Contexto evangelio 4º domingo ciclo c


En Nazaret, la aldea donde se había criado, hace Jesús la primera proclamación pública de la buena noticia que Dios anuncia a los pobres. En este texto aparece, sobre la base de la promesa hecha hacía setecientos años por el profeta Isaías, un resumen de lo que será la vida de Jesús y de lo que es, en esencia, el Evangelio: Liberación para los oprimidos. Es este un pasaje básico y central para la comprensión de la fe cristiana.
En el Nazaret actual se conserva una pequeña sinagoga edificada sobre los restos de la del tiempo de Jesús. Como todas las sinagogas, estaba orientada de tal forma que, al rezar, el pueblo miraba hacia el Templo de Jerusalén, centro religioso del país. En la sinagoga las mujeres no se mezclaban con los hombres. Se les destinaba un lugar apartado, separado por una rejilla. Tampoco en la sinagoga las mujeres podían leer en público las Escrituras ni hacer su comentario.
Cuando el pueblo se reunía los sábados en la sinagoga, comenzaba siempre la oración con la recitación del “Shema” (“Escucha, Israel…” Deut. 6, 4-9). Una de las plegarias preferidas de la piedad judía. Después venían otras 18 plegarias rituales que predecían a la lectura de las Escrituras. El lugar más sagrado de la sinagoga se encontraba en la pared que se orientaba hacia Jerusalén.
La costumbre era que cualquiera de los hombres presentes en la sinagoga leyera un fragmento de la Escritura y después lo comentara según su inspiración ante sus paisanos. Esta era una misión de los laicos, no exclusiva, de los rabinos. La decisión con la que Jesús habla del Reino de Dios, de la liberación, molesta a sus vecinos, que ni aceptan ni terminan de creer que un pelagatos salido de entre ellos venga a liberarlos de nada. Es muy frecuente que nos resistamos a admitir como “salvador” a alguien cercano, corriente, sencillo, y buscamos señales grandiosas, salvadores que vengan de fuera, que sean extraordinarios, superiores, ante quienes rendirnos de admiración. Pero el plan de Dios es todo lo contrario. El se revela en lo más pobre, en lo más humilde.
El Año de Gracia era una Institución legal muy antigua que se remontaba a los tiempos de Moisés. Se llamaba también Año del Jubileo, porque se anunciaba por el toque de un cuerpo llamado en hebreo “yobel”. Este Año de Gracia debía cumplirse cada cincuenta años. Al llegar esa fecha las deudas debían anularse, las propiedades adquiridas debían volver a sus antiguos dueños (con el fin de evitar las acumulaciones excesivas), los esclavos debían ser dejados en libertad. Esta ley era una forma de proclamar que el único dueño de la tierra es Dios. Y desde el punto de vista social ayudaba esta ley a mantener unidas a las familias con un patrimonio suficiente para una vida digna. Era también un memorial de la igualdad original que había al llegar los hijos de Israel a la tierra prometida cuando nada era de nadie y todo era de todos (Lev. 25, 8-18). En el mismo sentido existía también la institución del Año Sabático, que debía celebrarse cada siete años. Estas instituciones legales se entendían como leyes de liberación. Así lo proclama Jesús. Y fiel a la tradición de su pueblo se refiere al Año de Gracia como punto de partida para iniciar un cambio urgente en el país dado la gran diferencia que existía entre pobres y ricos.
En Nazaret, en la sinagoga de su pueblo, Jesús da un paso importante en la maduración de su conciencia. El aplicarse a sí mismo la frase de Isaías: “El Espíritu está sobre mí” era una forma de reconocerse profeta en la línea de todos los profetas que le habían precedido. Después de la resurrección la Iglesia primitiva acumuló sobre Jesús títulos para describir su misión: “Señor, Hijo de Dios, Cristo…”. La historia que recogen los evangelios deja ver, sin embargo, que el título con que fue aclamado unánime-mente por el pueblo y por sus discípulos fue el de profeta. El profeta se define en oposición a la institución. A Jesús no debemos considerarlo como un teólogo o maestro profesional más radical que los demás, pero siempre dentro de la institución. No podía serlo: le faltaba lo que hacía a los maestros de su tiempo, los estudios teológicos. La formación de los maestros era rigurosa, duraba muchos años, comenzaba desde la infancia. Cuando a Jesús le llamaron “rabí” (maestro, señor) le estaban aplicando un tratamiento que en su tiempo era familiar y corriente y que no debe traducirse como maestro en sentido de teólogo. Todo lo contrario: A Jesús se le acusó de enseñar sin tener autorización (Mc. 6,2). Cuando habla en la sinagoga no lo hace tampoco como teólogo ni como maestro, sino como profeta laico.
(Cf. López Vigil. Un Tal Jesús. nº 22)

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