-celado por Antipas). Es Jesús quien ocupa toda la escena: mientras está orando, vive la experiencia religiosa sugerida por Marcos. El cuarto evangelista ni siquiera narra el bautismo; Juan no es ya el Bautizador de Jesús, sino el testigo que lo declara como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y que viene a “bautizar con el Espíritu Santo”.
Es innegable que Jesús fue bautizado por Juan. Para Jesús es un momento decisivo, pues significa un giro total en su vida. Aquel joven artesano oriundo de una pequeña aldea de Galilea no vuelve ya a Nazaret. En adelante se dedicará en cuerpo y alma a una tarea de carácter profético que sorprende a sus familiares y vecinos: jamás habían podido sospechar algo parecido cuando le tuvieron entre ellos. ¿Podemos saber algo de este momento tan importante vivido por Jesús junto al Bautista y que marcará de manera tan decisiva su vida?
Al parecer, Jesús no tiene todavía un proyecto propio bien definido. Sin embargo su decisión de hacerse bautizar por Juan deja entrever algo de su búsqueda. Si acepta el “bautismo de Juan”, esto significa que comparte su visión sobre la situación desesperada de Israel: el pueblo necesita una conversión radical para acoger el perdón de Dios. Pero Jesús comparte también y sobre todo la esperanza del Bautista. Le atrae la idea de preparar al pueblo para en encuentro con su Dios. Será su objetivo principal cuando, dentro ya de un horizonte nuevo, se dedique a hacerla realidad sobre todo entre los más desgraciados: llamar al pueblo para acoger a su Dios, despertar la esperanza en los corazones, trabajar por la restauración de Israel, buscar una convivencia más justa y más fiel a la Alianza… Probablemente Jesús iba perfilando ya, en el desierto del Jordán, las grandes líneas de su misión.
No vuelve inmediatamente a Galilea, sino que permanece durante algún tiempo en el desierto junto al Bautista. Ignoramos cómo pudo ser la vida de los que se movían en el entorno de Juan. No es aventurado pensar que había dos tipos de seguidores. La mayoría de ellos, una vez bautizados, se volvía a sus casas. Algunos, sin embargo, se quedaban con él en el desierto, ahondando más en su mensaje y ayudándole de cerca en su tarea. Jesús no solo acogió el proyecto sino que se adhirió a este grupo de colaboradores. Allí conoció a dos hermanos llamados Andrés y Simón, y a un amigo suyo, Felipe, oriundos todos del mismo pueblo de Betsaida. Los tres pertenecían por entonces al círculo del Bautista, aunque más tarde darían su adhesión a Jesús.
(José A. Pagola. Jesús. PPC. 73-76)

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