Comentarios bautismo do Señor


PROMOVER EL DERECHO

La gente pide signos aparatosos, hoy como ayer. Los fari­seos pedían a Jesús señales evidentes que confirmaran su pre­tendida autoridad: «Muéstranos una señal que venga del cie­lo» (Mt 16,1) para que creamos en ti. Jesús no cayó en la trampa. De habérsela dado hubieran hecho lo imposible por no verla ni reconocerla…

La gente quiere todas las cosas aprisa. Se impacienta cuan­do no ve, tiene miedo a la espera, a que le pidan la colabora­ción en el entretanto, a pagar su tributo por el cambio de la vida y de la historia. Y cuando no ve aprisa, ni se le convence con hechos incontestables y fulminantes, comienza a descon­fiar, a desanimarse, a desesperar. Son muy numerosos los que confían en prestidigitadores que hacen milagros de mentira y convencen con un ‘ahí lo tenéis’ y una sonrisa…

Pero la tarea del Mesías no iría por estos caminos, según estaba anunciado; sería menos espectacular y brillante. Isaías la resumió con estas palabras: «Promoverá el derecho y no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes que esperan las islas» (Is 42,lss). Ardua meta para un programa de gobierno.

«Promover fielmente el derecho.» ‘Derecho’ se deriva del latín dirigere, y éste, a su vez, de regere: conducir, guiar. Di­fícil empresa la de conducir y guiar al pueblo. ‘Derecho’ se opone a ‘torcido’. Enderezar los caminos torcidos del compor­tamiento humano sería el objetivo del programa mesiánico, o lo que es igual promover fielmente el derecho en la tierra de Israel, en el país, en la propia patria y, al mismo tiempo, dictar leyes que sentaran, a su vez, la base de un nuevo orden internacional menos torcido del entonces vigente: «Implantar el derecho… y sus leyes que esperan las islas.» ‘Las islas’, en el lenguaje poético de Isaías, son las naciones de la tierra…

Objetivo extremadamente difícil que el Mesías, según el profeta, habría de realizar sin vacilación ni quebranto: «No vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho… » Nadie ni nada podría hacer desistir de semejante empresa al futuro Siervo de Dios.

Derecho que no se habría de implantar a golpes de fuerza y violencia. Pues fuerza y violencia engendran sinrazón e in­justicia. El Mesías, el liberador «no gritará, ni clamará ni vo­ceará por las calles… » ‘Gritar’ es propio de quien no dialoga ni escucha, y trata de imponer, por el tono de la voz, la debi­lidad de sus argumentos.

En esta tarea, el Mesías -y todo el que se proponga un objetivo semejante en la sociedad- habrá de armarse de pa­ciencia como Job o como Dios mismo para no apagar con la prisa los restos de vida que encuentre a su alrededor: «La caña cascada -esa que no tiene consistencia ni sirve para nada- no la quebrará, el pabilo vacilante -que amenaza en convertirse en hilo de humo sin luz ni calor-, no lo apagará.» Su tarea será la de alentar cualquier soplo de vida, reforzar toda rodilla vacilante, levantar a los que ya se doblan y crear espacios de libertad, rompiendo cerrojos y barreras, acabando con la oscuridad y la tiniebla: «Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas… » Sólo en la libertad es po­sible la vida y el amor, el valor supremo que vuelve razonable y placentera la vida misma.

Cuando el Mesías, Jesús, apareció entre nosotros, el Es­píritu de Dios, como paloma que vuelve a su nido, bajó hasta él para acompañarlo en la tarea. Una voz del cielo explicó el porqué de tal desplazamiento divino: «Tú eres mi Hijo queri­do, mi predilecto» (Lc 3,15ss). Fue el espaldarazo de Dios a su Hijo, que asumió de por vida la tarea de «implantar el de­recho en la tierra» haciendo brotar en el corazón humano el amor sin barreras.

II

SOLIDARIO CON EL PUEBLO

Aunque el pueblo sea pecador, Jesús se solidariza con él. Y esto por una razón muy sencilla: es más víctima que culpable del pecado. Por eso Jesús siempre estará con el pueblo, especialmente cuando sus gentes toman conciencia de su situación y deciden cambiar, enmendarse, comprometerse y empezar a construir una vida, un mundo sin pecado.

LOS JERARCAS NO FUERON; JESUS, SI

Después de bautizarse el pueblo entero, y mientras oraba Jesús después de su bautismo…

Los únicos que no respondieron a la invitación de Juan fueron los dirigentes; eso es lo que quiere decir Lucas al indicar que se bautizó el pueblo entero.

Faltaron los sumos sacerdotes, consagrados a organizar la liturgia del templo, y por eso, sin tiempo para pararse a pensar si tenían que arrepentirse de algo; tan ocupados estaban en ayudar a los demás a conseguir el perdón de Dios a cambio de una pequeña limosna como señal de arrepentimiento… También le debía robar mucho tiempo la necesidad de castigar a los herejes, sobre todo los que se atrevían a acusarlos a ellos de haberse corrompido y de estar vendidos al poder del im­perio que, a pesar de ser un poder pagano, les garantizaba su permanencia en el cargo siempre que fueran dóciles y obedientes.

Tampoco acudieron los letrados y fariseos: ellos que -¡por supuesto!- no tenían que arrepentirse de nada, ¿cómo iban a mezclarse con aquella chusma, con la gentuza que violaba varios centenares de veces al día sus leyes y sus tradi­ciones?.

Y también faltaron los senadores, los terratenientes, los aristócratas, que sin duda estaban más preocupados por el rendimiento de los jornaleros que cultivaban sus campos a cambio de la comida y poco más, que por esas minucias de las que hablaba Juan: el arrepentimiento, la justicia, el com­partir el pan y el vestido…

Sólo el pueblo, todo el pueblo según Lucas, se acercó a bautizarse expresando el deseo y el compromiso de construir un mundo sin pecado, esto es: sin opresión de los pequeños, sin explotación de los pobres, sin violencia, sin justicia, sin odio, sin egoísmo…

Jesús no era culpable de ningún pecado, no tenía de qué arrepentirse; pero jamás hizo de ese hecho un motivo de orgullo y, mucho menos, de desprecio hacia los demás. Jesús sí que fue, desde su mismo nacimiento, víctima del pecado, y lo sería hasta su misma muerte. Pero el estar libre de culpa no le impidió la solidaridad con los pecadores del pueblo, no en tanto que culpables del pecado, sino en cuanto víctimas del mismo. Así, cuando el pueblo ha manifestado su voluntad de vivir la vida de otra manera, allí está Jesús para someterse él mismo al rito del bautismo, no como símbolo de arrepen­timiento en relación con su pasado, sino como expresión de su compromiso con el futuro: un compromiso de amor a la humanidad que lo llevará, al mantenerlo hasta el final, a en­tregar su propia vida como muestra de amor y testimonio de fidelidad. Esto es lo que significa el bautismo de Jesús: que él se solidariza con ese deseo de cambiar de vida que se expresa en el bautismo del pueblo y que está dispuesto a dar la vida para que ese cambio sea posible, y realizándose de acuerdo con el plan de Dios, plenamente satisfactorio para el hombre.

VINCULADOS A JESUS

se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma visible, como paloma, y hubo una voz del cielo:

-Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado.

La solidaridad de Jesús con el pueblo, con la humanidad que sufre por culpa de una organización de la convivencia contraria al plan de Dios -eso es «el pecado»-, abre el cielo, hace de nuevo posible la comunicación entre Dios y la humanidad. A pesar de la grandiosidad del templo de Jerusa­lén, mandado construir por el rey Herodes, a pesar de las ceremonias organizadas por los jerarcas de la religión y una y mil veces repetidas en aquel templo, a pesar de los esfuerzos de los fariseos por inventarse más y más leyes para aparecer ante la gente y posiblemente ante ellos mismos como los más santos entre los santos, a pesar de todo esto, la comunicación con Dios se había hecho imposible. Sólo el compromiso de un hombre con el resto de los hombres, compromiso de amor hasta la muerte, pudo restablecer la comunicación entre el cielo y la tierra.

Y en ese momento se manifiesta el carácter del mesianismo de Jesús: en él se completa definitivamente la obra creadora, ya que, por poseer en plenitud el Espíritu de Dios, él es el hombre nuevo, y a él le encomienda Dios la tarea de iniciar el definitivo proceso de liberación de la humanidad.

Dice San Pablo que por el bautismo hemos sido vinculados a la muerte de Jesús (Rm 6,3-5). Esto significa que por el bautismo nos hemos vinculado al compromiso de amor hasta la muerte que Jesús asume en su bautismo y completa en la cruz, compromiso liberador en favor de los hombres. El bau­tismo cristiano que no es el bautismo con agua del Bautista, sino el bautismo con Espíritu de Jesús-, supone y exige ese compromiso y nos hace hombres nuevos, hijos de Dios. Por eso, sólo en la solidaridad con el pueblo que sufre las conse­cuencias del pecado que sigue desorganizando la convivencia entre los hombres, podremos realizarnos como hijos de tal Padre, y seremos fieles a nuestro bautismo sólo si luchamos por un mundo nuevo.

III

EL INICIO DEL MINISTERIO DE JESUS,

EL PUNTO ALFA DE LA NUEVA HUMANIDAD

A diferencia de los datos rigurosamente históricos que encua­dran el comienzo del ministerio del Bautista, los datos que des­criben la unción mesiánica de Jesús trascienden las categorías y la experiencia del hombre y no son, por consiguiente, científica­mente comprobables. Al doble «gobierno/gobernador» de Tiberio/Poncio Pilato corresponde ahora un doble «bautizarse»; a los tres «tetrarcas», tres acontecimientos relativos a la esfera divina; al «sumo sacerdote», de cariz religioso, la oración de Jesús. Ofrezco la traducción literal de este pasaje, incorporándole la nueva puntuación que justifiqué en la revista Bíblica (65/1984):

«Sucedió que,

después de bautizarse el pueblo en masa

y -habiéndose bautizado Jesús,

mientras oraba-

después que se hubiese abierto el cielo

y que hubiese bajado el Espíritu Santo sobre él

en forma corpórea como de paloma

y que se hubiese oído una voz del cielo:

«Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado”,

también él, Jesús, comenzaba como a la edad de treinta años, siendo hijo -según se creía- de José (1º), de… Josué (28º)… de David (42º)… de Abrahán (56º)… de Henoc (70º)… de Adán (76º), de Dios (77º).»

Con dos encabezamientos solemnes, uno repleto de datos históricos y el otro rebosante de rasgos metahistóricos, Lucas enmarca el que podríamos llamar punto Alfa de la historia del Hombre nuevo, momento en que Jesús inaugura el reinado de Dios entre los hombres. Juan inició su predicación dirigiendo a todo el pueblo de Israel la enmienda como respuesta a la situa­ción de opresión en que vivía el pueblo bajo el poder despótico ejercido por los gobernantes extranjeros y por sus propios diri­gentes, civiles y religiosos; Jesús ha acudido al Jordán como uno más, pero no para sellar con el bautismo de agua una actitud interior de conversión, sino para sancionar con un gesto signifi­cativo su plena disposición interior a aceptar hasta la misma muerte (sentido de la inmersión en el agua), a fin de llevar a término el encargo que le había sido confiado. Los acontecimien­tos externos que tienen lugar después de haberse bautizado, en el momento en que se puso a orar y durante la plegaria, sirven para describir la experiencia interior que acaba de tener Jesús en el momento de su unción mesiánica. A la disposición expre­sada por Jesús de entrega incondicional, corresponde por parte de Dios la donación total de su Espíritu.

La fortísima experiencia que ha tenido Jesús en su unción mesiánica se describe a base de tres imágenes, dos visuales y una auditiva. El «cielo abierto» de par en par, después de siglos en que se ha mantenido «cerrado», por haber acallado el pueblo de Israel la voz de los profetas, abre una nueva etapa en la historia, la comunicación definitiva y permanente del hombre con Dios. Se trata de una imagen visual estática. La segunda, en cambio, es dinámica: la bajada del Espíritu Santo sobre Jesús para ungirlo con la unción del rey mesiánico (Is 11,1-5), del Servidor de Dios con misión universal (42,1 -7), del Profeta-Me­sías (61,1-4). No se trata ya de una inspiración puntual, por el estilo de los profetas, sino de una unción permanente, al reposar el Espíritu «sobre él».

La forma de paloma alude al Espíritu creador de Gn 1,2; la calificación de «corpórea» subraya que se trata de una experien­cia real y tangible, aunque describa una experiencia personal. Los evangelistas suelen echar mano de imágenes y figuras exter­nas para describir experiencias interiores. La unión efectiva y permanente entre el Espíritu de Dios y el hombre Jesús cierra una etapa de la revelación (AT) y abre una nueva: la creación culmina en Jesús, el Hombre perfectamente acabado, el Hijo del hombre.

El texto de la comunicación celeste, imagen auditiva, varía según los manuscritos. La que figura en la mayoría de traduccio­nes: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto», es igual a la de Marcos. Seguimos la que se encuentra en algunos manuscritos y muchos Padres de la Iglesia latinos y griegos antiguos, inspirada en el Salmo 2,7, por considerarla propia, si bien no exclusiva de Lucas (cf. Hch 13,33; Heb 1,5; 5,5).

En el preciso momento en que Jesús se ha puesto a orar abriendo un diálogo permanente del hombre con Dios, éste ha derramado sobre él la plenitud de su Espíritu dándole a luz como Mesías.

«QUINCE» Y «TREINTA AÑOS», HISTORIA Y METAHISTORIA

El matiz anafórico «también él» y la comparación «como a la edad de treinta años» postulan un término de referencia. Lucas alude con frecuencia a paradigmas del AT. En el caso que nos ocupa, quien empezó a reinar precisamente a los «treinta años» fue David. Jesús, a quien Dios, su Padre, acaba de otorgar el trono de David (cf. 1,32), empieza su reinado que no tendrá fin (cf. 1,33) a la misma edad que David. De todos modos, esta cifra es más simbólica que real: «treinta años» representan la madurez (3 x 10) del individuo, así como «cuarenta» hace referencia a la duración de la vida humana en aquella época / de una generación.

Pero al comparar el inicio del ministerio precursor de Juan con el mesiánico de Jesús se puede observar todavía otro elemen­to de contraste: Juan inició su singladura el «año decimoquinto»; Jesús, a los «treinta años»; el ministerio de Jesús comienza a la edad madura del hombre, en el duodécimo período de la historia de la humanidad, después que de José hasta Dios, pasando entre otros por Josué, David, Abrahán, Henoc, Adán, se contabilizasen once septenarios (7 x 11 = 77).

Lucas no se propuso establecer la genealogía de Jesús, sino, al contrario, la de José, de cuya estirpe procedía -«según se creía»- Jesús, siendo así que en realidad venía directamente de Dios: «Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado.» Dios acaba de dar a luz su proyecto sobre el hombre en la persona de Jesús: carne + Espíritu son los dos componentes esenciales del Hom­bre nuevo, tal y como Dios lo había proyectado desde el comien­zo de la creación y que ahora, por vez primera, ha podido ma­nifestar como ya realizado.

IV

El tercer evangelista presenta la figura de Jesús no principalmente como objeto de admiración o de adoración, sino como aquel a quien el creyente debe seguir, asumiendo radicalmente sus actitudes y su proyecto. El Bautismo en Jesús, no fue un acto social, o de fanatismo religioso. Esta acción, por el cual el Espíritu revela la verdadera identidad de Jesús, marca cuál es su misión en la historia y por lo tanto su destino. Jesús, que supo comprometerse en la obra de Dios Padre, camina hacia la muerte, no en una actitud sádica, sino en total libertad. Él sabe por quién hace opción y conoce muy bien la consecuencia de estar de parte de Dios y de los favoritos de él: los pobres. Este es en definitiva, el sentido del bautismo de Jesús, matricularse en el Proyecto de Dios Padre, que es la vida en abundancia de todos los hombres y mujeres de la historia.

Celebrar el bautismo del Maestro de Galilea, tiene que llevarnos a comprender la invitación profunda que este acto de Jesús nos hace: renunciar a nuestros egoísmos, tomar su cruz cada día, seguirle y si es necesario perder la vida por su causa. Estar bautizados, por lo tanto, implica vincularse al proyecto de Jesús, que es el mismo proyecto de Dios, de manera sincera y seria. Jesús no pone condiciones teóricas, sino que presenta el ejemplo personal.

El Bautismo de Jesús, antecede el inicio de su misión en medio del mundo. En la lógica de Lucas, Jesús tiene que ser ratificado por el Padre; sólo así puede dar inicio al tiempo nuevo, que va a inaugurar. El Bautista entra en escena como aquel que es precursor para la lógica del tercer evangelio. Pero su tarea, solo alcanza sentido si Dios mismo declara quien es Jesús. Por eso vemos al Espíritu, entrar en escena para declarar sobre Jesús: “Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto”. Esta declaración que el Espíritu hace sobre la persona de Jesús, es extensiva sobre todo ser humano. Para eso Jesús iniciará su misión en medio del mundo, para limpiar el rostro de la humanidad violentada y la inmundicia que las estructuras de poder han cimentado sobre los débiles, a fin que cada ser humano, experimente en su propia vida, el ser hijo querido de Dios, predilecto de su amor.

El bautismo de Jesús inaugura su vida pública y contiene en potencia todo el itinerario que deberá recorrer. Parece un dato histórico cierto: Jesús, como tantos otros jóvenes de su tiempo, se siente conmovido por la predicación de Juan, y acude a recibir su «bautismo», con un rito de «inmersión» en las aguas del Jordán, un rito casi universal que significa una decisión radical de entrega a una Causa, por la que uno se declara ya decidido a dar la vida, a morir incluso. Jesús, con la coherencia de su vida, hará homenaje a su decisión de hacerse bautizar por Juan. Todo seguidor de Jesús está llamado a hacer suya esa coherencia de vida y esa radicalidad de decisión, que se expresa y anticipa en el rito del bautismo, y se debe hacer realidad todos los días.

Muchos son los que en la Iglesia Católica -y fuera de ella- reconocen que es necesaria una revisión de la práctica bautismal típica de los tiempos de cristiandad, el bautismo masivo de niños, como praxis generalizada y «oficial» -téngase en cuenta que la ley oficial prohíbe a las diócesis establecer el bautismo de adultos como forma preferencial de administrarlo- necesita una revisión. Para la significación de la admisión de los niños/as en la comunidad puede hacerse cualquier otro tipo de celebración «bautismal», pero si creemos realmente la seriedad y radicalidad de lo que decimos que el bautismo significa, parece incoherente que la legislación insista tercamente en cerrar la puerta incluso a los que quieren intentar una praxis más coherente, más racional, y también más evangélica, al estilo de Jesús y de la primitiva comunidad cristiana, y a la altura de unos tiempos que ya han descubierto los derechos humanos.

No deberíamos dejar de señalar un hecho grave, absolutamente novedoso: el pequeño pero a la vez creciente y significativo movimiento de solicitudes de anulación de bautismo que se dan en el ámbito de las Iglesias europeas. Es cierto que muchas de tales solicitudes, más que de «anulación de bautismo» son en realidad «solicitudes de baja administrativa en la Iglesia». Lo común es que las personas no tienen en realidad quejas contra el bautismo como decisión religiosa humana radical (¿quién negaría el valor y la dignidad que puede conllevar semejante decisión?) sino contra el hecho de que se administre sistemáticamente a los niños y sea registrado y contabilizado estadísticamente como «incorporación a la Iglesia». Es importante señalar que, aunque en proporción bastante menor, el fenómeno de las declaraciones de apostasía ha comenzado a darse también en algunos países latinoamericanos: no es un problema «estrictamente europeo».

El bautismo no sólo se sitúa en el camino de la propia aventura espiritual, sino que implica una responsabilidad para con los demás, una misión universal: la construcción de un mundo nuevo, la edificación, aquí y ahora, de la Utopía («el Reino», como la llamaría Jesús). El bautizado cristiano, como «seguidor», como inspirado por el Jesús que se hizo bautizar por Juan muy conscientemente, muy adulto, está llamado a ser, con él, salvador de la humanidad y de la creación, del planeta, puesto en riesgo grave por las políticas anti-utópicas de la civilización capitalista industrial ecológicamente irresponsable.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1100007 Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap07b.mp3

La serie «Otro Dios es posible», de los mismos autores, tiene un capítulo, el 34, titulado «¿Bautismo de niños?», que puede ser trabajado en torno a este tema. Su texto y audio pueden ser recogidos en: http://www.emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=130034

Para la revisión de vida

Hoy es el primer domingo del “tiempo ordinario”; se acabaron los “tiempos fuertes” de la liturgia, el adviento y la navidad; vuelve la vida ordinaria… Un adagio clásico de ascética decía: “in ordinariis, non ordinarius”, para expresar la meta de quien quiere ser santo (‘extraordinario’) en las cosas ordinarias, en la vida diaria… Al comenzar el “tiempo ordinario” debemos renovar nuestro deseo de vivir “extraordinariamente”.

Para la reunión de grupo

La misión del Mesías es presentada con frecuencia en la Biblia como “implantar el Derecho”. Reflexionemos: ¿Qué relación tiene el Derecho con la misión de todo un Mesías? ¿Qué relación puede tener el Derecho con la misión de todo un cristiano?

¿Cómo está nuestro mundo desde la óptica del Derecho? ¿Es el Derecho (Internacional, mundial) el que rige el “orden” del mundo? ¿Estamos avanzando hacia un ordenamiento jurídico mejor, o hemos retrocedido hacia la ley de la selva, la ley del más fuerte, la justicia (o venganza) por la mano propia…? ¿Puede ser la promoción del derecho y la exigencia de un nuevo Derecho Mundial uno de los grandes deberes de los cristianos, para hacer efectiva en nosotros la misión del Mesías en el mundo actual?

¿Y en lo que respecta al derecho económico? ¿Quién es el responsable del sistema económico planetario? ¿Quién lo diseñó en Bretton Woods? ¿Por qué todavía estamos viviendo sometidos a unas reglas capitalistas dictadas por los vencedores de una guerra que ya acabó hace sesenta años? ¿Por qué para la reorganización del sistema financiero, sumido en grave crisis sistémica, se vuelven a reunir los países «industrializados» y no se convoca una asamblea mundial? ¿Todavía nos parece una locura, una desmedida exigencia de democracia mundial? ¿Dónde están los nuevos “mesías” llamados a “implantar el derecho a las naciones”? Tal vez tengan que ser mesías con minúscula, pero compartiendo la misma misión del Mesías.

¿Guarda el bautismo de Jesús alguna relación con nuestro bautismo?

Jesús “se bautizó como adulto”. El bautismo de Juan era bautismo de adultos. Jesús se hizo bautizar por Juan como fruto de una decisión personal adulta. ¿Qué pensar del bautismo administrado sistemáticamente a los niños? ¿Debería reformarse la pastoral bautismal? ¿Por qué? ¿Hacen mal unos padres que prefieren dejar que sea su hijo/a quien decida el día de mañana, cuando sea consciente, si quiere ser bautizado?

Para la oración de los fieles

Para que todos los hombres y mujeres, sean de la religión que sean, acepten y fomenten el Amor, la Justicia y el Derecho, roguemos al Señor…

Por todos los seguidores de Jesús, para que se distingan siempre -como el Mesías en el que creen- por su amor a la paz, a la concordia, a la justicia y al derecho…

Para que aprendamos de todos los hombres y mujeres, de cualquier religión, que han descubierto el imperativo absoluto de los derechos humanos, que vienen a ser “derechos divinos”…

Para que todos renovemos nuestro bautismo: nuestra decisión de seguir a Jesús y comprometernos con su proyecto mesiánico de “implantar el Derecho en el mundo”…

Para que la Iglesia resuelva de la mejor manera posible la problemática inherente a la pastoral del bautismo de niños…

Oración comunitaria

Dios Padre nuestro, que en el bautismo de Jesús lo has proclamado como tu “Hijo muy amado, el predilecto”; te suplicamos nos cobijes bajo su nombre y nos concedas conformarnos cada día más cercanamente a su imagen, haciendo nuestra su Causa y prosiguiendo su misión de ser “luz de las naciones” y de “implantar el Derecho en la tierra”. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor…

Dios Padre-Madre, nuestro y de todos los seres, de la entera creación. Inspirados por la memoria de Jesús, que optó radicalmente por entregar su vida a la Causa de la Utopía, que él llamaba emocionadamente «Reino de Dios», ayúdanos a entregar también nuestra vida, radical y apasionadamente, a la Causa de la misma Utopía, para que también a nosotros, como a él en el momento de su bautismo por parte de Juan, nos envíes a la misión de hacer que el Derecho sea implantado entre las Naciones. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

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