Comentarios 5º Domingo ciclo c


LA PESCA ABUNDANTE

Pedro era pescador. Residía en la provincia de Galilea, al norte del país, en una aldea llamada Cafarnaún (aldea de Naún o de la consolación). Tenía allí su casa, lugar elegido por Jesús como centro de su actividad misionera mientras estuvo como predicador ambulante por aquella zona en la que pasó la ma­yor parte del tiempo de su vida pública.

La pequeña aldea de Cafarnaún se extendía unos 500 me­tros a orillas del lago de Genesaret, y se adentraba 250 me­tros hacia tierra, como han probado las excavaciones allí rea­lizadas, que han descubierto la planta de una manzana de casas, al estilo de las casas típicas andaluzas, con habitaciones en torno a un patio central, que datan del siglo I de nuestra era. De entre todas estas casas, una fue especialmente tratada con el correr del tiempo, aislada del resto del barrio con un muro, y convertida más tarde, hacia mitad del siglo V, en basílica, para lo que hubo que destruir alguna de las casas que la rodeaban. En el lugar se encontraron 131 inscripciones en diversas lenguas, alusivas todas ellas al carácter venerado de aquella casa. Los arqueólogos, con certeza casi absoluta, la identificaron con la casa de Pedro, donde Jesús curó a su suegra, y él mismo residía.

Cafarnaún está situada junto al lago de Genesaret, o yam kinnéret (mar de la lira), como se le denomina en el Antiguo Testamento hebreo, por tener la forma de este instrumento musical. El lago tiene 21 km. de largo por 11 km. en su parte más ensanchada, y 45 metros de máximo de profundidad. Lago de agua dulce y rica fauna, que se encuentra a 212 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo. Rodeado de colinas que sólo se interrumpen para dejar paso por el norte al río Jordán, que lo abastece con sus aguas y lo abandona hacia el sudoeste para seguir su curso hasta morir en el Mar Muerto, otro in­menso lago en cuya agua salada no hay posibilidad de vida, al sur del país.

Cuenta el evangelista Lucas que «una vez que la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír el mensaje de Dios, es­tando él a orillas del lago de Genesaret, vio dos barcas junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban la­vando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la retirara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, estuvo enseñando a la gente. Cuando acabó de hablar dijo a Simón: -Remad lago adentro y echad las redes para pescar. Simón contestó: Maestro, nos hemos pasado la noche bre­gando y no hemos recogido nada; pero ya que lo dices tú, echaré las redes. Así lo hicieron, y cogieron tal redada de pe­ces, que reventaba la red… Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:  -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador…  Jesús dijo a Simón: -No temas; desde ahora lo que pescarás serán hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,1-11).

Bonita y extraña escena que tiene un significado simbóli­co: en la escucha de la palabra, Jesús elige a sus discípulos de entre la gente y, en su barca, éstos llaman a tal cantidad de hombres, que tienen que ampliar el número de colaboradores: «Al ver que reventaba la red, hicieron señas a los socios de la otra barca para que vinieran a echarles una mano.»

La pesca abundante, a nivel simbólico, representa la tarea que Simón Pedro y los discípulos tendrán que realizar: arrebatar hombres (= peces) a las fuerzas del mal (= mar), si­guiendo la orden de Jesús de echar las redes para pescar (= predicar). Con Jesús, la pesca será abundante, aunque la hora no sea apropiada.

Para comprender el significado profundo de esta narra­ción, el atento lector tendrá que realizar una ‘metáfora’ (pa­labra que significa ‘cambio, traslado’ de sentido): deberá sus­tituir ‘pesca de peces’ por ‘pesca de hombres’, ‘echar la red’ por ‘predicar’ para atraer hombres a la comunidad de Jesús. Tarea que tendrá éxito sobreabundante si va dirigida por el espíritu de Jesús, patrón de la barca.

II

¿QUE ES LO QUE HAY QUE DEJAR?

Es importante aclararse en este asunto: para seguir a Jesús, ¿qué es lo que hay que dejar? Durante mucho tiempo parecía que lo que había que abandonar era todo lo que hace agradable la vida: el amor, la fiesta, la familia. Pero así, además de hacer insopor­table la vida del ser humano, hemos presentado la imagen de un Dios sádico que se complace en el sufrimiento de sus criaturas.

NOCHE DE DURA BREGA

… vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores habían desem­barcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas… Se sentó y… se puso a enseñar a las multitudes. Cuando acabó dijo a Simón:

-Sácala adonde haya fondo y echad vuestras redes para pescar.

Simón le contestó:

-Jefe, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, fiado en tu palabra, echaré las redes.

La existencia del hombre siempre ha estado amenazada por la muerte. Y no sólo porque el hombre sea mortal por naturaleza, como mortal es un árbol o un pájaro, sino porque en este asunto el hombre ha ayudado generosamente a la naturaleza. Hagamos un recuento superficial de las muertes que los hombres nos hemos ido inventando, día tras día, siglo tras siglo: la esclavitud, la guerra, la tortura, la explotación de los débiles, el imperialismo, el miedo a la crueldad de tantos dioses crueles, la pena de muerte, el hambre, las armas blancas, las armas de fuego, las armas convencionales, las armas nucleares, las armas químicas… La muerte una y otra vez repetida; la muerte… siempre sentida como cercana ame­naza. La vida humana queda así reducida a una larga noche de dura brega, luchando contra el viento y las olas de un mar adverso, y al final, cuando se hace el recuento…, ¡nada!

Pero eso no responde a la voluntad de Dios, a pesar de que siempre se ha metido a Dios en estos asuntos de muerte: diciendo que estaba del lado de los amos, colocándolo siempre como aliado de los vencedores -los que han matado con más eficacia- o atribuyéndole el origen de todos los males cuya causa está siempre mucho más cerca. Y eso pasaba inclu­so en el pueblo de Dios, en la nación que nació gracias a la intervención liberadora del Señor.

Por eso Dios decide intervenir para, defendiendo la vida del hombre, defender su propia dignidad, su gloria.

PESCAR HOMBRES VIVOS

Así lo hicieron, y capturaron tal cantidad de peces, que reventaban las redes… Simón Pedro se postró a los pies de Jesús, diciendo:

-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador…

Jesús dijo a Simón:

No temas, desde ahora pescarás hombres vivos.

Lo primero que hace Jesús es presentar a los israelitas el proyecto de Dios, el mensaje de Dios, lo que poco antes había llamado el reino de Dios (Lc 4,43): una oferta definitiva de salvación; pero no sólo para la otra vida, sino para toda la vida, para todas las vidas, para todo lo que es vida.

En el mar, en el mismo escenario en el que se desarrollan la vida y la lucha por vencer, al menos un día más, a la muerte, allí reivindica Jesús la imagen de un Dios que es Padre bueno y que quiere ser conocido y aceptado como tal, como el que quiere con pasión a sus hijos, a los que, porque los ama, les ofrece su propia vida para que, amándose, se ayuden a vivir unos a otros.

Y después se pone a pescar con ellos. Es un trabajo duro, pero necesario, y que no tiene por qué terminar en la frustra­ción: «capturaron tal cantidad de peces, que reventaban las redes». Y a la vista del éxito, Jesús los invita a emprender otro trabajo: pescar hombres vivos para que sigan viviendo (y no como los peces).

La imagen que usa Jesús podríamos explicarla así: el mar es el ambiente duro y peligroso en el que el hombre debe sobrevivir; los peligros que el mar representa son las amenazas constantes a la vida, a la libertad, a la felicidad de los hombres. La tarea de Jesús y la de sus seguidores consiste en defender y salvar, en ese mar, la vida de los hombres: vida, y amor, y libertad, y felicidad…

DEJANDOLO TODO

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Todo. Hay que estar dispuesto a dejar todo lo que estorba para ponerse a pescar hombres vivos; pero sería una grave contradicción tener que renunciar para ello a la vida.

Lo que hay que dejar sin más es todo lo que obstaculiza la tarea que queremos emprender, todo lo que es contrario al mundo que queremos construir: hay que romper con la injusticia, la ambición, el egoísmo, el ansia de poder, la com­plicidad con los sistemas y los poderes opresores… Hay que abandonar también los instrumentos que, como la vieja reli­gión, se han manifestado o resultan ya inútiles para el inmenso trabajo que hay que realizar. Hay que dejar atrás igualmente cualquier cosa que suponga la renuncia a la propia dignidad, cualquier realidad que constituya una esclavitud: las ideolo­gías dogmáticas, la intolerancia, los exclusivismos…

Y a veces habrá que abandonar alguna de las cosas buenas que nos ofrece la vida; las circunstancias irán indicando si, en cada caso, es necesaria una mayor renuncia. Pero, ¡aten­ción!, esto ya no sería una exigencia de Dios, sino la manifes­tación de lo mal organizado que está este mundo. Porque Jesús nos pide que estemos dispuestos a dejarlo todo -¡hasta la vida!-, pero no para perderlo todo, sino para que todos puedan gozar en plenitud de todo lo que es bueno.

El autor de la primera lectura ubica la escena en un tiempo concreto, año 740 a.C. que corresponde a la muerte del rey Osías (740 a.C). El relato se divide en dos partes: la visión (vv. 1-4) y la reacción del profeta (vv. 5-8). Una tercera parte, que ha sido excluida en nuestro texto liturgico (vv. 9-13), cuenta la misión que recibe el profeta. Realmente todo el capítulo 13 forma una unidad literaria. Por su similitud con los relatos de vocación de Jeremías y Ezequiel, que tienen estas mismas tres partes, algunos consideran este relato como de vocación. Sin embargo, el contenido nos lleva a pensar en un relato de misión.

La escena comienza a desarrollarse probablemente en el templo de Jerusalén, donde el profeta recibe la visión de una liturgia celeste. El profeta ve a Yahvé con los rasgos de un rey, ejerciendo su poder. También sobresale un lenguaje de plenitud expresado en frases como “el ruedo de su manto llenaba el templo”, “su gloria llena la tierra toda”… Los serafines (serafín = ardiente), seres alados de fuego, que no son todavía los ángeles de la tradición posterior, están por encima del rey, en actitud de servicio. Los serafines entonan el canto del «santo, santo, santo». La santidad de Dios se hace visible a través de su gloria, y la gloria de Dios se manifiesta a través de sus obras en la creación y de sus acciones liberadoras a favor de su pueblo.

En los vv. 5-7 se nos muestra la reacción de Isaías ante la visión, poniendo el acento en la impureza de sus labios y los de su pueblo. Se siente perdido por que tal vez no habló en el momento que lo debía hacer, esto lo hace impuro e incapacitado para ejercer su vocación de hablar en le nombre de Yahvé. La exclamación angustiosa que expresa conversión es atendida con un serafín quien a través de un carbón encendido toca su boca para que le sean perdonados sus pecados. Isaías entonces está habilitado de nuevo como profeta, no sólo para hablar sino para escuchar la voz de Dios que busca un profeta. Pasando de la angustia del pecado a la seguridad de estar acreditado para hacer de profeta, responde de inmediato “aquí me tienes”, manifestando así su disponibilidad y pertenencia absoluta a la voluntad del Señor.

Todo el capítulo 15 de 1 Corintios tiene como eje temático la resurrección de Jesucristo, puesta en duda en el v.12: “¿cómo dice alguno que no hay resurrección de los muertos?”. Al comenzar el capítulo Pablo recuerda la Buena Nueva como el mejor regalo entregado a la comunidad de Corinto, regalo que fue recibido y mantenido con fidelidad a las palabras anunciadas. Aparece claro que el elemento común a los cristianos de todos los pueblos, culturas y tradiciones es la palabra de Dios. El contenido de la Buena Nueva lo describe Pablo citando un fragmento del primer credo cristiano que tiene como protagonista a Cristo, como testimonio de solidaridad, su muerte por nuestros pecados, como punto de referencia, las Escrituras, como respuesta solidaria humana, su sepultura, como intervención directa de Dios, su resurrección, como testigos de la resurrección, a todos los que se les apareció. El Dios de la Vida y la vida de nuestro pueblo es la razón de ser de toda vocación cristiana, que es vocación a defender y acrecentar la vida. «Para que tengan Vida y Vida en abundancia».

En el evangelio de hoy nos encontramos con un diálogo entre Jesús y Pedro, sencillo y profundo a la vez, diálogo que podríamos hacer nuestro en medio de las aguas tempestuosas de este mundo mientras nos esforzamos en nadar contra corriente. Pedro, por el oficio, era el experto en lugares y horas precisas para pescar. Sabía que en la noche y con las aguas tranquilas se pesca mejor, eso había estado haciendo toda la noche ¡y no habían cogido ni un pececito! Pero llega Jesús que sin ser pescador le dice sencillamente, que eche las redes para pescar…

Pedro, el experto, pudo haber dicho que no, que no era ni la hora ni el lugar para pescar y todo hubiera quedado ahí. Pero no, calla su experiencia y sabiduría (“hemos pasado toda la noche bregando”); reconoce su fracaso y desilusión (“no hemos cogido nada”), y “en nombre de Jesús echa las redes”. Y ya conocemos el final del relato: ¡una pesca maravillosa! Cuando Jesús le pide a Pedro que “reme mar adentro” lo está invitando a una aventura que lo lleva más allá de las playas cotidianas en busca de un horizonte mucho más amplio. Y Pedro cree en la palabra de Jesús.

Este es el verdadero milagro: creer cuando todo parece ilógico. La abundante pesca y las redes llenas de peces son sólo la consecuencia de la fe. Todos los relatos de milagros en el evangelio comienzan con la fe o la suscitan, es la condición para ver la acción de Jesús, cuando no la hay, Jesús simplemente se va a la otra orilla como veremos en las próximas semanas. Si creemos en Jesús entonces se realiza el milagro!

Claro, la cosa no es tan sencilla, se necesita una fe muy grande dada por Dios. Pidamos esa fe para que igual que Pedro, creamos en Jesús, obedezcamos su palabra, rememos mar adentro y echemos las redes para pescar, entonces, veremos otro milagro en nuestras vidas y en nuestra comunidad.

Y es que ser discípulos de Jesús exige confiar en la palabra de Cristo. La misión a la que Jesús nos quiere enviar es osada y, hoy por hoy, con pocas probabilidades de éxito. Jesús quiere contar con nosotros y nosotras para el proyecto de Reino. Jesús convoca a los Apóstoles para que sean pescadores de hombres, por eso toda vocación exige “remar mar adentro” para abandonar las seguridades de la orilla, tener un horizonte ilimitado asumir responsabilidades y meterse en una gran obra: la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo.

Sin demeritar el oficio de los pescadores lo que le propone Jesús a Pedro es una superación en el oficio que hasta ahora había desempeñado, pescar hombres y mujeres para el Reino es una empresa más noble y difícil que pescar peces, es algo más milagroso que la pesca que acaban de hacer.

Pero los llamados a esta nueva labor son también invitados a “dejarlo todo” para seguir a Cristo. Los necesita dedicados a tiempo completo, dedicándole a esta “misión” todas las fuerzas, pescar hombres y mujeres para el Reino exige renunciar a todo lo demás y asumir a Jesús como única posesión. La misión a la que se llama exige desprenderse por completo del mundo, para apegarse totalmente a Jesús. En el relato de hoy se van con Jesús que vale mucho más que las dos barcas llenas de pescados que les acaba de regalar. Dejaron esa abundante pesca que los había admirado tanto porque comprenden que la vocación compromete al ser humano en un trabajo que está por encima de los trabajos humanos ordinarios. La vocación – misión es una invitación a colaborarle a Dios, un trabajo milagroso. Oremos hoy por aquellos que dejándolo todo se han ido tras el Señor.

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